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SALUD MENTAL

Claves para comprender el sufrimiento psíquico de los jóvenes

Frente al crecimiento del suicidio como una de las principales causas de muerte en jóvenes, el doctor en Ciencias de la Salud Brian Banszczyk analiza el impacto del “presente absoluto” y las autolesiones como intento extremo de contención. Dice que hay que hablar de estos temas porque “el silencio no protege”.

Salud mental e influencers: “No todo lo que circula en nombre de la psicología” tiene respaldo científico
Salud mental e influencers: “No todo lo que circula en nombre de la psicología” tiene respaldo científico | CEDOC

El suicidio se ha consolidado en los últimos años como una de las principales causas de muerte en personas de entre 15 y 34 años. Brian Banszczyk —doctor en Ciencias de la Salud, psicólogo, psicoanalista e investigador—, plantea la necesidad de conversar sobre este tema en un contexto donde el dolor psíquico es diferente al de épocas anteriores.

El especialista habla de la “melancolización del porvenir”, un escenario donde el mañana no desaparece, pero pierde su capacidad de convocar, movilizar el deseo o generar proyectos. Banszczyk es también acompañante terapéutico (AT), profesor universitario (UNC, Universidad Siglo 21 y UCC) y coordinador de la Tecnicatura Universitaria en AT de la UNC. Es miembro de Clínica Saint Michel, donde desarrolló la investigación que dio origen a su libro ‘Urgencias subjetivas y psicoanálisis: suicidios, autolesiones, consumos problemáticos y melancolías contemporáneas’ (Noveduc). Fue Joven Sobresaliente de Córdoba en 2023. Habló con Perfil Córdoba.

—¿Cuáles son las causas del crecimiento en el número de suicidios, autolesiones, angustia o depresión en los jóvenes? ¿Qué dicen las estadísticas?
—Hay un dato reciente difícil de soslayar: según las estadísticas de los últimos años, el suicidio fue de las principales causas de muerte entre los 15 y 34 años, llegando a ocupar incluso el primer lugar. Es un dato fuerte que obliga a dimensionar seriamente el problema. Pero una estadística muestra la magnitud de un fenómeno, no necesariamente lo explica. Ese fue uno de los puntos de partida de mi investigación. Los factores de riesgo son indispensables, pero no alcanzan para comprender cómo una persona llega a experimentar su vida como si ya no hubiera salida. En los pacientes con los que trabajé aparecía un debilitamiento del deseo y del proyecto vital, vínculos con menor capacidad de sostén y un futuro vivido como clausurado. Por eso prefiero no hablar de “la causa”, sino de configuraciones subjetivas, vinculares y sociales que se van entramando.

—¿A qué se refiere en su libro cuando habla de “melancolía contemporánea” y en qué se diferencia del sufrimiento psíquico de otras épocas?
—El libro habla de melancolías contemporáneas, y una de las ideas que trabajo, para pensarlas, es la melancolización del porvenir. No se trata simplemente de tristeza o desesperanza: el futuro puede seguir existiendo y, sin embargo, perder valor psíquico. Sabemos que mañana va a llegar, pero ese mañana ya no convoca ni organiza espera o deseo. Ciertas condiciones de nuestra época pueden favorecer ese empobrecimiento: la inmediatez, la dificultad para esperar, la presión por responder y rendir. Hablo también de un “presente absoluto”, cuando el ahora ocupa la escena y se vuelve difícil apoyarse en un después. No es que el sufrimiento sea enteramente nuevo; lo contemporáneo está en las condiciones que hoy lo modulan y en cómo se articulan con una historia singular.

—Sigue existiendo cierto tabú respecto a hablar abiertamente sobre el suicidio. ¿Por qué es fundamental abordar este tema?
—Porque el silencio no protege. Preguntar de manera directa y responsable por ideas de muerte o suicidio no introduce una idea que antes no existía. Puede hacer lo contrario: abrir un espacio para que algo que estaba quedando aislado encuentre palabras y un destinatario. Hablar tampoco significa banalizar ni espectacularizar. Significa escuchar, tomar seriamente lo que la persona dice y construir una respuesta adecuada. Muchas veces el problema no es que se haya hablado demasiado sobre el suicidio, sino que alguien haya llegado a sentir que ya no tenía con quién hablar.

Imaginar un futuro

El especialista ahonda sobre la problemática y advierte la importancia de pensar en el mañana como una nueva posibilidad por cotidiana que parezca, “un después psíquicamente habitable”.

