CULTURA
fenómeno celeste y blanco

El manga japonés en Argentina

Como expusimos en la primera parte de este nutrido informe, la circulación del manga en nuestro país se remonta a los albores del menemismo, con la importación de saldos españoles y el emergente circuito de comiquerías. Hoy, con un mercado ya consolidado –y blindado ante cualquier crisis–, florece un debate acerca de si el manga puede ser solo algo producido en Japón por japoneses, o puede existir fuera de ese país, lo que actualiza ciertas discusiones que se llevaron adelante en los años sesenta en Argentina en torno al rock. ¿Solo lo pueden componer afroamericanos del delta de Mississippi?

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Éxito. Uno de los fuertes del manga es su amplia paleta temática. ¿Te gusta el tenis? Hay decenas de mangas sobre eso. ¿Te gustan las historias de fantasmas? Hay miles de mangas sobre el tema. Como las obras más populares están apuntadas a adolescentes. | cedoc

Parte II

Para comprender el fenómeno del manga hay que tener contacto físico con un libro del género. Alcanza con visitar una librería especializada, como por ejemplo, KirkerMangas (Bartolomé Mitre 2102, Ciudad de Buenos Aires). Allí las paredes, los muebles, todo el ambiente está repleto de ejemplares y colecciones de estos libros editados en nuestra lengua. Y lo mismo se replica en otras comiquerías, atendidas por especialistas muy amables. Una amabilidad ritual casi japonesa… Pueden confirmarlo en la columna lateral, en la entrevista a un miembro de Hotel de las ideas, comiquería y editorial.

Entrevistamos a Diego Labra quien, como referimos en la nota anterior, publicará en lo que queda del año un libro sobre el tema en la editorial Tren en Movimiento. Diego es Profesor en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata, se ha doctorado por segunda vez dentro del programa de Estudios Interdisciplinarios de Europa y América Latina (Universidad Nacional de La Plata y Universidad de Rostock), con una tesis sobre el fenómeno del manga en Argentina. Hoy es becario posdoctoral por la Fundación Alexander von Humboldt y trabaja en la Universidad de Hamburgo. Su especialización abarca culturas masivas, historia de los impresos y la historieta. Contribuye en la revista digital Panamá y el podcast sobre historieta La Batea.

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—¿En qué se diferencia el manga para niños de otro para adolescentes? ¿Y el manga para mayores?

—Una de las mayores particularidades del mercado editorial en Japón es que no ordena su oferta de historieta en términos de géneros o incluso si es más artística o comercial, sino con criterio demográfico. Las categorías son kodomo, apuntado a niños en edad preescolar y primaria; shonen, apuntado a varones (pre)adolescentes; shojo, para mujeres (pre)adolescentes; seinen, para hombres adultos; y josei, para mujeres adultas. Obviamente esto no significa que su público se compone exclusivamente por esos lectores modelo. Lejos, el más popular en Japón y el resto del mundo es el shonen, categoría en que se inscribe el manga y animé más conocido: desde los clásicos Dragon Ball, Caballeros del Zodíaco, One Piece o Naruto, hasta éxitos contemporáneos como Kimetsu no Yaiba y Jujutsu Kaisen. Argentina no es la excepción, componiéndose la oferta de manga de editoriales argentinas (Ivrea, Ovni Press, Panini Argentina) predominantemente por manga shonen.

Al partir desde un lector modelo tan marcado, el manga suele tener un punto de vista y un repertorio temático muy específico. El shonen tiene casi siempre como protagonistas a chicos adolescentes como sus lectores y redunda en la acción, la fantasía y la ciencia ficción. Cuando son comedias románticas, éstas abonan a una picaresca subida de tono con que imagina muchas mujeres interesadas en él. Imagínense el tono de una intervención de Olmedo y Porcel, pero ambientada en una escuela escrita por Cris Morena. El shojo, que no solo está protagonizado por chicas, sino que está creado casi exclusivamente por mujeres, también tiene poderes mágicos, otros mundos y acción, pero suele subrayar más el romance, el melodrama y la interioridad de los personajes. Es interesante constatar además que estas demografías no solo se pueden rastrear a lo temático, sino también a lo visual. Mientras las historietas para varones suelen ser más dinámicas, resaltando el contraste entre el blanco y negro, aquellas para mujeres son más estáticas y ornamentales, con tramas florales y esos ojos inmensos que se suelen asociar a la historieta japonesa en general.

