En la historia, el arte vuela entre lo bello y las prácticas del poder. Esto abriga una paradoja: lo artístico como parte de la legitimación de una conquista, o como un nuevo tipo de belleza. Esta dualidad es propia del estilo de pintura de los llamados "ángeles arcabuceros", la gema más original del arte colonial barroco andino, un movimiento artístico surgido entre los siglos XVII y XVIII durante la dominación colonial española de América desde el actual México, la Florida y California, hasta el Río de la Plata, atravesando Centroamérica, el Caribe, los Andes, el Perú y el altiplano boliviano.
Los ángeles arcabuceros lucen como "gentiles hombres" o aristócratas del siglo XVII, arropados en chaquetas tipo chamberga, cuellos de encaje, sombreros con plumas y mangas acuchilladas. De sus espaldas siempre brotan espléndidas alas, y portan arcabuces, trompetas, tambores, banderas, espadas, lanzas; parafernalias de combate de una escuadra militar de guerreros celestiales, ángeles belicosos herederos del arcángel San Miguel y su misión de expulsar del cielo a Lucifer y sus secuaces soliviantados ante el Altísimo.
Este estilo pictórico nace, puntualmente, a finales del siglo XVII en el Virreinato del Perú, en el Cuzco, y cerca del Lago Titicaca.
Hoy, cuatro ángeles arcabuceros permanecen ocultos en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco-Palacio Noel, con dos sedes, el Palacio Noel, en Suipacha 1422, Ciudad de Buenos Aires, Retiro, y la Casa Fernández Blanco (Hipólito Yrigoyen 1420), en el barrio Congreso de esta misma ciudad, con un patrimonio cultural distinto, arte y diseño de los siglos XIX y comienzos del XX, que incluye una sobresaliente y atrayente colección de muñecas.
En un principio, el Palacio Noel (diseñado por el arquitecto Martín Noel) es la mansión de Isaac Fernández Blanco y su familia.
Ya en 1910, Fernández Blanco, coleccionista, mecenas y funcionario argentino, dedica parte de su predio a un museo privado, y en 1921, busca otra residencia para él y su familia. Entonces, en 1922, dona el museo ya parcialmente constituido y su anterior hogar a la Municipalidad. El 25 de mayo de ese mismo año, el museo es abierto a visitas del público, lo que da lugar luego al espacio museístico definitivo en 1947 en el Palacio Noel.
La casa de las musas colonial sigue creciendo mediante el acopio de nuevas e ingentes donaciones: como las 750 piezas de Celina González Garaño, o la generosidad de su cuñada que regala su colección de arte jesuítico-guaraní colonial; o la donación de la colección Martinez Avellanet y Passanisi Vasquez de platerías del periodo de la colonia.
En un bello jardín adyacente, emanan su verde vehemencia varios árboles centenarios, tramos vegetales de una jardinería cuidada, un bar con mesas y sombrillas, una fuente de agua incesante y mayólicas andaluzas, enredaderas, bancos para el retozar y un aljibe que, en mudo gesto, preserva el arte de la perforación para llegar a líquidas napas escondidas.
Y dentro del museo como tal, en sus vitrinas, se codean piezas de arte sacro en madera; relicarios, una gran lámpara votiva, mates y diversas piezas de pura refulgencia plateada y bruñida; pinturas, peinetones, mobiliarios. Y las cuatro muestras puntuales de los ángeles capaces de manejar armas y unirse a huestes de combate.
Una tarde en el museo
En busca de esas especiales muestras del arte colonial, llegamos al museo luego de pasar por la esquina de Suipacha y Arroyo. Allí, se encuentra una pequeña plaza seca en la que, en su momento, se alzó la embajada de Israel destruida por un ataque terrorista en 1992; acto asesino en el que murieron 29 personas, y otras 242 resultaron heridas.
Descendemos por la calle Suipacha, a los pocos pasos llegamos hasta la fachada del Museo Fernández Blanco con su estilo neocolonial, con una gran ilustración de uno de los ángeles arcabuceros, y flanqueada en su entrada por sendas columnas serpentinatas de gracia barroca.
