En la edición anterior de este suplemento, Slavoj Zizek anuncia que se viene el comunismo. Cuando lo leí, mi primera reacción fue refugiarme en la estancia, pero en seguida recordé que no tengo una. La otra posibilidad de huir era meterme en el cine, así que aproveché que había llegado al pueblo una copia subtitulada de Avatar y finalmente me decidí, aunque muchos me recomendaron que esperara a poder verla en una versión tridimensional.
Fue un craso error, porque Avatar es una película comunista o, por lo menos, tiene algunos rasgos que la emparentan con los anuncios del filósofo esloveno. Por lo pronto, la película es como si Rambo se quedara en Vietnam para ayudar a que la guerra la ganen los locales. Pero no se trata sólo de que Jake Sully, el protagonista, elija refugiarse entre los indios como Kevin Costner en Danza con lobos o Martín Fierro en la obra homónima, sino de que en este caso, del choque entre civilizaciones surge una posible síntesis: el guerrero blanco, renegado del capitalismo corporativo y erigido en líder de los Na’vi, es un hombre nuevo que reúne lo real con lo virtual, la mente con el cuerpo, la religión con la tecnología y la biología con la cibernética. Pero de eso habla justamente Zizek en términos parecidos cuando se refiere a las posibles bases para el nuevo advenimiento. Una de ellas es “lo común de la naturaleza interna (la herencia biogenética de la humanidad)”. Así, “con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo en el sentido literal de la cambiante naturaleza humana llega a ser una probabilidad realista”.
Ante avances tan profundos, no es extraño que mi amigo el crítico Leonardo D’Espósito proclame que Avatar es la “octava maravilla del mundo cinematográfico”, una película de tal dimensión que funda un nuevo cine para un nuevo espectador y una nueva crítica, ya que “Cameron crea un mundo con una biología, una religión, una sociedad y una relación entre esas cosas totalmente nueva”. Sin embargo, cuando salí del cine, lo que empezó a preocuparme fue cuál era exactamente el papel del director en una película como Avatar, donde cada plano requiere de miles de pequeños detalles y de un verdadero ejército de diseñadores, dibujantes, programadores, operadores de montaje y efectos especiales. Lo único que me ayudó un poco a orientarme fue el artículo de un japonés que hablaba de los problemas de Toyota para que los automóviles no le salieran defectuosos. Decía este hombre que en las viejas épocas, el ingeniero en jefe tenía en la cabeza todos los detalles, mientras que ahora las partes se habían independizado y nadie tiene una comprensión global de los vehículos que fabrica la compañía. Algo parecido me parece que ocurre con Avatar. La empresa es tal vez demasiado compleja y ambiciosa. La recreación de combates entre humanos y humanoides, caballos alados y todo tipo de bichos virtuales resulta en imágenes ciertamente bellas, coloridas, ingenuas y acogedoras como un ambiente tapizado de pinturas naïf. Sobre este decorado orgánico se superponen citas cinéfilas, mitos, conceptos religiosos y prospecciones de fantaciencia. El resultado, como si fuera el fruto de capacidades distintas según cada sector de la fábrica, no queda del todo balanceado: mientras que las imágenes son ricas y articuladas, las ideas son un poco toscas: no se remontan sobre cierta religiosidad voluntarista y pueril, propia de cultos como la cientología o el ecologismo de Al Gore. Me temo que el comunismo de Cameron es un poco infantil, pero tal vez lo fuera también el de Lenin.
Un poco perplejo, le pregunto a Mark Peranson, un joven crítico canadiense, qué le pareció Avatar y me contesta: “Crap” (una mierda). Le cuento que la vi sólo en 2D en vez de 3D y la respuesta es: “Te ahorraste un dolor de cabeza”. Se ve que este otro amigo no es parte de la nueva crítica que anuncia D’Espósito.