CULTURA
Crítica

Un griego errante

Theodor Kallifatides nació en Grecia y a los 26 años emigró a Suecia. Primer desafío: la inclemencia del idioma en el que publicó la casi totalidad de una obra merecedora de premios y reconocimientos. Sin embargo, hablar sobre Kallifatides es como hablar sobre el escritor francés nacido en Egipto, Albert Cossery, o acerca del texano William Goyen. La emigración en los dos primeros casos, el azar en el último, nos sumergiría en lo que Borges llamó unas veces “la posteridad” y otras “la nadería del yo”.

Una mujer a quien amar es prueba de la tranquila indiferencia de este artista. El primer párrafo del primer capítulo de este libro urdido en memoria de una amiga del autor trae a la mente la inanidad de una herida que parece inocente y termina en gangrena. Tras unas pocas líneas puede medirse la extraña calidad autoral de un expatriado perdido entre dos culturas. Primera certeza: el libro de Kallifatides es una elegía a Olga. Segunda certeza: Olga era (es) una amiga íntima de quien no pudo o no supo o no quiso ser amante. Olga aparece y reaparece en el memorialista, y este no da ella más precisiones que el nombre, su particular atributo (un tercio griega, un tercio turca, un tercio rusa). Y luego la incertidumbre: ¿a través de Olga compone su biografía, sus amoríos, su decisión de haber dejado el alma en Grecia junto a su lengua materna?

Cuenta el griego que escribe tan cálidamente que es raro imaginar que lo hace con resabios de un idioma hecho para la guerra: Olga temía dos cosas: el amor y la muerte. Del amor hemos dicho lo que el libro apenas insinúa. Sobre la muerte hay que detenerse: hay un encuentro entre Kallifatides y una tal Milena, amiga o hija de Olga. Un breve diálogo pone todo en su lugar: ¿murió?, ¿sí, murió? A su requisitoria, Kallifatides no pasa de la sesentena. Olga tenía treinta años menos. Milena, menos aún. Aquél se cuestiona haber adoptado el sueco como lengua para escribir su obra. Tal vez esa recriminación contiene una más pertinente: ¿por qué desistir de los cielos azules y deslumbrantes del Greco, por los grises y tristes de Eugène Jansson?

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Prosa serena la de Kallifatides, quien a los 88 años interpela al Kallifatides de 26 con una apacible frase: “Abandonar la propia lengua es como abandonar el alma”. Se aparta de su persona y elogia a Olga: “No tuvo hijos. Pero se buscó hijos adultos. Se hizo cargo de Milena, se dedicó a los inmigrantes y a sus hijos. Con el tiempo llegó a ser más madre de lo que habría podido ser nunca si hubiera tenido hijos propios”. Para sí mismo, escribe: “Por lo que a mí respecta, prefiero llorar por algo que tenía y he perdido que por algo que nunca tuve”. Así es como llora a su querida amiga –el amor de renuncia que esconde el secreto del amor. el extravío de uno en uno mismo. La llave maestra abre las últimas páginas de Una mujer a quien amar: “Tengo que volver a Grecia. De lo contrario nunca averiguaré qué es lo que se esconde en lo más profundo de mi alma. Dios es la verdad y la lengua es Dios”.

Dios. Los dioses. Theodor Kallifatides: un griego errante más allá de toda cartografía literaria.

Una mujer a quien amar

Autor: Theodor Kallifatides

Género: novela

Otras obras del autor: Otra vida por vivir; Una paz cruel; El arado y la espada; El amor; Un nuevo país al otro lado de mi venetana; Campesinos y señores

Editorial: Galaxia Gutenberg; $ 34.900

Traducción: Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide