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EN EL MARCO DE GIRART

Luciano Cáceres trae ‘Paraíso’ a Córdoba: "La obra interpela directamente a la masculinidad"

El actor y director se presenta este miércoles 12 de agosto en el Teatro Real con un unipersonal de Inmaculada Alvear, dirigido por Ignacio Rodríguez de Anca.

Luciano Cáceres
Luciano Cáceres. “Estamos acostumbrados a los momentos de crisis, sabemos el esfuerzo que hacemos y el esfuerzo que hace el espectador para seguir viviendo, consumiendo y apoyando”. | Gustavo Gavotti

Alimentado por una vocación que mamó desde la cuna, Luciano Cáceres no conoce de pausas. Tras cosechar aplausos masivos con Muerde, el actor vuelve al formato unipersonal para adentrarse en la vorágine de la urbe con Paraíso, una obra de la dramaturga española Inmaculada Alvear que desembarca este miércoles 12 de agosto en la Sala Carlos Giménez del Teatro Real.

La función se da en un contexto especial: la programación del Mercado Girart, una plataforma estratégica de las artes escénicas que convoca a curadores e itinerantes internacionales para exportar el talento nacional.

En Paraíso, Cáceres encarna a Juan Valero, un empresario implacable, racista y hegemónico que, tras recibir un trasplante de corazón perteneciente a una trabajadora sexual dominicana, ve sacudida su estructura existencial por el latido latente de una memoria ajena.

Antes de subir al escenario en Córdoba y continuar su periplo hacia España, Uruguay y Perú, el artista dialogó sobre la trastienda de este proyecto, los mandatos de género, la resistencia cultural y el oficio ininterrumpido de autogestionarse.

—¿Cuándo arrancaste con este unipersonal?
—En marzo de este año, en el Complejo Teatral de Buenos Aires (Teatro San Martín). Y arrancó muy bien porque el día del estreno ya teníamos agotada toda la temporada.

—¿Cómo surgió el proyecto?
—Surge después de Muerde, que es una obra rural, de pueblo; y salí a la búsqueda de una obra bien de urbe. Investigando en la dramaturgia internacional vi este estreno en Madrid de Inmaculada Alvear, una de las autoras históricas del grupo El Astillero. Nos contactamos, nos cedió los derechos y junto a Ignacio Rodríguez de Anca, nuestro director, nos pusimos a trabajar en esta historia tan particular.

—¿Qué fue lo primero que te atrajo de esta obra?
—En lo personal me interesó el arco del personaje: este tipo empresario, ambicioso, materialista, xenofóbico, racista y homofóbico que recibe un trasplante de corazón de una trabajadora sexual dominicana, directamente en las antípodas de su ser. Esa batalla interna que sufre el personaje es fascinante. La autora pone el trasplante como excusa para retratar esos momentos bisagra de las segundas oportunidades; esos instantes donde si no hacés un cambio de rumbo a tiempo, te la vas a volver a poner contra una pared.

—Si bien no está comprobado científicamente que un órgano tenga memoria, hay una simbología muy fuerte en la ficción...
—Totalmente. La autora toma el órgano del corazón como lo suele tomar la música o la poesía, para plantear algo bien emocional. Nosotros transmitimos con mucho respeto que esto es una ficción; de hecho nos reunimos con una asociación de trasplantados para abordar el tema con cuidado.
Lejos de ser un tratado médico, la obra habla del disparador del trasplante para reflexionar sobre un transicionar, un cambio interior que está pidiendo pista. Pero además aborda la vulnerabilidad de colectivos postergados, la importancia de la crianza y hasta el esfuerzo de una madre que, aun después de muerta, intenta proteger a su hijo.

—La obra también interpela sobre las nuevas masculinidades, ¿cómo opera esa dimensión en la escena?
—Bueno, sí, interpela directamente a la masculinidad. En un mundo poderoso dominado por hombres, esa sensibilidad que le empieza a aparecer al personaje va a tener que abrirse paso. El personaje cree que puede manipularlo, pero no. Además, la obra utiliza un procedimiento multimedia con dos cámaras en vivo, proyecciones y música original para mostrar cómo el personaje queda expuesto mediáticamente. Habla de cómo la mirada de afuera, el juicio y la opinión pública alteran tus propias decisiones.

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—La función en Córdoba se da en el marco del Mercado Girart, ¿qué expectativa te genera actuar ante curadores internacionales y el público local?
—Es una suerte enorme que hayan elegido a Paraíso para participar de este Mercado entre tanto teatro argentino de calidad. Le da una presión extra linda, pero lo mejor es compartir la función con los programadores y con el público cordobés. Le abre a las obras la oportunidad real de ser exportadas.

—El teatro independiente argentino tiene una impronta única de resistencia ante contextos complejos…
—Sin duda. Estamos en un momento de crisis, pero los teatristas sabemos de esfuerzo. Mirá, en 2002 hice mi primera gira internacional en Francia y las preguntas de la prensa ya eran cómo hacíamos teatro en crisis.
Lo que sucede en Argentina no pasa en ninguna parte del mundo: en el pueblo más chiquito hay un grupo sosteniendo una sala por pura vocación, ensayando de noche después de trabajar en otra cosa. Hay una diversidad de géneros y una identidad local en cada provincia que es maravillosa.

—Naciste prácticamente dentro de un teatro y viviste años en una cabina de luces, ¿eso definió tu perfil autogestivo?
—Yo fui concebido en un teatro y mi primer año de vida transcurrió ahí, sí. Luego, de los 19 a los 25 años viví en la cabina de luces de un teatro independiente en Boedo.
Tuve la suerte de formarme con Alejandra Boero y aprendí que el teatro independiente es autogestión pura: si hay que agarrar un serrucho, una amoladora o un pincel para armar la escenografía, se hace. En Paraíso o en Muerde me vas a ver tirando cables, colgando luces y armando cámaras a la par del equipo. Se disfruta un montón trabajar así.

—¿Cómo continúa tu hoja de ruta para lo que resta del año?
—Seguimos de gira con Paraíso por Argentina y Uruguay, y en octubre desembarcamos en España con funciones en Canarias, Barcelona y Madrid. En paralelo, el 26 de septiembre estreno como director con el elenco estable del Teatro El Galpón de Montevideo, filmo una película de género en Perú y sobre fin de año me sumo al Centro Dramático Nacional en Madrid para actuar en la obra Los Fugaces.

Luciano Cáceres en Paraíso

En escena. La trama sigue a Juan Valero, un poderoso empresario que, tras recibir un trasplante de corazón, descubre que conserva los recuerdos y latidos de su donante: una mujer dominicana del barrio Paraíso de Dios.