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CULTURA / entrevista
sábado 11 agosto, 2018

Todo eso que llamamos mundo

Invitada por la embajada de Eslovenia, la escritora Renata Salecl llegó al país para presentar su nuevo libro traducido al español y participar de la Feria de Editores, que hoy termina.

María Eugenia Villalonga

Renata Salecl. Socióloga y filósofa, su obra fue traducida a más de 15 idiomas. Foto: Grassi

Invitada a la 7a Feria de Editores que este fin de semana reunió a más de doscientas editoriales de Latinoamérica y de todo el país en el Centro Cultural Konex, la filósofa, socióloga y teórica del derecho eslovena Renata Salecl vino a presentar Angustia, el ensayo publicado por Godot donde demuestra que las causas de esta afección nada tienen que ver con los titulares de la prensa política –atentados terroristas, catástrofes ecológicas o nuevas enfermedades–, sino con las condiciones estructurales a través de las cuales nos relacionamos con ese gran Otro, el mundo social. Y al preguntarse cómo afecta la ideología al sufrimiento humano, descubre que esta etapa del capitalismo convierte la angustia en herramientas para su propio beneficio mientras produce nuevos motivos de sufrimiento.

—¿Por qué la angustia es un problema para el capitalismo?

—Creo que las ideologías neoliberales afectaron la manera en que las personas experimentan la angustia, que por supuesto no comenzó con él, sino que es inherente al ser humano. Desde Kierkegaard hasta Sartre entendemos que la angustia está ligada a la percepción de la libertad, al afecto que surge de la capacidad de tomar decisiones. El capitalismo aumentó esta angustia porque comenzó a propagar esta idea de libertad absoluta de manera que las personas se perciben como libres de elegir cualquier cosa: sobre su vida, su cuerpo, su salud, sobre cómo criar a sus hijos, etc. Entonces el espacio ideológico donde vivimos es de un individualismo que lo que hace es aumentar la angustia. Pareciera que no hay nadie a cargo porque las autoridades tradicionales han caído y han aparecido nuevas figuras como los gurúes mediáticos o asesores de salud con los que la sociedad se identifica, pero solo temporalmente.

–Las experimentaciones de la industria química dirigidas al ámbito militar para elaborar drogas que acaben con la angustia es un tema que la ciencia ficción ya había anticipado.  ¿Qué tipo de sociedad sería aquella que estuviera conformada por sujetos libres de angustia?

—Sería una muy peligrosa, porque la angustia es un afecto esencial cuando nos comunicamos con otros. Siempre hay una pregunta que provoca la angustia: ¿quién soy yo para el Otro? Y en esa pregunta aparece la posibilidad de sentir culpa o vergüenza por nuestros actos. Una sociedad sin angustia sería de una crueldad impensable, porque la angustia no solo nos paraliza, sino que nos hace pensar en las relaciones sociales.

—Si la caída de la figura de autoridad es uno de los mayores motivos de angustia, ¿qué pasa con los movimientos autogestivos donde la sociedad pone en cuestión la representación política y el poder se vuelve transversal?

—No deberíamos tener nostalgia sobre las formas de autoridad anteriores, como la figura paterna o la Iglesia. Pero la sociedad cambió, y el hecho de que ya no funcionen no es necesariamente malo. Creo que la falta de confianza en las autoridades es legítima. Las personas buscan sin embargo puntos de identificación, por eso buscan nuevos tipos de autoridad.

—¿Es posible manejar la angustia en una sociedad transversal que no tenga líderes que la conduzcan?

—Sí, creo que sí. ¿Por qué pensar en un líder como alguien que disminuya la angustia? Las nuevas formas de socialización que emergen en internet, los nuevos grupos, a menudo no tienen un líder claro. Y para las personas puede ser un alivio pertenecer a una nueva tribu y cuando empiezan a seguir a alguien que adoptan como líder, se cierran.

—En el capítulo donde se describen las angustias de la maternidad en su versión extrema, el infanticidio, aparecen diferencias entre hombres y mujeres. En el caso de los hombres, el infanticidio sería visto como una extensión del crimen de género. ¿Esto tendría que ver con la incidencia del patriarcado?

—Sí, creo que sí. Los delitos que los hombres cometen contra sus hijos son mucho menos importantes para los medios, que se enfocan en las madres. Con los hombres se contextualiza, se habla de que estos hombres fueron abandonados y se encuentra una explicación lógica para ese tipo de delito. En cuanto a las mujeres es distinto. A veces las mujeres cometen estos delitos para castigar al esposo, como es el caso de Medea. Lo que experimentamos cada vez más es una angustia propia de las mujeres cuando se vuelven madres, ellas sufren una presión social basada en una idea de maternidad con la que se las persigue. La percepción es que todo está en manos de los padres, y eso genera mucha culpa. Y en una sociedad patriarcal las madres sienten culpa por no ser suficientemente buenas.

—¿La salida a la angustia sigue siendo individual, a través de la psicoterapia, o es colectiva?

—Creo que ambas cosas a la vez. Pero si encontráramos la manera de crear un discurso que contrarrestara la paranoia y cambiáramos los ideales neoliberales de éxito, belleza y reconocimiento, sería un gran paso que definitivamente aliviaría la angustia para muchas personas.


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