CULTURA
BIBLIOTECAS

La intimidad letrada

Testimonio insobornable de la imaginación y la crítica, poseer una biblioteca es uno de los paraísos borgeanos al alcance de la mano. Con una mirada múltiple a cargo de escritores y escritoras, Godot distribuye esta semana Bibliotecas, libro que desentraña esa intimidad escultórica que presupone todo material de lectura personal. A modo de adelanto, reproducimos extractos del libro.

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Godot. | Pablo Temes

Biblioteca deformada 

Selva Almada 

Tuve todo tipo de bibliotecas: estantes colgados de la pared, mueblecitos, tablones apoyados sobre ladrillos robados de las obras en construcción, de pino, armables, compradas en el Easy. Desde hace casi tres años no tengo. Mis libros están embalados en cajas en un depósito de Parque Patricios. 

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Poco antes de la pandemia empezamos una remodelación en la casa y tuvimos que mudarnos. Me despedí de mis libros por un tiempo, según los arquitectos: unos cinco meses. Pero en el medio el mundo cambió para siempre. Casi dos años después volvimos a la casa. La que aún no vuelve es la biblioteca. 

Los inicios de mi vida de lectora fueron en bibliotecas públicas. Los libros venían conmigo, se quedaban unos días, una semana a lo sumo, como la virgen que en los pueblos va de visita a las casas. Pero en vez de abrir las puertas para que entraran las vecinas a rezar y traerle flores a la imagen, llevarme un libro “de visita” era justo lo contrario: cerrar la puerta de la habitación, y rendirle un culto propio y privado a ese objeto que por lo general mide 20 × 15 centímetros. De adolescente, cuantas más páginas tuviera, mejor. Las novelas que sacaba de la biblioteca popular Mitre eran gordas como biblias. 

(…)

A mis 20, pasar horas en lo de Altman, un librero de la calle Villaguay, en Paraná, tenía tanto sentido como estar toda la noche en un bar con mis amigos. Allí compré a un peso una edición de Rayuela, sin tapas. Un peso también costaba una cerveza en el kiosco. 

Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, toda mi mudanza fueron unas cajas con libros y una olla Essen. Y las librerías de saldo de calle Corrientes, la misma promesa de felicidad que los circos y los parques de diversiones que acampaban en mi pueblo cada año, cuando era chica. En esas primeras excursiones compré las tres novelas de Feiling que había publicado Biblioteca del Sur y que serían inconseguibles hasta hace poco, que se reeditaron. También, en una de viejo, El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, en la edición de Bruguera, esos libros de colores chillones con lomos negros, de tapa dura.

 

Los libros que viven con uno 

Luis Chitarroni 

Los acomodamientos fueron sucesivos, y cada mudanza trajo una nueva metodología, un talante distinto. Hubo un período obsesivo inicial, alfabético y luego, en la medida de lo posible, alfabético/cronológico. Quienes adoptamos como cachorros o mascotas bibliotecas, porque no las heredamos, lo hacemos con el criterio de no discriminación que estos tiempos dictan, de modo que los tamaños de los libros determinan también un orden de tamaño, de grosor y estatura, de posición vertical y horizontal. Mis viejos libros en castellano encontraron alineamientos caóticos, y la gauchesca se mezcla con los viejos clásicos de Austral, por ejemplo. Mi última o penúltima disposición o tratado de recursos de no urgencia consistió en armar hileras de lo que llamaba acordes armónicos, una idea sacada, creo, de una enumeración de esa laya que aparece en La verdadera vida, de Sebastian Knight. Es un criterio malicioso y arbitrario en extremo. ¡Qué palabra “criterio”, del nombre de la revista de Eliot a la recelosa editorial local! En los distintos regímenes de territorialización bibliómana, dentro de los que ocurrieron también revueltas y revoluciones, separé pares y parejas que creí inseparables, a Fourier de Saint Simon (revolucionario) y al Duc de Saint Simon de tantas extraordinarias gallaretas epistolares del siglo XVII. A Osvaldo Lamborghini y a César Aira, alguna vez unidos por esos destinos inextricables que signa la amistad. A James Joyce de Samuel Beckett y Ezra Pound. Para mi consuelo nocturno y horizontal, fantaseaba que estas mutaciones de orden doméstico conformaban a su vez una historia de la literatura propia, con intervenciones intempestivas; Of Growth and Form, de D’Arcy Thomson, después de haberse habituado a la vecindad de Darwin y Galton, ahora condescendía a estar hombro a hombro con Guy Davenport. 
 

