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DOMINGO / Luces y sombras detrás del gran movimiento político
domingo 21 julio, 2019

El peronismo como destino

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Juan José Sebreli

Compañero. Con errores y aciertos, ambos matrimonios presidenciales ya forman parte de la historia de un país que busca un nuevo líder. Foto: cedoc

La política es el destino, decía Napoleón; mi destino fue el peronismo. Perón apareció en mi vida la mañana del 4 de junio de 1943 estando en la escuela primaria: los alumnos fueron apresuradamente retirados por sus padres al enterarse de que había estallado el golpe militar. Escuché la voz inconfundible de Perón a través de la radio en ocasión del terremoto de San Juan. A comienzos de 1944 descubría la de Eva Duarte en el radioteatro de la tarde. (...)

En las elecciones de 2019 no se trata tan solo de un cambio de hombres, ni siquiera de partidos; se trata de un punto nodal, del pasaje crucial de un sistema político, social, económico y ético regido por el estatismo antidemocrático y aislado del mundo, en dirección de una república integrada al mundo democrático. Esto no significa el fin de la grieta; la pretendida “unión nacional” no es otra cosa que una utopía totalitaria. El populismo, que es movimientista, cree en la existencia de una unidad totalizadora entre el Pueblo y la Nación y pretende superar el conflicto mediante la supresión del adversario al que considera un enemigo.

La democracia, en cambio, se basa en la interacción entre individuos agrupados en partidos políticos, que se contradicen y luchan unos contra otros, y que superan el conflicto por medio del diálogo y los acuerdos. La encrucijada argentina actual es la misma que en 1983: nos encontramos, una vez más, ante un cambio ya no solo de gobierno sino de sistema, de modo de vida. (...)

El menemismo

La transfiguración de Carlos Saúl Menem –folclórico caudillo de una provincia pobre, disfrazado de Facundo Quiroga–en un político moderno fue, en parte, una consecuencia de la previa transición democrática iniciada por Raúl Alfonsín. Las circunstancias críticas en que asumió el poder y también su percepción de la realidad cambiante le impusieron la paradójica faena de destruir el peronismo clásico y además –por una de esas ironías de la historia– hacerlo en nombre del propio peronismo.

Tras los levantamientos de Semana Santa (Campo de Mayo, abril de 1987), Monte Caseros (enero de 1988), Villa Martelli (diciembre de 1988) y Córdoba y Capital Federal (3 de diciembre de 1990) –que contaron con la simpatía de la ultraderecha del peronismo– Menem consiguió lo que había sido casi imposible para Alfonsín, la ansiada subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil, quebrando al mismo tiempo la alianza fundamental del peronismo histórico con el Ejército.

El menemismo continuaría la política de desmilitarización iniciada por Alfonsín, no solo en el campo de la defensa nacional, sino también en el campo de la política exterior: por un lado, firmando sendas declaraciones conjuntas con los presidentes chilenos Patricio Aylwin y Eduardo Frei, que dieron por terminados los problemas limítrofes con Chile; por otro, la creación del Mercosur –continuando la política de cooperación iniciada por Alfonsín y su par del Brasil, José Sarney– significaba, aparte de las ventajas económicas, el fin de la percepción del Brasil como un potencial enemigo. Esta política de pacificación dejaba a las Fuerzas Armadas sin sus tradicionales hipótesis de guerra con países limítrofes. La declaración del cese de hostilidades dando un corte definitivo a las posiciones beligerantes heredadas de la última dictadura se vio plasmada en la reanudación de las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña que permitió a la Argentina fortalecer lazos con la Comunidad Europea y con Estados Unidos.

Otro avance del menemismo consistió en suprimir el servicio militar obligatorio, producto del brutal asesinato del conscripto Omar Carrasco, que sacó a la luz la práctica de vejaciones permanentes a las que eran sometidos los jóvenes soldados.

Menem supo captar ese estado de ánimo y eliminó el instrumento que usaban las Fuerzas Armadas para manipular a la juventud y adoctrinarla en el nacionalismo, el autoritarismo y la subordinación al poder militar.

El ímpetu modernizador –convencido u oportunista–, iniciado por Alfonsín, se mantuvo y aun se acrecentó con medidas que repugnaban a la Iglesia, entre otras el otorgamiento de la personería jurídica a una agrupación de homosexuales después de que la Corte Suprema, en un fallo prejuicioso, se la había denegado. La Constitución Nacional reformada en 1994 –de acuerdo con el principal partido de la oposición, la Unión Cívica Radical– suprimió la cláusula discriminatoria que exigía al presidente de la República la pertenencia al culto católico.

Otro blanco en la mira del reformismo menemista fue la corporación sindical, antigua aliada de Menem en la interna peronista contra el gobernador bonaerense Antonio Cafiero. El menemismo logró, sin provocar grandes disturbios, imponer restricciones al derecho de huelga, cambios en el régimen previsional, desregulación de las negociaciones colectivas de trabajo, modificación de la ley de accidentes del trabajo y extensión de la jornada laboral. Menem no se propuso, como Alfonsín, la democratización del sindicalismo, pero la ruptura de la unidad de la CGT significó un avance contra el corporativismo autoritario.

Al asumir el poder, Menem se encontró con el Estado quebrado y la inflación devorándolo todo. Tras cuarenta años de inflación, quince de megainflación –récord único en el mundo– y tres picos de hiperinflación, era evidente la imposibilidad de seguir recurriendo a la emisión monetaria como instrumento de crecimiento y distribución. Ante la bancarrota de las empresas públicas y el colapso de los servicios públicos no había otra salida que las privatizaciones. Al estupor y la indignación de los peronistas ortodoxos y los autollamados de izquierda, Menem alegaba que su inclinación por la economía liberal era continuación de la del Perón tardío (1950-1955), que puso en marcha un proceso de desregulación y condenó por ineficientes y deficitarias a las empresas del Estado.

El menemismo se nutrió, por un lado, de un círculo de tecnócratas e ideólogos del establishment y, por el otro, de una corte de aduladores e intrigantes que fomentaron una cultura del ocio, el gasto suntuario, la frivolidad, en un clima de fiesta, el vínculo con las mafias enquistadas en el poder político y el aumento del gasto público necesario para su proyecto de reelección.

Aunque Menem no renunció a su programa económico, este quedo inconcluso; la segunda reforma del Estado no se hizo nunca y provocó la aparición de los flagelos que llevarían al desastre final: el desbordado endeudamiento externo e interno, el déficit fiscal, la recesión, el desempleo y el empobrecimiento. En su segundo mandato, Menem se empeñó en destruir lo construido en el primero. Tuvo, sin embargo, la suerte, esquiva tanto a Alfonsín como a De la Rúa, de poder entregar el gobierno en aparente orden; la crisis que se venía incubando estalló en las manos de su sucesor.

El kirchnerismo

¿Fue acaso Néstor Kirchner justicialista como se lo reconoció oficialmente? La respuesta, como en todo líder populista, es ambigua. Algunos de sus seguidores lo ubicaron en la centroizquierda, los adversarios lo tildaron de populista. Para los piqueteros, trotskistas o antisistema, era un capitalista salvaje. Fascista conforme a las denuncias de la diputada Elisa Carrió o pragmático ni de izquierda ni de derecha como le confesó el mismo Kirchner al sociólogo francés Alain Touraine. ¿Era una táctica del kirchnerismo ocultarse tras una figura enigmática o la oscuridad era simplemente un signo de su total falta de rumbo?

Para responder a estas preguntas es necesario redefinir conceptos tales como los de derecha e izquierda, socialismo y liberalismo, populismo y fascismo, usados en un modo tan liviano por los políticos y comunicadores que se prestan a equívocos y confusiones. Hay que remitir los términos políticos a su acepción originaria, no por pedantería académica ni por fundamentalismo, sino para confrontarlos con la significación que hoy se les da, señalar hasta qué punto las transformaciones de la sociedad argentina y del mundo los han cambiado y comprobar si sigue siendo válida su aplicación a fenómenos actuales.

Considerada en su acepción clásica del marxismo –socialización de los medios de producción y supresión de las clases sociales–, la izquierda finalizó su ciclo histórico con la derrota de la revolución alemana en 1919, tal como lo vio lúcidamente Lenin, que dio en su país un gran giro con la nueva política económica (NEP), combinación de capitalismo de Estado con capitalismo privado, capitalismo nacional con capitalismo internacional, y estuvo a punto de convertirse en un Deng Xiaoping antes de tiempo. Su muerte prematura interrumpió ese proceso dando origen al totalitarismo estalinista tan lejos del capitalismo como del socialismo, pero que por un fabuloso fraude histórico siguió siendo respetado por las izquierdas hasta la disolución de la Unión Soviética.

Desde entonces, con excepción de las múltiples sectas de izquierda, de algunos escritores, profesores y estudiantes de humanidades y actores sin reales posibilidades de acción, solo quedó en el espectro político de izquierda la socialdemocracia a la manera europea. Esto ya no es socialista en el sentido estricto puesto que a partir de la reconstrucción de la posguerra de la Internacional Socialista se relativizó la socialización, transformándose de ese modo en la forma más avanzada del liberalismo de izquierda.

Ese tipo de centroizquierda moderna, democrática y racional a la manera europea tiene poco que ver con el kirchnerismo; su último representante en la Argentina fue el Partido Socialista de Juan B. Justo, desaparecido con el surgimiento del peronismo. En América Latina lo representaron mejor las primeras experiencias de gobierno de Michelle Bachelet o Tabaré Vázquez, como también Julio María Sanguinetti, Fernando Henrique Cardoso y el último Alan García; en tanto los Kirchner se inclinaron, no sin vacilaciones, por el llamado “neopopulismo latinoamericano” al estilo de Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y los sempiternos patriarcas Fidel y Raúl Castro. Para los Kirchner se trató de un viaje de ida y vuelta del antiguo al nuevo populismo, ellos imitaban a Chávez que decía inspirarse en Perón.

¿Qué es el populismo? Algunos analistas políticos, generalmente populistas que no osan dar su nombre, se molestan por el uso y abuso de este término. El concepto de populismo fue introducido por sociólogos como Gino Germani y –antes de corresponderle a él mismo las generales de la ley– por Torcuato Di Tella, sociólogo y ministro de Kirchner. Extrapolado de una particularidad campesina rusa del siglo XIX, se la aplicó a formas políticas sui géneris que se dieron en las sociedades periféricas –en la Argentina peronista– hacia mediados de siglo XX. Ante una sociedad y un mundo que han cambiado tanto desde aquel populismo, el intento actual de revivirlo se ha dado en llamar neopopulismo. En este caso, como en el de la izquierda, hay que ver hasta dónde las transformaciones son tan profundas que, aun con el agregado del prefijo, puede seguir hablándose de populismo.

El término es bastante ambiguo. Antes que un sistema político o económico específico, se refiere a un fenómeno cultural, la defensa de lo nacional y lo popular, el mito del ser nacional frente a la invasión del imperialismo. Por sus discursos y sus símbolos, aunque no siempre por sus actos, Kirchner podría ser llamado populista.

Pero los populistas históricos no fueron políticamente neutros sino adversarios de las democracias identificados con el eurocentrismo o el norteamericanismo. Se inclinaron al fascismo como Perón –todo fascismo tiene un rasgo populista– o al estalinismo, a través de Castro y Chávez. Los únicos populismos sobrevivientes hoy en América Latina son el de los Castro, el de Chávez y su sucesor Maduro y el de Daniel Ortega, resabios del viejo caudillismo militar. Es incierto predecir que Evo Morales se transformará en una nueva forma exótica de populismo con regreso a una Arcadia indígena.

Algún analista sofisticado puede apelar para este tipo de régimen al término histórico de “bonapartismo”, cuya característica es el equilibrio inestable entre intereses y sentimientos diversos y a veces opuestos. Una definición que dio Marx del líder bonapartista Luis Bonaparte le cuadra a Kirchner: “No es nadie y por eso puede representarlos a todos”.

