sábado 02 de julio de 2022
CULTURA La ciudad pensada XXVI

Cortázar, entre pasajes, París y Buenos Aires

Buenos Aires se modifica por la letra de sus grandes escritores. Uno de los ejemplos de este proceso es el de Julio Cortázar. Tras recorrer sus cuentos y novelas, la ciudad se percibe desde pasajes hacia otro tiempo, sitios que inspiran algunas de sus ficciones, territorios urbanos tocados por sus pasiones por la música y el box. La ciudad misma convertida en trama literaria y simbólica.  

19-06-2022 16:21

La aventura del escritor y de su encuentro con la ciudad tiende sus líneas tras su nacimiento en 1914, con el tronar de la Primera Guerra Mundial y su guerra de trincheras. Entonces, Cortázar nació en Bruselas, hijo de un funcionario en la embajada argentina en Bélgica. Un nacimiento, como dirá, “producto del turismo y la diplomacia”.  

Rápido, aquel error se corrigió. Así regresó a la Argentina, a los 4 años; vivió sus primeros veranos en Banfield. Por complicaciones de salud, hizo reposo obligado. En su postración, lo acompañó la lectura de grandes escritores, y del diccionario Pequeño Larousse. Así empezó su amor por las letras.  

Se arrojó de cabeza, entonces, en la literatura francesa y la cultura universal; egresó como maestro del Mariano Acosta; estudió un año de filosofía; leyó con fruición a Jean Cocteau y John Keats; fue docente en Chivilcoy y Mendoza; y cuando era secretario de la Cámara del Libro, en 1946, Jorge Luis Borges publicó en la revista Los Anales de Buenos Aires su icónico cuento “Casa tomada”; y en 1948 obtuvo el título de traductor público de inglés y francés. Un estudio de tres años que cursó solo en nueve meses; esfuerzo que le provocara alteraciones nerviosas que luego reflejó en “Circe”.    

En un comienzo, Cortázar percibió la ciudad de Buenos Aires en un barrio de relucientes paredes blancas. El barrio Parque Guillermo Rawson; otro de los emprendimientos de la Comisión Nacional de Casas Baratas, nacida por iniciativa del diputado Juan Félix Cafferata, en 1915.  

El nuevo barrio contiguo al vasto Parque de Agronomía se construyó entre 1928 a 1933, en un trazado triangular, entre las calles Espinosa (hoy Julio Cortázar), Tinogasta y Zamudio.  

Allí, entre tilos, pasajes, hiedras, en la calle Artigas 3246, frente a la Plazoleta Carlos de la Púa, Julio Cortázar vivió entre 1934 y 1951, con su madre y su hermana. El escritor luego marchará a la ciudad de la torre Eiffel en la que transcurre, por ejemplo, “Las Babas del diablo”, en Las armas secretas (1959).  

Hoy, vemos que las casillas de una rayuela se estampan en el asfalto ante la plazoleta central; y, cerca, un bar en una esquina con el nombre de la máxima novela del escritor; y una placa lo recuerda en el edificio donde residió. En Bestiario (1951), el cuento “Ómnibus” traza una directa alusión al entorno barrial: “Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombras que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía…”.  

Luego, en una próxima Avenida San Martín y Nogoyá, Clara sube al colectivo 168, que, entre el murmullo de sus ruedas, recorre parte de la ciudad. 

Y en la habitación de sus comienzos, rodeado por barrio y tilos, aún se conserva su biblioteca inicial, sus primeros libros, del tiempo que concibió el ensayo sobre la teoría del túnel, en el que manifiesta su adhesión al surrealismo, y que postula una literatura que une lo cercano y lo desconocido, esta y la otra orilla. Entonces, su estética cobra forma con lo “neofantástico”: un solo elemento fuera de la ley racional que tuerce el cuello de lo convencional, como en el mencionado relato “Casa tomada”, en Bestiario.     

Primeros desplazamientos del escritor que construirá pasajes, túneles, rayuelas, escaleras hacia otros cielos, que autocriticará luego su primer esteticismo para asumir un compromiso político con el dolor de la Latinoamérica flagelada por las dictaduras. El escritor que primero imaginó la ciudad bajo la niebla, que es también la de sus creaturas que se burlaban de las buenas costumbres.  

