Me tocó transcurrir la última etapa del Mundial de Fútbol en Brasil, más precisamente en Río de Janeiro. El día de la final almorcé en un restaurant de Ipanema. Mientras mozas negras atendían, los clientes seguían las alternativas del partido en unas pantallas gigantes dispuestas en el amplio salón. A nuestra izquierda, una mesa con distinguidos jóvenes brasileros de color blanco celebraba cada avance del equipo español. Bastó que el seleccionado europeo convirtiera el gol para que el local estallara en un grito ensordecedor. Blancos y negros, ricos y pobres. La escena parecía condensar una operación simbólica tan vieja como el mundo. Esto es: la conformación de un Todo a partir de la exclusión de un algo/alguien: los argentinos -malos, tramposos y racistas- en este caso. Lacan lo dice en sus términos cuando afirma: “no hay universal que no tenga que contenerse con una existencia que lo niega”[1].Así, a partir del común rechazo ante un objeto nacen los buenos, los malos y la historia. Tan trágico y simple es el nudo que sella la convivencia entre los seres hablantes. Desde ya, cada época y lugar aplica sus particulares maniobras de exclusión. Al proponer su libro “Un desierto para la nación: la escritura del vacío”[2], Fermín Rodríguez revertía -sin dejar de homenajear- títulos como “Una nación para el desierto argentino”[3], el cual más allá de todos sus valores, no deja de invisibilizar la existencia, cultura e historia de nuestros pueblos originarios. Por su parte, en su “Facundo o Martín Fierro”[4], Carlos Gamerro destaca la operación discursiva que Miguel Hernández realiza al rescatar para el acervo imaginario nacional la figura del gaucho en detrimento del negro, pero sobre todo del indio. El genocidio fundante de nuestra Nación incluyó la maniobra de invisibilizar a los indios. Son millones. Y no los vemos. Nos han enseñado a no verlos. A no considerarlos. Albañiles, yeseros, mozas, choferes, operarios/as, obreros/as, empleadas domésticas. De hecho, tal como muestra Lucrecia Martel en su película Nuestra Tierra, hasta los propios indios intentan disimular su origen para sintonizar con un sentido común hostil que los rechaza. El vertiginoso derrape hacia la deshumanización que hoy padecemos -en algunos casos sin reconocerlo- radica en esta represión de la conexión con la Tierra que nos alberga y cuya más concreta y oculta manifestación se traduce en la exclusión del aborigen. El Capital y la Técnica que hacen posible el satélite a través del cual visionamos el planeta parecen estar muy mal orientados cuando nos separan de nuestro cuerpo ab-origen. Es que, por más increíble que nos parezca, la operación de exclusión opera en cada ser humano: en la jerga psicoanalítica se le llama “odio de sí”. Es decir: lo que no soportamos de nosotros mismos se lo arrojamos al otro y ya. Hoy le toca a la Argentina ser el malo de la peli. Una maniobra que no tiene nada de inocente y de la cual emergen muy claros beneficiarios. Corporaciones, elites financieras y centros de poder que provienen de esos mismos países que colonizaron nuestro continente, desde el Caribe hasta la Patagonia y desde los Andes hasta Ipanema donde -mientras saboreaba un café- pensaba: los odiadores podrán celebrar el no campeonato de nuestra selección, pero ningún resultado será capaz de borrar el acto de dignidad histórico que protagonizaron nuestros jugadores. Esa bandera con gusto a pueblo y la leyenda “Las Malvinas son argentinas” es el mejor gol contra el racismo neocolonial y el odio de sí.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
[1] Jacques Lacan, El Atolondradicho en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, página 475.
[2] https://ridaa.unq.edu.ar/handle/20.500.11807/1887
[3] Tulio Halperín Donghi, “Una nación para el desierto argentino”, Centro Editor de América latina.
[4] https://www.telam.com.ar/notas/201605/145851-facundo-o-martin-fierro-de-carlos-gamerro-gano-el-premio-de-la-critica.html