viernes 20 de mayo de 2022
DOMINGO LIBRO
17-04-2022 04:13

Romper el silencio

Cuando se ahoga la palabra.

17-04-2022 04:13

Este libro vino a mí. Es mi definición personal. Me fue impuesto por el silencio y el encierro del confinamiento. El silencio no como ausencia de palabras, sino como la más profunda inmersión en mí misma. Fui detrás de mi propia mudez en busca del cotidiano de mis hermanos en el tiempo en el que permanecieron secuestrados en la ESMA con lo único con lo que contaba: los testimonios de los sobrevivientes. Cometí un error: no están ahí. No los vi morir. Son desaparecidos. No muertos. Sus cadá­veres no nos fueron entregados. No pudimos hacer sus exequias. No pudimos orar ni dejarles flores. Reducidos al número o la consigna política, nunca recibimos el abrazo de los que los vieron morir. Un duelo colectivo. Perdimos a nuestros familiares, y el misterio sobre sus muertes es un silencio que permanece y perpetúa el sufrimiento. 

Los testimonios de los que regresaron del infierno re­construyeron una verdad personal que les pertenece, no así las circunstancias históricas ni la responsabilidad polí­tica de las organizaciones que integraron. Es nuestra tarea hacer hablar al silencio, poner palabras donde hay mudez, limpiar todo lo que fue infectado con el virus del odio para que la vida protegida por la legalidad democrática ilumine los recovecos de nuestro oscuro pasado. 

Ya nadie duda de que los militares secuestraron, asesi­naron, ocultaron. Diseñaron una matanza administrada burocráticamente: el ocultamiento de los cadáveres fue deliberado para evitar las pruebas que necesitan los jueces para los castigos penales. 

En la medida en que dejamos en la justicia la revisión del pasado trágico y las víctimas ganaron visibilidad pú­blica, eludimos el debate sobre las razones históricas y el rol de las organizaciones armadas. Hicimos silencio. 

Al ir alejándonos de la dictadura, se diluyeron los mie­dos o fueron cambiando de lugar. Los derechos humanos se confundieron con el kirchnerismo, perdieron la univer­salidad que los define, utilizados como renta política, y se pasó a glorificar los violentos años setenta. Las víctimas se convirtieron en héroes y la memoria histórica, la que nos pertenece a todos, se erigió sobre el martirologio con finalidad partidaria. En nombre de un sufrimiento que la mayoría no padeció se sintieron habilitados a controlar el decir de los otros y a descalificar como “traidores” a los que osamos hablar sin pedir permiso. Son los que expre­san una arraigada cultura autoritaria. Invocan a autores, repiten pensamientos ajenos que banalizan el debate, ya que por un lado citan a los filósofos —Jürgen Haber­mas, Emmanuel Lévinas, Walter Benjamin—| y por otro a periodistas televisivos —Bernardo Neustadt, Mariano Grondona—. Sin el riesgo de pensar a la intemperie, sin las muletas de las categorías viejas, inservibles para analizar  y reflexionar sobre un tiempo inédito que nos tuvo de testigos y protagonistas. 

En ese silencio se origina buena parte de nuestros ma­les. No el silencio que redime la palabra, el que necesita tiempo para iluminar como revelación. El otro, el que calla porque teme, el que grita porque esconde. ¿Las des­apariciones y la clandestinidad de los campos no tenían por objetivo acallar, amordazar a la sociedad con el terror, silenciar las denuncias y borrar cualquier rastro de las víctimas? La primera acción de las dictaduras es imponer el silencio con la censura, la quema de libros y la unifor­midad para eliminar cualquier manifestación de disenso. Hasta la propaganda de la época (“el silencio es salud”) para atenuar el trepidar de la calle se convirtió en una con­fesión del desprecio al sonido vital, el del decir, dialogar y conversar en torno a las cuestiones que nos son comunes, la política. Hoy que la libertad llenó de sonidos y ruidos nuestra vida moderna, el silencio es un derecho ambiental para que no pongan estridencias donde las personas des­cansan, pero no una imposición del terror, sino apenas un límite para que los decibeles no destruyan nuestros oídos y embrutezcan aún más nuestro espíritu aturdido por los gritos y las imprecaciones. 

