viernes 07 de octubre de 2022
CULTURA literatura de terror

Estela de fantasmas

De unos años a la fecha, la literatura argentina se ha volcado al terror sobrenatural, tejido con las miserias del mundo físico. Con autoras como Mariana Enriquez, Agustina Bazterrica y Samanta Schweblin –pero también C.E. Feiling y Juan Rodolfo Wilcock–, nuestro país ha demostrado ser una usina exportadora de imaginarios espeluznantes, donde el horror es solo la contracara del aparente mundo cotidiano.

07-08-2022 01:38

En su ensayo Cazadores de ocasos. La literatura de horror en los tiempos del neoliberalismo (2021), Miguel Veda escribe: “Durante los últimos años se ha impuesto la convicción –o por lo menos la sospecha– de que la ficción de horror está disfrutando, en la actualidad, de un auge que nunca antes había tenido dentro de la literatura argentina”. Repasemos algunos hechos ocurridos en los últimos cuatro años que respaldan sus palabras: en 2019 el premio Herralde de Novela –uno de los más prestigiosos galardones de la literatura en castellano– le fue otorgado a Mariana Enriquez por su libro Nuestra parte de noche. Era la primera vez que lo ganaba una escritora argentina, y con justa razón: Nuestra parte de noche quizá sea la mejor y más ambiciosa novela de terror que se ha escrito en nuestro país. Apenas un año después, en pleno aislamiento por la pandemia, el Fondo Nacional de las Artes, bajo la dirección de la propia Mariana Enriquez, lanzaba una convocatoria tan atípica como –para algunos– polémica: en el premio nacional del concurso de Letras 2020 solo podían participar obras de los géneros ciencia ficción, fantástico y terror. Las discusiones en el mundillo de la literatura vernácula –sobre todo en redes sociales– no se hicieron esperar: ¿poesía de terror y ciencia ficción?, ¿qué clase de sacrilegio literario era ese? Enriquez justificó la decisión del FNA aduciendo que “circunstancias extrañas y excepcionales nos decidieron a organizar un concurso que fomente un género tradicionalmente relegado”. Muchos cultores de la literatura de género defendieron la decisión de la flamante directora, pero otros autores más emparentados con el realismo, la literatura del yo y la poesía se sintieron discriminados. Y razones no les faltaban: estaban siendo excluidos de un premio nacional, a no ser que se animasen a probar con los géneros populares. Las voces del otro lado de la trinchera, sin embargo, estaban exultantes porque entendían que por primera vez se les estaba dando visibilidad a aquellos géneros relegados en la historia de nuestra literatura. Finalmente ocurrió lo que para muchos era inimaginable: la obra ganadora fue Siamesas, un estupendo libro de poemas de terror de la escritora tucumana María Belén Aguirre, publicado por la editorial Ayarmanot en 2021. Al final resultó que la poesía de terror existe, y para colmo es digna de elogios. Un ejemplo más: el año pasado la película elegida para representar a nuestro país en los premios Oscar y competir por el Oso de Oro en el Festival de Berlín fue El prófugo (Natalia Meta, 2021), adaptación de El mal menor, novela de terror de culto del escritor C.E. Feiling (1961-1997), publicada en 1996 por la Editorial Planeta, reeditada en 2012 por el FCE en la colección Serie del Recienvenido –dirigida por Ricardo Piglia–, y con una reciente reedición a cargo de La Bestia Equilátera. La adaptación, a pesar de varios cambios en la trama y los personajes, consigue captar la esencia de un libro alucinante que gira en torno a los sueños y pone en el centro de la trama a unos oscuros seres oníricos que quieren escapar del mundo de las pesadillas para invadir la vigilia. Queda claro por qué Feiling tituló La pesadilla lúcida a la introducción que escribió para la antología Los mejores cuentos de terror (1997) un año después de publicado El mal menor. En ese texto dividió la evolución de la literatura de terror en cuatro etapas: el terror gótico del siglo XVIII, el terror burgués, el terror fantástico y, finalmente, la etapa del terror cinematográfico, que nutre al cine pero también se deja nutrir por él. La generación actual de escritores y escritoras de terror de nuestro país alimentó su imaginación macabra con el boom de los 70 y los 80 –Stephen King, Peter Straub, Clive Barker–, pero también fue muy influenciada por el séptimo arte gracias a las películas de trasnoche, los videoclubes y la televisión por cable. A esta generación libre de prejuicios, que por su formación no suele discriminar entre alta y baja cultura, no le alcanzaba con el realismo y la literatura del canon para narrar sus experiencias. Necesitaban otras voces, otras poéticas y las encontraron en los géneros. Esta inclinación por el terror y el weird para contar sus historias definitivamente los alejó del canon, los dejó fuera de la academia y, al moverse por circuitos marginales lejos del radar del mainstream, sin tantas presiones editoriales y comerciales, encontraron espacio para lo experimental, lo lúdico. Esto llevó a que se produjeran obras originales, osadas, lo que llamó la atención no solo de los lectores, sino también de las grandes editoriales y los medios de comunicación masiva: Cadáver exquisito (2017), la magnífica novela de terror distópico de Agustina Bazterrica que narra un futuro en el que la cría de humanos para el consumo de su carne está legalizada, ganó el premio Clarín de novela en 2017 y el Ladies of Horror en 2021, y ha sido traducida a 23 idiomas; Cometierra (2019), novela debut de Dolores Reyes, que toca temas como la trata de personas y los femicidios a través de la mirada de una joven vidente capaz de comunicarse con los muertos, va por su décima edición hasta el día de la fecha y se rumorea que será convertida en serie de televisión; Distancia de rescate (2014), primera novela de Samantha Schweblin –otro de los nombres fuertes de esta nueva generación de autoras del terror cinematográfico–, obtuvo premios como el Shirley Jackson y el Tournament of Books, y tuvo una adaptación cinematográfica en 2021, producida por Netflix y dirigida por la peruana Claudia Llosa. 

