Nada de la frente marchita ni de febril la mirada y mucho menos aquello del dulce recuerdo que hoy lloro otra vez. Volver tiene al sabor de la dicha: ¿para qué llorar si se puede emocionarse y cantar de alegría? Volvamos pues, de donde sea y en cuanto sea. Es cierto, volver de las vacaciones tiene un regusto peligroso y polvoriento: uffff, la oficina, dar clase, los horarios, el jefe de personal, las planillas, los adolescentes insoportables (los hay quienes no lo son, pero son pocos, créame), las ganas de que llegue el viernes que parece no llegar nunca. Un garrón, pero tampoco es para que a una se le marchite la frente o llore como una magdalena, aunque en este caso habría que saber de qué Magdalena se trata y por qué diablos lloraba para todas las ocasiones. Volver al laburo también tiene sus cosas buenas porque sin laburo no hay honorarios o sueldos o lo que sea y sin esas imprescindibles pequeñas molestias no sólo no comemos, sino que no tomamos ni mate con yerba de ayer secada al sol. Sí, bueno, hoy me ha dado por el tango, pero el tango nunca está de más. Y la vuelta al laburo también puede traer algún gusto como la visión de alguna compañera esplendorosa y para las esplendorosas la visión de algún compañero no digamos esplendoroso, pero sí impresionante. En ambos casos, bronceados por Febo asoma iluminando toda esperanza en enero y hasta en febrero. Se puede asimismo volver a la infancia. Un olor, una música, una palabra, un paisaje urbano o bucólico y eglógico, un libro, una comida, un mirada, casi cualquier cosa o ser viviente puede hacernos retroceder a la infancia y sonreír como Don Fulgencio. Oiga, ¿usted cuántos años tiene? No me diga que no se acuerda de Don Fulgencio. La vuelta a la infancia suele ser ambivalente. Usted era feliz cuando tenía siete años. O no: a los siete años también se puede sufrir como a los setenta y cinco o a los treinta y dos o a los que sea, y si no, vaya y léase alguna novela de algún señor o alguna señora importante. Pero siempre hay algo tibio y luminoso en aquellos siete años, las bolitas, el potrero, un amigo, una abuela, la luz de una velita por la noche antes de dormirse; y todo eso cuando usted vuelve, viene muy mezclado. Volver a un libro (puede ser a una película), sentir otra vez eso que se sintió hace tantos años cuando el viejo caballero sale a pelear con los gigantes o cuando el Tigre de la Malasia empuña el sable y jura venganza o cuando el viejo poeta escribe las cartas a su joven colega. No es lo mismo, estamos de acuerdo. Ahora hay otra cosa entre sus ojos y la página del libro: sí, hay treinta, veinticinco, cuarenta años, los que sean, hay eso que se llama la vida, experiencia, sensatez (no siempre), pero de pronto usted es joven otra vez y el libro vuelve a ser de oro y miel. O volver al barrio, saber que a la vuelta de esa esquina estaba (¿estará todavía?) el kiosco de doña Rita; que ahí donde hay una torre estaba el campito en el que usted se trompeó con el Gordo Trucco, él cansado de que le gritaran ¡truco quiero retruco!, usted harto de las bromas pesadas del Gordo; que escondido entre esos árboles la miraba pasar a la rubita hija del abogado de la otra cuadra; en fin, haber salido otra vez al escenario en el que empezó a vivir. Volver a soñar, mi querida señora, mi estimado señor. Mire que en cualquier momento viene la vida y le da con el fierro en la cabeza. Aproveche hoy, yo sé lo que le digo. Ahí lo están esperando, el viejo loco lanza en ristre, la compañera de trabajo, el campito, y, lo siento, hasta el jefe de personal, caramba.