El hospital Fernández, donde el doctor Carlos Damin es el jefe de Toxicología, tiene un área programática muy amplia y diversa. No sólo por su ubicación, ya que abarca la Villa 31, la 31 bis, Barrio Parque, toda la zona de Palermo y gran parte de Recoleta, sino también por la cantidad y diversidad de pacientes que recibe. Distintos aspectos socioeconómicos y culturales afectados por el consumo de drogas.
—Es muy impresionante observar que la droga ya ha hecho estragos en todos los niveles, ¿no?
—El consumo de sustancias tanto legales como ilegales, porque yo siempre prefiero hablar más de sustancias, que de drogas. Porque cuando uno habla de drogas normalmente la gente siempre tiende a pensar en las ilegales –cocaína, marihuana, éxtasis, paco, LSD– y usted sabe que el principal problema que tenemos en nuestro país es con las sustancias legales.
—¿Por ejemplo?
—Tenemos más problemas con el alcohol y con los medicamentos, que es el 66% de la demanda en un hospital como el Fernández. Cuando es una intoxicación por sustancia, el 66% es por alcohol y medicamentos. Y recién en tercer lugar aparece la cocaína con un 12%, 13% de los pacientes que consultaron en el hospital. Lo que vemos es que atraviesa todos los niveles socioeconómicos y culturales la totalidad de las sustancias. Por ahí lo que cambia es la calidad. Usted fíjese que el nivel socioeconómico y cultural más desfavorecido no consume la misma calidad de alcohol, pero consume, y el nivel más alto por ahí consume más bebida blanca y de mejor calidad –lo que es la bebida premium–. En el caso de la cocaína, el más bajo consume más paco y el más alto cocaína de mejor calidad. Donde nosotros vemos menos diversidad económica es en el éxtasis, que es un nivel medio y medio-alto porque es una sustancia un poco más cara, entonces el nivel medio-bajo es raro que lo consuma.
—Cuando usted menciona la mezcla de medicamentos con alcohol, ¿qué medicamentos, por ejemplo?
—Este es un fenómeno que venimos viendo en los últimos 10 o 12 años, donde ha ido incrementándose la asociación. En nuestro país se consume todo el tiempo mucha cantidad de medicamentos. Cuando hablamos de medicamentos hablamos fundamentalmente de los psicofármacos. Por ejemplo, el clonazepam, que una de las marcas comerciales es el Rivotril, el Clonagin es otra. De acuerdo a los datos oficiales de ventas de las cámaras farmacéuticas el consumo de este psicofármaco puntualmente aumentó casi un 200% en cinco años.
—¿De cuál?
—Del clonazepam. Y cuyo nombre comercial más conocido es el Rivotril, pero digamos que lo ideal es hablar por el genérico. En detrimento de los otros que bajaron –el alprazolam, el lorazepam–. Esos bajaron un poco, pero el crecimiento ha sido muy alto en el caso del clonazepam. Fíjese que es un medicamento complejo porque no sólo termina generando dependencia en la gente, sino que se asocia mucho con el alcohol. Y es una medicación que tiene varios problemas. Uno de ellos es que produce cuadros de agresividad y otro es que, asociado al alcohol, genera aún más agresividad. Entonces es una asociación que se utiliza mucho para delinquir.
—¿También tenemos una sociedad terriblemente angustiada, ¿no?
—Tenemos una sociedad polimedicada y sobremedicada. Los argentinos tomamos muchos medicamentos, y polimedicada porque tomamos muchos medicamentos al mismo tiempo. Fíjese que incluso PAMI ha limitado a siete el número de medicamentos que se le puede dar a una persona porque tenemos personas que andan con más de siete medicamentos por día, que quiere decir mucho más de siete comprimidos diarios, porque en muchos casos se toman dos y tres comprimidos de cada medicamento. Pero hay muchos factores. Uno de ellos es que el médico prescribe en demasía y tiene una presión importante –normalmente de los laboratorios– para que prescriba y la gente demanda medicamentos. La gente va al médico y si el médico no le da un medicamento sale y dice “éste no sabe lo que tengo”. Además, tenemos un problema con que muchas veces, medicamentos que son de venta bajo receta los farmacéuticos los dispensan sin la receta. Y hay medicamentos que se venden también fuera de la farmacia cuando hoy por hoy está prohibido por ley, excepto en la Ciudad de Buenos Aires, pero que se comercializan fuera de la farmacia como por ejemplo en quioscos o en algunos supermercados.
—¿Por qué en la Ciudad de Buenos Aires está permitido?
—En el año 2009, se aprobó una ley –por unanimidad de ambas cámaras, de Diputados y Senadores– que prohibió la venta de medicamentos fuera de la farmacia. Algunas Legislaturas consideraron que tenía que ratificarse en las Legislaturas la ley nacional. La Ciudad de Buenos Aires lo hizo, y el jefe de Gobierno vetó la ley. Y por eso es el único estado donde se venden medicamentos fuera de la farmacia. A pesar de que después el Ministerio de Salud de la Nación hizo un acuerdo con los supermercados. Usted vio que en los supermercados no se venden más medicamentos no porque no puedan, sino porque hicieron un acuerdo con el Ministerio de Salud para que no se vendan, pero hay quioscos donde se siguen vendiendo medicamentos.
—Por la ubicación geográfica enorme que tiene el Fernández, por ejemplo, en Toxicología, ¿gente de más o menos qué edad tiene habitualmente en la guardia?
—Tenemos pacientes de todas las edades, pero el pico máximo lo tenemos entre los 16 y los 20. Es nuestro mayor caudal de pacientes. El año pasado tuvimos 350 chicos de entre 16 y 20 años con cuadros de intoxicaciones graves por alcohol, medicamentos o la asociación entre ellos, o de alguna otra sustancia. En cuanto a la automedicación es un fenómeno que su pico lo hace entre los 30 y los 50 años. A los 40 años tenemos más varones que mujeres que consumen alcohol, pero entre los 16 y los 20 están muy parejos los varones y las mujeres en número de consulta.
—Doctor, ¿ustedes reciben muchos pacientes en crisis? Es decir, sobre todo la gente joven que llega de noche con una situación difícil…
—Esto nos preocupa. Son pacientes que llegan, normalmente, de viernes y sábado a la noche. Nuestras consultas empiezan a aparecer el jueves, hacen pico el viernes, se mantienen el sábado, bajan drásticamente el domingo y prácticamente desaparecen lunes, martes y miércoles. Y fíjese que en el 2013 atendimos dos mil personas, sólo por intoxicaciones por sustancias de abuso.
—Ahora por ejemplo, cuando llega un paciente en crisis, ¿ qué hacen? ¿Lo internan?
—Depende del antecedente y del cuadro de gravedad. Hay muchas veces que se atiende por guardia exclusivamente y cuando está en mejor condición se da de alta. Nosotros en el hospital Fernández tenemos una sala de internación. En aquellos casos que son crónicos, muchas veces los internamos de tres a cinco días y a partir de ahí se reevalúa y comienza un tratamiento en el consultorio externo. Cuando amerita un tratamiento a largo plazo, entonces por ahí se deriva a otro lugar, ya sea a través del Gobierno de la Ciudad o a través de la Sedronar, que depende de la Nación aunque la desintoxicación es la etapa que hacemos inicialmente en el hospital.
—Y después de su larga experiencia, porque hace muchos años que usted hace toxicología...