En la actualidad existe un claro interés comercial de la industria literaria y los medios de comunicación por la literatura de terror, pero sobre todo hay un interés genuino de parte de los lectores, que son en definitiva quienes compran los libros y obligan a nuevas tiradas y traducciones. Con respecto a este tema, José María Marcos –periodista, escritor y claro exponente de ese pequeño grupo de editores independientes argentinos dedicados al terror, con su sello Muerde Muertos– entiende que “el principal cambio en torno a las ficciones de horror está vinculado a la declinación del prejuicio hacia dichas historias. Esto hizo que muchas personas se sumaran al ruedo, desde la escritura, la lectura, lo académico, la edición, la promoción. Cuando pusimos en marcha la editorial Muerde Muertos con mi hermano Carlos, en 2010, éramos pocos los autores y las autoras que públicamente manifestábamos este interés. De hecho, la fundación del sello tuvo que ver con la intención de valorizar lo lúdico, el terror como epicentro y ciertas estéticas chirriantes”. La editorial Muerde Muertos recorre los senderos de la literatura erótica, el policial con tintes fantásticos y el realismo delirante, pero sobre todo se enfoca en los exponentes locales del terror más ligado al weird como Pablo Tolosa o Fabián García, y en los escritores de terror clásico como Pablo Martínez Burkett, Patricio Chaija o el propio José María Marcos, autor de varias novelas oscuras junto a su hermano y de libros de cuentos macabros entre los que se destacan Los fantasmas siempre tienen hambre (2010) y Desatormentándonos (2020). “En estos doce años publicamos más de cuarenta títulos, participamos de gran cantidad de eventos difundiendo nuestro trabajo y hemos visto una enorme renovación en cuanto a formas y contenidos”, asegura José con orgullo, y cierra: “Desde la gestación de Muerde Muertos venimos opinando que la Argentina cuenta con una fuerte tradición en materia de fantasía macabra, aun cuando el consenso general no era ese, y creo que lo sucedido en estos años ha sido importante tanto para la ampliación del imaginario creativo como para el desarrollo de nuevos modos de leer nuestra literatura. En la actualidad se están reeditando libros de autores en boga que en su momento fueron publicados por editoriales independientes en pequeñas tiradas, con la intención de recuperar textos que pasaron desapercibidos para los medios de comunicación masiva y estuvieron ausentes en las cadenas de librerías. Después del reconocimiento que recibió por sus libros La maestra rural (2016), La casa de los eucaliptus (2017) y La masacre de Kruguer (2019) –de lo más interesante que se ha publicado en el género terror en nuestro país, sin dudas–, Random House decidió recuperar la obra cuentística del cordobés Luciano Lamberti publicada en pequeñas editoriales –El asesino de chanchos (Tamarisco, 2010 y Nudista, 2014) y El loro que podía adivinar el futuro (Nudista, 2014)–, en un solo volumen titulado Gente que habla dormida (2022), que reúne aquellos primeros cuentos más un volumen extra de relatos inéditos. Algo similar ocurrió con la obra temprana de Agustina Bazterrica –en 2020 Alfaguara publicó Diecinueve garras y un pájaro oscuro, una versión ampliada y revisada del volumen de cuentos Antes del encuentro feroz (Alción, 2016)–, y de Mariana Enriquez –este año Anagrama publicó Bajar es lo peor, su primera novela editada originalmente por Espasa Calpe en 1995–. Un interesante ejercicio lúdico sería dejar de esperar las reediciones de las grandes editoriales y salir hoy mismo en busca de esas gemas de editoriales independientes ocultas al ojo del mainstream. Algunas pistas para la caza del tesoro literario: Notanpuan publicó Cero gauss (2017) y Especie salvaje (2020), dos excelentes novelas de terror experimental del joven escritor y editor Denis Fernández; Dakota editó en 2013 La masacre de Reed College, debut literario de Fernando Montes Vera, en el que mezcla el mito de Moloch, las masacres escolares y su propia experiencia en un campus estadounidense; en 2021 Contramar publicó Las bestias, una colección de cuentos de la cordobesa Vicky García entre la tradición gauchesca y el terror más cruel, que conforman un oscuro universo ficcional de gótico pampeano; Metalúcida hizo lo propio con La misa de los suicidas (2022), de Pablo Forcinito, una interesante novela de terror que recurre a la mitología cristiana para contar una historia de resucitados, demonología, grimorios y rituales, en un pueblo chico donde se desata el infierno grande; Azul Francia publicó El sonido de las cosas (2021), nouvelle de Gonzalo Santos que explora los efectos de la tecnología invasiva en un futuro distópico y weird lleno de seres deformes; en 2020 Indómita Luz publicó La belleza ajena, un conjunto de relato cortos y contundentes de Laura Bertolé que utiliza el horror y la extrañeza para habitar el lado oscuro de la gestación, la maternidad y las relaciones familiares complejas; el libro de Diego Muzzio Las esferas invisibles, fue publicado en 2015 por Entropía y está conformado por tres magníficas nouvelles de gótico criollo. 

