27 nov 2020
COLUMNISTAS |Impunidad
sábado 16 mayo, 2020

Y la pandemia va

Según el doble discurso del Presidente, las cosas malas que hace su gobierno le son ajenas.

‘A mi juego me llamaron’ Patricia Bullrich. Foto: Pablo Temes
sábado 16 mayo, 2020

Fue una semana difícil. Los números hablan: la cantidad de casos en el ámbito del AMBA subieron hasta alcanzar cifras récords. El conglomerado metropolitano se ha erigido claramente en el gran problema de la pandemia en Argentina. Mucho tuvo que ver en el aumento de las cifras la situación en las villas de emergencia y en los geriátricos. Eso forzó al gobierno porteño a incrementar la cantidad de testeos en los barrios carenciados.

La mayoría de los casos se dieron en la Villa 31 y en la 1-11-14. Nada que sorprenda: era sabido que cuando allí aparecieran los primeros afectados, la cifra de contagios se dispararía. En estos asentamientos, la posibilidad de poner en práctica el aislamiento social y preventivo es nula.

La flexibilización ha sido motor de tensiones entre el jefe de Gobierno porteño y Axel Kicillof. El gobernador, junto a un grupo de intendentes del Frente de Todos, salió a pegarle duramente a Horacio Rodríguez Larreta por esa medida. Todos ellos quedaron colgando de un piolín cuando vieron la foto de Alberto Fernández en la residencia de Olivos con el jefe y el vicejefe de Gobierno.

El gesto del Presidente fue fuerte. En la reunión se habló de los nuevos tests de producción nacional y del aumento sostenido de casos que hubo en la semana. Se sabe que los intendentes del Conurbano y el gobernador están con un gran temor por lo que pudiera pasar en las villas que forman parte de sus territorios. Son más de 1.800, y en ellas recién empiezan a hacerse los tests. Hasta el comienzo de la semana que pasó no había disponibilidad para realizarlos. El caso que se diagnosticó en la Villa Carlos Gardel fue una luz anaranjada.

Luces y sombras. Tan sorpresivo como la invitación de AF a Rodríguez Larreta fue también el ataque que el Presidente le propinó a María Eugenia Vidal en el reportaje que le concedió a Oscar González Oro por Radio Rivadavia. La acusación giró en torno a la decisión de la entonces gobernadora de no inaugurar dos hospitales –uno en Esteban Echeverría y otro en La Matanza– que estaban supuestamente terminados a fines de 2015. AF olvidó cómo eran esos hospitales que “terminaba” el kirchnerismo: tenían las paredes y casi nada más. Olvidó también cómo estaban esos nosocomios al fin de la gestión de Daniel Scioli. Con sus falencias, que no fueron pocas, la ex gobernadora privilegió la mejora de las guardias y el equipamiento de los nosocomios ya existentes –que en su gran mayoría estaban en condiciones calamitosas– antes que la construcción de nuevos a los que después no se los puede equipar adecuadamente. Pero, más allá de estas explicaciones, la pregunta que surgió de inmediato fue el porqué. ¿Qué llevó al dialoguista AF a este exabrupto? ¿Por qué el Presidente, que habla de sepultar el pasado, lo trae al presente cada vez que puede? En el entorno del jefe de Estado no hubo sorpresas. “Quieren un Alberto no confrontativo pero van a tener un Alberto muy combativo. Alberto está alineado con Axel. Hay que hacer transformaciones de fondo y habrá que ser muy duros”, expresan sin sonrojarse desde las entrañas del Poder Ejecutivo. No se sabe muy bien a qué se refieren cuando hablan de las transformaciones necesarias en la provincia de Buenos Aires. No porque no sean necesarias, sino porque el peronismo gobernó esa comarca indómita durante 28 años y todo lo que hizo fue hundirla. Más allá de las limitaciones que impone la pandemia, no aflora en los planes de Kicillof ni del gobierno nacional nada que permita vislumbrar la posibilidad de dar vuelta la triste realidad del conurbano profundo. Para ello son imprescindibles dos requisitos: mucha inversión en viviendas, servicios públicos y educación, y la creación de decenas de miles de puestos de trabajo. Y nada de eso se logrará sin acuerdos políticos sólidos, que hoy parecen tan lejanos como siempre.

La impunidad que avanza. Cuando se nombró al frente de la Oficina Anticorrupción al fiscal Félix Crous, todos entendieron el mensaje: era un paso más en el camino de la impunidad para los delitos de corrupción habidos durante los 12 años del kirchnerato. El responsable último es uno: Alberto Fernández. La gestora de esa designación –y de otras–, Cristina Fernández de Kirchner.

A medida que van pasando los meses, va quedando más clara la estrategia de la vicepresidenta. Su llegada al poder responde a una necesidad primaria: la impunidad. Hay también un proyecto político detrás de una factura más compleja cuyo pivote es Kicillof. El desamor que genera el gobernador entre los intendentes del peronismo hace complicado el avance del proyecto político de CFK. Algunos dicen que el Presidente se enojó cuando supo de esta decisión de Crous. No es un dato creíble ni verosímil. También se dijo que se había enojado cuando el secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla Corti, intentó aprovechar la pandemia para lograr las liberaciones de Ricardo Jaime y de Martín Báez.

Poco a poco, el Presidente va haciendo gala de un doble discurso, según el cual las cosas malas que se hacen en su gobierno le son ajenas. Ya lo hicieron otros en el pasado y no les funcionó. Debería tener la capacidad de aprender la lección.

La decisión de Crous –hay que recordar su pertenencia a Justicia Legítima, el brazo del kirchnerismo en el Poder Judicial– amerita detenerse en sus fundamentos. El tercero señala que la OA desiste de continuar como querellante en las causas Hotesur y Los Sauces debido a la necesidad de abocarse a casos con “más actualidad” (sic). ¿Qué cosa de mayor actualidad puede haber para este organismo destinado a combatir la corrupción que participar de los juicios en los que se juzgan esos delitos? ¿Qué conducta adoptaría entonces Crous frente a otras causas resonantes, como la de los cuadernos de Centeno? “Entre las diversas maneras de matar la libertad, no hay ninguna más homicida para la república que la impunidad del delito o la proscripción de la virtud”. (Francisco de Miranda)


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