Al entrar no podemos desentendernos del espléndido jardín del museo; espacio florido tan atractivo como el jardín hispano-islámico en el Museo Larreta en el Barrio de Belgrano.
Dejamos de atender al vivo sol que resplandece entre las hojas verdes, e ingresamos, finalmente, en el museo colonial. Reconozco primero a la izquierda una inmensa lámpara votiva de plata, fundida a mediados del siglo XVIII en Brasil, y procedente del Convento de Carmelitas Calzados de Río de Janeiro.
Le pregunto a una empleada del museo por los ángeles arcabuceros. Me pide que me traslade al subsuelo. Allí, responderán a mi inquietud. Bajo por una escalera de piedra. Irrumpo en el recinto subterráneo. Me encuentro con Walter López, encargado de visitas guiadas y de la transmisión educativa del valor patrimonial del lugar. Me dice que los ángeles arcabuceros se encuentran en el primer piso. Le subrayo mi interés por ver las pinturas cuzqueñas. Me guía hasta el piso en el que el tesoro histórico preservado exhibe peinetas que ajustaron los cabellos de mujeres de historias irrecuperables, piezas de platas variopintas, una cama exquisitamente decorada cuya comodidad, en las latitudes del tiempo colonial, fue disfrutada por durmientes también anónimos.
Y en la esquina de una vitrina, refulgen rutilantes los cuatros ángeles arcabuceros, parte de la donación de la colección de Fernández Blanco, matriz del museo.
Una de las pinturas de los emblemáticos seres angelicales armados muestra a un joven de acusados rasgos andróginos, de meliflua belleza, concentrado en arrebatarle bélicos ritmos a un tambor; otro sonríe con su arcabuz, con chambergo y brocado de colores verdes claros; pende en una de sus manos, una cuerda, quizá como atributo del poder de enlazar o controlar. La tercera figura sostiene un estandarte con una cruz enlazada a una trompeta que anuncia acaso la lucha contra el Anticristo en las oscuridades del Apocalipsis; y en una cuarta figura, también cuelga de su mano izquierda una cuerda, y con su otro brazo sostiene un arcabuz sobre un hombro, mientras su mirada subraya la decisión de darle un uso explosivo a su arma.
Los ángeles arcabuceros
En Cuzco, o en talleres cerca del lago Titicaca, como ya referimos, algunos artistas plasman las figuras de los ángeles arcabuceros. El origen preciso del estilo no está debidamente documentada. La tendencia anónima de estas pinturas involucra al Maestro de Calamarca, un pintor barroco colonial de Bolivia en el siglo XVIII. Se le atribuyen dos series de ángeles pintados en los muros de la iglesia de Calamarca (Departamento de La Paz), con un estilo equiparable al de Leonardo Flores, o de José María de los Ríos.
Una inspiración inicial para esta imaginería pueden ser los grabados de artistas como los hermanos Wierix, grabadores manieristas flamencos; o las series de arcángeles del pintor barroco español Bartolomé Román; o los siete "arcángeles de Palermo", una tradición medieval muy venerada en España; pero, en todos los casos, los pintores andinos infunden mayor vivacidad y ornamentación a las figuras. Los antecedentes también provienen de la América virreinal. Por ejemplo, en 1619, la Universidad Mayor de San Marcos de Lima jura defender el culto a la virgen de la Inmaculada. Organiza entonces un certamen de carros alegóricos "entre los que desfilaron ángeles a caballo con ballesta en mano, estampa que sería traslada a la pintura", entonces "el ángel arcabucero aparece vestido con uniforme de gala", según afirma una tesis desarrollada en el marco de la UNAM, por Carmen Ordoñez.
En la creación de los ángeles armados, la Escuela Cuzqueña usaba láminas de oro aplicadas sobre la pintura a fin de simular telas brocadas y motivos florales que visten los cuerpos con rostros andróginos e imberbes, de rasgos armoniosos y cabello largo; la visión teológica de seres angelicales asexuados.
Pero lo realmente significativo en este arte colonial original, es su simbolismo que funde la belleza con un lenguaje de poder.