 

Entre cronopios, y la ciudad bajo la niebla.  

En 1950, un joven Cortázar escribió la novela El examen. Antes, en 1938 había publicado el libro de sonetos Presencia; su primer libro de cuentos La otra orilla, en 1945, y la novela Divertimentos, en 1949.  

En El examen, la imaginación transfigura la ciudad del tango y el Obelisco. Inicio de su escritura novelística, que luego discurrirá experimental, existencial, filosófica, crítica de la cultura lógico-aristotélica y “antinovela” en Rayuela (1963). El examen solo se publicó de forma póstuma, en 1986.  

Unos amigos recorren un Buenos Aires arropado en niebla, hongos y multitudes inmersas en rituales públicos en Plaza de Mayo. Los personajes comparten inquietudes literarias, artísticas, políticas, históricas; anticipos de los aprestos existenciales y metafísicos futuros del Club de la Serpiente, en Rayuela, y del Diario de Andrés Fava.  

Y en Historia de cronopios y famas (1962), su personaje arquetípico de lo lúdico y creador es el cronopio. Los cronopios son lo contrario de los rutinarios famas. Los cronopios pueden entender las instrucciones para subir una escalera; o transfigurar la ciudad de Buenos Aires. La ciudad como ámbito de la “tristeza del cronopio”, que se sentaba en la pérdida Richmond de Florida, donde “moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales”.  

 

Un torito de Mataderos    

El Luna Park fue corazón de la pasión boxística. Allí, brilló Justo Suárez, primer ídolo argentino, boxeador oriundo del barrio de Mataderos, en la ciudad de Buenos Aires.  

Por la fuerza de sus puños, Suárez llegó a Estados Unidos. Y a la cumbre siempre le sobreviene la caída. En el caso del Torito, la declinación de fracasos, retiro, olvido, muerte, en 1938. Derrumbe del boxeador que inspirará a Cortázar el proverbial relato “Torito”, en Final de juego (1956), en el que imagina el decir de un púgil barrial: “Qué le vas a hacer, ñato… Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos”.   

La fascinación por un buen uppercut o un gancho de izquierda, hizo que uno de los primeros trabajos del escritor para sobrevivir en la ciudad luz, fuera relatar peleas para una cadena mexicana. Sus comentarios no ganaron el aplauso de los aficionados, pero sí un rápido despido.    

 

La galería entre dos mundos  

La galería Güemes adquiere en la literatura cortazariana un lugar prominente. El pasaje entre las calles Florida 165 y San Martín 170, que no deja de sorprendernos, en un edificio destacado, el primero construido en hormigón armado; inaugurado en 1915, en homenaje al general Martín Miguel de Güemes, héroe de la independencia y de la guerra gaucha.    

En su origen, el edificio fue el primer rascacielos de la ciudad, con 80 metros. Su arquitecto, Francisco Gianotti, elegido por un concurso, en 1912, le dio forma a la Galería Güemes con su torreta con mirador en acero y revestida en cobre; con su estilo de art nouveau tardío, con tendencia manierista y elementos bizantinos; bellas y llamativas esculturas de bronces bruñidos, dos cúpulas de claraboya, luminarias modernistas, y profusas figuras ornamentales. Centro de actividades comerciales y financieras, con oficinas, locales, e incluso viviendas; una de las cuales albergó al escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry, que mantenía a resguardo a un cachorro de foca en su bañera.  

En su teatro del subsuelo cantó Gardel, pero su aura artística mayor proviene de su reinvención literaria por Cortázar a través de su cuento “El otro cielo”, en Todos los fuegos el fuego (1966). Y descubrimos una visible placa en el pasaje que recuerda aquel relato.  

En su imaginación, el escritor unió el pasaje de Buenos Aires con la Galería Vivienne parisina.  

El protagonista de la ficción, un anónimo operador de bolsa, tiene en principio una correcta vida burguesa, con su casamiento con Irma a la vista, y éxito social asegurado. Sin embargo, siente el llamado de lo diferente, acaso por una íntima insatisfacción que lo roe como los gusanos a la tierra.     