Cierto tipo de desorden 

María Sonia Cristoff 

Llegué a Buenos Aires con 17 años y ningún libro a cuestas. Mis adorados volúmenes de la colección Robin Hood, los seis tomos de la Gran Enciclopedia de los Pequeños, las novelas de la colección Grandes Novelistas de Emecé y las de la colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea de Seix Barral, que vaya a saber por qué llegaban asiduamente a la Patagonia de finales de los 70, principios de los 80, todo eso quedó en el Sur, en mi casa familiar, como parte de una vida que yo había decidido dejar atrás. Cambiar de casa, de amigos, de carrera, de amantes, de números de teléfono, de cortes de pelo, de perspectivas, cambiar de nombre, esos eran mis planes. Las personas y las cosas llegaban a mí y seguían su curso en un tipo de alquimia móvil que se explica muy bien mirado desde las mitologías de provincias. Pero no es momento de hablar de eso ahora. A lo que voy es a que en esa etapa inicial de mi nueva vida prevaleció la fascinación por el despojo y por el descarte. Con una sola excepción, porque fue nomás poner un pie en Buenos Aires y quedar capturada por las librerías de usados en las que inevitablemente recalaba en mis deambulaciones por la ciudad de los años 80. Compraba según el pulso de mi curiosidad, de mis ganas, no tenía ningún otro sistema. Incluso aplicaba esa lógica a la lista de libros que me obligaban a leer en la facultad, en la cual afortunadamente había muchos títulos que me intrigaban. Casi sin que me diera cuenta, con cada una de las nuevas mudanzas de aquellos tiempos, que fueron tantas y no siempre deseadas, no siempre felices, empezó a crecer el número de canastos de libros. Así, casi sin darme cuenta, empecé a armar mi biblioteca propia. 

Me gusta que en el inicio esté ese deambular, esa curiosidad, ese movimiento. Y creo que lo que a veces rechazo, lo que a veces, cuando miro estas hileras atestadas, me genera ráfagas de agobio, es sentirme un poco más lejos de todo eso, es reconocer que en mi biblioteca hay ahora también mucho material ligado a los trabajos y a los deberes. Se me pasa rápido. Sucede con los grandes amores. Me gusta también que en mi biblioteca convivan esas fuerzas complementarias, contradictorias: la del gasto, la del derroche, la del libro comprado por el puro gusto, con la del libro asociado a la disciplina, a la supervivencia material, a las demandas del mundo. Porque además no es cierto que esas fuerzas están tan organizadas según una cronología lineal, como acabo de decir: es más bien cíclicamente que convivo con ellas, que lidio con ellas. En ese sentido, mis libros son también mis maestros, y lo digo aunque se me derritan las uñas sobre el teclado por escribir un sintagma tan pomposo.

 

Mi biblioteca de hoy y la Lisboa del mañana

Jorge Carrión 

La paternidad, por supuesto, lo cambió todo. Estábamos a mediados de 2015. El piso alquilado de la calle Ausiàs March, donde había construido una biblioteca con vistas al primer patio interior de la historia cuadricular de Barcelona, no tenía ascensor y hacía muy difícil la vida con un segundo bebé. Urgía un cambio.

