A Néstor Kirchner le pasó lo peor que le podía pasar: que otro le marcara la cancha. Que alguien le robara la iniciativa política y le impusiera la agenda. El escándalo de la valija bolivariana es muchas cosas, pero básicamente es eso: una granada que le explotó en la cara al matrimonio. Un grano en el peor de los lugares que instaló el caos en un escenario que habían ordenado prolijamente con mucho esmero. Fue algo absolutamente inesperado después del momento más maravilloso de sus existencias, como lo fue el traspaso de la banda presidencial. Y como todo obsesivo de libro, el ex presidente se desesperó ante semejante imprevisto y tuvo que alterar todos sus planes sobre la marcha.
Improvisar nunca fue su fuerte. Kirchner comete más errores de los que se permite y actúa sin red. Siente culpa. Para alguien como él, que tiene calculadas fríamente las próximas diez jugadas, no hay nada más desequilibrante desde lo emocional y desde lo político que alguien o algo le patee el tablero. Y eso fue lo que pasó con la valija negra repleta de verdes.
Su reacción primaria y primera fue enojarse. Con su espejo y con los colaboradores más cercanos. Motivo: “Nadie me avisó. ¿Cómo no pudimos anticiparnos a esto?”. El segundo paso fue replegarse hacia lo conocido. Era la recomendación de Rodolfo Walsh frente a una emboscada militar o del destino. Volver al terreno firme. Por eso contragolpeó con armas poco convencionales e imprecisas pero que utilizó varias veces con eficacia para correr el eje del debate y comprar tiempo con una buena cortina de humo. Reaccionó como pudo y no como quiso.
1) Duplicó o triplicó la apuesta. De un tema de corrupción que investiga el FBI y que esmerila la honradez de su apellido hizo una epopeya antiimperialista que dejó a Evo y a Chávez a la altura de un poroto.
2) Puso la culpa en el otro. Si es una potencia odiada como Estados Unidos mucho mejor y –por supuesto– denunció a los cómplices locales. No se olvidó de involucrar a un sector del periodismo, el mismo que en su historia estuvo más cerca de los golpes cívico-militares.
3) Apeló al viejo chauvinismo sazonado con un poco de extorsión ideológica y proclamó el conocido “estás conmigo o sos un agente pro norteamericano; te tragás entera la píldora de la conspiración de la CIA o sos un vendepatria; o, en el mejor de los casos, sos un idiota útil que le hace el juego al enemigo”.
4) Barrió con fuego a discreción desde todos los puntos cardinales. Y les tiró con todo lo que tuvo a mano. Salió Cristina a decir que no la van a doblegar y que los Estados Unidos reciclan basura en la diplomacia, cosa que en la gran mayoría de los casos es cierta, pero que en este caso, está por verse. Y que los yankies go home quieren países empleados y no países amigos. Salió Taiana con el gesto adusto para las fotos a retar formal y públicamente al embajador Wayne que parecía en medio de una película del viejo vaquero John al que le tiraban flechas de todos los colores. Salió Alberto Fernández a negar la independencia de la Justicia de los Estados Unidos. Salió el Congreso de la Nación con un enternecedor discurso de la gloriosa jotape a plantear Patria sí, Colonia no. Y como nada de esto alcanzó para apagar el fuego mediático de Antonini Wilson, tuvo que salir a copar la parada el mismísimo ex presidente que hasta condenó esa afrenta a la condición humana que es la base de Guantánamo.
Néstor Kirchner le había prometido a dos columnistas domingueros que, tras la asunción de su esposa, pasaría poco menos que a la clandestinidad y que le iba a dejar a Cristina el centro de la escena y las luces tal como ella había hecho con él. Esos eran sus auténticos planes: dedicarse a construir la herramienta partidaria en un discreto segundo plano en la no inaugurada y ya famosa oficina de Puerto Madero.
Peronista al fin, Kirchner sabe de memoria que la única verdad es la realidad. Y esa realidad lo obligó a tener más presencia en los medios que su propia esposa. Y eso que el Gobierno recién empieza. Con el gran riesgo de erosionar la autoridad de Cristina tuvo que cambiar de planes al galope y salir él mismo a poner el cuerpo como escudo para que las esquirlas del escándalo no impactaran en ella.
Y estuvo con Cristina en el acto que organizó Gerardo Martínez, un gordo de bolsillo y jerarca sindical devenido insólitamente esta semana en piquetero combativo y sitiador de Buenos Aires. Y estuvo a los gritos en el acto de AYSA diciendo con todas las letras que una banda de mafiosos quiere desestabilizar y someter a la Argentina.
Y estuvo en la Federación Argentina de Municipios (FAM) aprovechando para mostrar sus espaldas cubiertas en un acto con los poderosos intendentes del Conurbano y repetir sus consignas revolucionarias, que sonaban un tanto extrañas al lado de Julio Pereyra, Raúl Othacehé, Mario Ishi y otros conocidos partisanos de la ex vieja política. Y de aquel acto de Gerardo Martínez pasó al asado con Hugo Moyano y sus buenos muchachos donde volvió a defender a su esposa del ataque de Roger Noriega y los Chicago Bush.
Del prometido perfil bajo, ni noticias. Todo lo contrario: Kirchner nunca estuvo tanto en los medios como en estos días. Y nunca estuvo tan rodeado de los pragmáticos poderes concretos que alguna vez despreció como el de los sindicalistas y los intendentes.
Alerta: por momentos, él fue más presidente que ella. Incluso aprovechó los recursos del cargo que ya no tiene y salió por Canal 7 con su discurso enterito, y fue filmado por productora La Corte que pagamos todos, y hasta ceremonial le organizo los actos.
¿Se fue? ¿Sigue? O como decía el querido Gordo Troilo: “Siempre estoy llegando”. Lo único que le faltaba era aparecer con Maradona, un verdadero mago de la zurda antinorteamericana. Y Kirchner lo hizo: estuvo con el Diego en Ezeiza, donde fue distinguido como vecino ilustre por Alejandro Granados, un intendente que fue más menemista que Menem y hoy es más kirchnerista que Kirchner. “Con Diego tenemos una visión parecida de Latinoamérica”, declaró Kirchner.
El doble comando del Gobierno no estaba en los planes del matrimonio. Es un subproducto no querido, casi un virtual decreto de necesidad y urgencia. No se sabe si Kirchner volverá al esquema de silencio original una vez que pase el chubasco. Es que la brecha que se abrió en la relación con los EE.UU. llegó para quedarse y va a marcar el resto del Gobierno de Cristina. Pregunta clave: ¿habrá un Néstor omnipresente por cuatro años más?
Volvió una noche
A Néstor Kirchner le pasó lo peor que le podía pasar: que otro le marcara la cancha. Que alguien le robara la iniciativa política y le impusiera la agenda. El escándalo de la valija bolivariana es muchas cosas, pero básicamente es eso: una granada que le explotó en la cara al matrimonio.