Felipe González sostuvo que la alternativa ya no era en Occidente entre izquierda y derecha sino entre modernidad y bonapartismo. Algunos métodos bonapartistas aparecen en el kirchnerismo: liderazgo autoritario y personalista, subordinación del Congreso y el Poder Judicial al Poder Ejecutivo, sustitución del sistema de partidos por el movimientismo. La transversalidad, el Frente para la Victoria y hasta los borocotazos –Borocotó fue un político que subió al Congreso por el voto de la oposición e inmediatamente se pasó al kirchnerismo–. A diferencia del peronismo clásico, no se dieron otros elementos típicos del bonapartismo: el apoyo en instituciones tradicionales, el ejército, la Iglesia y su sustitución en parte por la mafia traficante de drogas.

Puede hablarse tal vez de un semibonapartismo más adecuado a la ambigüedad y las vacilaciones de la pareja gobernante y de las transformaciones de la época. Por ejemplo, Cristina Kirchner apareció en la película Putos peronistas, cumbia del sentimiento (2012), un film inconcebible para el peronismo original. La homofobia de Perón quedó evidenciada en 1973, cuando molesto ante la administración de Cámpora, le reprochó haberle llenado el gobierno de marxistas y homosexuales.

No debe olvidarse por otra parte que el bonapartismo es una forma de fascismo moderado, un conservadurismo reformista; y el fascismo, un bonapartismo exacerbado, una revolución de derecha. Con Cristina Kirchner se abrió la posibilidad de que el semibonapartismo kirchnerista se transformara en semifascismo a la manera de Chávez.

Faltaron algunos elementos ineludibles; la libertad de expresión, aunque retaceada, siguió existiendo e igualmente la pluralidad de partidos sin que esta se mantenga en buena parte por la debilidad de la oposición. Asimismo, los aspectos que dieron color especial al populismo y a la vez lo diferencian del autoritarismo tradicional fueron la prescindencia de toda intermediación institucional, la relación directa de líder carismático con las masas y la movilización permanente de estas.

La utilización de algunos sectores piqueteros, sindicales y los movimientos sociales, o gente arrastrada por los intendentes provinciales y por los punteros, puede ser un género de movilización de masas. La propuesta de designar barrios y edificios con el nombre de Kirchner es el principio del culto a la personalidad.

El fracaso de la convocatoria oficial en la plaza del Congreso, enfrentada a la multitudinaria asistencia al acto realizado por los dirigentes rurales en Palermo, mostró los límites de esa tentativa donde tal vez los únicos asistentes no pagados eran los grupos intelectuales próximos al poder.

El kirchnerismo nunca dejó de ser la primera minoría, los grandes centros urbanos le fueron adversos y perdió el inicial apoyo del campo y de los pueblos del interior. La adhesión a los Kirchner se redujo al cálculo de intereses por parte de la clase media que se apagó cuando la inflación y la recesión terminaron con la bonanza económica. Para los sectores populares funcionó la dádiva del clientelismo, pero fue imposible hacer populismo sin dinero para repartir. Por añadidura, los Kirchner tempranos no fueron carismáticos, les faltaban la pasión y el fanatismo, ingredientes insoslayables del populismo, y un populismo frío es una contradicción en los términos. Esto fue cambiando ya en los últimos años de Néstor Kirchner, y sobre todo en el gobierno de Cristina que lo acercaron más al populismo caliente: la creación de formaciones juveniles al margen de los partidos, el camporismo en el campo político, Carta Abierta en el intelectual, fuerzas de choque como “Vatayón Militante” –compuesta por presidiarios con salidas provisorias–, las barras bravas idealizadas por Cristina y el uso político de Fútbol para Todos, y la transformación de Madres de Plaza de Mayo de una agrupación en defensa por los Derechos Humanos en una secta de propaganda kirchnerista que terminó bajo la influencia de Sergio Schoklender convertida en una mafia de corrupción.

