DOMINGO
Los Estados Unidos de la novela de Clinton

Un país de no ficción

Con la ayuda del autor de best-sellers James Patterson, Bill Clinton publicó una novela en la que, tras una trama de suspenso, desgrana sus ideas sobre la actualidad de su país: hay ciberataques, el presidente ruso es de los malos, el clima político está envenenado, y se necesita control de armas y nuevas leyes de inmigración, entre otros temas.

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Arenga. El libro termina con un encendido discurso de un mandatario ficticio, que apenas esconde al verdadero, Bill, el esposo de Hillary. | AFP

Nuestra democracia no podrá sobrevivir a su actual deriva hacia el tribalismo, el extremismo y el resentimiento más furioso. En Estados Unidos vivimos hoy inmersos en un “nosotros contra ellos”. La política ha quedado reducida a un deporte sangriento. En consecuencia, no ha hecho sino aumentar nuestra disposición a creer lo peor sobre todo aquel que se encuentre fuera de nuestra burbuja, no ha hecho sino disminuir nuestra capacidad para resolver problemas y aprovechar las oportunidades.

Hay que hacer mejor las cosas. Tenemos nuestras sinceras diferencias. Necesitamos debates enérgicos. El escepticismo sano es bueno, nos impide ser demasiado ingenuos o demasiado cínicos. Pero resulta imposible preservar la democracia cuando se seca por completo el pozo de la confianza. Las libertades consagradas por la Declaración de Derechos y el sistema de pesos y contrapesos de nuestra Constitución fueron ideados para evitar las heridas autoinfligidas a las que nos enfrentamos hoy. Sin embargo, tal y como nuestra larga historia pone de manifiesto, la palabra escrita ha de ser aplicada por aquellos a los que se les encomienda el encargo de dotarla de vida en una nueva era. Así fue como los afroamericanos pasaron de la esclavitud a ser iguales ante la ley, y como partieron en el largo viaje hacia la igualdad de hecho, un trayecto que todos sabemos que no ha llegado aún a su fin. Lo mismo se puede decir de los derechos de la mujer, de los derechos de los trabajadores, de los inmigrantes, de los discapacitados, de las dificultades a la hora de definir y proteger la libertad religiosa y de garantizar la igualdad de las personas con independencia de su orientación o su identidad sexual.

Estas han sido unas batallas reñidas que se han librado en un terreno incierto y cambiante, y cada avance ha prendido la llama de una fuerte reacción por parte de aquellos cuyas creencias e intereses se ven amenazados.

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Hoy, los cambios se producen con tal rapidez y en medio de un vendaval de información y desinformación que nuestra propia identidad se ve puesta en entredicho.

¿Qué significa hoy en día ser estadounidense? Se trata de una pregunta que se responderá por sí sola si regresamos a aquello que nos ha traído hasta aquí: ampliar el círculo de oportunidades, profundizar en el significado de la libertad y fortalecer los vínculos de la comunidad. Reducir la definición del “ellos” y expandir la del “nosotros”. No dejar a nadie atrás, no dejar a nadie fuera, no menospreciar a nadie. Debemos regresar a esa misión, y debemos hacerlo tanto con energía como con humildad, conscientes de que nuestro tiempo es fugaz y nuestro poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar fines más nobles y más necesarios.

El sueño americano es válido cuando nuestra común condición humana pesa más que nuestras interesantes diferencias y cuando, juntas, éstas crean infinitas posibilidades.

Ese es el país por el que merece la pena luchar e incluso morir. Y lo que es más importante, es un país por el que merece la pena vivir y trabajar.

No he traicionado a nuestra nación ni he traicionado el deber que juré de defenderla y protegerla cuando he de-saparecido para luchar contra lo que hemos denominado “Edad Media” por el mismo motivo por el que no la traicioné cuando fui torturado como prisionero de guerra en Irak. No lo hice porque no pude. Amo demasiado a mi país, y quiero que Estados Unidos sea un país libre y próspero, pacífico y seguro, y que no cese de mejorar para las generaciones futuras.

Y no digo esto para alardear. Creo que la mayoría de ustedes, de haber estado en mi situación, habría hecho lo mismo. Espero que esa confianza sea suficiente para que afrontemos un nuevo inicio.

Compatriotas estadounidenses, acabamos de esquivar el mayor ataque al que nos hemos enfrentado desde la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos goza de una segunda oportunidad. No debemos desperdiciarla. Y solo juntos podremos sacarle el mayor partido.

Creo que deberíamos empezar por reformar y proteger nuestras elecciones. Todo ciudadano con derecho al voto debería poder ejercerlo sin incomodidades innecesarias, sin el temor de verse eliminado del censo o la preocupación de que unas máquinas que se pueden piratear en cinco o seis minutos no vayan a contar los votos de manera correcta. Y, allí donde sea posible, los distritos electorales nacionales y estatales deberían ser trazados por organismos ajenos a los partidos de manera que representen con mayor exactitud esa diversidad de opiniones e intereses que constituye uno de los grandes valores de nuestra nación. Pensemos en lo diferente que sería si fuéramos más allá de nuestras propias bases para representar a un espectro más amplio de opiniones e intereses. Aprenderíamos a escucharnos más los unos a los otros y a atacarnos menos.