El pasaje comunica el Buenos Aires de la década del 40’ con los suburbios parisinos, luego de la guerra franco- prusiana en 1871. La inversión del tiempo convencional acontece al atravesar el pasaje. Entonces: “…casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Así, por ejemplo, el Pasaje Güemes…”.  

Del otro lado, el narrador coincide con mujeres de la profesión más antigua, como Josiane, perturbadas por el acecho de Laurent, el sudamericano, un asesino, cuya “fuerza le permitía estrangular a sus víctimas con una sola mano”. Para su caracterización, Cortázar apeló a una biografía de Isidoro Ducasse, el famoso conde de Lautréamont, autor de Los cantos de Maldoror, nacido de franceses en Montevideo, en 1846.  

Al final, el pasaje se cierra como tránsito a otro tiempo, otro cielo. Se desvanece el túnel-ciudad entre tiempos paralelos. El narrador asume la decepcionante rutina: “Y entre una cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre…”; y se pregunta si “…me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y las plantas del patio”.  

El pasaje de la galería se cierra a lo otro, pero no el puente de la música…  

 

Entre el jazz y Caballito    

La música expande al ser humano. En el caso de Cortázar, el jazz, ante todo, y también la música clásica, abrió su oído a intensidades, placeres y nuevas emociones. Julio siempre se pensó como un “músico frustrado”. El destino le privó del don de componer o ejecutar un instrumento. En la escritura encontró la satisfacción compensatoria de su incapacidad musical. Por eso, trocará la trompeta por la máquina de escribir.  

Su primer personaje de densa entidad existencial es Johnny Carter, en “El perseguidor”, en Las armas secretas (1959). Figura inspirada en el saxofonista Charlie Parker, y su don genial para el ritmo y la improvisación (de ahí su célebre “Esto lo estoy tocando mañana”). Carter, aparentemente siempre fustigado por el dolor y la recaída en la marihuana. Pero tras esa fachada engañosa se agazapa “el perseguidor” que, por la música, es cazador de amplitudes metafísicas, y vencedor de los tiempos carcelarios.  

Antes de reemplazar el deseo del jazz por la escritura, antes de su partida a Europa, en una casa del barrio de Caballito, en Buenos Aires, con la presencia de Jorge López Ruiz, músico argentino, gran intérprete de jazz, Cortázar intentó arrancarle sonidos armoniosos a una trompeta. Por esos intentos supo que no sería un émulo de Charlie Parker.  

Sin embargo, el jazz deviene modelo de escritura para Cortázar. En algunas de sus declaraciones sobre el arte musical nacido entre los afro descendientes norteamericanos, Cortázar dirá que el músico de jazz crea tensión con el swing, con el ritmo. Y bajo ese ejemplo, aseguró: “mutatis mutandis, eso es lo que yo he tratado de hacer en mis cuentos y novelas”.  

Y en su literatura se hará eco también de una alta audición musical en el Teatro Colón que lo conducirá a la creación de una de sus ficciones más fascinantes, pero no incluida por lo general, en el corpus de sus cuentos canonizados por la crítica.  

 

El Colón y una extraña sala de conciertos.  

En 1942, después de tres décadas, Arturo Toscanini dirigió nuevamente la Orquesta Estable del Teatro Colón. Fueron siete conciertos memorables. Solo se conserva una grabación de la Novena de Beethoven en la cinta en acetato de su retransmisión radiofónica de la Radio Municipal de Buenos Aires. La interpretación fue de una energía rayana en lo salvaje. Una gran ovación brotó entre el público, en el que, como podrán sospechar, estaba el joven Cortázar. En ese entonces era profesor de literatura de la Escuela Normal de Chivilcoy.  

Su recuerdo del director italiano en el gran templo operístico de la ciudad de Buenos Aires, es ratificado por una de sus cartas: “Yo, que viajo, ahora tan frecuentemente a Buenos Aires, escucho música hasta donde me es ello posible. No podré olvidar jamás la Novena Sinfonía dirigida por Arturo Toscanini”.  