Toda vez que desde el poder se nos impone una forma de pensar y de actuar, siempre se relaciona con el silencio. La palabra hace ruido. No comunica: separa. El hecho de que en tiempos democráticos se hagan “desaparecer” las diferentes formas de pensar y se secuestren las argumen­taciones que contrarían la versión oficial es otra forma de apropiación e imposición de silencio. En la observación de George Steiner: “El lenguaje deja de ser la más ele­vada aventura de que es capaz el ser humano. En pocas palabras, el idioma deja de estar vivo: se limita a ser hablado”. Más cercana a nosotros, no por ello menos sabía, Ivonne Bordelois observa el contaminado decir público, el de los medios que desacralizan y degradan no solo las palabras, sino toda predisposición al silencio y, por eso, toda posibilidad de verdadero diálogo. Para la lingüista, el silencio es el único idioma universal. También su esperan­za. La palabra, por gratuita, es solidaria, inagotable, nos comunica más allá de nuestras procedencias. El lenguaje es la única institución democrática al alcance de nuestra mano siempre y cuando tomemos conciencia de su va­lor. Pero cuando el lenguaje permanece envenenado por el mal nombrar, la que muere es la verdad. La impostura desfigura las palabras, altera su sentido. El lenguaje es un arma muy eficaz para la política, y el kirchnerismo fue muy hábil en colonizar palabras fuertes, como “dictadu­ra”, “democracia”, “patria”, “pueblo”, “treinta mil desa­parecidos”, al servicio de la realidad inventada. Mentiras que pasan a repetirse y se incorporan al discurso público, sin que se las pongan en duda. 

Las metáforas son atajos literarios para nombrar lo in­efable. Las desafortunadas, como “los dos demonios” y la “guerra sucia”, son comprensibles en tiempos de terror, pero inservibles como debate democrático. Como ya se ha señalado, no hay equiparación posible entre la violen­cia organizada desde el Estado y la de las organizaciones armadas. Pero esa no es razón para “tapar” lo que hicie­ron estas últimas. El único y verdadero demonio es la violencia ejercida por hombres y mujeres concretos, lejos de cualquier posesión satánica: crímenes contra la huma­nidad ejecutados por seres humanos que con la palabra “desaparecidos” forzaron al lenguaje a decir mentiras. Lo indecible fue para los que no encontramos una expresión adecuada para expresar el sufrimiento que causaron. 

Nunca olvidaré el grito de mi hermana antes de que la metieran a la fuerza en el ascensor del viejo edificio Mar­conetti, destruido por las grúas de las nuevas avenidas y el Metrobús. Lo impensable fue acallado por el silencio. De­moré muchos años para hacer hablar ese grito. Si la fun­ción del idioma, como nos señala Steiner, es “ser vehículo del orden humano que llamamos ley y la comunicación de la agilidad del espíritu humano que llamamos gracia”, las palabras vinculadas al pasado trágico no han sido despo­jadas de todos esos gritos, ni de las mentiras, los engaños de los tiempos del miedo. Permanecen las interjecciones, las palabras burdas, obscenas, armas verbales cargadas de odio y aniquilación simbólica. 

El chaleco de fuerza que la dictadura impuso al len­guaje permaneció hasta muy entrada la democracia. So­brevivió la expresión “el Proceso”, denominación con que los militares llamaron al gobierno de las Juntas (Proceso de Reorganización Nacional) cuando la sencillez y con­tundencia de la palabra “dictadura” grafica al sistema de gobierno que se apropió del Estado para imponer el terror, cancelar las libertades, los derechos y adueñarse de nues­tra vida. Cuando llegó el tiempo de oficializar la memoria histórica, desde el poder de las organizaciones de derechos humanos se fueron imponiendo otras expresiones, “dic­tadura cívico-militar”, como ya se señaló, un oxímoron, o el torpe prefijo para nombrar a la ESMA que delata la negación de la verdad completa. No su glorificación, su cancelación como museo y la intención propagandista para incluirla como patrimonio de la humanidad, junto a  Auschwitz y Ronnad Island, la cárcel donde estuvo preso Nelson Mandela. 

El campo de concentración de Auschwitz fue inclui­do en la lista de la Unesco en 1979 “como evidencia del esfuerzo inhumano, cruel, metódico, de negar la digni­dad humana a grupos considerados inhumanos”. En sus crematorios murieron más de 1,2 millones de personas, mayoritariamente judías. En 2007, a instancia de Polonia, fue rebautizado Auschwitz-Birkenau, el principal de los seis campos nazis para la llamada “solución final”. La isla Robben albergó durante décadas a los presos políticos del régimen del apartheid. Nelson Mandela pasó dieciocho años dentro de esa prisión-isla a doce kilómetros de Ciu­dad del Cabo en Sudáfrica. Convertida en museo, en 1999 fue declarada patrimonio de la humanidad. Sin embargo, el gran legado que nos dejó Mandela fue que la verdadera prisión es el odio, el que encadena a las víctimas y a los verdugos. Su legado no es la prisión que lo encarceló, sino haber antepuesto la libertad a la política. “Ser libre no es solamente quitarse las propias cadenas, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás”. Si seguimos sus lecciones-consejos, deberemos aprender que debe ser la esperanza, no el miedo, la que refleje nuestras acciones y decisiones en la vida. 

Entre nosotros, el decir público sigue infectado con términos de aniquilación y odio, como “traidores” para referirse a los que contrarían el pensamiento oficial, o la más embrutecida de las expresiones nacidas del analfabe­tismo político, “gorila”, para denostar a los que critican al peronismo. Las palabras vinculadas al pasado trágico no han sido despojadas de las mentiras ni los engaños de los tiempos del miedo. Sobreviven en el decir público los vocablos de combate que delatan una concepción de  enfrentamiento y aniquilación. No nos sentimos interpe­lados por ese tiempo en el que la idea de poder revolucio­naria dejó en el continente pesadillas totalitarias, tiranías populares y una historia tapizada con muertes, prisiones y mordazas. La comunicación oficial, lejos de garantizar el derecho de las sociedades a ser informadas, quedó en manos de los publicistas, que simplifican la complejidad de los temas y los problemas en lemas y eslóganes. Las redes sociales, esa fenomenal herramienta de expresión personal, en poder de los gobernantes se convirtió en una eficaz arma política de silenciamiento por las descalifica­ciones, difamaciones y la aniquilación de la reputación de los que disienten del relato oficial. Aullidos y gritos que buscan degradar la palabra de los otros. En la Argentina de las consignas, decir lo que se piensa se ha convertido en un acto de coraje en lugar de ser una saludable expresión de honestidad personal. Todos tenemos responsabilidad sobre ese misterio del idioma. En democracia no hay justi­ficativo para silenciar los males que hieren la dignidad hu­mana, la nuestra y la del prójimo. Menos aún para utilizar el verbo como metralla. ¿Qué hacer? ¿Cómo se combate la violencia? Con las leyes democráticas y la autoridad del Estado para hacerlas cumplir. Sin asociarnos a la guerra verbal. No hay mucho que inventar. Como señala Borde­lois, “hay una sola manera de involucrarse en el lenguaje y es respetando y admirando su maravillosa electricidad, su gigantesco potencial de vida y de poesía, su capacidad de transformación de la realidad y de nosotros mismos”.

Ya en la antigua Grecia se condenaba al ostracismo a los que violaban la ley o instigaban a la violencia. La libertad de expresión, sagrado corazón de la democracia, tiene una limitación de acero, no incitar al odio y la violencia. 

