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CULTURA / Inmaterialista
jueves 28 noviembre, 2019

Filosofía en 3 minutos: George Berkeley

Uno de los principales filósofos del empirismo y del idealismo –aunque parezca contradictorio–. La ciudad y la universidad californianas toman su nombre en homenaje al pensador irlandés.

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por Ruben H. Ríos


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George Berkeley (Dysert, Irlanda, 1685 - Cloyne, id., 1753) Foto: Cedoc Perfil
jueves 28 noviembre, 2019

La universidad californiana de Berkeley y la ciudad en la que ésta se halla toman su nombre en homenaje a George Berkeley (1685 -1753), uno de los principales filósofos del empirismo y del idealismo, aunque parezca contradictorio. Posiblemente por esta doble articulación de su pensamiento, que se resume en una especial teología, la filosofía que expuso se ha definido de varias maneras: “idealismo subjetivo”, “espiritualismo empirista”, “inmaterialismo”, “idealismo sensualista”, “fenomenismo espiritualista”, etc. Situado en la historia del empirismo inglés entre John Locke y David Hume, sin embargo, Schopenhauer lo reconoce como el padre del idealismo, que es igualmente una caracterización válida. En términos esquemáticos, el pensamiento de Berkeley tiene un lado empírico, lo cual quiere decir que se ajusta a la experiencia sensible, en contraposición al racionalismo, y otro idealista, en el sentido de que reduce el mundo externo a la percepción de ideas o imágenes. De ahí la muy famosa tesis Esse est percipere et percipi: ser es percibir y ser percibido.

Luego de cursar la escuela primaria en su pueblo natal, cerca de Kilkenny, Irlanda, Berkeley ingresó al Trinity College de Dublín, donde obtuvo el título de Bachiller en Artes en 1704 y, tras estudios de posgrado, la admisión de fellow (miembro académico) en 1707. Dos años después, mientras publicaba sus primeros trabajos sobre matemáticas y teoría óptica, fue ordenado como diácono de la Iglesia Anglicana. En esta época escribió, cuando aún no tenía treinta años, los libros fundamentales de su pensamiento: Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710) y los Tres diálogos entre Hylas y Philonous (1713). En 1724 fue nombrado, como clérigo anglicano, deán de la ciudad de Derry, en Irlanda del Norte, y abandonó su actividad académica. Al poco tiempo, también dejó sus obligaciones eclesiásticas y partió hacia América, con su mujer, con el proyecto de fundar un colegio universitario en las Bermudas (a raíz de eso publicó Proyecto para mejor abastecer las iglesias de nuestras plantaciones en el extranjero y convertir al cristianismo a los salvajes americanos), que contaba con el apoyo financiero del rey y del parlamento. En 1729 se estableció en Newport (Rhode Island) a la espera de los fondos prometidos, pero estos no llegaron. De regreso a Europa, en 1734 fue nombrado obispo de la diócesis de Cloyne, Irlanda, donde permaneció consagrado a tareas pastorales, aunque publicó varios libros. Murió en Oxford cuando visitaba a uno de sus hijos.

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Lo esencial del pensamiento de Berkeley se encuentra en el temprano Tratado publicado en 1710, porque los Tres diálogos componen un intento de explicar al primero. La tesis Esse est percipere et percipi plantea que el ser de un objeto consiste sólo en que es percibido, esse est percipi, cuya percepción la mente (o el espíritu) se representa como ideas y, en esa medida, como percibe que percibe, ella misma se define como un percibir, esse est percipere. En una palabra: el ser, lo que existe, es percepción. Esto implica, entre otras consecuencias, que negar esta posición significa aceptar la existencia de cosas no percibibles o imperceptibles, lo cual no se puede demostrar ni decir nada de ellas. A lo sumo, quienes así piensan se aferran a ideas abstractas que carecen de referencia perceptiva. Berkeley sostiene, por lo tanto, que no existe ni la materia extensa ni ninguna substancia corporal en forma autónoma de la percepción, sino únicamente el percibir objetos exteriores y su representación en ideas, a su vez, percibidas. Los conceptos matemáticos y geométricos, lejos de conformarse como meras idealidades, se fundan (como toda abstracción) en percepciones y representaciones primarias. En ese sentido, la idea general de un conjunto de objetos múltiples, aunque de aspecto similar, representa un signo, un nombre, no una realidad efectivamente dada.

Berkeley considera que el objeto y la sensación o percepción son lo mismo y que, por eso, tener una idea resulta equivalente a percibir. Nada existe como una substancia independiente de la mente, ni las llamadas “cualidades primarias” (extensión, figura, movimiento, reposo, solidez, número) ni las “cualidades secundarias” (colores, sonidos, sabores y demás atributos sensibles) ni tampoco, lo que radicaliza el extremo el empirismo, la substancia no pensante e insensible donde se encontrarían: la “materia”. Todas esas cualidades y su soporte no son más que ideas que solamente tienen existencia en la mente, si esta las percibe, porque una idea se parece sólo a otra idea. Por otra parte, la misma distinción entre cualidades primarias y secundarias, para Berkeley ya configura una abstracción del percibir algo grande o pequeño, móvil o inmóvil, rápido o lento, pero siempre mezclado con colores, sonidos, frío o caliente, brillante u opaco, y otras cualidades secundarias.

