Market Garden es la mayor operación aerotransportada de la historia y también el mayor fracaso aliado en la parte final de la Segunda Guerra Mundial. El responsable de la preparación del ataque fue Bernard Montgomery, mariscal de campo y jefe del Ejército Británico. Un mérito que suele reconocérsele es la cuidadosa preparación de sus movimientos para evitar bajas innecesarias. La Operación Market Garden, y la lucha por el puente de Arnhem, es la gran excepción a este principio en su liderazgo. Todas las vidas que pudo haber salvado en otras batallas se perdieron, y con creces, en una acción mal concebida y peor ejecutada desde el comienzo hasta el fin.
La operación se desarrolló entre el 17 y el 25 de septiembre de 1944. Su misión era capturar una serie de puentes clave en los Países Bajos para cruzar el río Rin, rodear la Línea Sigfrido y lanzar una rápida invasión al norte de Alemania para terminar la guerra antes de Navidad. La 1.ª División Aerotransportada británica terminó siendo aplastada por fuerzas alemanas bien desplegadas y con mucha experiencia de combate. La misión original debía ser consumada mediante la combinación de dos operaciones: Market y Garden. La Operación Market consistía en el lanzamiento de unos 35.000 paracaidistas estadounidenses, británicos y polacos. Una vez en tierra, los norteamericanos avanzarían sobre los puentes fluviales en el sur, Eindhoven y Nimega, mientras que la captura del puente más septentrional y lejano era la meta de las fuerzas británicas y polacas. La Operación Garden consistía en el avance de los tanques del 30.º Cuerpo Británico por una larga carretera de unos 100 kilómetros para consolidar la penetración terrestre y relevar a los paracaidistas.
Las dos operaciones combinadas se ahogaron en sangre. La derrota aliada se saldó con entre 15.000 y 17.000 bajas frente a un estimado de entre 7.500 y 10.000 caídos alemanes. La consecuencia más importante de este fracaso fue, sin dudas, la prolongación de la lucha en Europa hasta 1945.
Ese puente tan lejano
Y todo se repite. La 1.ª División Aerotransportada británica (los "Diablos Rojos") y la 1.ª Brigada Paracaidista Independiente polaca tienen la misión de capturar el puente de Arnhem y retenerlo hasta la llegada del XXX Cuerpo de Ejército blindado. Al mediodía del 17 de septiembre, los primeros paracaidistas británicos tocan suelo a unos 11 kilómetros al oeste del puente (cerca de Wolfheze y Oosterbeek). Los británicos ignoran que el II Cuerpo Panzer SS se oculta en los alrededores de Arnhem. Es fundamental que los equipos de radio portátiles no fallen. Pero los muchos árboles de una región boscosa y las distancias interfieren en las comunicaciones. Las fuerzas aliadas se aíslan. Tres columnas se dirigen al puente; dos de ellas son interceptadas por los alemanes, pero la tercera, el 2.º Batallón Paracaidista comandado por el teniente coronel John Frost —los "Diablos Rojos"—, con 740 hombres, encuentra una ruta sin resistencia a través de la costa y logra llegar hasta el extremo norte del puente de Arnhem al anochecer. En torno a los edificios cercanos al puente trazan un perímetro defensivo. La orden para Frost es resistir dos días hasta la llegada de los tanques para socorrerlos y continuar la embestida final por el puente.
A la mañana del 18 de septiembre, la 9.ª División Panzer SS Hohenstaufen, dirigida por Viktor Gräbner, busca cruzar el puente. Apostados en las ventanas y sótanos de las casas circundantes, los hombres de Frost aguardan que los alemanes se acerquen. Cuando esto ocurre, los británicos desatan un vendaval de proyectiles PIAT (antitanque), disparos de ametralladoras Bren y granadas. Varios vehículos alemanes estallan o, averiados, se detienen en seco. La vía sobre el puente queda bloqueada.
