DEPORTES
Maravilla Martínez

“En la cárcel dependés de vos solo; y en el fútbol, de mucha gente”

El área de Comunicación de Racing organizó un encuentro entre el escritor César González y el delantero de La Academia, que ante Sarmiento volvió a hacer un gol después de dos meses. Los dos estuvieron presos en el pasado. Una charla sobre la fe detrás de las rejas, el llamado de Dios, la religión y las idolatrías efímeras.

César González: Tuviste una devoción por el Gauchito Gil. ¿Cómo cambió tu fe y esa relación con los símbolos religiosos a partir de tu paso por la cárcel?

Sergio Martínez: Yo tenía tatuado al Gauchito Gil en el brazo. Por ahí uno siempre tiene fe de alguna manera y busca depositarla en algo que ve. Cuando llegué a la cárcel me di cuenta de que es difícil prevalecer en la santidad; ser santo es ser apartado por Cristo. Cuando entendí lo básico, vi que la Biblia dice claramente que ningún idólatra entrará en el reino de los cielos. Pensé: “¿Para qué voy a estar renegando o arriesgando mi salvación si la Biblia lo dice?”.

CG: ¿Y te lo tapaste al Gauchito?

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SM: No me lo tapé, pero me lo empecé a borrar. A veces hacía la entrada en calor con musculosa o pechera y se veía mucho, así que me lo saqué lo más que pude. Hoy lo dejo como testimonio.

CG: Es que el pasado no se puede modificar y está ahí. A mí el Gauchito Gil me gusta por muchos aspectos, lo veía como un santo del pueblo, correntino, una historia cercana. Mi abuela me decía que era un santo pagano. En momentos de tanta oscuridad como la cárcel es donde se ven cosas inexplicables, aunque ahí la condición humana llega a un límite...

SM: Creo que cuando Dios tiene un propósito con una persona, te hace llegar al fondo si es necesario. A José lo tiraron al pozo y tuvo que llegar ahí para cumplir su propósito. También sé que la oración del justo tiene poder; si alguien de tu familia estuvo orando mucho tiempo por vos, vas a llegar, por las buenas o por las malas. Muchas veces te alcanza la misericordia de Dios no porque te lo merezcas, sino porque hubo una persona justa que inclinó su corazón a Cristo.

CG: ¿Cómo trabajás el vínculo entre la fe y el rendimiento deportivo? En las buenas siempre es más fácil agradecerle a Dios.

SM: Si vamos a la Biblia, Dios siempre usa a sus hijos para ponerlos en un lugar, romper algo que hay que romper o bendecir. Cuando llegamos acá oramos con los compañeros. En algún momento el club ha compartido versículos. Yo siempre veo la mano de Dios en mi vida. Cuando me senté por primera vez a firmar acá, pensé: “Es un club grande, puede traer a cualquier nueve y me trajo a mí, que salí de prisión y no tengo divisiones inferiores”. Me llamaron sin ser nadie y así me pasó en todos los clubes. Por eso, cuando paso varios partidos sin hacer goles, me acuerdo de que Jesús o Moisés pasaron por el desierto. El fútbol es un deporte grupal. Cuando hacía goles y me felicitaban en los reportajes, siempre decía que era gracias al equipo. Si la pelota no llega, no hacemos goles. Y cuando va mal, tampoco es de uno solo, es colectivo; no hay que cargarse toda la mochila. Trato de ser disciplinado en la semana, de cuidarme y dar el máximo. Después hay cosas que no dependen de vos.

CG: Con respecto a la cárcel. Yo salí hace 17 años. Y por más de que ya pasó una vida, no no me puedo olvidar. ¿Vos sentís que esa experiencia te ayuda a soportar mejor la presión del fútbol profesional?

SM: Son dos presiones muy distintas. En la cárcel la presión es real sobre tu vida: estuve 90 días en buzones, salí blanco y flaco porque se cocinaba con fuelle y no había nada. Sentís presión porque no sabés si mañana vas a estar vivo o no. En el fútbol la presión es diferente pero enorme, porque abarca a mucha gente: 50 mil o 60 mil personas en la cancha, los que miran por televisión, los dirigentes, los empleados del club... Todos dependen de 11 personas que entran a la cancha. Por eso a muchos futbolistas que juegan muy bien les cuesta llegar: no bancan esa presión. En la cárcel dependes de vos solo, en el fútbol, de mucha gente.

CG: ¿Tu relación con Dios empezó en la cárcel?

SM: Por bueno nadie cae preso. Yo caí injustamente, por eso luego salí libre de culpa y cargo. Yo tenía a mi cuñado, a mi concuñado, a mi papá y a mi hermano presos por la misma causa. Cuando entré y me entregué al 100%, dije: “Si Cristo es real y no cambio, nos vamos todos al infierno”. Me tocó una celda donde había gente que realmente buscaba a Dios y tocaba instrumentos. Empezamos a hablar por las noches y sentí un llamado muy fuerte, una llenura del Espíritu Santo.

CG: ¿Hasta antes de eso cómo era tu vínculo con Dios?

SM: Antes de la cárcel siempre creí en Dios, hice la comunión y la confirmación, pero adentro me bauticé y empecé a tener experiencias y encuentros profundos. Algo que me marcó como ancla fue el comentario de una persona que dijo: “Sos igual a todos los ladrones que salen de la cárcel, se agarran de Cristo por miedo y a los dos meses vuelven a hacer la misma basura”. Cada vez que me acuerdo de eso, me da fuerzas para no avergonzar el evangelio.

CG: ¿Cómo procesas en lo espiritual todo lo que te toca vivir hoy, con títulos como la Sudamericana o la Recopa tan cerca?

SM: En Cristo no vamos por los panes y los peces. No sigo a Cristo por esta gloria que es pasajera, sino para hacer tesoros en los cielos. Obviamente me gusta que nos vaya bien y oro por eso, pero trato de que mi vida no se mueva por lo material.

CG: Te doy un ejemplo de un ex compañero tuyo. Hace un año yo vi como Solari no podía salir del estadio por las fotos y autógrafos que le pedía la gente. Un año después, era fuente de enojos e insultos. Sabemos que los futbolistas son millonarios, pero no es sano.

SM: Tenemos el ejemplo del número uno. Cuando Jesús entró triunfante a Jerusalén y le gritaban “Hosanna”, y al día siguiente pedían crucificarlo y liberar a Barrabás. El mundo y la sociedad son así. Por eso en los momentos buenos del fútbol agradezco y en los malos también. Obviamente el fútbol es pasional, que une y junta a las familias. Es algo hermoso, que te amarga la semana o te la alegra. Por eso yo digo que hay que venerar, pero no idolatrar. Parece lo mismo, pero no lo es. La idolatría es cuando le prendés velas a algo y ponés a esa persona o cosa por encima de Dios. Venerar es tener aprecio o reconocimiento. Yo puedo tener un cuadro de Messi en mi casa y venerarlo por lo que logró, pero no le voy a prender velas. Con las personas que hicieron cosas grandes por la fe o por la sociedad pasa lo mismo: se las puede venerar por su obra, pero sabiendo que eran seres humanos iguales a nosotros. Cuando la gente pasa de la veneración a la idolatría es donde aparece la confusión.

Bio

◆ César González nació y se crió en la villa Carlos Gardel, en Morón. Es escritor, poeta y director de cine. Publicó siete libros, los primeros bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis. Realizó diez largometrajes. Estuvo preso en el Instituto de Menores Luis Agote y en la cárcel de Marcos Paz. Es hincha de Racing.