sábado 19 de junio de 2021
CóRDOBA ANÁLISIS
06-06-2021 00:29

Cómo afecta la ausencia del arte a las sociedades actuales

Seis protagonistas de distintas disciplinas del ámbito cultural reflexionan sobre el papel de las artes y cómo se ven trastocadas las vidas de las personas sin el hecho cultural.

06-06-2021 00:29

El filósofo francés Michel Serres solía ejemplificar de manera contundente la diferencia entre cultura y mercancía. Él decía que si usted tiene un pan y yo tengo un euro y yo le compro el pan, yo tendré un pan y usted tendrá un euro, y lo que se verá en ese intercambio será un equilibrio perfecto. Pero si alguien tiene un soneto de Verlaine o el teorema de Pitágoras y la otra persona no tiene nada, y el primero se lo enseña al segundo, al final ambos tendrán el mismo conocimiento. En el primer caso, decía Serres, hay equilibrio, eso es mercancía. Y en el segundo, hay crecimiento, eso es cultura.

Pero qué pasa con este crecimiento social y colectivo cuando un hecho inédito como la pandemia por coronavirus, suspende los procesos artísticos (o los reconvierte a situaciones virtuales en el mejor de los casos).
Si asumimos el hecho de que desde tiempos ancestrales el arte se ha encargado de darle un sentido a la vida, nos encontramos hoy con una sociedad doblemente golpeada: por un lado, están los hacedores de la cultura, imposibilitados de desarrollar sus tareas artísticas, y por el otro, los consumidores, que ven vedadas sus posibilidades de consumo cultural.

Si bien es cierto, como dirá más adelante Gustavo Vainstein, que en la historia de la humanidad siempre ha habido un nuevo arte luego de las grandes pestes, aún no estamos en condiciones de dimensionar cómo habrá afectado el Covid-19 al quehacer creativo y cultural en nuestras sociedades actuales.

El rol del arte. “Desde las cuevas de Altamira hasta hoy, queda demostrado que el arte es, además de una necesidad, una energía que da sentido a la vida. Cuánto nos han enseñado y marcado La batalla de Argel, de Pontecorvo; Antígona, de Sófocles; La flauta mágica, de Mozart; Elegía, de Miguel Hernández; el Guernica, de Picasso; El proceso, de Kafka, y cientos de expresiones artísticas más”, empieza diciendo la escritora y periodista Ana Mariani.

En el mismo sentido, Gustavo Vainstein (director del canal de música clásica Allegro HD, radicado en París) señala que las artes nos muestran la distancia que hemos recorrido desde el momento original: “En cada segundo que vivimos hay millones de personas creando una obra de arte en algún lugar. Pero las restricciones contribuyen a la expansión creativa”.

Para María Teresa Andruetto también son un acervo de memoria “y nos permiten entender las distintas maneras en que una sociedad se mira e intenta comprenderse a sí misma a través de ciertos individuos, ya sean artistas o escritores”.

La regisseur Cheté Cavagliatto sostiene que el arte tiene la capacidad de cuestionar nuestro pasado y presente y nos permite pensar el futuro: “Es comunicación en otro estado de conciencia, es sentimiento, transformación, compromiso.  El arte es como nuestra otra piel”.

Cavagliatto advierte además que nuestra existencia sería un páramo sin el arte y su ausencia frenaría nuestra evolución. “No me imagino al ser humano privado de la posibilidad de crear y de disfrutar lo que nos brindan los artistas. ¿Qué sería de nosotros sin los libros, la pintura, el teatro, la danza?”.

En esa línea, el cantante y compositor Lucas Heredia dice que la función del arte es mantener los engranajes de la emoción de la conciencia humana en movimiento y cómo entendemos la vinculación con nuestro planeta y con los otros. “Creo que el arte constantemente tensiona sobre eso”.

Para el ilustrador Oscar Chichoni, uno de los roles del arte es desarrollar nuestra capacidad de reflexión y contemplación. “Una sociedad con un gusto desarrollado por las artes es una sociedad más civilizada, más compleja en sus pensamientos y emociones. Cuando esta sociedad genera su propio arte se desarrolla al mismo tiempo un sentimiento de arraigo o pertenencia muy fuerte que además logra tender puentes para unir partes que están en disputa, justo ahí donde la razón (o la sinrazón) fracasa”.

La vida sin cultura. Si bien es cierto, como dice Chichoni, que lo más importante son las necesidades primarias, las sociedades más exitosas a lo largo de la historia coinciden con un desarrollo extraordinario de las artes. “Estas dictaron aquellos parámetros estéticos que nos han hecho crecer y que a veces, inconscientemente, dominan nuestros gustos y actos de cada día”.