Entre los ingleses se encuentra el notable personaje, digno de una novela o película, el Mayor Digby Tatham-Warter, quien lidera su compañía con un sombrero bombín y con un paraguas abierto. Con el utensilio portátil para detener la lluvia inutiliza un auto blindado alemán metiéndolo por la rendija del conductor. Al rescatar a un médico le dice: "No se preocupe por las balas, tengo mi paraguas".
Mientras tanto, la fuerza alemana es dirigida por el general Wilhelm Bittrich. Este comprende que no doblegarán a los paracaidistas británicos solo con infantería ligera. Por eso, manda traer cañones de asalto y artillería pesada. Y comienza la trituración: disparos a mansalva contra los edificios en los que se parapetan los británicos. Los techos se derrumban, el humo y el polvo muerden el aire y las masas demolidas. Los soldados ahora se refugian en los sótanos y disparan desde allí, entre los escombros.
Desde Oosterbeek, el resto de la división británica se desespera por llegar hasta el puente y auxiliar a Frost y su tropa. Los alemanes frustran su intento; mientras, sobre tierra inglesa se posa una vasta niebla. Esto cancela la visibilidad y retrasa la partida de una segunda oleada de planeadores. Cuando al fin logran despegar y arribar a su objetivo, los suministros caen del cielo a manos germanas, quienes ya imponen su presencia en la zona.
El 19 de septiembre, tercer día de las operaciones, los hombres de Frost se encuentran en una situación extrema. Ya no tienen suministros y beben el agua de los radiadores de los vehículos destruidos o de las cisternas de los baños. Se quedan sin municiones y cada bala ahora es de oro. Antes de disparar, esperan pacientemente que los alemanes se aproximen a pocos metros. Cuando se acaba toda munición, recurren a las bayonetas o usan las armas de los enemigos caídos. El sótano que oficia de cuartel general está atiborrado de heridos. Entre los estruendos, y sin anestesia, los médicos operan en la penumbra.
Mientras tanto, los batallones británicos 1.º, 3.º y 11.º de la División Aerotransportada, junto al Regimiento de Pilotos de Planeadores, lanzan un ataque desesperado desde el oeste para romper el cerco alemán y unirse a Frost. Pero la voluntad de combate nunca es invencible. Los aliados mueren por doquier; otros son heridos o capturados. Los que pueden se retiran y vuelven hacia Oosterbeek, reducido a un perímetro defensivo.
El 20 de septiembre, la resistencia de Frost y sus hombres continúa. La disciplina no se quiebra. Los edificios se incendian. Las llamas amenazan el sótano del cuartel general. Frost es gravemente herido. Ya no puede caminar; entrega entonces el mando al comandante Freddie Gough. Los tanques alemanes disparan contra el edificio convertido en improvisado hospital. El monstruo del fuego se acerca al sótano que alberga cientos de heridos. La muerte por incineración les muerde el cuello.
Para evitar la tragedia, rápido, se envía un emisario con bandera blanca. Cesa la lucha. Un oficial médico de las SS se acerca. A pesar de todo, aún hay lugar para la caballerosidad entre hombres de armas; y, según el recuerdo documentado de lo ocurrido, el alemán le dice a Gough, y a los oficiales médicos británicos que salen a su encuentro: “Tienen exactamente dos opciones. O nos entregan a sus heridos para que nuestros médicos los atiendan en la retaguardia, o verán cómo este edificio colapsa sobre ellos. No detendremos el bombardeo”.
Gough mira hacia atrás, ve escombros, la guadaña de la muerte inminente. No hay agua ni morfina. Sus propios médicos lo miran expectantes. Entonces, menciona la Convención de Ginebra. El alemán asiente. Se pacta una tregua médica de dos horas. Alrededor de 250 heridos son evacuados. El respeto mutuo entre los combatientes permite también la coordinación de una evacuación conjunta, mediante ambulancias británicas y alemanas, y de miles de heridos, en la zona de Oosterbeek.