—Su libro propone una “clínica del porvenir” y la apuesta por “imaginar un futuro”. ¿Cómo se reconstruye la capacidad de desear un mañana cuando se transita por el dolor?
—Cuando hablo de una clínica del porvenir no me refiero a predecir el futuro ni a prometer que todo va a estar bien. El futuro tiene siempre algo de incierto, contingente, incluso azaroso. La cuestión clínica es ayudar a que vuelva a existir un después psíquicamente habitable: un después que no esté clausurado de antemano y en el que todavía pueda ocurrir algo distinto. A veces eso empieza por algo pequeño: una próxima entrevista, alguien a quien llamar, atravesar una noche, demorar una decisión, encontrar una palabra donde antes aparecía el acto. El porvenir no vuelve necesariamente como un gran proyecto; muchas veces vuelve primero como próximo paso.

—¿Cómo influyen el mandato de éxito potenciado por las redes sociales y el aislamiento social en los cuadros de vacío existencial?
—No creo que las redes produzcan por sí mismas vacío, depresión o suicidio. Sería demasiado simple. Pero forman parte de una época de exposición permanente, comparación, validación inmediata y modelos de éxito difíciles de sostener. En algunas personas y momentos, eso puede intensificar sentimientos de fracaso o insuficiencia. Además, estar hiperconectado no equivale a estar en lazo. Podemos tener cientos de contactos y no sentir que existe alguien a quien dirigirnos. Por eso la respuesta no es simplemente “usar menos pantallas”, sino preservar vínculos donde sea posible estar con otro sin tener que rendir, exhibirse o responder inmediatamente.

—En su libro habla de las “urgencias mudas”. ¿Qué significa y por qué es difícil identificarlas antes de que irrumpan trágicamente?
—Hay un llamado de atención importante: no todas las urgencias hacen ruido. Tendemos a reconocer lo que irrumpe —una amenaza, una autolesión, una crisis visible—, pero hay otras escenas casi inversas: alguien se retrae, deja de llamar o pedir, se desconecta de vínculos o actividades y hasta puede parecer más tranquilo. No toda calma significa mejoría. A veces esa disminución del ruido expresa una gravedad mayor: la persona empieza a perder incluso la expectativa de que dirigirse a otro pueda modificar algo. Por eso las llamo urgencias mudas. Lo urgente ya no aparece por exceso, sino porque algo se va retirando; y justamente por eso puede advertirse demasiado tarde.

—Usted plantea que las autolesiones funcionan como “intentos desesperados de borde”. ¿A qué se refiere?
—La idea de borde intenta nombrar qué puede estar buscando producir alguien cuando lastima su propio cuerpo. No toda autolesión tiene el mismo valor clínico ni debe interpretarse de una única manera, pero en algunas escenas el cuerpo aparece como un recurso extremo allí donde el sufrimiento se volvió invasivo o difícil de poner en palabras. Una marca puede localizar un dolor, interrumpir una tensión, transformar algo difuso en algo delimitado o producir alivio. Es un intento de armar un borde cuando otras mediaciones fallan. Y ese alivio momentáneo también ayuda a comprender por qué puede repetirse. Entender su función no significa justificar la lesión, sino poder construir otras formas, menos costosas, de regulación y límite.

—¿Qué señales de alerta deben tener en cuenta la familia y la escuela?
—Más que pensar en una lista cerrada de indicadores, me parece importante prestar atención a cambios respecto de cómo esa persona venía estando: retirarse de vínculos, abandonar actividades significativas, hablar de sí como una carga, transmitir que nada puede cambiar o falta de cuidado personal. No todo cambio implica una urgencia, pero tampoco conviene esperar una escena espectacular. Familia y escuela pueden advertir esas modificaciones porque conocen algo de la continuidad cotidiana.

—¿De qué manera deben articularse para que el abordaje sea efectivo?
—La articulación funciona mejor cuando comparten preocupación, escuchan y buscan ayuda sin convertir al joven en objeto de vigilancia permanente. Cuidar no es sólo controlar; también es seguir siendo un otro disponible.

-En relación al consumo de sustancias, ¿en qué momento un consumo recreativo se convierte en problemático o adictivo?
-Conviene hablar de consumos problemáticos en un sentido amplio, no sólo de sustancias, sino también de tecnologías y apuestas. Además de preguntar qué consume una persona, cuánto o con qué frecuencia, me interesa una pregunta previa: ¿para qué lo usa? ¿Qué función empezó a cumplir? ¿Qué ocurre antes? ¿Qué logra suspender, aliviar o volver soportable? ¿Y qué queda después? A veces el consumo funciona como anestesia o como una especie de prótesis de sostén cuando otros recursos se debilitaron. El problema aparece cuando esa solución captura cada vez más la vida, desplaza otras formas de regulación, vínculo o cuidado y termina empobreciendo aquello que parecía sostener. Por eso no alcanza con retirar el objeto: también hay que comprender qué sostenía y construir otras mediaciones posibles.


Urgencias subjetivas y psicoanálisis


Editorial Noveduc.
Precio: $34.000.
Puntos de venta en Córdoba: Maidana Libros, El Mundo Del Libro, Libros UCC, El Espejo Libros, SBS Córdoba.