—¿Cuál es el mensaje cultural que el manga, desde la posguerra, entregó a la población japonesa? ¿Existen diferencias con el que expresa hoy? ¿Cómo evolucionó esa temática?

—Actualmente estoy leyendo Astroboy, obra más famosa de quien es considerado el “Dios del manga” Osamu Tezuka, y primer manga en ser adaptado al animé. Y es notable cómo está presente el tema de la paz y la guerra, así como también la tensión ejercida sobre ese binomio por el desarrollo tecnológico. Lo mismo se puede constatar en obras de otros artistas criados en las ruinas de la posguerra, por ejemplo, Hayao Miyazaki.

Si uno vuelve a leer manga más popular de los sesenta y setenta sorprende el lugar central que ocupaba la clase y la pobreza. El ejemplo arquetípico es Ashita no Joe de Ikki Kajiwara y Tetsuya Chiba, que trata sobre un huérfano mal arriado que vive en la calle y logra convertirse, tras derramar mucha sangre y lágrimas, en un campeón del boxeo mundial. Esas historias eran mucho más melodramáticas también. Para que se hagan una idea de lo dramático y popular que fue Joe en Japón, cuando su rival falleció tras una pelea de box, sus lectores oficiaron un funeral real en su honor. Esta carga de clase se va a medida que te vas adentrando en los ochenta y se consolida el “milagro” económico japonés. El ejemplo más claro es Dragon Ball, que retiene la estructura ganchera del melodrama, proyectado a torneos de artes marciales en lugar de triángulos amorosos, pero pierde el comentario social. Lo cual no quiere decir que no haya obras populares que no tengan algo que decir en este aspecto. De hecho, One Piece de Eiichiro Oda, que si bien es conocido en todo el mundo, en Japón ha alcanzado un éxito sin precedentes, con más de 500 millones de libros vendidos, ahonda en cuestiones como la opresión de las élites, el hambre y la rebelión popular.

—¿Qué tipo de cultura transmite el manga en el siglo XXI –qué temáticas incorpora– y por qué impregna a la sociedad argentina?

—Siempre se destaca, con razón, que uno de los fuertes del manga es su amplia paleta temática. ¿Te gusta el tenis? Hay decenas de mangas sobre eso ¿Te gustan las historias de fantasmas? Hay miles de mangas sobre el tema ¿Te gustan los videojuegos ambientados en un mundo de fantasía medieval, pero en los que hay tecnología steampunk y el protagonista es un chico que quedó atrapado en un avatar de mujer? Seguro alguien dibujó ese manga. Debido a que las series suelen ser extensas, desarrollándose a lo largo de decenas de libros y miles de páginas, el nivel con que los autores exploran esos mundos en que ambientan sus historias es realmente granular. Leyendo un manga de deportes terminamos conociendo hasta los aspectos más técnicos del mismo. Con un manga sobre granjas (existe, se llama Silver Spoon y es de Hiromu Arakawa, la autora de Fullmetal Alchemist), lo más seguro es que aprendamos cómo llevar adelante un establo.

Como las obras más populares están apuntadas a adolescentes, éstas se concentran en capturar las angustias y ansiedades propias de esa edad. Algo que, en mi opinión, hacen muy bien y que da cuenta en buena medida de su éxito a nivel global, y en Argentina también. A diferencia de los superhéroes, que son figuras aspiracionales, los protagonistas del manga son tan falibles e inseguros como sus lectores. Sobre esa base, obviamente, después se construyen historias de superación y heroísmo, así como también de escapismo, siendo usual que niños y niñas japoneses huyan a mundos mágicos o virtuales, porque de alguna manera prefieren pelear a los espadazos con monstruos antes que lidiar con la presión de los padres o el exigente sistema escolar nipón.

Allí también se explica una de sus ma-yores ventajas con relación a la historieta argentina o estadounidense. Si bien el manga comenzó a circular en Argentina desde hace más de treinta años, y se edita oficialmente desde 1999, su público se renueva constantemente. Andá a una comiquería y vas a ver que está llena de adolescentes (aunque quienes entramos originalmente en ese mundo ya estemos por los cuarenta o incluso cincuenta).