En el sur, los aliados capturan el puente de Nimega. Luego, el XXX Cuerpo corre hacia Arnhem, pero, de nuevo, ayudadas por la estrechez de la carretera, las fuerzas de la esvástica le niegan el paso entre fuego, metralla y cadáveres.
En la mañana del quinto día, el 21 de septiembre, aún resisten pequeños grupos aislados de paracaidistas británicos en las ruinas del puente. Pero los alemanes son demasiados, están bien preparados y pertrechados. Algunos de los últimos británicos se despiden de esta tierra; otros son capturados. La tranquilidad regresa al puente, al río y a su entorno de destrucción. Los tanques alemanes finalmente cruzan y marchan hacia el sur.
Arnhem, ese puente tan lejano, no escapa de la bota germana todavía. Luego de 90 horas de una resistencia feroz, el general Bittrich no puede más que expresar a los prisioneros británicos su respeto por su bravura en la lucha; los alemanes admiran a una fuerza ligera que no se amilanó ante la potencia abrumadoramente superior de sus divisiones acorazadas.
Frost recibe la felicitación mientras, herido y debilitado, es evacuado. Luego recibe un saludo militar en toda regla.
La única esperanza restante es la valentía de los polacos. La 1.ª Brigada Paracaidista Independiente polaca del general Stanisław Sosabowski se arroja con valor en Driel, en la orilla sur del Rin, bajo un espeso fuego enemigo. Algunos tocan tierra ya perforados por la metralla asesina. Su primer objetivo es reforzar el perímetro sitiado de Oosterbeek. Allí, entre el 22 y el 24 de septiembre, los británicos cercados resisten una tormenta de bombas y balas de cañón de la infantería, tanques y artillería de las Waffen-SS.
Los polacos están del otro lado del río. Por la noche, intentan cruzar el Rin en botes de goma para socorrer a los soldados de Gran Bretaña. La corriente es muy fuerte y las ametralladoras alemanas truenan despiadadas. Muchos polacos se despiden de este mundo entre balas y agua roja. El 24 de septiembre asumen que no pueden quebrar las líneas alemanas. Es necesario retirarse.
Entre el 25 y el 26 de septiembre, los días 9 y 10 del combate, bajo una noche tormentosa y oscura, barcos de ingenieros canadienses y británicos rescatan a través del Rin a las fuerzas que aún siguen en pie. Más de dos mil soldados aliados vuelven a la orilla sur, hacia una posición defensiva consolidada.
En Arnhem, más de 1.400 combatientes caen muertos. Otros 6.000 hombres que lucharon en el puente demasiado lejos son hechos prisioneros. Esta vez, los que responden a la Alemania enloquecida del Führer gritan la victoria. La Operación Market Garden es una desilusión mortal. Hoy, el puente sobre el Rin, reconstruido, lleva con orgullo el nombre de Puente John Frost.
Las razones de un fracaso y el invierno del hambre
Las dinámicas de la guerra mezclan la violencia letal con el ingenio estratégico. Las razones del fracaso en la Operación Market Garden son múltiples: fallas de inteligencia, porque el alto mando aliado no atendió los informes de la resistencia neerlandesa que le advertían sobre el II Cuerpo Panzer SS de Alemania que acechaba en las cercanías de Arnhem. Para eludir los cañones antiaéreos, el aterrizaje de planeadores y paracaidistas se dispuso a una distancia entre 11 y 13 kilómetros del puente. Los paracaidistas debieron entonces avanzar hacia su objetivo a pie. En el terreno, las comunicaciones no funcionaron. Las famosas radios Type 22 fallaron por el hierro en el suelo, por zonas boscosas y la distancia. Durante días, los batallones estuvieron aislados, sin noticias de lo que ocurría en Arnhem. Por obstáculos climáticos, se retrasó el envío de refuerzos y suministros. Y, finalmente, no se debe olvidar la pésima decisión de elegir una sola vía de avance por una angosta carretera, fácil de obstruir y sujeta al cañoneo de la artillería del famoso mariscal Walter Model.