No terminamos de aprender que los derechos humanos nacieron de las cenizas del nazismo para poner a salvo al ciudadano de la prepotencia del Estado. Pero no deben ser ni una idolatría ni un instrumento político. Mucho menos una herramienta de chantaje emocional, cuando su activismo se enrola mayoritariamente en los sectores de la izquierda que los capitalizan, pero no son los due­ños de la igualdad ni pueden convertirse en su nombre en gendarmes de la opinión ajena. Los derechos humanos no dependen de la ideología ni del sufrimiento de las vícti­mas, sino de una educación que encarne la igualdad como aspiración sin caer en la tentación de acallar las opiniones ni maniatar la libertad. Los problemas no se resuelven con enunciarlos. La paz no se decreta: se vive, se conquista y, como acción, depende de la voluntad de querer vivir juntos sin matarnos. 

La palabra “paz” en la Argentina está fuera del decir público, y los que la invocamos aparecemos como inge­nuos o principistas. La paz no es decadencia de las fuer­zas, sino paciencia. Es lo contrario a dejar que las situa­ciones se pudran. En términos personales, no representa un sentimiento que podamos describir, como la ira, la humillación o la vergüenza. Es lo más cercano a la sere­nidad que se siente cuando buscamos comprender, tender las manos, suavizar los corazones para evitar la furia y el miedo. ¿Cómo puede ser que a cuarenta años del golpe militar sigamos confundiendo “reconciliación” con “im­punidad a los represores”, y se continúe incitando al odio y la violencia en lugar del amor a las nuevas generaciones, que deben aprender a ser libres, autónomas y responsa­bles con su país para evitar que se inmolen en manos de los irresponsables que reescriben la historia, desempol­van falsos ritos y hacen política con nuestros muertos? Si además, como escribió Albert Camus, no somos seres que odien, no nos queda más remedio que ser justos. Y si el espíritu entendió que la violencia no se puede vencer con las armas, no es el odio el que hablará mañana, sino la justicia en persona, basada en la memoria. 

“El odio se combate rechazando su invitación al con­tagio”, aconseja la alemana Carolin Emcke, una de las in­telectuales europeas más interesantes de las nuevas gene­raciones, alarmada por el crecimiento de la intolerancia, el racismo, la discriminación, porque ella sabe que “la de­mocracia solo es posible si somos capaces de enfrentarnos al odio”. 

Otra palabra que eriza: “perdón”. Como ya se dijo, un sentimiento íntimo, personal, que no se debate pública­mente, a diferencia de la reconciliación, que es colectiva. El perdón no es a los represores, sino a nosotros mismos: para limpiar culpas, mentiras y silencios. Vivir en paz exi­ge conciencia y consenso, no uniformidad. Paz significa acuerdo. Necesitamos de un gran pacto democrático, no corporativo ni partidario, sino de toda la sociedad, para restituir lo que fue violado: la convivencia pacífica. Es necesario que hablemos, dialoguemos, argumentemos, persuadamos, ahora que estamos a tiempo, porque en el campo de batalla también mueren las palabras. 

Los idiomas son una fuente de vida. La democracia es una escuela de argumentación. El sistema de la palabra libre a la que todos tenemos derecho, sin que nos violen­ten ni nos impongan un decir. La democracia es el siste­ma de la palabra porque todos tenemos derecho a decir y expresar lo que pensamos. La contracara es que estemos dispuestos a oír las palabras de los otros, y respetarlas.

Creo no haber vivido con los oídos taponados ni con los ojos cerrados. Porque viví entre heridos, salvados o quebrados. Para evitar la ira que distorsiona el razona­miento, viví la muerte de mis dos hermanos y el sacrificio generacional como una inmolación. Ellos murieron para que nosotros descubriéramos el valor de la democracia, lo que ellos no tuvieron. Si callamos por miedo, prudencia o amor, el legado que dejemos no puede ser el silencio. Tampoco el grito.

 

☛ Título: Silencios

☛ Autor:  Norma Morandini

☛ Editorial: Sudamericana
 

Datos de la autora 

Norma Morandini nació en Córdoba, Argentina. Estudió Medicina, Psicología y Periodismo en la convulsionada universidad de los setenta.

Antes del golpe militar de 1976 se mudó a Buenos Aires, donde trabajó como periodista hasta que el secuestro de sus hermanos menores, Néstor y Cristina, la expulsó al exilio. 

Regresó con la democracia como periodista y escritora y fue también diputada y Senadora nacional.

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