—Yo hago toxicología hace casi 23 años y soy el jefe del servicio desde hace siete años. Y fíjese que en Toxicología tenemos un servicio con más de 30 mil consultas anuales donde atendemos diversas problemáticas como el consumo de sustancias llegando a ser un referente en el tema y por eso se ha desarrollado mucho el servicio en este ámbito. Pero también atendemos muchas intoxicaciones por monóxido de carbono y laborales e intoxicaciones por picaduras, por ejemplo, por alacranes –que tenemos muchos en la Ciudad de Buenos Aires– o por arácnidos. Digamos que la toxicología es mucho más amplia que lo que son las sustancias de abuso. Pero, normalmente, se nos identifica mucho por eso. Y tenemos un servicio muy grande porque tiene tres dispositivos. Tenemos la guardia de 24 horas, tenemos un consultorio interdisciplinario con médicos toxicólogos, con psicólogos, médicos psiquiatras, trabajadores sociales, licenciados en ciencias del ambiente, y además de la sala de internación desde hace cuatro años donde podemos hacer las desintoxicaciones iniciales previo al tratamiento posterior.
—¿Cuánto tiempo físico toma una desintoxicación?
—Va a depender un poco de la persona, pero va entre dos y siete días, ocho días. Normalmente, ése es el tiempo.
—¿Queda totalmente internado el paciente?
—Queda internado las 24 horas, que hablamos de lo que es el episodio agudo de la desintoxicación, ya sea porque entró por un cuadro agudo de intoxicación o por un cuadro agudo de abstinencia. Tenemos algunas enfermedades que –como, por ejemplo, el alcoholismo o el dependiente a heroína o el dependiente a psicofármacos– que hacen cuadros muy graves cuando suspenden el consumo. Entonces, bueno, muchas veces internamos por esta enfermedad en el hospital y, cuando están recuperados, entonces va a un lugar para deshabituarse y ahí la internación puede ir hasta un año.
—Ahora, ¿cuáles son los motivos que en general se dan cuando hay una crisis así fuerte?
—La motivación es realmente variable. Uno de los motivos que vemos tiene que ver con una sociedad de consumo como la que tenemos donde se estimula a consumir todo: bebidas, zapatillas, ropa, autos, heladeras, aire acondicionado. Fíjese que no es casual que seamos el principal consumidor de bebidas gaseosas del mundo por habitante y por año. Entonces tenemos algunos niveles de consumo alarmantes de algunas cosas que hacen mucho daño como la gaseosa. También tenemos un problema muy preocupante de identificación a veces entre los chicos, con la aceptación de lo que es el consumo de alcohol. El 71% de los padres está convencido de que su hijo no toma alcohol. El 68% de los papás no tienen ningún tipo de contacto con los papás de los amigos de su hijo. Y entonces esto es realmente preocupante, porque si los padres no hablamos entre nosotros de qué es lo que le permitimos y no a los chicos, entonces aparecen estos consumos excesivos y absolutamente insalubres de alcohol en chicos de 13, 14 y 15 años cuando esto les hace mucho daño para su salud, y además que los pone en riesgo. Porque el alcohol no es solamente el consumo de alcohol que es dañino, sino que la cantidad de accidentes que se producen bajo los efectos del alcohol y las situaciones donde los adolescentes dicen que sí donde hubieran dicho que no, si no hubiera sido por el alcohol. Entonces se dan, por ejemplo, los embarazos indeseados, los contagios de enfermedades de transmisión sexual porque no se usa protección porque estaban bajo el efecto del alcohol. Tenemos una cantidad de accidentes de tránsito muy grande. Acabamos de hacer con la Dirección General de Seguridad Vial de la Ciudad de Buenos Aires un trabajo en el hospital con el Servicio de Toxicología donde casi el 35% de los accidentes de tránsito se produce bajo los efectos de alguna sustancia, esto es: alcohol, psicofármacos o cocaína. No nos apareció la marihuana. Con lo que es preocupante porque no tenemos todavía conciencia de que bajo los efectos de una sustancia no se puede conducir un vehículo. Y entonces tenemos muchos accidentes que deberíamos cargarle al alcohol pero que les estamos cargando a los accidentes.
—Claro. Hay una cosa nueva de los chicos que es el preboliche. Es decir que la noche ya empieza más temprano.
