Cuando un jugador comete una falta sobre un miembro del equipo contrario, encontrándose el primero dentro del área chica correspondiente a su propio arco, se cobrará penal, una especie de indemnización futbolística, donde al que recibió ese patadón que le costara fractura expuesta de tibia y peroné, se lo compensará con la posibilidad de patear un gol casi seguro. Porque, salvo que se tenga adelante a Sergio Goycochea o al Loco Gatti (y un De Lorean para viajar a Italia ‘90 o a la final de la Libertadores del ‘77), el penal es un tiro tan seguro que cualquiera puede pifiarlo.