Otro factor clave fue que gracias al shojo, es decir, historietas hechas por mujeres con protagonistas mujeres para ser leídas por mujeres, el manga atrajo y consolidó un público femenino que no era asiduo al medio ni al fandom. Todos tienen presente los estereotipos, tipo The Big Bang Theory, pero estos ya no corren. Esta transformación es palpable en las crónicas y fotos publicadas en la prensa especializada sobre Fantabaires, el evento masivo de historieta y cultura pop que se realizó entre 1996 y el 2000. Al principio, eran todos varones, pero para el siglo XXI, la asistencia estaba repartida casi en partes iguales. De nuevo, los invito a visitar una comiquería o evento de manganimé para constatar lo diverso de la concurrencia.

—¿El manga incentiva otro tipo de lecturas (otras temáticas y culturas) o está cerrado sobre sí mismo?

—Como comentaba antes, el manga suele ir tan en profundidad sobre los temas que trabaja, suele estar tan atravesado por referencias literarias, cinematográficas, y a todo tipo arte e historia, que no me cabe duda que invita a los lectores más curiosos a explorar por su cuenta. Es mi caso personal, que empecé leyendo el manga de Evangelion y terminé investigando sobre gnosticismo y los rollos del mar Muerto. Obviamente la principal cultura beneficiada por el interés generado por el manga es la japonesa. Por eso se habla tanto de soft power y su industria del turismo está en trayectoria ascendente desde hace años. Recuerdo que en el dojo al que iba a practicar aikido había también una clase de ninjitsu (arte marcial ninja), y estaba lleno de chicos y chicas con remeras de Naruto.

Dicho esto, no puede ignorarse que el manga es, antes que nada, parte de una oferta multimedia de la industria cultural japonesa, por lo que el lector tiene muy a mano las adaptaciones animadas (o animé), los videojuegos y el merchandising. Parte de ese conglomerado son lo que ellos llaman “novelas ligeras”, aunque éstas recién están llegando a Argentina. Además, la oferta es tan vasta, hay tanto manga y animé, que imagino que un lector puede quedarse a vivir ahí para siempre sin sentir la necesidad de salir de ese ecosistema. Y no hablo de leer un libro de literatura, sino incluso una historieta de otro estilo, sean superhéroes de Marvel o novela gráfica argentina, lo que les viene trayendo dolores de cabeza a editores de historieta de todo el mundo desde hace décadas.

Otra razón por la cual el conjunto manganimé ejerce una fuerza de gravedad muy potente es que está articulado por una sociabilidad muy consolidada, que se desarrolla tanto online como offline. La cara más visible es el cosplay, la práctica de crear elaborados disfraces de los personajes preferidos y usarlos en eventos temáticos. En buena medida, los fans de manganimé, quienes se autodenominan otaku, son prosumidores. Es decir, no se contentan con leer, ver o jugar con estos productos culturales nipones, sino que se abocan a crear en base a ese consumo. Esta creación puede tomar la forma de la escritura de un fan fiction, reseñas en YouTube o Tik Tok, o incluso en pequeños emprendimientos de merchandising artesanal apócrifo, pero no por eso menos cuidado. Quien asista a un evento de manganimé constatará que hay toda una economía popular funcionando ahí.

—¿Existe un manga argentino? De ser así, ¿cuáles son sus características y qué futuro tiene?

—Precisamente, uno de los principales productos del prosumo otaku es el manga argentino. Dentro del fandom existe un debate acerca de si el manga puede ser solo algo producido en Japón por japoneses, o puede existir fuera de ese país. Un debate que, por otro lado, se da en todos los lugares donde el manga se vuelve una sensación editorial. Me gusta trazar el paralelo con las discusiones similares que se llevaron adelante en los sesenta en Argentina en torno al rock. ¿Solo lo pueden componer afroamericanos del delta de Mississippi? Si se canta en español, ¿es rock o no? Sabemos cómo se resolvió ese tire y afloje, y hoy nadie dudaría de que existe algo llamado rock nacional. También es cierto que, a diferencia de ese caso, existen condiciones de producción muy específicas para el manga, las cuales explican algunas de sus características más distintivas, y son muy difíciles de replicar fuera de Japón. Por ejemplo, su volumen publicando las series mainstream a razón de 20 páginas semanales, lo que redunda en entre cuatro y cinco libros de 200 páginas por año. Un ritmo de producción que ni DC o Marvel podrían alcanzar. Yo adopto una definición más bien sociológica: existe el manga argentino porque hay artistas que dicen hacerlo, y lectores que lo compran y lo leen. Hasta quienes lo denuncian como una farsa le dan entidad al negarlo.

