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Volver a los 17

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Peugeot suspendió a mil empleados (2.100 son los suspendidos en el sector automotriz en las últimas semanas). En muchos restaurantes ya no aceptan tarjetas de crédito y en algunos negocios el posnet “no funciona”. Los peajes aumentan tanto que ya ni los corruptos pueden concurrir a los juicios que les hacen, y el nivel de miseria y desigualdad es el mismo que en los 90. Mientras tanto, el Sr. Capitanich insiste en que “Argentina tiene una agenda que estimula no sólo el sostenimiento del empleo, sino también la expansión económica”.

Me siento un adolescente de nuevo. Cada mañana, visito con desesperación la página de mi banco para ver si aparece alguno de los pagos que me deben. No: mi cuenta sigue en rojo. Como el año pasado, las paritarias docentes se cerraron a 18 meses, ahora tendremos que esperar hasta julio para ver cuántos metros en la carrera contra la inflación ganamos (o perdimos).

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Mientras tanto, si organizo una cena, reparto entre los comensales el costo de los ingredientes: ya nadie paga nada de más y todos contribuimos para achicar los gastos. Si me ofrezco para llevar a una amiga a su casa (porque es tarde y no me atrevo a dejarla sola en las calles), le pido una colaboración para pagar el estacionamiento donde dejé el auto. Los optimistas aplaudirán el consumo racional. No es mi caso: ningún comportamiento caballeresco, ninguna generosidad con el que tiene menos, todo es cálculo presupuestario y ya estoy pensando en sacar del chanchito las moneditas de divisas que me sobraron de los viajes de los últimos diez años. ¿Cuánto habrá ahí, entre centavos y dimes norteamericanos, liras turcas y soles peruanos? ¿Veinte dólares?

Una amiga me cuenta por teléfono que, por un “error administrativo”, este mes no cobrará su sueldo. Temiendo el sablazo, estoy a punto de cortarle. Pero no, sólo me pide que, en mi próximo viaje, le traiga zapatillas para el hijo.