Gracias a la detención de los aliados, el Frente Occidental se estabilizó, y la fuerza alemana pudo rehacerse para su última carta: la posterior Ofensiva de las Ardenas. Dwight Eisenhower cambió la estrategia de un "avance rápido por un solo eje" de Montgomery, y recuperó la estrategia de un avance coordinado en todo el frente.
Los holandeses acudieron al llamado de su gobierno en el exilio y sabotearon masivamente las líneas férreas para ayudar al esfuerzo militar aliado. Los alemanes, todavía en el poder, decidieron vengarse. El gobernador nazi Arthur Seyss-Inquart dispuso la represalia mediante un embargo total de alimentos y combustible en las provincias occidentales holandesas, en las que vivían 4,5 millones de personas.
Así llegó el "invierno del gran hambre". Desesperada, la gente en las ciudades comía bulbos de tulipán, remolachas azucareras, ortigas, perros y gatos. Multitudes pedaleaban muchos kilómetros hacia el campo para vender lo que pudieran (joyas u objetos de valor) a cambio de conseguir algún puñado de papas o pan. No había carbón; entonces, para no morir congelados, obtenían leña de los árboles públicos o de muebles y casas vacías. En su adolescencia, la actriz Audrey Hepburn sufrió esta hambruna, lo que le dejó consecuencias crónicas para el resto de su vida.
Entre fines de abril y comienzos de mayo de 1945, se realizó una operación de lanzamiento de víveres sobre la población amenazada de inanición, luego de acordar una tregua con los ocupantes nazis. Así llegaron miles de toneladas de vida desde aviones que antes lanzaban bombas y muerte. Pero la hambruna ya había condenado a la tumba a más de 18.000 civiles holandeses, convirtiéndose en una de las máximas tragedias humanitarias del siglo XX en Europa Occidental.
Quizá todo aquello se habría evitado si se hubieran escuchado en su momento las advertencias sobre un fracaso seguro.
Montgomery, el general arrogante
El gran historiador de la Segunda Guerra Mundial, Sir Antony Beevor, en Arnhem: La batalla por los puentes, 1944, asegura: "Muchos historiadores, con un enfoque de 'si tan solo...', se han centrado tanto en los diferentes aspectos de la Operación Market Garden que salieron mal, que han tendido a pasar por alto el elemento central. Fue, sencillamente, un plan muy malo desde el principio y desde lo más alto. Todos los demás problemas se derivaron de ahí."
La responsabilidad del “plan muy malo desde el principio” es de Montgomery. De todos modos, sería un error atribuirle toda la responsabilidad por el fracaso, dado que varias causas concurrieron para explicar la debacle. Sin embargo, es claro que el jefe británico no asumió el traspié y, peor aún, buscó a otros culpables.
Su actitud no fue la del general Lee que luego de Gettysburg, la máxima derrota de los sureños en la guerra de secesión norteamericana, reconoció su culpa.
Montgomery es uno de los generales de psicología más problemática de la Segunda Guerra Mundial. Sus críticos siempre lo acusaron de estar demasiado preocupado por las relaciones públicas, por atribuirse méritos ajenos y por no asumir sus propias fallas. Esto es avalado por el historiador británico Sir Max Hastings quien recoge la opinión del propio General Dwight D. Eisenhower (Comandante Supremo Aliado), quien expresó en privado sobre Montgomery, y luego de mucho lidiar con su difícil carácter y su avidez por ser el gran protagonista: "El general Montgomery es un tipo de comandante de ejército muy capaz y dinámico. Personalmente creo que lo único que necesita es un comandante superior fuerte. Le encantan los focos de atención y la notoriedad...".