—La “previa” ha calado tan hondo en nuestra sociedad que los padres muchas veces facilitan el preboliche –o la previa– en su propia casa en menores. Y esto llega al punto de que los padres le compran la bebida al hijo porque dicen “bueno, pero yo les compro porque entonces yo sé cuánto toman, yo le calculo medio litro de cerveza por chico”. El problema es que, en realidad, el padre le está enseñando a burlar la ley al hijo. Porque en nuestro país el alcohol en menores de 18 está tan prohibido como la marihuana o la cocaína. Entonces el padre se la compra porque al hijo no se la van a vender. Lo grave es que empiezan a tomar alrededor de las nueve de la noche, para entrar a bailar a las dos, tres de la mañana. Es muy peligroso: los chicos están seis horas bebiendo alcohol antes de empezar a divertirse. Usted fíjese que entonces cambió el objetivo, porque cuando nosotros éramos chicos también se bebía alcohol.
—Pero no tanto.
—Porque el objetivo era divertirse. Y se tomaba un poco de alcohol como acompañamiento, el objetivo era otro. Era bailar, divertirse. Hoy el objetivo es beber, y la diversión es beber.
—¿Ustedes tienen estadísticas de los países dónde aumenta esta tendencia?
—En casi todos los países de la región ha aumentado el consumo de todas las sustancias. Estados Unidos sigue siendo el país que lidera el consumo de sustancias ilegales, pero fíjese que de alcohol somos el país, de acuerdo a los datos de la Organización Mundial de la Salud, de América con mayor consumo de alcohol puro per cápita por año.
—¿Tanto en hombres como en mujeres?
—En varones más que mujeres, pero en promedio de población, somos el que más consume. Las mujeres tienen un consumo más ocasional. Alto, pero más ocasional. En los varones es más sostenido. En nuestro país la brecha no es tan grande entre varones y mujeres con respecto al consumo de alcohol.
—Cuando ustedes se encuentran con los padres, porque me imagino que a la guardia llegan los padres también en algún momento, ¿qué les dicen ustedes a ellos?
—Nosotros tenemos dos situaciones: los padres muy preocupados, con ambos padres muy preocupados, entonces uno se da cuenta de que ese chico está contenido y que ese chico probablemente no tiene un problema grave, que puede haber tenido un problema ocasional de consumo por una cuestión social de momento, pero que tiene dos padres ahí preocupados. En cambio, también nos ha ocurrido llamar por teléfono a las tres de la mañana, cuatro de la mañana, a los padres y que nos dicen: “Bueno, ¿podemos pasar a buscarlo a las ocho o nueve?”. Es ahí cuando uno entiende que ese chico está realmente en riesgo.
—Claro. Está solo.
—Está solo, con padres que además niegan el consumo. Tenemos padres muy negadores, los papás ahora niegan mucho. Lo que le decimos a los papás es que es importante que sepan dónde están los chicos cuando se van a dormir, que sepan cómo llegaron, que los huelan. Cuando los padres ven cómo llegan, los huelen, los oyen, les preguntan: “¿Por qué viniste en las condiciones que viniste?”. En ese caso, nosotros vemos que es un chico con mucho menos riesgo.
—¿Cómo salimos de esta situación entonces?
—Yo estoy convencido que lo mejor que podemos hacer son campañas de hábitos saludables. Necesitamos que los chicos vuelvan a querer cuidar su salud. Hoy pareciera que estamos en una sociedad donde la salud no es algo a cuidar, no es algo a proteger en nuestra sociedad y entonces necesitamos que la sociedad recobre esto. Saber que un medicamento es un medicamento y se merece respeto. Que es una sustancia química que no podemos automedicar. Que el alcohol podemos tomarlo, pero muy responsablemente. Que si vamos a conducir un vehículo no tenemos que tomar alcohol, o viceversa, y que, fundamentalmente tenemos que cuidarnos, pero que tienen que cuidarse los padres para que los chicos aprendan a cuidarse. Si los padres van a cenar y vuelven manejando el auto después de tomar alcohol, el chico aprende eso. Por lo tanto, precisamos padres que se cuiden para que los chicos aprendan a valorar la vida y a cuidarse.