Maxi Rodríguez le hace un gesto a Adrián Martínez. La seña es tan elocuente como Newell’s, un equipo voraz, que para levantar vuelo juega por el piso. El volante de la Selección argentina le muestra al juvenil de Olimpo una pelota imaginaria, después de un caño exquisito y la posterior reacción del defensor, que lo atropelló con el pecho. Ese lujo explica a Newell’s. Aunque ayer tuvo que revertir el partido y acomodarse a un rival que lo incomodó, el equipo rosarino tiene la marca de ser confiable. Olimpo nunca tuvo en las manos el triunfo. No debió siquiera pensarlo. Si enfrente está Newell’s, ese lujo no puede dárselo nadie. Los lujos son todos de Newell’s.
Fiel a un estilo. Hay postulados que los dirigidos por Alfredo Berti cumplen con precisión suiza. Ordenado y ancho, sus intentos son búsquedas que se sostienen más allá del resultado. Newell’s fue él mismo en la primera jugada, cuando Trezeguet se juntó con Víctor Figueroa. Y también en el tramo entre el gol de Musto –cabezazo impecable– y el empate. La esencia la respeta, aun en la derrota.
El tanto que le permitió volver a creer en el resultado revela el secreto de la profundidad. Newell’s sigue jugando al fútbol donde la mayoría hace lo que puede: Figueroa no se obnubiló y tocó para que Trezeguet convirtiera un gol de fútbol 5.
La victoria llegó a través de un penal a Maxi Rodríguez, el jugador con instinto animal. Ningún apodo más exacto que el suyo, la Fiera. Con su intensidad, el local encontró espacios para desorientar a Olimpo. Cáceres también fue clave para el desequilibrio; desde atrás, impulsó a Newell’s.
Olimpo apenas pudo asomar la nariz con un tiro libre. Esa pelota cerca de la medialuna fue la única chance de aferrarse a una tabla de salvación. La ejecución de Leonardo Gil fue precisa, pero Guzmán alcanzó a rozar la pelota y pegó en el travesaño. Después de esa posibilidad perdida, el visitante se resignó. Newell’s hizo su juego y ganó con autoridad. Otro lujo que suele darse seguido.