Lo miró a los ojos y, con un tono entre papal y arrabalero, le dijo:
—Mirá, Daniel, así como están las cosas, el candidato vas a ser vos. Pero no demos por hecho nada todavía, porque se te van a ir todos al humo y van a creer que nosotros estamos preparando las valijas.
La escena, textuales más o menos, transcurrió hace unos veinte días en Olivos, mientras se ultimaban los detalles para el acto del PJ en Resistencia, donde Néstor Kirchner reasumiría el timón formal partidario confesándose listo para gobernar hasta 2020; es decir, fuerte, intacto, con la carótida drenando a full.
Scioli no le dio las gracias pero, con la cabeza semigacha, trató de devolver gentilezas insinuando que para hablar de esas cosas todavía falta, que no está dicha la última palabra. Kirchner lo cortó en seco, nada predispuesto a perder tiempo escuchando lo mismo que el gobernador suele decir por la radio para salir del paso sin dañar las expectativas. Y le explicó que de ningún modo estaba renunciando a nada, que algún milagro podría torcer aún el rumbo terco de las encuestas que lee dos veces por día, pero que ya era hora de empezar a pensar que el plan B debía ir convirtiéndose en A.
¿De qué milagros estamos hablando? Simple. Si Kirchner confiara en que puede llegar a tener una base cercana a los treinta puntos de intención de voto, la charla con el ex motonauta jamás habría tenido lugar y toda su furia estaría encaminada a disputar un ballottage.
La cuestión es que el plan B se ha echado a andar. Y aun desde su larvaria etapa de rumores, dimes y diretes, que los respectivos entornos del ex presidente y el gobernador se encargan de diseminar, va surtiendo efectos tan palpables como llamativos.
Antes de ir a ese punto, conviene aclarar (por si hiciera falta) que nada de esto tiene que ver con el amor, la amistad o un mínimo respeto intelectual, si bien debería decirse que Scioli se ha encariñado más con los Kirchner que viceversa. Ellos (sobre todo ella) creen que es “un tipo sin límites”, aunque no en el sentido de una ambición desmedida, sino más bien ideológico. “Te descuidás y Daniel ya está negociando algo con la derecha”, se ha escuchado más de una vez en las sobremesas del matrimonio en jefe y sus lugartenientes, donde eso puede querer decir tanto el campo como Duhalde o Clarín. El tema es que aquello que podría considerarse un disvalor con los Kirchner en alza está pasando a ser un tentador salvavidas si lo que la hora demanda es la articulación del poskirchnerismo.
Le tienen cierta envidia, hay que decirlo. Scioli mantiene un petrificado 51 por ciento de imagen positiva, todo lo que le sale mal le es adjudicado a la voracidad del Gobierno nacional y lo que le sale bien, a su monocorde capacidad de trabajo. Por su parte, el marido de Karina Rabolini jamás se ha mostrado dispuesto a arrepentirse ni ahí de haber evitado cualquier cortocircuito con Néstor y Cristina, a quienes es capaz de acompañar incluso a la inauguración de un tren fantasma, siempre sonriente. Más de una vez, cualquiera de sus colaboradores le reprochó que la relación diaria con la Casa Rosada genera situaciones terribles, a lo que él suele contestar:
—¿Sabés qué? Terrible es estar buscando un brazo en el río sin encontrarlo. Lo otro puede ser problemático, pero nadie te dijo que venías a un lugar sin problemas.
Esa lealtad muy conveniente y algo zen que algunos confunden con la más abyecta tontería le ha permitido administrar un polvorín social sin grandes explosiones y, lo que le resulta más rentable en este momento, volverse confiable (o al menos necesario) para los K, incapaces de confiar en nadie.
Yendo a los efectos del plan B, que ya es casi A, Scioli no es sólo visto en la pingüinera como un probado tractor de votos, sino también como un antídoto para la peste que más temen y que se llama Francisco De Narváez, el gran ganador del 28 de junio pasado. Nada demasiado estridente sucedió todavía, pero la sola idea de que Néstor le dejaría el campo libre a Daniel hizo posible que algunos ya fantaseen con la idea de un “Colorado” De Narváez candidato a gobernador bonaerense apoyado por el kirchnerismo. Pepe Scioli ya trabaja para él. El senador José Pampuro negocia con él movidas parlamentarias y políticas. Y hasta Duhalde se deja tentar con que su viejo amigo Scioli significaría, al menos, una más que decorosa transición hacia un PJ capaz de soñarse unificado tras un presidente “peronista en serio” y sin molestos santacruceños a la vista.