La otra noche, entre amigos, asistí a una interesante conversación sobre el estado actual de los hinchas argentinos de fútbol. La pregunta que ordenó la cuestión fue: ¿hay síndrome pos-Mundial? ¿Cómo nos adaptamos de nuevo al campeonato argentino, y las copas Argentina y Sudamericana, que ya están bien en marcha? Éramos varios. Un grupo dijo que se le estaba haciendo difícil. Dijo que se le hacía difícil ver el estado de los campos de juego (¿vieron el desastre que es el del Boca? Todo el lateral debajo de los palcos…), la iluminación de los estadios, la estética de las camisetas, la demora en el VAR y, por supuesto, el nivel de los partidos, la falta de jerarquía de los jugadores, la dificultad para jugar a uno o dos toques, las malas definiciones, la falta de sofisticación táctica. Otro grupo, a la inversa, decía, primero sobre la selección argentina, que es cierto que había tenido un alto nivel emocional, pero no tan alto nivel futbolístico, como tampoco fue tan alto el nivel del mundial en general; fue un mundial de muy buenas figuras individuales, pero no de grandes equipos (de hecho, España, que ganó justamente, no fue una maquinita ofensiva, hizo 14 goles en 8 partidos), con defensas que muchas veces miraban más que marcar, y jugado en un contexto (el de Infantino y Trump) totalmente desagradable, con Trump interviniendo para que le levantan la suspensión a un jugador de su equipo, con un nivel de mercantilización del juego como nunca antes, un país (o dos, contando a Canadá) totalmente desinteresado de la existencia del mundial (no ocurrió así, obviamente, en México, donde sí el fútbol es el deporte más popular). Este grupo dijo que había extrañado mucho al fútbol argentino, y que su vuelta era fuente de alegría, mientas que el mundial le pareció un cuerpo extraño al deporte.
Yo me encontraba a mitad de camino entre ambas posiciones, pero le agregué un matiz, una vueltita de tuerca: terminó el mundial, volvió el fútbol argentino y es como si el tiempo no hubiera pasado. Todo sigue exactamente igual. Es una sensación muy perturbadora la de que el tiempo no hubiera transcurrido. A saber: River, como antes del mundial, está en crisis. Una crisis incomprensible. Eliminado por goleada de la Copa Argentina por el débil Aldosivi, perdedor de local contra Barracas y de visitante ante Gimnasia, habiendo gastado decenas de millones de dólares. No se entiende nada lo que pasa en River. Como no se entiende tampoco el affaire “conteiner”, la política dirigencial de maltratar a una parte de su plantel, en el límite de la discriminación laboral (¿piensan en serio que así, colgando brutalmente a medio equipo, es más fácil venderlos?). Y del otro lado, Boca, como antes, está en crisis. Perdió por goleada contra Riestra, pena en la Copa Sudamericana a la que tuvo que jugar por no pasar la primera ronda de la Libertadores. Las declaraciones de Arruabarrena después del partido contra Riestra parecieron las de un técnico desgastado y no la de uno que va apenas por su tercer partido.
Todo ocurre como si el tiempo no hubiera pasado. Todo sigue igual en el fútbol argentino.