La conjunción de Buenos Aires, Teatro Colón, Toscanini, Beethoven, devendrá luego en efecto literario: la escritura de “Las ménades”, en Final del juego (1956). Y en otra carta, una misiva de 1973 a Antonio Planells, consignó que de los conciertos que presenciaba en Buenos Aires casi diariamente, emergió el cuento por una percepción: el histérico entusiasmo del público le resultaba amenazante. Esa sensación tuvo su apogeo cuando Toscanini dirigió sus conciertos en el Colón. Entonces, en una ocasión “llegué a sentir algo muy parecido al miedo…. me sentía como aislado en una especie de jungla de alaridos de la que procuraba alejarme lo antes posible”.  

En “Las ménades”, un narrador homodiegético (el narrador que forma parte de la historia que está relatando); el propio Cortázar disimulado, intenta separarse de la multitud enfervorecida por una interpretación de la Quinta Sinfonía, no de la Novena Sinfonía de Beethoven, en este caso.  

La función culta muta en caos por la irrupción de una misteriosa mujer vestida de rojo, rodeada por “un infierno de entusiasmo”. Esta espectadora recuerda a una ménade, las mujeres seguidoras del dios griego Dioniso, divinidad del éxtasis y la vehemencia. La insólita agitadora, canaliza la excitación de la sala, y avanza con sus seguidores “…pisoteando los instrumentos, haciendo volar los atriles, aplaudiendo y vociferando al mismo tiempo, en un estrépito tan monstruoso que ya empieza a asemejarse al silencio”.  

Una sala de teatro en la ciudad que abre a lo inesperado, como también puede hacerlo una escuela…  

 

En una escuela en la noche, en Balvanera.  

En Balvanera, en Urquiza 2777, se encuentra la Escuela Normal Superior en Lenguas Vivas Mariano Acosta, fundada en 1874, y declarada “Monumento Histórico Nacional”, en 1999. Establecimiento educativo con itinerario prestigioso. Entre sus alumnos egresados destacan, entre otros, el que fue presidente de la Nación Argentina Marcelo T. de Alvear; Enrique Santos Discépolo, el músico y dramaturgo, y el lúcido “filósofo popular” del tango “Cambalache”; Leopoldo Marechal, el autor de la épica Adán Buenosayres. Y Julio Cortázar.  

Con un promedio distinguido, luego de cuatro años de estudios, Julio egresó como Maestro Normal Nacional, en 1932, un título que daba la facultad de ejercer la docencia en cualquier lugar del país; y luego recibiría el de Profesor de Letras, en 1935. Siete años de clases, aulas y pasillos de “su escuela”.  

Por sus 14 años, Cortázar viajaba en colectivo desde Banfield hasta el Mariano Acosta. A la memoria de don Jacinto Cúcaro, su maestro de pedagogía en la escuela, le dedicó el antes mencionado relato Torito, porque “allá por el año 30’, nos contaba las peleas de Suárez”.  

Cortázar tuvo una intensa participación en las actividades estudiantiles. Dirigió la revista Addenda, del centro de estudiantes. En la publicación había lugar para temáticas diversas, desde la literatura a la pedagogía, y otras. En 1935, la escuela celebró su aniversario 61. Entonces pronunció un discurso, recogido en una investigación por María Luz Ayuso y Pablo Pineau, en Julio Cortázar en el “Mariano Acosta”. Marcas biográficas de su formación. (2018). Aquí se consigna el poema “Bruma” publicado en la aludida revista  Addenda, quizá su primera pieza poética, en la que el escritor confiesa que “busca lo remoto con férvidas ansias…”; y en esa búsqueda invoca como faros a Verlaine, Debussy, Baudelaire, Manet, Byron... De esa persecución de algo absoluto y “firmes horizontes”, acaso “brote el gran misterio”.  

En 1983, con 69 años regresó a su escuela, también a su barrio. Poco después se alejó, para siempre, de este mundo turbulento en París, en 1984,  

Su paso por el Mariano Acosta fructificó en su cuento “La escuela de noche”, publicado en el volumen Deshoras (1982). Ficción en la que el narrador, con un compañero de estudios, acometen una visita prohibida a la escuela en la noche, atraídos por descubrir algo inquietante, inesperado. Porque lo familiar de las aulas “no nos había quitado del todo eso que la escuela tenía de territorio diferente, a pesar de la costumbre, de los compañeros, las matemáticas”. Por la visita nocturna, la ciudad escuela descubre reversos, pliegues intrigantes, ajenos a la claridad del día.  

