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CULTURA / Escritores argentinos en el exterior
domingo 31 mayo, 2020

Producto de exportación

Con una mirada enraizada en su lugar de origen, la condición histórica del escritor argentino en el extranjero es una tradición de prestigio por la que han pasado algunos de los mejores exponentes de las letras nacionales. Hoy se trata de una estrategia que busca algo más que reconocimiento simbólico: sobrevivir a toda costa.

Osvaldo Aguirre

Literatura argentina en el exterior. Foto: temes
domingo 31 mayo, 2020

Cuando se fue a Alemania, Patricio Pron (Rosario, 1975) tenía un libro publicado y desarrollaba una intensa actividad como periodista cultural. “Perdí mucho del escritor que yo era por entonces, en la medida en que me vi sometido a otras influencias y en otro contexto, con una crítica literaria muy distinta a la argentina, otro tipo de prácticas editoriales, otros interlocutores”, recuerda. En literatura las pérdidas son una condición para las ganancias, y así “también cambió mi forma de escribir y de ser escritor”. Sin embargo, su historia no tiene nada de excepcional, dice, porque “todos los escritores cambian cuando se van a otro sitio: si tienen suerte, el escritor que devienen se parece un poco más al que deseaban ser”. Cada experiencia es intransferible, pero los escritores argentinos en el exterior comparten un conjunto de preocupaciones básicas: el lenguaje en el que escriben, su identidad como autores, sus vínculos con las tradiciones literarias.

Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, 1981) también podría dar cuenta de la incidencia del azar. “Hacía tiempo que coqueteaba con la idea de probar suerte afuera, en concreto en la Ciudad de México, pero una beca muy generosa para hacer una maestría de escritura creativa me desvió en 2012 a Nueva York, donde ahora estoy terminando un doctorado”, cuenta. La distancia no le impide hacer constantes intervenciones en el campo literario local, como poeta, crítico literario y antólogo; “la principal razón por la que quería irme era que, en mi oficio de traductor, veía por delante un panorama laboral muy precario”.

El exilio de los escritores atraviesa la historia en la literatura argentina, con muy diversas circunstancias. Las persecuciones políticas fueron la causa principal a principios del siglo XIX y como efecto de los golpes militares en el siglo XX, y el viaje juvenil a Europa –a París– fue en algún momento parte de la iniciación literaria y todavía sigue vigente, según Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), radicada precisamente en la capital francesa: “París es el destino clásico de todo escritor argentino”, afirma.

Irse del país puede ser una decisión meditada, como le ocurrió a Martín Lombardo (Buenos Aires, 1978), y entonces cargarse de un sentido ambiguo: “Me fui de Argentina el 2 de mayo de 2006. Me acuerdo bien del día, del viaje a Ezeiza; sobre todo me acuerdo de la vigilia, de la noche anterior al viaje: los amigos que vienen a despedirse, en parte, una fiesta, en parte, un velorio. No sabría decir por qué, creo que uno se va para saber o investigar por qué se fue o se quiso ir”. Pero también sucede como algo inesperado: “Yo no me fui de Argentina sino que me quedé en Barcelona –dice Edgardo Dobry (Rosario, 1962)–. No tuve, a mis 23 años, la deliberación de irme de Argentina antes de viajar a Europa. Yo vivía en Rosario, estudiaba Letras, empezaba a escribir. En Barcelona, donde en principio solo iba a quedarme un par de meses, encontré la posibilidad de aprender una profesión o una serie de oficios relacionados: crítica de libros para los diarios, redacción de artículos para enciclopedias, informes de lectura para editoriales y, más tarde, traducción”. Poeta, traductor de Giorgio Agamben y Roberto Galasso, Dobry es profesor actualmente en la Universidad de Barcelona.

Dejar el país para acceder a nuevas posibilidades. Pero las opiniones están divididas: “No diría que irme me haya ayudado a traducir: sí refutó de plano la percepción que tenía de la poesía estadounidense desde Argentina –agrega Zaidenwerg-. Pero el ritual diario de traducir un poema al levantarme, con el que empecé en Estados Unidos, me cambió la vida para bien”.

