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GENERACIÓN Z

Los jóvenes no se fueron de la política: cambiaron de lugar

Tres voces políticamente disidentes entre sí desafiaron la idea de una generación despolitizada y revelaron cómo canalizan hoy su interés por transformar la realidad, entre la economía, el trabajo, la salud mental, las redes sociales y nuevas formas de participación.

5-9-2026-Jóvenes y política
. | CEDOC PERFIL

Los partidos políticos pierden afiliados y capacidad de representación, especialmente en la franja etaria que va de los 16 a los 30 años, correspondiente a la llamada Generación Z. ¿Acaso los jóvenes se alejaron de la política, o fue la política la que dejó de hablarles? La pregunta atravesó toda la conversación de Repensar Argentina, el ciclo de streaming que dedicó su último capítulo a analizar esa relación con tres invitados de trayectorias e improntas ideológicas bien distintas.

Participaron Sol Yornet Barbieri (28 años), politóloga en formación e integrante de Nietes, organización de nietos y nietas de desaparecidos de la última dictadura; Simón Barrionuevo López (28), licenciado en Comunicación Social, integrante del Frente Joven y ex coordinador local de Students For Liberty; y Federico Borelli (23), estudiante de Ciencias Políticas, referente juvenil de Creemos y con recorrido en el Sindicato Petrolero de Córdoba (SinPeCor).

Con matices y desacuerdos de fondo, hubo coincidencia de base en un diagnóstico: no parece haber indiferencia hacia la política, sino una generación que está buscando otros lugares, otras formas de participación que sienten más cercanas y, sobre todo, más útiles para discutir el presente e intentar modificarlo.

Desencanto

Los números muestran la primera paradoja: según un estudio de opinión que citó Federico, un 60% de los jóvenes está interesado en la política, pero un 77% manifiesta emociones negativas frente a ella. Es la distancia entre el interés y la posibilidad real de participar. “Generalmente, las áreas de juventudes dentro de los partidos están compuestas por ‘chepibes’ que van a hacer mandados o tareas de militancia que están muy bien, pero no son parte de la toma de decisiones, ni son escuchados dentro del partido”, planteó.

Simón, que trabajó en la campaña de La Libertad Avanza en 2023, coincidió en que el problema no es la falta de interés: lo que cambió es el canal elegido para expresarlo. “Los jóvenes estamos interesados en política ni más ni menos que antes, sólo que ahora ese interés se canaliza a través de instituciones donde sentimos que va a rendir sus frutos, como organizaciones del tercer sector, asociaciones civiles o fundaciones”, explicó.

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Sol llevó la discusión un paso más allá, hacia el lugar desde el cual se invita a los jóvenes a participar. “La sociedad es adultocentrista. Se piensa que todo lo que no es adulto simplemente es una etapa de preparación para la adultez. Entonces, si vamos a hablar de decisiones importantes, éstas deben quedar reservadas a ‘cuando seas grande’. Siempre somos promesas, somos el futuro; nunca somos el presente. Y la verdad es que no somos ni ‘la previa’ ni ‘el after’. Estamos y somos ahora”, cuestionó.

Otra vida

También cambió la idea de cómo debería ser una vida joven. “La juventud que los adultos proyectan es la que ellos tuvieron y eso, para mí, es un error. Hoy la juventud es más líquida, más cambiante, más dinámica. Ahora los jóvenes tienen intereses que ni siquiera aparecen en las universidades del Estado. Dentro de poco, la mitad de los trabajos que van a existir hoy no existen y ciertas instituciones no están acompañando estos cambios”, sostuvo Simón.

¿Perdió fuerza la promesa de que la universidad garantiza un futuro mejor? Simón está convencido de que sí. “Tengo un amigo que trabaja en dos kioscos y cobra más que otro amigo que es contador. No me parece que sea tan estático esto de que, si uno pasa por la universidad, sí o sí va a tener un futuro mejor”, ejemplificó. Federico, en cambio, menciona a la universidad pública entre las instituciones que más confianza conservan entre los jóvenes, por ser uno de los pocos espacios donde efectivamente pueden participar y sentir que sus ideas tienen algún lugar.

