CULTURA
EFEMÉRIDE

El día que mataron a Gandhi: el crimen que marcó a la India y sigue interpelando a su democracia

A 78 años del asesinato de Mahatma Gandhi, la India recuerda al líder de la no violencia en un contexto político atravesado por tensiones identitarias, disputas sobre la memoria histórica y el avance del nacionalismo hindú.

Mahatma Gandhi 29012026
Mahatma Gandhi | CeDoc

El 30 de enero de 1948, a las 17.15, en los jardines de la residencia Birla House, en Nueva Delhi, Mohandas Karamchand Gandhi —conocido mundialmente como Mahatma Gandhi— fue asesinado a tiros frente a una multitud reunida para acompañar su oración vespertina. Tenía 78 años. Frágil por los ayunos y sostenido por sus sobrinas nietas, recibió tres disparos a quemarropa de Nathuram Godse, un fanático hinduista vinculado al nacionalismo radical. El crimen no solo apagó la vida del líder más influyente de la independencia india: abrió una herida histórica que, casi ocho décadas después, sigue atravesando el debate político y cultural de la India contemporánea.

Hoy, cuando el país es gobernado por el Bharatiya Janata Party (BJP) —la fuerza política más grande del mundo por cantidad de afiliados, en el poder desde 2014 y actualmente al frente de una coalición tras perder la mayoría absoluta en 2024—, la figura de Gandhi vuelve a ser objeto de disputa simbólica. Sectores del supremacismo hindú buscan reescribir la historia, relativizar su legado y, en algunos casos, reivindicar a su asesino como una figura “patriótica”. La efeméride es también campo de batalla ideológica.

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Mohandas Karamchand Gandhi había nacido el 2 de octubre de 1869 en Porbandar, en el actual estado de Gujarat, en una familia de casta alta. Estudió Derecho en Londres y, siendo joven abogado, se trasladó a Sudáfrica, donde una experiencia decisiva —ser expulsado de un tren por su color de piel— marcó su vida. Allí comenzó su lucha contra la discriminación racial y desarrolló el método que lo haría mundialmente reconocido: la satyagraha, la resistencia basada en la verdad y la no violencia.

Desde fines del siglo XIX, Gandhi convirtió la desobediencia civil en una herramienta política masiva. Marchas, boicots, huelgas de hambre y protestas pacíficas se transformaron en el núcleo de un movimiento que, durante décadas, erosionó el poder colonial británico. Episodios como la masacre de Amritsar en 1919 y la Marcha de la Sal de 1930 consolidaron su liderazgo moral y político. En 1915 regresó definitivamente a la India y se convirtió en el principal referente del proceso independentista.

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La independencia llegó en agosto de 1947, pero lo hizo con una herida estructural: la partición del subcontinente en dos Estados, India y Pakistán. La violencia entre comunidades hindúes, musulmanas y sijs dejó miles de muertos y millones de desplazados. Gandhi, profundamente afectado por esa fractura, inició ayunos extremos como forma de presión moral para frenar los enfrentamientos. Su prédica por la convivencia interreligiosa le valió apoyo internacional, pero también el rechazo de sectores hinduistas radicalizados que lo acusaban de “debilitar” a la mayoría hindú.

El 13 de enero de 1948 comenzó lo que sería su último ayuno. Días antes del asesinato, una bomba explotó cerca de él sin causarle daño. Las amenazas se multiplicaban. En Delhi, se escuchaban consignas como “¡Que muera Gandhi!”. Aun así, se negó a suspender sus rituales públicos. El 30 de enero, cuando se dirigía a la oración, Nathuram Godse se acercó, lo saludó con una reverencia y disparó tres veces. Gandhi cayó al suelo con las manos alzadas en el gesto tradicional de saludo. Algunos testigos afirmaron que sus últimas palabras fueron “Hey Ram” (“Oh, Dios”), aunque no está comprobado.

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El asesinato desató una conmoción nacional. Jawaharlal Nehru, entonces primer ministro de la India, lo anunció por radio con una frase que quedó en la historia: “La luz se ha apagado en nuestras vidas”. En su mensaje declaró el duelo nacional y pidió calma, mientras describía a Gandhi como el “Padre de la Nación” y como una guía moral cuya ausencia dejaba al país sin su principal referencia ética. Hubo disturbios, enfrentamientos y ataques contra comunidades brahmanes por el origen social del asesino. La violencia que Gandhi había intentado contener volvió a estallar.

El funeral fue una de las mayores movilizaciones del siglo XX. Cientos de miles de personas acompañaron la procesión de ocho kilómetros hasta la orilla del río Yamuna. El cuerpo, envuelto en la bandera india, fue transportado en un camión militar cubierto de flores. Aviones sobrevolaron la ciudad arrojando pétalos. La cremación se realizó según el rito tradicional, sobre una pira de sándalo. Sus cenizas fueron luego distribuidas en distintos ríos sagrados de la India y el Ganges.

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La tradición indicaba que el primogénito debía encender la pira funeraria, pero no fue posible: Harilal Gandhi, el hijo mayor, llevaba años distanciado de su padre y no participó de la ceremonia. En su lugar, el rito fue realizado por Ramdas Gandhi, su tercer hijo, quien encendió el fuego en la cremación realizada a orillas del río Yamuna. Parte de las cenizas permanecieron guardadas durante décadas y el ritual no se completó formalmente hasta 60 años después, en una ceremonia que no solo cerró el ciclo funerario, sino que también simbolizó una reconciliación familiar: una bisnieta de Harilal fue la encargada de esparcir las cenizas, cumpliendo finalmente el deseo del líder indio.

La vida personal de Gandhi también estuvo marcada por contrastes profundos. Se había casado a los 13 años con Kasturba Makhanji, en un matrimonio arreglado según las costumbres de la época. Ya siendo padre, en 1888 se trasladó a Londres para estudiar Derecho, una experiencia que lo conectó con el mundo imperial británico y lo formó jurídicamente, pero que también profundizó su conciencia sobre las desigualdades coloniales que más tarde combatiría a través de la no violencia y la desobediencia civil.

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Hoy, el principal memorial de Gandhi es el Raj Ghat, en Nueva Delhi: una simple losa de mármol negro con una llama eterna y la inscripción “Hey Ram”. También se conservan como sitios históricos el Gandhi Smriti —la casa Birla donde vivió sus últimos días— y el Museo Nacional Gandhi.

El asesinato de Gandhi no fue solo un crimen político. Representó un intento violento de frenar la construcción de una India laica, plural y democrática. Nathuram Godse encarnó una corriente ideológica que rechazaba el pluralismo religioso y la convivencia entre comunidades. Esa tensión sigue vigente.

A 78 años de su muerte, la figura de Gandhi vuelve a ocupar un lugar central no solo como símbolo moral, sino como problema político. En una India atravesada por el nacionalismo identitario, la discusión ya no se limita a su lugar en la historia, sino a la definición misma del país que se está construyendo en el presente. Esa disputa se inscribe, además, en un escenario global marcado por el avance de las nuevas derechas, la radicalización de los discursos identitarios y la redefinición de la democracia desde lógicas cada vez más excluyentes.

ML