Mate sí, limonada no. Alejados de la lengua tal como se habla en sus lugares de origen, algunos escritores enmudecen. Héctor Tizón (1929-2012) y Antonio Di Benedetto (1922-1986), entre otros, contaron las dificultades que tuvieron para escribir, empujados al exilio por la última dictadura. Otros se integran tanto que adoptan el idioma del país que los recibe: Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) dejó el español por el italiano; Copi (1939-1987), Héctor Bianciotti (1930-2012, llegó a integrar la Academia Francesa) y Silvia Baron Supervielle (1934) se pasaron al francés. También Laura Alcoba (1968) escribe en francés, aunque sus historias remiten a la infancia en Argentina, y traduce del español.

Residente en Berlín, Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) suele decir que escribe “en porteño”, “en mi porteño”, y también que en el intercambio cotidiano con otros latinoamericanos en Alemania, su uso del español cambia. “Por supuesto pienso en cosas como el voseo, el uso de ciertos tiempos verbales o determinadas palabras claramente porteñas. Pero va mucho más allá del lenguaje. También es ritmo, decenas de detalles culturales, y hasta en dónde se pone la mirada”, dice.

Schweblin recuerda que un amigo leyó los cuentos de Siete casas vacías, el primer libro que publicó desde Berlín, y le reprochó que había muy poco mate y demasiadas limonadas. “Y tenía razón –afirma–. Por supuesto. Porque eran personajes que seguían moviéndose en Buenos Aires, aunque transpiraran de alguna forma mis propias mutaciones. Con Kentukis, que sucede en una decena de ciudades alrededor del mundo, era inevitable narrar desde personajes chinos, guatemaltecos, alemanes, mexicanos”.

La decisión de narrar desde voces extranjeras puede vincularse con el hecho de habitar “una suerte de torre de Babel con todas sus tribus urbanas”, como le parece Berlín. “Quizá los lugares donde vivimos tienen mucha más impronta sobre nuestros textos de lo que creemos –agrega Schweblin–. No solo a nivel argumental y cultural, que por supuesto sudan todo lo que somos, sino a nivel formal, en las decisiones más técnicas, en la puntuación, en los recursos literarios, en los puntos de vista”, agrega.

“Cuando te vas de tu país, la pregunta por la lengua, por el lenguaje y sus modos, se impone –dice Martín Lombardo, que vivió en Barcelona, Coruña, Lyon y Chambery, antes de establecerse en Grenoble–. ¿Cómo escribir? Esa pregunta, en mí, también se desplaza al espacio: ¿en qué lugar sucede lo que narro?”. En su primera novela, Locura circular, ambientada en Barcelona, “la respuesta fue el invento de un narrador que habla y piensa a través de fragmentos de letras de Charly García”; en la última que publicó, Tell, “la manera en que la ficción se filtra en la realidad y puede terminar por construirla” se proyecta en la identidad incierta del protagonista, que cree descender del mítico Guillermo Tell.

Extranjero remite a extraño, pero Ariana Harwicz reivindica lo inquietante que puedan sonar esas voces. “La extranjería no es algo lineal, depende de muchas cosas: por momentos paso por una francesa y por momentos parece que acabo de llegar al aeropuerto Charles De Gaulle, tengo un acento tremendo y soy más extranjera que nunca –observa–. La extranjería tiene muchas modulaciones, pero no la veo en un exotismo cultural o físico sino en la lengua: eso es inevitable, radical, forever and ever, es como el carnet de identidad de todo”.