Su tesis, según Berkeley, no prueba tanto que no hay extensión o color en el objeto exterior como que no es posible saber cuáles son verdaderamente la extensión o el color, si bien demuestra, en cambio, la imposibilidad de que existan estas cualidades en forma autónoma de la percepción en un substratum corpóreo no pensante. La substancia material, que da soporte a los accidentes o cualidades de las cosas, la parece una idea general del ser absolutamente abstracta. Además, si fuera posible que se dieran fuera de la mente figuras sólidas y en movimiento, no habría manera de saberlo. Los sentidos no indican que hay entes que existen afuera de lo percibido ni que hay cosas no percibidas semejantes a las que se perciben. Tampoco la razón puede dar cuenta de la existencia independiente de objetos exteriores, ya que depende de lo percibido por los sentidos y de las ideas percibidas por la mente, las cuales, por definición, no poseen una conexión necesaria con los cuerpos.  Berkeley llama “entendimiento” al espíritu (también alma, yo, mente, un agente del que no hay idea alguna) que percibe las ideas y “voluntad” cuando las origina u opera sobre ellas.  

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Por supuesto, las leyes físicas de la naturaleza también son ideas de la mente suscitadas por la percepción de los sentidos, también ideas o imágenes, que permiten diferenciar las cosas reales de las imaginarias, que son menos constantes. Obviamente la ropa o la comida son ideas de los sentidos, percepciones de figuras, sabores, olores, extensiones, durezas, temperatura, etc. Del mismo modo, desear, amar u odiar son productos mentales. Debe entenderse que cuando Berkeley afirma que toda cosa no existe al margen de la mente o espíritu no se refiere a la mente individual sino a la totalidad de las mentes, que hacen posible, percibiendo, que algo exista. Sin embargo, ello supone cierto quebrantamiento del principio de causalidad. Por ejemplo, el fuego deja de ser la causa del dolor que siento al estar demasiado cerca de él para transformarse en la señal o signo de lo doloroso, lo significado, en la asociación de ideas. Berkeley argumenta que se propone hacer de las percepciones la única realidad, para que los seres humanos aprendan a no desconfiar de ellas y no se vuelvan escépticos, quienes siempre han supuestos que hay objetos externos reales.

Según esta filosofía, las ideas de los sentidos existen realmente, pero sólo en las percepciones de la mente. El tiempo, en consecuencia, es algo abstraído de la sucesión de ideas y, aparte de ellas, no tiene realidad alguna, y lo mismo ocurre con la noción de un espacio absoluto, distinto del percibido. El parágrafo 125 del Tratado afirma que sólo la extensión en abstracto, es decir no percibida, aparece como infinitamente divisible, cuando los sentidos perciben cada extensión finita particular, parte por parte. Inferir que una línea de una longitud finita contiene dentro de sí infinitas partes que existen realmente, aunque demasiado pequeñas para contarlas, incurre en un razonamiento erróneo, en una pura imaginación que se abstrae por completo de los minima sensibilia, de las partes más pequeñas que pueden percibirse. Berkeley, en relación con esto, introduce cierta crítica al cálculo infinitesimal de Leibniz que hace divisible a cada uno de los infinitesimales en infinidad de cantidades, a su vez divisibles infinitamente.

El problema de quien percibe cuando no hay nadie que lo haga y el objeto sigue existiendo señala el meollo del idealismo de Berkeley, quien lo resuelve a través de una respuesta teológica: Dios lo percibe, el fundamento último. La propia mente humana es una percepción de la divinidad y, al parecer, sin esta el mundo como absoluto percipi se disuelve en la nada. Pese a ello, la articulación metafísica de Berkeley se relaciona más con sus creencias religiosas que con su propia filosofía, porque su estructura no requiere de un dios que perciba el mundo. Basta con la totalidad de las mentes meramente humanas, una gran mente universal. La cuestión de quien percibe cuando no hay nadie y el objeto continúa existiendo encierra una falacia. El mismo Berkeley admite que su pensamiento no demuestra tanto la inexistencia de las cualidades en el objeto como que no es posible saber, para el percipi humano, cómo son verdaderamente. La imposibilidad de que existan esos caracteres de manera separada de la percepción en una substancia no pensante prolonga esa intervención de los sentidos humanos sobre las cosas. La deidad de Berkeley, en última instancia, hipostasia la mente humana, convirtiéndola en la suprema abstracción, mucho más abstracta que la “materia” que combatió con su empirismo radical.

*Doctor en filosofía, escritor y periodista

@riosrubenh

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