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CóRDOBA
A 10 AÑOS DE LA MEGACAUSA LA PERLA

La palabra viva y decisiva de los sobrevivientes

No fue una experiencia sencilla para quienes atravesaron el terror y volvieron a ver la luz, contar lo que habían visto y padecido. Aunque hubo quienes dieron testimonio incluso en dictadura, fue necesario acompañarlos. Así lo cuentan los abogados de las víctimas Martín Fresneda y Claudio Orozs, las psicólogas Silvia Plaza y Mariana Tello Weis, y Jaime Díaz Gavier, quien fuera presidente del Tribunal Oral Federal N°1.

15-8-2026-La Perla
. | CEDOC PERFIL

“Al compromiso, valentía y entereza de los sobrevivientes y la importancia de sus testimonios para la reconstrucción de los hechos de esta megacausa”. Así, un mediodía del invierno de 2016, en el primer piso de los Tribunales Federales frente al Parque Sarmiento, al cabo de uno de sus alegatos, expresó su reconocimiento Facundo Trotta, jefe de los fiscales de la Megacausa La Perla.

Habitaron uno de los rincones más siniestros de la tiniebla organizada. Fueron secuestrados, torturados, vejados. Fueron desaparecidos entre los desaparecidos, y un día, después de muchos meses de atravesar el horror de cada día, emergieron de la otra dimensión de la realidad de aquel país ensangrentado y sordo, y regresaron a la vida.

Los sobrevivientes de La Perla, los mensajeros que trajeron noticias del infierno; los que grabaron gritos, nombres, caras y la rutina del espanto, y vinieron a contar. Sus testimonios han sido decisivos no sólo para que muchos de los responsables de los aberrantes crímenes fueran llevados ante los jueces, sino también para que el oscuro destino de otras víctimas salga a la luz y reclame su parte de justicia.

El final de la Megacausa La Perla (que juzgaba, además, los crímenes de lesa humanidad cometidos también en Campo de la Rivera, D2, y otras catacumbas cordobesas), el juicio más extenso y significativo de la historia judicial de Córdoba, llegaba con las razones de una larga procesión de testigos (581), en especial, los sobrevivientes, que fueron capaces de que las palabras que brotaban de la lacerada memoria de su dolor portaran los mensajes que vendrían a poner un poco de reparación y alivio, no sólo a las víctimas sino a toda la sociedad. El próximo 25 de agosto se cumplirán 10 años de la sentencia.

Ana y su cuaderno

“Hay sólo dos o tres nombres que sólo vos nombrás (...) Sin tu palabra, los Ellos no van a ir presos por esos dos o tres nombres (...) Pero no por esos de los que solamente vos hablás”. En su libro “El silencio, postales de La Perla”, la sobreviviente Ana Iliovich cuenta que eso fue lo que le dijo Claudio Orozs, abogado querellante. Y que se fue manejando a su casa con “el pecho oprimido por la decisión”. “De pronto entiendo y cobra sentido, un inmenso sentido. Ya no dudo más. ¡Ya no dudo más!”, escribió.

Y Ana Iliovich, la que había entregado anónimamente su cuaderno Gloria a la Conadep, ese “cuaderno de gloria”, como dice Orozs; la que había sido conducida por la fuerza pública a declarar en la Causa Brandalisis, se sentó a declarar en la Megacausa. Su cuaderno, en el que escribió decenas de nombres de secuestrados-desaparecidos que registró en su memoria durante los dos años que pasó en La Perla, sería al final un manantial de identidad y justicia para muchas vidas extraviadas en la bruma de la atrocidad. “Me sentía una cucaracha, y cuando empecé a escribir los nombres de los compañeros de La Perla, fui una cucaracha escribiente. Cambié de categoría frente a mí misma”, nos contó en esos días.

Claudio Orozs subraya que entre los nombres que Ana Iliovich tenía en su cuaderno estaba el de quien fuera política en su adolescencia, Adriana Ruth Gelbspan Einis, sobre la que se había contado que había sido muerta en un enfrentamiento a los 17 años, y a la que, sin embargo, Iliovich la vio en La Perla.

Acompañamiento psicológico

Pero, ¿cómo fue posible acudir en respaldo de la declaración de los sobrevivientes para apuntalar los juicios por los crímenes de lesa humanidad? “Cuando empezamos, no estaban dadas las condiciones institucionales del país en general para garantizar a los testigos no solamente un acompañamiento como política de Estado que comprenda la situación traumática que habían vivido, sino más bien había una situación hostil, donde lo advertimos nosotros, básicamente. Con un criterio propio. Es más, nosotros no teníamos un criterio claro de cómo llevar estas situaciones”.

El que habla es Martín Fresneda, quien no sólo fue abogado querellante en el primer juicio en Córdoba por delitos de lesa humanidad, la causa Brandalisis, sino que había comenzado a militar jurídicamente (además de en la agrupación Hijos), en los juicios por la verdad, en los que en un principio los testigos no tenían obligación de identificarse.