En España, dice Dobry, los escritores latinoamericanos tienen mayores chances de participar en el campo intelectual que en países donde el español no es la lengua oficial. “A cambio, tiene el riesgo de que el deslizamiento de un registro a otro (del argentino al peninsular) es continuo, no discreto. Es decir, no hay un momento en que uno diga: ‘dejo de escribir en castellano y paso al francés’ o ‘me mantengo fiel a la dicción de mi pago chico’, sino que hay una cierta zona de transición entre dos registros de la misma lengua”. Dobry mantiene el voseo en sus poemas, “porque me parece un modo de poner una marca, como una clave en sentido musical” y mantiene una relación consciente con la palabra coloquial, sin querer escribir como se habla.

Escribir en una lengua y hablar en otra “te obliga a una doble vida”, dice Ariana Harwicz: “Antes estaba en el centro de una familia francesa, casada con un francés, en un medio muy francófono, entonces mi ejercicio clandestino era escribir en castellano; ahora estoy en pareja con un escritor argentino y hay un regreso a la argentinidad y mi vida es en español, salvo cuando voy al supermercado”. Para Lombardo, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Saboya, vivir en un contexto francófono y escribir en castellano tuvo un efecto revelador: “Hizo que me diera cuenta de la potencia de la negación. Creo que Nabokov decía que una buena biblioteca es aquella en donde no había ningún libro de Jane Austen: en las renuncias, en las negaciones, en los caminos que uno no toma se filtra el estilo”.

Las lenguas, observa Harwicz, son lugares donde esconderse, puntos de observación para situarse como francotiradora, aunque con pocas esperanzas de ser escuchada del otro lado. “Las uso como cartas de clandestinidad, como si fuera un doble agente en una cultura y en otra –explica–. Cuando no quiero que me entiendan hablo en otra lengua y me permito criticar muchas cosas de Francia, aunque sé que los franceses no lo van a leer”.

En enero, Editions du Seuil publicó Créve, mon amour, la traducción de su novela Matate, amor. Harwicz fue a buscar ejemplares a una librería pero no los encontró junto a los autores franceses de la editorial sino en una mesa mucho menos visible de autores extranjeros. “Me hubiera gustado que el libro tuviera una presencia que no puede tener porque soy extranjera –comenta Harwicz–. Es muy fuerte, porque yo vivo en Francia desde hace más de diez años y no lo siento tan así”.

Un ruido productivo. En 2015,  Schweblin comenzó a trabajar con talleres literarios en Berlín, y la torre de Babel se rearmó en su casa con hablantes de la lengua que provenían de distintos países latinoamericanos. “Cada uno llega con su español como cada uno llega con su voz y hasta con su punto de vista sobre el mundo, y esas son cosas que no se tocan. Generaba mucho ruido, pero un ruido productivo. A veces alguien terminaba de leer su texto y todos levantábamos en el aire listas con decenas de palabras que no habíamos entendido. Pero siempre fue un ruido que jugó a favor, que ampliaba, que nos ayudaba a pensar y concientizar de una manera muy fuerte el español propio”.

El ruido de las lenguas en la traducción. La voz propia, dice Zaidenwerg, “es una ficción que se va construyendo, a veces con esfuerzo y con el tiempo, y otras de manera más precoz, y que tiene que ver con la repetición y variación de ciertos ritmos, temas, palabras”. En 50 estados, su último libro, presentó una antología ficticia de trece poetas contemporáneos de EE.UU., acompañado de entrevistas imaginarias a esos autores. “En el prólogo uso la metáfora del prisma: lo que quería hacer –entre otras cosas– era una especie de autobiografía refractada o descompuesta en voces –explica–. No quisiera ver la escritura como un ejercicio de la identidad: escribo sobre todo para ser otrxs”.

La nostalgia no parece estar en agenda, ni los escritores se sienten lejos de casa. Patricio Pron, ganador del premio Alfaguara de novela en 2019 por Mañana tendremos otros nombres, cita al sociólogo Iain Chambers: “La migración es un viaje de ida, ya que no hay ningún hogar al que volver”, y explica que “el sitio del que te has marchado ha cambiado, tú mismo lo has hecho, quienes quieres ya no están o están de un modo distinto: no estoy seguro de ser capaz de comprender por qué algunos podrían desear que esto fuese de otra manera”. Por eso, aclara, “siempre voy a Argentina, nunca regreso”.