Historietas con estilo mangaesco hechas por argentinos hay casi desde que comenzó a circular manga en el país. La primera de la que tengo registro es una historia corta publicada en 1994 en RAN, el primer fanzine especializado en el tema que se publicó en Argentina. Hay países, por ejemplo Alemania, donde las editoriales apostaron a cultivar y desarrollar autores locales de manga. En Argentina, un poco traccionados por un discurso que imaginó a todo lo que tenía que ver con el manga como foráneo e invasivo, las editoriales nacionales no les dieron demasiado espacio ni en los noventa (cuando sobrevivían a duras penas las viejas potencias como Columba o Récord), ni en el siglo XXI (con un campo compuesto por pequeños sellos boutique autogestivos). Las editoriales que publican historieta japonesa en el país, como Ivrea o Larp, intentaron en los 2000 publicar autores locales con estilo manga, pero ante la recepción tibia del público desecharon rápidamente los planes. Hoy, la oferta de manga argentino que existe es sostenida por pequeñas editoriales montadas por sus propios autores, como pueden serlo Modena, Purple o Gutter Glitter, y sus libros suelen conseguirse sólo en ferias, eventos y de mano de los propios autores a través de redes sociales.

Volviendo a un punto anterior, que el manga haya oficiado de puerta de entrada a la historieta para muchas chicas ayudó a que varias se abocaran al arte. Algo que también resultó una novedad, ya que la historieta argentina siempre fue producida casi exclusivamente por hombres. Si uno rastrea las trayectorias de autoras consagradas de la novela gráfica contemporánea, por ejemplo Sole Otero, uno encuentra que sus primeros pasos fanzineros los hace en el manga argentino. En lo que a mí respecta, lo más interesante de estos últimos años es que está comenzado a surgir una historieta argentina que toma muchos elementos del manga, pero no se contenta con intentar imitarlo, sino que aspira a una síntesis superadora en la que también se diluye la rica tradición nacional, la novela gráfica europea, el indie norteamericano, etc. Un ejemplo claro de esto es el sitio de historieta digital Webcomic Mutante o el catálogo de la editorial Barro. Especialmente, Santa Sombra de Paula Boffo, donde la dinámica y la violencia del manga de acción es puesta al servicio de contar una historia protagonizada por una joven colla en el noroeste del país, que emprende un raid de venganza contra los policías que secuestraron a su hermana en una red de trata, todo gracias a que encuentra dos machetes poseídos por espíritus ancestrales.

 

Público y catálogo

Por O.G.

Diego Rey forma parte de la cooperativa editora de cómics y novelas gráficas Hotel de las ideas. La misma cuenta con dos locales en Ciudad de Buenos Aires (Paraguay 4697 y Av. Rivadavia 6433, Local 2). 

—¿Cuánto tiempo hace que venden manga en tu librería y cómo creció esa demanda?

—Vendemos manga desde la apertura del local de Palermo en 2020 antes del inicio de la pandemia, al principio con pocos títulos y después agregando más. En el local de Flores que abrimos en 2023, desde el principio tuvo una oferta importante de manga porque el crecimiento grande se originó en la pandemia, más allá de que venía siendo sostenido desde años anteriores.

—¿Cómo es el lector del manga? ¿Cómo lo definirías?

—En general es un lector joven y muy informado sobre la oferta y la novedad del género. Seguidor de series y bastante actualizado a través de redes sociales, grupos de seguidores e influencers.

—¿El manga es un portal hacia otras lecturas?

No podría decirlo como afirmación, imagino que sí. Y que el interés particular luego se amplía. Algo que puedo ver es  en el caso de la historieta nacional donde hace tiempo, por ejemplo, se ve la influencia de esa lectura en la producción de los autores más jóvenes y creo que también se cruzan los consumos culturales.

—¿Por qué y cómo tomás el riesgo de publicar manga en Argentina?

—En nuestro caso, tiene que ver con ampliar la oferta del catálogo y público. Creo que como los nuevos autores tienen esa influencia, creemos que hay autores de manga que pueden dialogar con lo que ya editamos. Nosotros al tener un catálogo especializado en historieta ya sea cualquiera de sus formas es como ir completando lo que proponemos al lector.