Eisenhower también advertía la condescendencia de Montgomery, su desprecio hacia sus condiciones de estratega militar y su displicencia al presentarse como el que siempre salvaba a los norteamericanos.
Uno de los grandes críticos del mariscal británico fue, sin dudas, Patton, el general al mando del Tercer Ejército de los EE. UU. Debido al desvío de combustible y suministros para la operación de Montgomery, Patton no pudo atacar rápido ni intentar su propio cruce del Rin. Aseguraba que con sus fuerzas podría haber cruzado la frontera alemana en pocos días, y quizá tenía razón. Por eso se burló del británico cuando este habló de Market Garden como una operación con un "90% de éxito".
La culpa para un polaco
Pero el flanco más oscuro del liderazgo de Montgomery fue echar la culpa del fracaso a los polacos, dirigidos por el notable general Stanisław Sosabowski, quien comandaba la 1.ª Brigada Paracaidista Independiente Polaca.
Sosabowski era valiente, realista, franco y directo. Por eso no escatimó críticas al advertir las falencias de la Operación Market Garden; sabía que todo aquello iba directo al desastre. Ya en esa fase previa, el mando británico lo tildó de “arrogante” y “falto de espíritu cooperativo”. Luego del resultado negativo de la operación, Montgomery y el teniente general Frederick Browning, muy lejos de la gallardía de asumir su parte de responsabilidad por lo sucedido, decidieron buscar un “chivo expiatorio”. Para esto, Montgomery comenzó su campaña de difamación: en sus cartas confidenciales acusaba a los polacos de haber luchado mal y afirmaba que “no habían mostrado empeño por combatir”. Una rotunda mentira, dado que los hijos de Polonia sufrieron más del 20 % de bajas al cubrir la retirada de los sobrevivientes de la 1.ª División Aerotransportada británica. Como consecuencia, Sosabowski fue privado de su mando en diciembre de 1944.
Al terminar la guerra, la URSS ocupó Polonia. Al ser un reconocido anticomunista, el general Sosabowski no podía regresar a su patria, por lo que permaneció exiliado en el Reino Unido. Al carecer de una pensión militar británica, Sosaboski debió trabajar duramente para sobrevivir. Ya con más de cincuenta años, consiguió empleo como obrero y bodeguero en una fábrica de motores eléctricos. Murió en 1967. El historiador Norman Davies (experto en historia europea y de Polonia) declaró al respecto: "En la larga historia de la injusticia, nadie ha sido tratado de forma más injusta que el general Stanisław Sosabowski, comandante de la 1.ª Brigada Paracaidista Independiente".
Por su parte, en sus memorias de 1958, Montgomery no repitió la retórica difamatoria contra los polacos; en su lugar, prefirió echarle la culpa a los factores climáticos y a Eisenhower por no enviarle todos los suministros que le había solicitado.
Delegar en otro la propia culpa evita el daño de la imagen autoidealizada de uno mismo. Una distorsión que no duda en torcer el cuello de la verdad para preservar un ego que se pretende inmune a los errores. Del mecanismo de la búsqueda de un chivo expiatorio, el filósofo y antropólogo francés René Girard construyó una teoría sobre el origen de la violencia.
Montgomery lastimó la reputación de Sosabowski, pero este no fue el caso de los propios soldados del general inglés.
Aquel puente tan lejano
Los veteranos británicos de Arnhem sabían la verdad. Ellos sabían cuánto le debían a los polacos. En la posguerra, financiaron monumentos en honor a los paracaidistas de Polonia y a Sosabowski.
Y hay que imaginar al destituido jefe polaco en sus últimos días. En una tarde lluviosa y melancólica, recuerda los paracaídas desplegados en el cielo, las ametralladoras alemanas, el río, la desesperación, la muerte y, luego, la gran injusticia. Y, quizá, a través de una ventana, entre la memoria y la lluvia, imagina un puente, siempre lejano, siempre inalcanzable.