La literatura argentina, aunque suene paradójico, parece haberle perdido el miedo –y la vergüenza– al terror en los últimos años, y hoy ofrece una amplia variedad de opciones: si lo que se busca es un acercamiento más trash al género, se puede rastrear a Matías Bragagnolo, escritor que trata temáticas polémicas como las snuff movies (Petite Morte, 2014) o las sectas en pequeñas comunidades (Dormiré cuando esté muerto, 2021); si el interés va por el lado de la ficción vampírica, La sed (2020), de Marina Yuszczuk; y el Conserje y la eternidad (2017), de Ricardo Romero, son excelentes elecciones; para terror psicológico se puede recurrir a El ojo de Goliat (2022), de Diego Muzzio; o El desalmado (2011), de Carlos Chernov; si se anda en la búsqueda de terror real y no-ficción existen varias opciones: La misa del diablo (2013), de Miguel Prenz, una crónica cruda sobre sectas y asesinatos rituales; Magnetizado (2018), de Carlos Busqued, la reconstrucción de la vida de un asesino serial a través de entrevistas con su oscuro protagonista; Barbarie y civilización (2008), de Gabo Ferro, libro de historia que analiza la violenta Argentina del siglo XIX a través de una relectura en clave monstruosa, sangrienta y vampírica. Existen también editoriales dedicadas 100% al terror, como el colectivo De la Fosa Santa Guadaña y Sello Fantasma, que publicó la novela 3 días (Gonzalo Ventura, 2017), que fue adaptada a la pantalla grande por Daniel de la Vega bajo el título Al 3er día (2021), o la editorial M14E, que en 2021 publicó la antología de cuentos de terror Vivos de miedo, gestada a partir de un ciclo de lecturas por Instagram. Resulta interesante también la proliferación de revistas online –que muchas veces devienen en editoriales autogestivas– como Lafarium, The Wax o Gualicho. Esta última, radicada en la provincia de Córdoba, ha unido fuerzas con la renacida editorial independiente Contamusa y acaban de publicar tres libros de relatos de horror a cargo de Utz Gregorczuk (La llamada del monte), Emanuel Rosso (Si algo ha de morir) y Nicolás Viglietti (Ciudad de insomnio). 