A su turno, Sol puso el foco en las condiciones materiales de cada época. “En los ‘70, mi abuela tenía mi edad: 28 años. Estaba casada, tenía dos hijos, un título universitario y un trabajo. Paralelamente a eso, después tuvo que insiliarse en la casa de sus padres para cuidarse, porque a mi abuelo (Roberto Yornet) lo habían secuestrado y torturado. Estuvo en el campo de concentración de La Perla y lo estamos buscando al día de hoy”, relató.

Esa historia familiar marcó su militancia y su convicción de que, “al hablar de la baja participación de los jóvenes en espacios de toma de decisiones dentro de las estructuras políticas, no puede obviarse que una gran parte de la juventud argentina fue perseguida, secuestrada, torturada y obligada a exiliarse” durante un “plan sistemático de exterminio de la oposición política financiado por intereses foráneos”. Y trazó un paralelismo: “Hoy, la agenda global tiene una estrategia específica para que un 90% de los jóvenes sigan viviendo en regiones de subdesarrollo, con menos posibilidades y con pocas chances de organizarse para cambiar esas condiciones”.

Lo que importa

Para Federico, “los políticos creen que hablarles a los jóvenes es subirse al tren de TikTok con un vocabulario juvenil”, pero los temas centrales que le interesan a la generación están olvidados. “La cantidad de jóvenes que buscan empleo y no lo encuentran es el doble que el resto de la población: un 17 por ciento”, explicó. Y cuestionó la idea de que cada uno es responsable exclusivo de su propia situación: “Nos quieren hacer creer que todo problema que tenga cualquier persona es por su propia culpa. Yo creo que también influyen el contexto y las decisiones políticas”.

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Sol coincidió: si alguien no consigue trabajo o no encuentra un lugar en el mundo, la respuesta suele buscarse en sus decisiones personales y no en las condiciones sociales que las rodean. “El dolor está siendo despolitizado. Mientras los jóvenes no tengan propósito, va a seguir funcionando un sistema de acumulación que los deja fuera”, planteó.

La salud mental aparece entonces como un problema político, aunque no siempre sea tratada así. “El suicidio es hoy la principal causa de muerte en jóvenes y, sin embargo, el debate de una ley de emergencia viene perdiendo estado parlamentario desde 2023”, apuntó Sol. “La semana pasada vimos cómo la Agencia Córdoba Joven se sumó a lo de Farmear Aura en el Patio Olmos. ¿Por qué están esos recursos ahí y no en la prevención del suicidio? Todos conocemos a alguien cercano que ha pasado por un momento en el que pierde propósito en la vida. Eso es tristísimo”, completó Simón.

Pantallas

Las redes sociales son parte inseparable de ese presente: informan y conectan, pero también multiplican algunos de los problemas de la generación, como la comparación permanente. “Me pasa a mí: veo a chicos que a los 17 años están haciendo un montón de cosas que yo quiero hacer y me cuesta asimilar que las personas somos diferentes y el contexto de cada uno también lo es”, contó Federico.

Simón introduce otra mirada: las redes pueden encerrar, pero también ampliar horizontes. “Yo tengo la teoría de la acción humana, por la cual en un intercambio se benefician ambas partes. Las redes sociales han permitido a algunas personas encontrar mundos que no conocían y por los cuales han llegado muy lejos. Es cierto que también te pueden llevar a lugares peligrosos, pero creo que hay una mayor conciencia de eso”, planteó.

Sol, en cambio, piensa que hay pocas herramientas de protección para niños, niñas y adolescentes: “Hoy los chicos tienen la posibilidad de decidir con un teléfono con quién hablan, dónde invierten sus recursos; y ese ejercicio de autonomía progresiva no está acompañado de políticas de protección, cuando las redes sociales son un gran foco para exacerbar el bullying, el grooming y el trabajo infantil”.

Los jóvenes no parecen reclamar políticos que hablen como ellos o aprendan el último formato de TikTok. Reclaman algo más difícil: que la política les hable de trabajo, vivienda, educación y salud mental sin discursos vacíos; que les permita participar de verdad y no solamente militar; que los escuche antes de pedir adhesión; y que deje de tratarlos como una promesa. Porque mientras los adultos seguimos preguntándonos cuándo llegará el momento de que sean protagonistas, ellos ya están viviendo las consecuencias de las decisiones que se toman hoy.