Gracias a mis dos libros sobre esta ciudad –el de sus pasajes, que entonces todavía estaba escribiendo, y el de sus vagabundos de la chatarra, quienes por cierto a menudo viven en pasajes, que acababa de publicar–, había descubierto el barrio de Poblenou y había caminado muchísimo por su topografía triangular, encerrada entre la calle Marina, la avenida Diagonal y el mar Mediterráneo. Una trama periférica e industrial como la del Mataró de mi infancia, con doble personalidad, una clásica y la otra viral: cerca de la playa recordaba una red de pescadores y, en las inmediaciones de la Torre Glòries, una nebulosa de internet. De modo que el día en que visitamos este piso, ubicado frente a un concesionario de coches y un almacén de chatarreros clandestinos, en el centro de una línea imaginaria que uniría la librería Nollegiu con la biblioteca del Clot, muy cerca de una sede de Amazon, empecé a sentirme como en casa. 

Decidimos que los niños se quedaran con la habitación más grande, la que habría acogido dos escritorios rodeados de libros en nuestra vida anterior. Mi esposa instaló su ordenador de mesa en el estudio. Yo entendí enseguida que, en el nuevo reparto del espacio, me correspondería trabajar con mi portátil en la mesa del salón, cuando no lo hiciera en cafés o en la universidad. 

El plan de clasificar mi biblioteca según las categorías de amigos, conocidos y futuros, según el grado de intimidad con cada uno de sus volúmenes, nunca pasó de ser un deseo sin cuerpo, unas líneas escritas en un ensayo. En cuanto forramos de estanterías Billy las paredes del estudio, el pasillo y el comedor, se impuso otra lógica, como si cada arquitectura y cada etapa de una vida llevaran implícitas su propio orden libresco. 

En el estudio y en orden alfabético, dispuse los títulos de literatura contemporánea, desde J. R. Ackerley o César Aira hasta Gabriela Wiener y Raúl Zurita.

 

Separación

Martín Kohan 

La biblioteca contiene (y a la vez despliega) nuestro pasado de lectores. Por eso acudimos a ella a consultar un recuerdo de lo leído, a buscar una cita que precisamos, a releer. Pero la biblioteca contiene también un futuro posible de lecturas (el no lector, o el lector irregular, recaen en la pregunta eterna: “¿Y vos leíste todo esto?”). Ahí tenemos también los libros que no leímos pero podríamos llegar a leer. Por eso otras veces acudimos en cambio a buscar un libro pendiente, a recorrer las filas de lomos a ver si alguno de los libros se destaca y nos entusiasma, si ya somos el lector que ellos esperan. La biblioteca es a un mismo tiempo un museo y un reservorio; a veces agregamos en ella un libro que ya leímos y a veces un libro que compramos para tener y leer alguna vez (alguna vez, pero no todavía). 

Resulta especialmente frustrante buscar y desencontrar en nuestra biblioteca un libro que sabemos que tenemos (que tenemos o que teníamos: así comienza la duda atroz: ¿lo prestamos y no sabemos a quién? ¿El sobretodo inocente de ese amigo no era tan inocente, y el amigo no era entonces tan amigo?). Decidimos un orden: acá y acá, literatura argentina, ordenada alfabéticamente; acá y acá, literatura latinoamericana, ordenada por países; acá y acá, literatura del resto del mundo, ordenada por países; acá y acá, teoría literaria, ordenada por afinidades (todo esto, Escuela de Frankfurt; todo esto, posestructuralismo; etc., etc.); acá y acá, crítica literaria (más cerca los que me formaron, después los que más me influyeron, más arriba los de interés general). Pero el orden establecido, ante la evidencia del libro inhallable, aumenta nuestra ansiedad (¿cómo puede ser?), nos lleva incluso hacia la angustia. La biblioteca es el lugar del colmar, ¿cómo admitir que un libro falte? La biblioteca es el lugar del retener, ¿cómo soportar que algo se pierda? 
 

El orden del caos 

Carla Maliandi 

No tengo una sola biblioteca sino varias repartidas por toda la casa. Con Pablo, mi compañero, planeamos juntar todo lo que se pueda en una sola que ubicaríamos en el living (el ambiente más amplio de nuestro departamento), donde ya hay una que no alcanza. Pero ese proyecto tarda en realizarse.

