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CULTURA / Libro / Reseña
lunes 10 junio, 2019

Clásico de la semana: "El príncipe", de Nicolás Maquiavelo

La obra cumbre de una de las figuras del Renacimiento italiano es su tratado de doctrina política.

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por Juan José Becerra


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Nicolás Maquiavelo (1469 - 1527) es considerado el padre de la Ciencia Política moderna. Foto: Cedoc

Del mismo modo en que se suele reducir la idea de lo kafkiano a un teatro de la burocracia en tanto victimaria silenciosa de inocentes, capaz del peor de los crímenes perfectos (el que no tiene autor), también tuvo y sigue teniendo su turno en el reparto de malentendidos aquello que en el discurso del poder se conoce como lo maquiavélico.

Se supone que lo maquiavélico es un acto de orquestación del mal, destinado a acceder a privilegios personales y a mantenerlos ad infinitum a través de los recursos públicos. Lo maquiavélico es, por la ley de los hechos, el mal aplicado a la política. Ejemplo válido: “Menem fue maquiavélico”. Ejemplo inválido: “mi suegra es maquiavélica”, ya que no hay maquiavelismo de lo íntimo según lo volcado por el propio Nicolás Maquiavelo en su long seller “El Príncipe” (1522).

Filosofía en 3 minutos: Maquiavelo

Si no fuese un resumen de historia europea bajo la mirada del Renacimiento -y una etología del uso del poder público-, “El Príncipe” sería hoy un libro de autoayuda para políticos debutantes. Porque es evidente que cualquier político más o menos entrenado conoce por intuición, y actualizados, los protocolos de hacer y conservar el poder que Maquiavelo anota con la prosa de un informe de campo.

Experiencia y comentario de la experiencia: ese es el método de conocimiento de “El Príncipe”. El texto es obsequiado al Magnífico Lorenzo de Médicis sin ocultar que persigue lo mismo que quienes le regalan un caballo o piedras preciosas: el favor de su principado. Lo que hace Maquiavelo es cederle al Magnífico un know how para que sepa rodearse de sentido común, ejércitos y ministros. Los consejos abundan y casi todos tienen doble faz moral. Al cabo de la lectura, el beneficiario sabrá que hay que ocupar las colonias ganadas, que a la crueldad hay que aplicarla de un solo golpe, que hay que hacerse temer sin hacerse odiar, que cuando haya que matar a alguien debe ser por una causa clara y no aprovecharse de sus bienes (“los hombres olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”), y que hay cuatro caminos para llegar a príncipe: por la virtud o la fortuna (las únicos que les gusta recitar a los políticos argentinos), pero también por el crimen o el apoyo de los ciudadanos.

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Pero el mundo del que habla Maquiavelo ¡tiene quinientos años! Aplicar sus consejos a un estado-nación sólo le sirve a quien se da corte de haberlo leído a costa de inflamar de metáforas remotas la actualidad. “El Príncipe” sólo sirve para recrear el Renacimiento, no para verlo donde ya no está. Donde no deja de estar, en cambio, es en las obras completas de William Shakespeare, el escritor maquiavélico por antonomasia que señala con un dedo la política, le implanta venenos conyugales y la rebautiza: ¡tragedia!.

El Príncipe 06102019
"El Príncipe".

Lo que sigue vigente es el sistema de los principados eclesiásticos, como la Iglesia Católica. Como hace cinco siglos son los únicos “seguros y prósperos”, “se consiguen por virtud o por fortuna, y se mantienen sin la una ni la otra”, y “tienen estados que no defienden y súbditos a los que no gobiernan”. Esta breve descripción alcanzó para mandar a “El Príncipe” a la hoguera “fría” del Index Librorum Prohibitorum Expurgatorum.


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