jueves 08 de diciembre de 2022
CULTURA Apuntes en viaje

Una buena compañía

Como polizón escondido en la biblioteca del Sabio, acomoda a su antojo las piezas de un rasti elástico que fecunda con frondosa erudición.

05-12-2021 02:41

Dante es un niño encantador. Cursa sexto grado en una escuela de Paternal y carga con un dispositivo sensorial que alimenta exclusivamente con el romanticismo de la percepción; de esa manera, como polizón escondido en la biblioteca del Sabio, acomoda a su antojo las piezas de un rasti elástico que fecunda con frondosa erudición. La maniobra no puede resultar mejor. Esta semana, mientras cenábamos en mi departamento junto a Oliverio, mi otro hijo, abandonó la mesa para regresar al instante con dos hojas impresas: “Me gustaría conocer tu opinión, papá; debo presentarlo mañana en la escuela”. El texto es un showroom del sistema que Dante emplea para acercarse al fondo de los acontecimientos, una visita guiada por el laboratorio de su estilo compositivo, cocinado en el caldo de la absorción antropológica. El cuento, firmado por él y por su compañera y amiga Emma Rodríguez Mazzei, lleva por título el mismo que encabeza esta columna, y que aquí reproduzco tal cual, sin comentarios ni edición de mi parte:

Había una vez un fantasma solitario llamado Zenitsu. Él era un chico que iba a la escuela, pero un día desapareció y se convirtió en fantasma. Lo que le gustaba (y le sigue gustando) era dormir y pasear. Eso es lo que hace generalmente, ya que un fantasma sin amigos no tiene muchas actividades. 

Un día, yendo al parque, Zenitsu se encontró con un fantasma vampiro que lo asustó, así que se alejó porque no lo paraba de molestar. 

Después de un rato cambió de dirección y vio una heladería, lo que le recordó a su infancia. Entonces dijo entristecido: “Extraño mi cuerpo”. En ese momento se le ocurrió una idea: ¡Poseer uno! Por lo que fue al cementerio y tomó el cuerpo de un muerto. “Me siento mal por esto”, dijo Zenitsu, pero se fue a probar una vida humana (otra vez).

El fantasma se veía raro caminando, era como si siguiera a sus pies. Tropezó con un señor y le gritó: 

—¡¿Qué hacés?! —se le notaba molesto.

—¡Perdón! —dijo el fantasma apenado.

Zenitsu siguió de largo y se puso a pensar… ¿Dónde viviría la persona que antes tenía su cuerpo? Al poseerlo, no se había hecho una idea de cómo haría para tener una vida humana, entonces volvió con el señor y le dijo: 

—¿Usted sabe dónde puedo conseguir una casa?

—Allá en la esquina hay una inmobiliaria —le respondió el sujeto.

Zenitsu fue y se encontró con otro problema… ¡No tenía plata! Así que tuvo que volver con el señor para que le preste.

El hombre, ya irritado, le dio y se fue. Zenitsu alquiló un departamento donde podría dejar el cuerpo “durmiendo” sin que nadie se entere. Le agradeció a lo lejos y salió como un fantasma de la casa para dar un paseo.  

Caminando por ahí conoció una fantasma, muy bonita, rosada, con el pelo largo y negro como la noche estrellada. Zenitsu se sintió cautivado por su belleza. 

Intentó hablar con ella e iniciar una conversación:

—¡Hola! Soy Zenitsu, ¿y vos? —preguntó.

Hubo un silencio. Ella aparentemente no hablaba mucho. Simplemente se fue y él quedó confundido. Luego volvió a la casa porque estaba cerca el amanecer. 

A la mañana siguiente dejó el cuerpo y la vida humana para hablarle a la fantasma otra vez.

—¡Hola! —pero ella no contestó—. ¿No hablás?

—Sí hablo, pero no te conozco —respondió ella.

—¿Y si nos conociéramos? —insistió él.

—No quiero hacerlo. Dejame tranquila.

Zenitsu no se iba a rendir tan fácil. Le pregunto, le preguntó y le preguntó, hasta que ella se cansó:

—¡Basta! Me llamo Nezuko. ¡¿Ya está mejor?!

—No te enojes —dijo Zenitsu—. Simplemente quiero hacer amigos.

Nezuko se sintió mal con eso y lo quiso consolar:

—Hey, perdón… yo también estoy acostumbrada a estar sola. ¿Querés ir a pasear?

Zenitsu aceptó la propuesta y con el correr del tiempo se hicieron mejores amigos. Paseaban, jugaban e iban de fiesta con otros fantasmas. Todo era perfecto. Zenitsu aprendió algo durante ese tiempo. No hace falta un cuerpo para ser feliz, basta con una buena compañía.

Fin.

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