El 3 de febrero de 1813, el sol apenas despuntaba sobre el río Paraná cuando el silencio del Convento de San Carlos se rompió con el estruendo de la historia. José de San Martín, coronel recién llegado de Europa con ideas de disciplina y táctica desconocidas en estas tierras, observaba desde el campanario. No se trataba de un asedio ni de una guerra prolongada: era un choque relámpago.
Sin más, los realistas, remontando el río para abastecer Montevideo bloqueada. Pero tras los muros de adobe del convento esperaba el cuerpo de Granaderos a Caballo, una unidad de élite entrenada bajo disciplina espartana y armada para maniobras veloces y letales.
Allí, el aire se llenó de tensión mientras los granaderos se preparaban, con la adrenalina latiendo en cada músculo y la certeza de que la sorpresa sería su mejor aliada. Cada movimiento era calculado: la geografía de las barrancas, la posición de los cañones y la cobertura de los muros se convertían en instrumentos estratégicos para convertir la rapidez en ventaja decisiva.

El instante donde el acero cruzó el destino
Cuando San Martín dio la orden de carga, los 120 granaderos se dividieron en dos columnas: él mismo lideró una y el capitán Justo Germán Bermúdez la otra. El choque fue brutal. Relinchos, sables y balas crearon una cacofonía que duró apenas quince minutos. En ese fragor, una bala de mosquete alcanzó el pecho del caballo de San Martín. Así, el animal cayó y atrapó al coronel bajo su cuerpo, dejándolo indefenso ante la bayoneta de un realista que se abalanzaba para terminar con su vida.
Fue entonces cuando surgió Juan Bautista Cabral, granadero de apenas 18 años, quien junto a Juan Bautista Baigorria, arriesgó su vida para liberar al comandante. Cabral recibió las heridas mortales que lo inmortalizaron como héroe, convirtiéndose en símbolo del sacrificio y la lealtad, comparable a Leónidas en las Termópilas o a las cargas de caballería de la era napoleónica.

Su acto permitió que San Martín sobreviviera y continuara su camino hacia la independencia continental.
El eco de un triunfo que redefinió la estrategia
San Lorenzo no se midió solo en bajas o cañones capturados: fue un triunfo simbólico y estratégico de enorme alcance. Hasta ese momento, las fuerzas revolucionarias en el litoral operaban de manera defensiva y desorganizada. Con esta victoria, San Martín demostró que un ejército patriota podía ejecutar maniobras complejas y derrotar a tropas profesionales españolas en campo abierto.
Algunos historiadores comparan el impacto psicológico con la Batalla de Trenton, donde George Washington sorprendió y revitalizó a su ejército con un ataque fulminante. Tras la batalla, San Martín redactó su famoso parte de guerra bajo la sombra de un pino centenario, destacando el valor de sus subordinados y sentando las bases de su estilo de mando para la posterior Campaña de los Andes.
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La victoria también consolidó su autoridad frente al Triunvirato de Buenos Aires y reforzó la confianza política necesaria para planificar la liberación continental. Lo que ocurrió en aquellas barrancas fue la prueba de que un puñado de hombres bien entrenados, bajo un liderazgo brillante, podía torcer el brazo de un imperio tricontinental en menos de quince minutos.
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