7th de March de 2021
CORONAVIRUS Pandemia
13-04-2020 14:04

Maternidad y coronavirus: las 48 horas que pueden cambiar una vida

Creencias y miedos de una madre cuando una hija puede tener Covid-19.

Mónica Beltrán*
13-04-2020 14:04

La primera imagen que se me cruzó fue ella, tan chiquita, con 50 centímetros y días de vida. Con una máscara en la nariz para respirar mejor, tras el nacimiento en un parto complicado que me llevó a una cesárea de urgencia. Días después, el neonatólogo la puso en mis brazos y me dijo: “Nunca te olvides que es sana. No tiene nada. Todo pasó: Nunca pienses que tiene algo en los pulmones, en relación a la manchita con la que nació y que pronto se reabsorbió sola. Es una beba igual a todas. Te la llevás a tu casa y te olvidás”.

Y así fue, me olvidé. Me olvidé los años que la llevé al jardín, entre trenzas y colitas con moños y chicas superpoderosas. Y me olvidé cuando festejamos los 10, los 11 y los 15. También cuando en la adolescencia peleábamos porque quería quedarse de noche en la “toma” de la escuela y yo, como castigo, le sacaba el celular. O cuando decidió que no le gustaba gimnasia y simplemente no fue más a esas clases, lo que la obligó a rendir libre y recitar el reglamento de voley.  

Pero esta vez no. Esa imagen se me instaló en el alma. Y el miedo me ganó. ¿No será que aquel médico me mintió? ¿No le habrá dejado ese nacimiento algún tipo de vulnerabilidad que hoy reaparezca ante la presencia de este virus inmundo?

Mi hija me llamó por teléfono el martes a la noche. Con 25 años, acaba de volver de un viaje a Europa: “Mamá, llamé al 107, tengo síntomas desde temprano y me van a venir a buscar del SAME. No te preocupes, por favor, estoy bien”.

Pero ¿cómo? ¿Esto no le pasa a la gente que aparece en el noticiero y es sólo un número más? ¿Cómo es que me está pasando a mi, ella no es un número, es mi hija? ¿Estará mi hija entre el número de infectados que darán hoy en las noticias? ¿No era que el diario de hoy no habla de vos ni de mí? La cabeza no para de acumular decenas de preguntas inútiles.

“Tengo síntomas: tos y fiebre, pero estoy bien. Sé que voy a estar bien. No te preocupes”. Ella me tranquiliza a mí. ¿No debería ser al revés? El mundo se desploma. ¿Cómo la van a llevar en una ambulancia del SAME sin que yo pueda ir? ¿Cómo voy a hacer para que mi corazón siga  latiendo en este tiempo que no pasa más?

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Cuando este tipo de cosas pasan, todo lo demás no sirve para nada, es superfluo. Y jurás – ante Dios o ante vos mismo—que jamás vas a volver a preocuparte porque te robaron el celular, se te manchó la camisa, hay un error en la tarjeta de crédito o tuviste un problema en el trabajo. Mucho menos volverás a quejarte: “Estoy aburrida”, “No hay nada que me apasione últimamente” o ese tipo de sentimientos humanos que son un sinsentido cuando algo grave te pasa de verdad.   

Mientras esperé las 14  horas que tardó el SAME para buscarla en su casa y llevarla a la clínica, prendí una vela blanca y repetí millones de veces: ¡Que esté bien! Me acordé de la escuela, cuando en los primeros grados me hacían repetir renglones con letras o una misma palabra, hasta aprenderla. Recé también a un Dios que había olvidado hace un tiempo. Y tuve que buscar el Padre Nuestro en Internet porque no me acordaba cómo pronunciarlo. Me enojé mucho conmigo por ser tan poco creyente y acepté resignada la soledad y la impotencia de una atea caprichosa.

Esos tres días que duró todo, hasta que ella recibió sus dos resultados de test que dieron negativo y supimos que no tenía coronavirus, fui un fantasma deambulando por la casa. Casi sin dormir, como una autómata. Mi única actividad era llamarla, mantenerla animada. Yo la tranquilizaba a ella y ella a mí. Por la mañana le preguntaba por el desayuno, coordinaba envíos de termos con té de jengibre para la tos, perfumes para mejorar el ambiente despoblado del consultorio que la albergó en esos días, su morada de aislamiento, y el resto del día sólo padecía, por no poder correr a abrazarla. Hasta fantasee con irme a la clínica y quedarme en la sala de espera, para estar mas cerca.  

Y es hasta hoy, que no pude verla. Lo peor que tiene este virus es que nos obliga a mantenernos aislados, cada cual en sus casas, solos y teniéndonos miedo entre humanos. El miedo conque me mira mi vecina si justo toca el ascensor y para en su piso conmigo arriba. El miedo de la cajera en el supermercado si alguien la roza al darle ese billete que otros tocaron. El miedo a lo desconocido, a un virus que nos cambió la vida.  

La cuarentena continúa para todos. En el caso de mi hija, aunque cumplió el aislamiento por su viaje, no puede volver a salir a la calle por otros 14 días. Estuvo en una clínica y compartió espacio con otros que no llegó a ver, pero que también debieron pasar por el test. ¿Cuántos de ellos estaban infectados y cuantos no? Más miedo y peligro que la acecha.   

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No pude acunarla ni cubrirla de caricias, como cualquier mamá necesita hacer con una hija que sufre. Como hice otras tantas veces, cuando se cayó en el subibaja y hubo que coserle la pera, cuando íbamos al traumatólogo por las rótulas de su rodillas o cuando tuvo aquella pelea adolescente con sus mejores amigas en la escuela.

El abrazo, la manera de sanar que conocemos. El beso y el abrazo, la mano tendida, la caricia, todo lo que nos es vedado en estos días, donde el cuerpo del otro parece ser el peor riesgo que corremos.

Los humanos convertidos en posibles portadores inconscientes de ese “enemigo invisible” del que nos habló el Presidente. Tenemos miedo unos de otros. Sentimientos nuevos, únicos, cuyas consecuencias son imposibles de predecir.  

Por ahora, en nuestro caso, sé que ella está bien. Sigue siendo, ahora por videoconferencia, el sol de la familia. Ya nuevamente se queja de que las frutas y las verduras aumentaron el precio y que se le rompió la ducha. Yo le digo que no es nada, la conformo. Es la única caricia que puedo hacerle, caricias con palabras, corazones por whats app, videoconferencias para cocinar juntas o hacer ejercicios de respiración a la noche. Y pienso que tal vez, no es tan diferente de lo poco que sentía que podía hacer durante sus primeros días de vida, cuando no podía darle de mamar, me sacaba la leche con una jeringa para dársela en la boca y estiraba mi mano temerosa para tocar sus deditos minúsculos, con miedo a romperlos, cuando ella me miraba desde adentro de esa cuna vidriada que fue su primera casa.  

*Periodista y escritora.

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