Como señala Heredia, “que no exista esta posibilidad agudiza esa alienación y ese individualismo del ‘sálvese quien pueda’ que propone el capitalismo”.

Y aunque, en palabras de Vainstein, los creadores siguieron creando durante la pandemia, la irascibilidad en general ha ido en aumento. “Los encierros familiares, las dificultades económicas, pero también la inexistencia de manifestaciones artísticas, pueden explicar el fenómeno”, señala.

En este sentido, el rol de la virtualidad no ha sido suficiente para suplantar el hecho artístico: “Hemos tenido que recrear espacios a los que no estábamos acostumbrados. Nos fuimos habituando a las redes y plataformas para aliviar el aislamiento y, en muchos casos, se transformaron en nuevas formas de trabajo. Pero siempre será imposible suplantar la posibilidad de acudir a un cine, a un teatro, a un concierto, porque son hechos sociales”, considera Mariani.

En esta misma línea, Vainstein observa que “fueron un buen paliativo, pero la pantalla hogareña no reemplaza las manifestaciones artísticas históricamente naturales: una buena obra de teatro necesita un buen teatro y una orquesta sinfónica necesita la sala”.

Y agrega que aún ignoramos lo que esta pandemia habrá contribuido al desarrollo creativo. “Ha habido un arte nuevo luego de la peste negra y de la gripe del ‘18. Las numerosas soluciones encontradas por los creadores para seguir haciendo arte nos permiten esperar manifestaciones artísticas nuevas, tal vez revolucionarias, difíciles de imaginar”.


COLUMNA DE OPINIÓN
El arte, lo útil, lo inútil y el muerto que vuelve
Por Diego Fonti (*)

Incluso las intenciones mejor predispuestas en las discusiones públicas postulan las diversas manifestaciones estéticas como un espacio para que la gente refleje su interioridad, sus emociones y sentimientos.

Así, es un lugar común decir que es importante que alguien pueda expresar su personalidad y que el arte sería algo así como un medio para lograrlo.

Por supuesto que antes de eso la gente tendría una larga lista de requisitos que deberían satisfacerse, por lo que parecería que su lugar es subordinado.

El problema con esa visión de la experiencia estética no es solo su reducción, sino incluso su limitada comprensión de lo “práctico” o “útil” del arte. Por eso conviene hacer un breve repaso para actualizar la potencia que todavía le queda a esas expresiones que calificamos como artísticas.

Las ideas de “arte por el arte”, “arte independiente”, e incluso del sujeto expresivo, son un invento relativamente reciente. Siempre el arte tuvo una entidad propia pero no independiente.

Los bajorrelieves aztecas, los cánones medievales, los murales de Rivera, la filmografía de Eisenstein, son impensables como mera expresividad de sujetos desprovistos de toda intención pública, más allá de sus con- textos propios.

Esa no independencia tuvo extremos indeseables, por cierto, cuando un partido o una comprensión del mundo impusieron sus criterios a los artistas.

Y sin embargo, y a menudo en medio de esas imposiciones, ellos lograron usar esos mismos límites para crear de modo extraordinario algo impensado en medio de lo ordinario. Es verdad que instauraron así progresivamente una serie de dispositivos para identificar algo como arte, lo que nos sumerge en las preguntas y discusiones sobre todo lo que intenta aprovecharse del arte para sus fines particulares.

Pero más allá de la necesaria crítica de los usos, esta primera idea revela las posibilidades de la experiencia estética como una práctica útil para las diversas dimensiones subjetivas, educativas, sociales. Hace la vida mucho más compleja, rica y múltiple en sus posibilidades.

Al mismo tiempo, el arte revela otra dimensión, una “inutilidad” o en todo caso la resistencia a la subordinación a un sistema impuesto. Chagall y Maiacovsky entran en tensión con su amada revolución, los antropófagos brasileros se comen el modernismo europeo.

La libertad subsiste. Ciertamente están quienes se “entregan” al sistema, pero su ironía permite ver los límites del mismo, al punto de preguntarnos quién usa a quién. 

Y finalmente está el difunto. Como suele suceder en filosofía, el reparto gustoso de certificados de defunción incluyó al arte. Pero la muerte del artista (por el proceder mecánico), la muerte del objeto arte (por la posible identificación de cualquier cosa como arte), la muerte de la experiencia estética (por su reemplazo por una serie de dispositivos sometidos al sistema económico o comunicativo) no terminaron de matar esa poiesis, esa acción productiva de tomar un fragmento del mundo y rehacerlo. Una de las características de esa acción, según Aristóteles, era que incluía la libertad. Y por eso quizás da tanto miedo todavía.

(*) Filósofo.

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