 

En el bar London y unos premios  

En Florida y la Avenida de Mayo, en 1954, se inauguró el bar “London City”, lugar que aún luego de cierres y remodelaciones conserva su atmósfera de otras décadas. Cortázar lo eligió como su bar, como su lugar de circulación entre mesas, mozos, café y melancolías.  

Para quien llegué allí por primera vez, se sorprenderá con una escultura del escritor, en una mesa homenaje, en el sector fumador (acaso para no privarle de su vicio de nicotinas cotidianas). La vidriera con la figura que evoca al escritor da a la Avenida de Mayo, cerca de la salida de subte A y la calle Florida. En la pared del fondo del establecimiento, cuelgan diversas fotográficas en blanco y negro, como su foto arquetípica obtenida por Sara Facio en 1967, en París. Y al pie de las vidrieras, descubrimos que se acomodan distintos libros del escritor, cuya aura aún impregna el lugar.  

En el bar-confitería, Cortázar escribió su novela Los Premios (1960). En ella, un grupo de personajes, premiados por un sorteo, se embarcan en el crucero Malcolm. Lo placentero convive con la intriga por la prohibición de ir a popa. Misterio no resuelto, mientras su personaje central, Persio, enfrascado en sus nueve farragosos soliloquios se lamenta de las frases hechas y de los lugares comunes. Su voz es lo poético frente a lo prosaico. Soliloquios que Cortázar observó que podrían ser leídos con independencia de la propia novela.  

Los beneficiados por el sorteo son convocados en "el London” para su cercano embarque. Entonces, uno de los personajes, López, profesor de castellano, percibe desde el bar la agitación citadina: “Afuera la Avenida de Mayo insistía en el desorden de siempre. Voceaban la quinta edición, un altoparlante encarecía alguna cosa. Había la luz rabiosa del verano a las cinco y media (...) y una mezcla de olor a nafta, a asfalto caliente, a agua de colonia y aserrín mojado”.  

En el bar, un cambio de lugar podía desatar la “iracundia en el personal de servicio”. Es sitio de sillas incómodas; y en el que había que entrar “como un calzador” cuando se quería combatir la sed con “un Indian Tonic”.  

Y López también, al final de la novela, después de la navegación en el Malcolm, exhorta a otros personajes a reunirse, nuevamente, en el café London.  

Por la alquimia literaria, una mesa de un bar de la ciudad se convierte en mar abierto, un barco, unos personajes tocados por el azar, una voz poética, un misterio nunca develado a bordo.   

 

La ciudad puente  

La relación cortazariana con la capital argentina fluye en simultaneidad a su vínculo con París. Lo urbano en sus letras y vida se funda en lo parisino y lo porteño paralelos. En la ciudad luz, de las manos a veces de Aurora Fernández, su primera esposa y albacea, y luego de Carol Dunlop, frecuentó Pont des Arts, en el que comenzó el periplo de Rayuela; la librería La Hune en el Boulevard Saint-Germain, en la que buscaba siempre algún hallazgo; el Old Navy Café, en el que como en el bar London, escribía largamente entre cuadernos y ensoñaciones; o la Residencia de Charles Baudelaire, la que fue la morada del notorio poeta de Las flores del mal.  

Un accidente en moto en París lo condujo a “La noche boca arriba”, en Final de juego. En Buenos Aires, el Luna Park, el Teatro Colón, el café London, la galería Güemes, el Mariano Acosta, detonaron visiones, corrientes de palabras modeladas por el ritmo y la imaginación.  

Pero la ciudad deriva en zona de resonancias del escritor que tanteó la otra orilla, lo que quiebra un límite. Por eso, París se transfigura con las preocupaciones existenciales de Horacio Olivera, o las transformaciones perceptivas de Johnny Carter en el metro parisino; y Buenos Aires, en la audacia creativa del autor de Prosa del observatorio, deviene ciudad pasaje; túnel y espacios abiertos en el muro de lo opaco y rutinario, hacia un otro lado cargado con otros modos de ser. La ciudad cortazariana, la ciudad puente, no lo fijada en la pared y su sombra.      


(*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. En estos momentos dicta cursos sobre filosofía, arte, cine, anunciados en página de Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar), y cursos y actividades anunciados en su FB.