Pero en una lengua extranjera, observa Martín Lombardo, el propio nombre hace ruido: “Cuando me preguntan cómo me llamo enseguida tengo dos opciones, y cada vez me planteo cómo responder: o pronuncio mi nombre en castellano y el francófono entonces escucha un nombre de mujer, o pronuncio mi nombre en francés y enseguida el francófono escucha mi acento extranjero. Decir mi nombre ya produce una serie de preguntas en el interlocutor: de dónde soy, qué vine a hacer a Francia, en dónde aprendí el idioma”. Las respuestas siempre son provisorias.

 

De compras en el turco

—Vivir en el extranjero plantea situaciones de extrañeza y de desconocimiento. ¿Cambió tu forma de mirar el mundo, te parece que a veces se borra ese borde de lo real y lo fantástico?

Samanta Schweblin: No sé si entre lo real y lo fantástico. O quizá sí, pero para ser más específica diría: entre lo real, es decir lo culturalmente aceptado, lo posible de suceder en este espacio conocido, lo “normalizado”, y lo inesperado, lo desconcertante, lo imposible. Decenas de pequeños hechos que llaman la atención porque nunca los habíamos concebido de esa forma, o nunca antes habíamos tenido la oportunidad de mirarlos o pensarlos. Es muy disparador, tenés toda la razón. Y no se trata solo de las excentricidades berlinesas que se ven a diario, como puede ser un grupo de hombres de traje y corbata  descalzos por la calle con los zapatos en la mano, o la pareja de nudistas comprando unos cigarrillos en un kiosco frente al parque, o el cartel de un vecino en la puerta de tu departamento que dice “atención, usted no está separando bien su basura”. Y esto por no hablar de algunos mitos y verdades del Berlín más oscuro. A veces se trata simplemente de estar haciendo las compras en el turco –acá no vamos al chino, vamos al turco–, y quedarte un buen rato mirando una lata de conservas, intentando entender sus descripciones en árabe o en ruso, y preguntarte a vos misma: ¿Lo estoy entendiendo bien? ¿De verdad son orejas en conserva?.

 

Un efecto de extrañamiento

Los escritores argentinos en el exterior también reflexionan sobre los efectos del coronavirus y las políticas de aislamiento social en la literatura y la cultura. Ariana Harwicz alude a la epidemia de diarios de cuarentena y las interpretaciones sobre el fenómeno en su cuenta de Twitter. “El siglo XXI empezó como una mala ficción. De esas que un profesor de taller literario, honesto, mandaría a reescribir”, dice la autora de Degenerado; en relación con las narrativas del siglo XX, “esta ficción es de peor calidad”. Patricio Pron escribió en el diario El País, de Madrid, sobre la degradación del valor literario implícita en la práctica de liberar el acceso a libros: “Muchas personas consideran la cultura algo parecido a un recurso natural que debería obtenerse gratis”, cuando en el consumo cultural de la actualidad supone “un acelerado e indefectible desplazamiento” de la retribución económica que pasa de los creadores “a las compañías que ofrecen el acceso a internet, sin el cual ese consumo no es posible”. Contra el sombrío presente de la industria editorial, Ezequiel Zaidenwerg edita Orden de traslado, un podcast con lecturas diarias de poesía en traducción, para el que convoca a poetas, actores, artistas y amigos. La cuarentena podría ejercer también un extrañamiento positivo: la imposibilidad de visitar museos, acceder a bibliotecas, ir al cine o al teatro, escribe Pron, “debería hacer que todo ello se nos aparezca como lo que realmente es, un acto de libertad que nos singularizaba como individuos, algo que nos ofrecía, en el peor de los casos, entretenimiento y, en el mejor, una manera de ver el mundo con ojos siempre nuevos”.


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