La introducción de los actos de masas similares a las grandes escenografías de Nuremberg organizados por el arquitecto Albert Speer y la cineasta Leni Riefenstahl –estetización de la población característica de los totalitarismos–, durante el nazismo, tuvieron su equivalente, aunque mostrando una estética distinta, en los actos del Bicentenario con el desfile de carrozas representando temas alegóricos políticos realizados por el grupo teatral Fuerza Bruta. También los actos transmitidos por televisión y radio en cadena nacional con frecuentes y extensos discursos de Cristina F. de Kirchner desde un balcón del Patio de las Palmeras de la Casa Rosada. Esta no tenía el carisma de Evita, pero manejaba mejor su oratoria ayudada por las clases de actuación junto a la actriz televisiva y cinematográfica Andrea del Boca.

Cristina Kirchner, que tiene sus alardes intelectuales, decía seguir a la politóloga belga Chantal Mouffe y su libro de cabecera era En torno a la política. Mouffe era la mujer y colaboradora de Ernesto Laclau, un argentino profesor de Essex, que había sido en su juventud trotskista-peronista del grupo de Jorge Abelardo Ramos. En Europa descubrió el posestructuralismo, el althusserismo y el lacanismo y los agregó a su viejo populismo porteño. Esa mezcla rara llamada neopopulismo latinoamericano fue adoptada por la juventud de las facultades de humanidades de Buenos Aires y dio origen al movimiento Carta Abierta, cuyas intrincadas proclamas barrocas expresaban su apoyo al kirchnerismo, pero eran incomprensibles para las masas populares a las que debían ser dirigidas.

Otra fuente inesperada de Laclau y sus seguidores kirchneristas era Carl Schmitt, jurista del nacionalsocialismo. A través de estos intelectuales, los Kirchner se enteraron de que eran schmittianos sin saberlo ya que practicaban la concepción política preconizada por el teórico alemán: la confrontación permanente, el antagonismo insuperable de amigo/enemigo y el desicionismo opuesto a la discusión liberal. Pensaban con Schmitt que el poder no residía en las instituciones republicanas sino en “la persona del soberano” que decide por sí mismo recurriendo al estado de excepción y a los poderes extraordinarios.

Las exequias de Néstor Kirchner fueron el primer gran acto público espontáneo y con asistencia juvenil del kirchnerismo, que se sumaba a la necrofilia característica del peronismo expresada en las escenográficas exequias de Eva Perón. En materia económica y política el kirchnerismo tomó algo del peronismo del 45 al 50 mezclándolo con la seudorrevolución de los jóvenes del 70, agregándole algún toque de modernización progresista como el matrimonio igualitario, aunque se manifestó en contra de la legalización del aborto, del mismo modo que Perón impuso imprevistamente el divorcio, la enseñanza laica y los derechos de los hijos naturales, reivindicaciones de las que nunca se había preocupado, solo para molestar a la Iglesia en momentos de su ruptura con la misma.

La evolución del populismo a un incipiente totalitarismo se muestra en el intento de La Cámpora por manipular a los alumnos de las escuelas primarias y secundarias, reviviendo los viejos libros de propaganda peronista.

Los anuncios de Juan Grabois –enlace entre el papa Francisco y Cristina– sobre la subordinación del Poder Judicial al Poder Ejecutivo y el control de los medios de comunicación prenuncian la característica totalitaria o el pasaje de la república a un totalitarismo en el caso del retorno del kirchnerismo.

Como en su primera versión, esta obra se publica en un momento crucial en la historia argentina, una nueva confrontación entre la república democrática y el paso a un régimen autoritario con visos totalitarios.

 

Los deseos imaginarios del peronismo, de Juan José Sebreli, es una edición actualizada de la obra publicada originalmente en 1983, en vísperas de la vuelta a la democracia. Consagrado como referencia insoslayable e insustituible de la tradición más lúcida del ensayo crítico en nuestro país, fue reeditado en 1992 y se encontraba agotado prácticamente desde entonces. Esta versión se encontrará en las librerías en agosto.


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