Cuenta Fresneda que frente a esta situación, ya en los prolegómenos del primer juicio que se llevó a cabo en Córdoba, en 2008, es decir la causa Brandalisis (luego de la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final), el grupo que trabajaba junto a la querella tomaron la decisión de ir a buscar a Silvia Plaza (psicóloga). Entonces, se reunieron con el presidente del Tribunal Oral Federal N° 1, Jaime Díaz Gavier, y le propusieron que Silvia Plaza fuera integrada a los juicios como auxiliar de Justicia para que pusiera en marcha un grupo de especialistas para concretar un acompañamiento psicológico a los testigos. Así sucedió.

Plaza, en tanto, aclara: “Los sobrevivientes siempre han declarado, antes de la causa Brandalisis, antes de la Megacausa La Perla. Ya había algunos, incluso de Córdoba, que en una situación de altísima dificultad y de desconfianza institucional rendían testimonios. Sus experiencias no fueron fáciles de transitar. Fue muy en soledad, como pasó en el juicio a las Juntas. No había equipos de acompañamientos, personas que los esperasen luego de testimoniar. Fue entonces que muchos ya no quisieron ir a los fueros judiciales pues no eran bien tratados, bien escuchados. Es decir, había un cierto maltrato institucional de la Justicia. Sin embargo, lo que hemos avanzado ha sido gracias a los sobrevivientes siempre han testimoniado, cuidados o no cuidados, acompañados o no”.

“Antes de los juicios e incluso durante la dictadura, un número importante de sobrevivientes habían hecho declaraciones en diversos organismos internacionales desde el exilio. Fue muy diferente a quienes declararon aquí, como Gustavo Contepomi, que escribió un libro junto a Patricia Astelarra, que fue detenido porque aún había leyes que no habían sido consideradas”. Y apunta que dio testimonio en el Juicio a las Juntas, esposado y en condición de detenido, como consecuencia de declaraciones que fueron encuadradas como autoincriminación por leyes penales “antisubversivas” aún vigentes.

“Los testimonios nacen dentro del campo. O sea, la gente encontró en la necesidad de contar lo que había pasado, una razón para vivir ahí adentro. Poder contar en nombre de los que no pueden contar fue algo que los mantuvo vivos no solo dentro del campo, sino muchos años después. A pesar de la incomprensión, de la falta de escucha. Algo similar pasó con los sobrevivientes del Holocausto; a algunos recién se los pudo escuchar 30 o 40 años después”. Son las palabras de Mariana Tello Weiss, psicóloga y antropóloga que fue a su vez investigadora en el Espacio de la Memoria La Perla.

La luz de los juicios

A las víctimas y sobrevivientes, en los juicios por lesa humanidad en Córdoba, se les dio la posibilidad de ampliar sus declaraciones más allá de los datos puntuales de cada hecho por el que daban testimonio. “Era necesario darles la oportunidad de hablar, de decir, de expresar todo esto, de sacarse de alguna manera de encima este peso brutal de acontecimientos terribles que le habían ocurrido, de hacerlos públicos, que es una manera también de poder superarlos, de curar en el sentido más amplio de la palabra, no en un sentido médico ni psicoanalítico, curar en el sentido de hablar, decir lo que te pasó, pero además de lo que te pasó, lo que sintió y qué consecuencias tuvo todo eso”.

Así lo cuenta Jaime Díaz Gavier, quien fuera el presidente del Tribunal Oral Federal N°1 en varios juicios de delitos de lesa humanidad, incluída la causa Brandalisis y la Megacausa La Perla. Y habla también de la sociedad argentina en su conjunto. “Fue lastimada por este proceder de los sectores de poder que llevaron adelante el terrorismo de Estado, tratando de imponer de esta manera brutal y delictiva una concepción de la sociedad y del Estado”.

En el mismo alegato citado al comienzo de este texto, el fiscal Trotta sostuvo: “Las víctimas no sólo tuvieron que padecer el campo de concentración, sino que además, cuando recuperaron su libertad sufrieron la soledad, en algunos casos, producto del exilio, y en otros, de la actitud de gran parte de la sociedad civil que lejos de comprender el daño que padecieron, en muchos casos, lo ignoraron, dejando a las víctimas sumidas en la más absoluta indiferencia”.

Hace casi exactamente 10 años, en los días previos a la sentencia, Ana Iliovich nos contaba sus sensaciones luego de declarar y de volver a asistir a la sala de audiencias. “Cuando asistí a los alegatos, sentí que desde ahí se iluminaba el barrio, la ciudad, el país; que ya no somos los mismos después de este y los otros juicios, aunque muchos no lo sepan. Nos permiten vivir con un poco más de ética: los asesinos son los asesinos y las víctimas son las víctimas”.