En el ambiente que llamo “escritorio” tengo una biblioteca que fui disponiendo según necesidades de trabajo o de estudio, pero que en algún momento también se me desbordó y adquirió su propia lógica extraña. En incómoda doble fila los estantes superiores tienen libros de filosofía, teoría literaria, estética y teoría teatral. Los autores y las épocas son diversos y podría decir que están agrupados por tema sin importar orden alfabético (de Kant a Rancière, de Aristóteles a Ludmer, de Adorno a Sontag, de Todorov a Sarlo, de Marx a Preciado, etc.). En ese mismo ambiente del escritorio, otra biblioteca de estantes sujetos a la pared contiene los libros de teatro, solo obras teatrales dispuestas (ahora sí) por orden alfabético. Las épocas y las geografías se mezclan, Arlt y Aristófanes se vuelven amigos íntimos, Shakespeare y Sófocles se manosean, Gambaro y García Lorca se susurran chismes. Me quedo un rato mirando esos estantes para escribir este texto y pienso que esa es la biblioteca que más forma parte de lo que soy, de lo que pienso cuando imagino situaciones, espacios y personajes; que dentro de esos libros hay largos fragmentos que conozco de memoria. Y que aunque lleve largo tiempo sin tocarlos, como si fueran cuerpos de gente que amé, me basta cerrar los ojos para evocarlos.

 

Una biblioteca 

Dolores Reyes

Mi biblioteca debería tener un cartel que diga: “Se prestan libros”. Sería un nombre adecuado para los tres muebles de madera –uno empotrado en la pared, que voy a perder cuando nos mudemos– y el cristalero improvisado que fue paulatinamente siendo tomado por los libros, más las montañas de volúmenes arriba y abajo del escritorio, que se reproducen como células cancerosas en cuanto recoveco de la casa se puedan llegar a expandir. El resultado es siempre el mismo: libros por todos lados. 

Eso no cambia que si otra persona se para adelante de mi biblioteca pueda ver los libros que tengo, pero si soy yo quien se para, enseguida puedo darme cuenta de todos los libros que ya no están. Por esto de ir repasando los que presté y no me devolvieron nunca, me juré mil veces no volver a prestarlos, pero ni yo me lo creo. ¿Hay algo más lindo que compartir lecturas? Así que el cartel “Se prestan libros” sería un sinceramiento conmigo misma, que a veces busco alguno de esos que llegué a comprar dos o tres veces –los cuentos completos de Onetti, Glosa y La grande de Saer, Distancia de rescate de Samanta Schweblin, Enero de Sara Gallardo, solo por nombrar algunos que nunca encuentro–. Enseguida me prometo no reincidir como prestamista pero vuelvo a fallar, porque me termino dejando llevar por la emoción y nuevos libros vuelven a irse en algunas manos lectoras y amigas. 

(…)

Cuando presté Glosa pensé que iba a volver, pero también me había pasado lo mismo con Lo imborrable. Pero esta vez no me resigné, le pedí a mi amigo Caballo Loco que me lo devolviera, se lo pedí varias veces e incluso fui hasta su casa a buscar Glosa –lo que es todo un esfuerzo porque Caballo vive en Tigre y ahí los sauces que bordean el río hacen que el tiempo transcurra de una forma muy particular y que una se vaya quedando en esa ribera, sin voluntad y sin fuerza para regresar–, pero fue imposible. Me acuerdo de cómo al rato de haber llegado a su casa él fue esgrimiendo como armas cada uno de sus 109 argumentos: Yo me merezco este libro más que vos. Este no es un libro de literatura, es un tratado de filosofía, no se puede ir de acá. Es un libro que va al trote sobre el tiempo, además yo lo leí por primera vez y vos me dijiste: ¿Viste cómo habla de la dictadura? ¿Viste esto y lo otro? Y a mí me pareció que no había entendido nada, que yo había leído otra cosa, así que lo tuve que releer, y lo terminé releyendo muchas veces. Cada vez me gusta más. No existe la lectura, existe la relectura. 

Y ya va siendo imposible devolvértelo. 

Lo lamento, nena, es así.