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Y a todo esto

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Me pregunto, mientras tanto, qué habrá sentido a todo esto el padre Julio César Grassi. Si es patriota habrá festejado, porque todos los patriotas festejan, como si fueran propios, los triunfos argentinos en el mundo. En los Kirchner no habrá pensado, porque ningún católico de verdad rebajaría así el tema del Vicariato de Cristo en la tierra. Las chances de Grassi para acceder al papado eran por lo demás tan inmensamente bajas, que ni una pizca de competitividad, ni un atisbo de sana envidia lo habrá aquejado; es de suponer entonces que, como sacerdote, se habrá alegrado también.

Me atraen los olvidados, los que quedan fuera de escena me importan, en los que se ven relegados me fijo: es por eso que me pregunto. He sabido que Susana Giménez, a los efectos su estrecha amiga, andaba exultante con la noticia, pero no confío del todo en su religiosidad (ha cometido varios pecados muy graves, como divorciarse, desnudarse en público y mantener relaciones sexuales sin sacramento, y no parece arrepentirse ni preocuparse en lo más mínimo por eso).

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Al padre Grassi lo supongo sonriente, pero también un poco nervioso. Lo imagino frotándose las manos con ansiedad. O tal vez uniéndolas para una plegaria. Pidiendo a Dios, ¿pidiendo qué? Muy probablemente esto: que la olla podrida que por lo visto en el Vaticano nadie se atreve a destapar, esa olla tan pero tan podrida que Ratzinger prefirió hasta renunciar con tal de no tener que asomarse a ella, y que ahora estará en las manos de quien se llamara Bergoglio y pasó a llamarse Francesco, sea apenas un chanchullo más de los tantos del Banco Ambrosiano, y no en cambio ese otro temita de los curas y los nenes con el que tanto pero tanto han estado jorobando últimamente.

*Escritor