El rayo-arcabuz
En la historia colonial del siglo XVII surge una narrativa visual legitimadora del orden monárquico hispano. En este proceso, el protagonismo de los jesuitas es clave. La Compañía de Jesús, creada por San Ignacio de Loyola, es fundada el 27 de septiembre de 1540 cuando es aprobada por el Papa Pablo III, mediante la bula papal Regimini Militantis Ecclesiae. Los jesuitas impulsan su estrategia evangelizadora en América del sur y otras latitudes: intentar evangelizar persuadiendo a los evangelizados sobre la afinidad entre sus creencias religiosas preexistentes y el Dios cristiano. Según esto, y sin saberlo, el indio evangelizado ya creía en la divinidad trinitaria romana bajo el oropel de sus propios dioses.
Los pueblos andinos veneran los astros. Este culto es cristianizado mediante la veneración de ángeles armados. La más antigua referencia de un ángel con arma de fuego en ristre la encontramos hacia mediados del s. XVII en la ciudad de Sevilla. Durante la procesión que la Hermandad del Santo Entierro efectuaba el Sábado Santo figuran ángeles con armas de fuego, en este caso concreto, escopetas. La "militia angelica" colonial americana es también parte de la angelología política de la Contrarreforma, el movimiento católico para contrarrestar el avance de la Reforma Protestante, en principio en Europa, pero también en el Nuevo Mundo.
Los ángeles arcabuceros lucen lujosamente vestidos con camisas de encaje, fajas y cintas de seda, brocados, en posiciones marciales sugeridas por el manual militar "Ejercicio para las armas", de Jacob de Gheyn (1607); se habla aquí del arcabuz como un arma de fuego llamada “trueno de mano”.
El arcabuz asimilado a la espada y la mano, y al rayo, el trueno. Un arma terrestre con potencia celeste. En "Ángeles andinos", Liliana Zito Fontán y Diego Outes Coll, aseguran que “en la confrontación de cosmovisiones hispano-andinas, los primeros símbolos sincretizados fueron el arcabuz y la espada asociados con el dios Trueno o dios Rayo –llapa–, a su vez ... poderoso símbolo de la fertilidad”.
Los Incas veneraban a Illapa como una de las divinidades cruciales en su panteón, luego de Wiracocha e Inti. Illapa, asociado con el rayo, es detonación y potencia del cielo que, a su vez, contribuye a fertilizar la tierra y sus semillas. Así, el rayo resuena con lo telúrico.
El arcabuz del ángel colonial activa ese complejo de fuerzas míticas andinas. Ahora, por el arcabuz, el dios cristiano puede hablar el lenguaje del rayo, cosa que en el comienzo de la conquista le está vedado. En su "América profunda", Rodolfo Kusch recuerda un muy revelador encuentro entre un sacerdote cristiano y el emperador incaico Atahualpa. En "La tragedia de Atahualpa", un drama quechua anónimo, el padre Valverde entrega una Biblia a Atahualpa. El máximo gobernante de los Incas se la devuelve luego de asegurarle que el libro "no le dice absolutamente nada". El inca esperaba que el símbolo del dios nuevo y desconocido fuera igual o superior a los de Viracocha, la divinidad máxima adorada por los incas. Por tanto, esperaba que el libro hablara a través de una voz estruendosa, de un sonido explosivo como el trueno porque el tronar es el decir supremo del dios, es expresión plena del ser. El ángel arcabucero le da ahora ese poder al Dios cristiano, que es el Dios que se zambulle en selvas, cerros y pueblos y, al mismo tiempo, se mimetiza con Illapa, el dios andino del trueno, el rayo y la lluvia, promotor de la agricultura y la vida.
Entonces, los ángeles y arcángeles arcabuceros son los mensajeros de la dupla compuesta por Illapa y el Dios de la Cruz. En el mundo colonial andino, el ángel con arcabuz deviene guerrero espiritual defensor de un plan de orden y salvación.