En su ensayo Danza macabra (1981), Stephen King se pregunta por qué inventamos historias terribles cuando ya hay tanto horror auténtico en el mundo, y la respuesta es contundente: inventamos horrores ficticios para que nos ayuden a soportar los horrores reales. Si todas las cosas de este mundo están mediadas por la historia, nuestros terrores recientes están sin duda mediados por los horrores de la última dictadura militar: éramos tierra fértil para la semilla del terror, pero durante mucho tiempo esa semilla no germinó en nuestro país porque creíamos que nuestra realidad reciente era tan espantosa –y dolorosa, que no necesitábamos de la ficción para contarla: era suficiente con el realismo y la no ficción. Pero en los últimos diez años surgió una generación de escritores y escritoras que decidieron apropiarse del género para narrar los males ocultos de este mundo, el horror de lo cotidiano y los fantasmas del pasado. O quizá, como escribió el francés Michel Houellebecq en Contra el mundo, contra la vida (1991) –su ensayo sobre la obra de H.P. Lovecraft–, la vida simplemente “es dolorosa y decepcionante. Por lo tanto, es inútil escribir más novelas realistas (...) Necesitamos un antídoto supremo contra todas las formas de realismo”.

 

¿A cuántas cosas tememos?

Agustina Bazterrica* 

La primera pregunta que me hago es: ¿se puede hablar de literatura de terror argentina? En El libro de los géneros recargado, Elvio E. Gandolfo reflexiona sobre la literatura de terror: si la historia argentina fuera un relato, probablemente caería, de manera difuminada y con bordes indecisos, bajo la categoría de varios estilos, todos relacionados con el paroxismo (comedia, grotesco, absurdo, terror). Y creo que en esa hibridación de la que habla Gandolfo están los aportes más interesantes. 

En nuestra literatura, los bordes se entremezclan, se enriquecen, y creo que tiene que ver con el hecho de que en nuestro país el terror no se ubicó en una zona central o canónica, a diferencia de lo que ocurrió en países como Estados Unidos, donde hubo y hay escritores dedicados al terror, como Shirley Jackson, Poe, Lovecraft, King, Straub, etc. Si bien nuestros escritores incursionaron con algunas obras en atmósferas ominosas, siniestras o con cierta maldad psicológica –pienso en Quiroga y La gallina degollada; Cortázar y La escuela de noche; Borges y El otro encuentro, Silvina Ocampo y Cielo de claraboyas o La novia del muerto, de Manuela Gorriti–, el terror se movió por zonas marginales. Pero, justamente, creo que esa es su mayor fortaleza, porque permitió una mayor libertad, ahondar en el riesgo y en la experimentación, y eso implica salirse del corsé, hibridar. A diferencia del relato policial, la narrativa fantástica o la ciencia ficción, el terror no contó con colecciones específicas en la literatura argentina. Tampoco hubo revistas que se dedicaran específicamente al género, y las primeras antologías recién se publicaron a principios de este siglo. Con pocas excepciones, ningún escritor importante lo consideró entre sus preocupaciones. Sin embargo, estuvo allí, en las raíces. Novelas, cuentos, recopilaciones y estudios especializados lo rescatan ahora desde los márgenes más oscuros del pasado. 

Hoy en día, la niebla en la que parecía estar oculto el género de terror en la literatura argentina poco a poco se va despejando. Hay obras de autoras argentinas consideradas del género publicadas por grandes editoriales que ganan premios y son traducidas a muchísimos idiomas, como Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez; o Distancia de rescate, de Samanta Schweblin. También surgieron editoriales que apuestan a publicar obras del género, como Muerde Muertos y Pelos de Punta. Por supuesto, no son las únicas. 

¿A cuántas cosas tememos?, se preguntaba Stephen King en El umbral de la noche. La respuesta de la ficción podría incluir a los hijos (Como una buena madre, de Ana María Shua; y Rincón, de Vera Giaconi), los desconocidos (El verdadero negocio del señor Trapani, de Pablo De Santis), los jóvenes y lo sobrenatural (Chicos que vuelven, de Mariana Enriquez), el desierto, “la tierra misteriosa del otro” (El intercesor, de Diego Muzzio), las desviaciones religiosas (Me verás volver, de Celso Lunghi), la vejez (La viuda, de Lucina De Luca), el fanatismo y la perversión (La misa del diablo, de Miguel Prenz) y la lista sigue con obras singulares como La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti, y la excepcional novela Brujas de Carupá, de Luis Mey. Creo que esta lista contesta la pregunta del inicio: sí, ya se puede hablar de literatura de terror argentina, y se puede hablar mucho.

*Es autora de los libros como Antes del encuentro feroz (2016), Cadáver exquisito (2017) y Diecinueve garras y un pájaro oscuro (2020).

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