Ramón Mujica Pinilla, en "Ángeles apócrifos en la América virreinal" (FCE), sostiene que la fusión de la iconografía angélica con el guerrero andino buscaba cristianizar a los nativos, al convertir a los ángeles con el arcabuz en defensores militares de la fe y la Corona. Héctor Schenone, historiador argentino del arte colonial, en "Iconografía del arte colonial: los ángeles" (1989) propone que el término "ángeles arcabuceros" es limitado, ya que estos seres no solo portan armas de fuego, sino también banderas o instrumentos musicales; mejor deberían ser llamados entonces "ángeles militares", "compañías" o "escuadras" que, en el programa iconográfico de la Iglesia, constituyen el "ejército de Dios", cuya función es vigilar los templos y extirpar las idolatrías.
Lugares de los ángeles y la variedad del sincretismo.
La presencia más radiante de los ángeles arcabuceros palpita en Calamarca, Bolivia, la serie de 36 ángeles atribuida al mencionado Maestro de Calamarca, es la más vasta y famosa; en Uquía, en la Quebrada de Humahuaca, Jujuy, Argentina, en la Iglesia de San Francisco de Paula, junto a su retablo dorado y su arquitectura colonial de adobe, perduran 9 ángeles arcabuceros; al pie de cada obra figuran los nombres de los arcángeles Gabriel, Rafael y Uriel. En Casabindo, en la Iglesia de la Asunción, también en Jujuy, otros soldados angelicales blanden sus arcabuces.
Los ángeles arcabuceros son un claro ejemplo de sincretismo en el contexto del arte barroco colonial. Este movimiento artístico es abundante en iglesias y catedrales (como la Catedral de Zacatecas (México), la Iglesia de la Compañía en Quito (Ecuador), o el Santuario del Buen Jesús en Congonha (Brasil); o en exuberantes fachadas-retablo que ofrecen un ejemplo de horror vacui por su saturación decorativa; o el virtuosismo de la Escuela Quiteña del siglo XVIII que exuda el notorio realismo emocional del escultor indígena Manuel Chili, apodado Caspicara.
Como mestizaje de culturas y pueblos, el sincretismo colonial incluye el barroco guaraní, movimiento cultural único, legado de las misiones jesuíticas de la cuenca del Río de la Plata (actuales Paraguay, Argentina y Brasil), durante los siglos XVII y XVIII. La música es el corazón de la fusión sincrética, aquí, por la mezcla de la técnica barroca europea y sus instrumentos de cuerdas, viento y teclado, y la sensibilidad indígena local. El compositor barroco Domenico Zipoli tuvo un rol esencial en elevar las voces guaraníes a la excelsitud, como en la Misa Zipoli. El canto coral en lengua guaraní, que aún hoy resuena con fina resonancia espiritual. En grandes archivos musicales, como en Concepción (Chiquitos) y San Ignacio (Mojos), se conservan en la actualidad miles de partituras originales (más de 11,000).
Los frutos del arte sincrético son universales, como en la síntesis entre la arquitectura islámica y cristiana en la Alhambra, Granada, Andalucía; o la integración de lo bizantino y ruso en la Catedral de San Basilio; o el arte japonés que influye en la pintura de Van Gogh.
Y en el estricto ejemplo del arte colonial, las milicias de los ángeles cuyas armas resuenan como rayos, son parte de un lenguaje de poder, pero también rebosan una fina creatividad en el punto de encuentro de dos culturas.
Ese día del trueno y un ángel arcabucero en un museo
La tarde avanza. Repaso las fotografías de los ángeles arcabuceros. Percibir un cuadro no es solo atenerse a lo directamente visible, sino también a un entorno ausente que abraza lo visto. Intento, entonces, imaginar a los pintores que le dan estampa y vida a los ángeles armados que viven en el Museo colonial Fernández Blanco; entreveo a esos artistas en talleres cerca de montañas, selvas, y bajo un cielo recorrido por voces del pasado y nubes furiosas.
La lluvia y la tormenta golpea el techo del taller de uno de los pintores. El desconocido artista termina de darle forma al arcabuz de su último ángel soldado y, entonces, ruge un rayo.
*Esteban Ierardo es filósofo, escritor, docente; su último libro es La red de las redes, Ediciones Continente; su página cultural es La mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.