Eso ayudaría a crear la confianza necesaria para hallar un lugar de encuentro de mayores dimensiones. Sobre esa base, podríamos incorporar la Norteamérica rural, la Norteamérica de los pueblos pequeños, la población de las áreas urbanas deprimidas y las comunidades de los pueblos nativos norteamericanos a una economía moderna: con una banda ancha asequible y agua sin plomo para todas nuestras familias; más energías limpias con unos puestos de trabajo repartidos por Estados Unidos de un modo más uniforme; unas bases imponibles fiscales que recompensen la inversión en las áreas subdesarrolladas y permitan que los ejecutivos y los grandes inversores ayuden a todo el mundo y no piensen solo en sí mismos.

Podríamos lograr una verdadera reforma de la inmigración, con una mejor seguridad en las fronteras, pero sin cerrarlas ante los que vienen buscando la seguridad o un futuro mejor para ellos y para sus familias. Nuestra tasa de natalidad apenas suple los decesos. Necesitamos a los que llegan de otros países y a los trabajadores, profesionales y emprendedores que crean nuevos negocios a un ritmo que dobla la media nacional.

Podríamos disponer de programas serios de formación y de apoyo a las fuerzas del orden y a los líderes de las comunidades con el fin de evitar la muerte injustificada de ciudadanos de a pie, para aumentar la seguridad de los agentes de policía y para reducir la delincuencia. Y unas leyes de control de armas que las aparten de las manos de aquellos que no deberían tenerlas, que reduzcan la cantidad casi inconcebible de asesinatos en masa y no dejen de proteger el derecho de poseer dichas armas para cazar, para los deportes de tiro o para la defensa personal.

Podríamos tener un verdadero debate sobre el cambio climático. ¿Quién tiene las mejores ideas para reducir la amenaza con más rapidez al tiempo que se crea la mayor cantidad de nuevos negocios y de empleos de calidad? Con los futuros avances en automatización e inteligencia artificial, serán muchos más los que necesitemos. Podríamos trabajar mucho más para poner freno a la crisis de los opiáceos, para desestigmatizarla, para educar a esa extremadamente elevada cantidad de personas que aún no saben que se pueden estar matando, y para asegurarnos de que todo ciudadano estadounidense tiene a poca distancia un tratamiento eficaz y accesible.

Y podríamos redistribuir nuestro gasto en defensa a imagen de la amenaza de los ciberataques, una amenaza enorme y en constante evolución, de manera que nuestras defensas sean insuperables y nos encontremos en posición de convencer a las demás naciones para que trabajen con nosotros con el fin de reducir los peligros allá donde se encuentren antes de que nos enfrentemos a otro Armaggedon. La próxima vez no seremos tan afortunados como para contar con dos jóvenes genios huidos que vengan a rescatarnos.

Pensemos en cuán gratificante sería si todos fuésemos a trabajar cada día preguntándonos: ¿a quién puedo ayudar hoy y cómo puedo hacerlo?, en vez de: ¿a quién puedo causar algún daño hoy y cuánta atención seré capaz de recibir por haberlo hecho?

Nuestros fundadores nos dejaron una responsabilidad eterna: la de formar una unión más perfecta. Y nos legaron un Estado con la suficiente solidez para preservar nuestras libertades y la suficiente flexibilidad para estar a la altura de cada nueva época. Estos dos dones nos han hecho avanzar mucho y con mucha fuerza. Debemos dejar de darlos por sentados, e incluso dejar de ponerlos en peligro con tal de obtener una fugaz ventaja. Antes de la noche pasada, la mayoría de nuestras heridas eran autoinfligidas, incluido nuestro retraso en ciberseguridad. Gracias a Dios, todavía tenemos ante nosotros un futuro pleno de posibilidades, y no el penoso deber de salir a rastras de la ruina. Se lo debemos a nuestros hijos, a nosotros mismos y a miles de millones de personas decentes en todo el mundo que aún desean que seamos una fuente de inspiración, un ejemplo y un amigo con el que sacar el mayor partido a esta segunda oportunidad.

Que esta noche se recuerde como la celebración del desastre que hemos evitado y de una nueva dedicación de nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor de formar nuestra unión, una unión más perfecta. Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América y a todos aquellos que lo consideran su hogar.

Muchas gracias. Y buenas noches.  

(...)

Tras el discurso, mis índices de popularidad subieron desde menos de un 30% hasta más del 80%. Sabía que no iba a durar, pero qué bien me sentó verme fuera de las mazmorras.

Recibí algunas críticas por utilizar el discurso para impulsar mi programa político, pero quería que los estadounidenses supieran lo que deseaba hacer por ellos y aun así abrir posibilidades para trabajar con los del otro lado.

El presidente de la Cámara ha colaborado a regañadientes. En el transcurso de dos semanas, las dos cámaras han aprobado con amplias mayorías una ley que exige unas elecciones más honestas, inclusivas y verificables y que cuenta con una partida económica para la transición a un sistema de voto que no se pueda piratear, empezando con las papeletas de papel de toda la vida. El resto del programa sigue pendiente, pero tengo la esperanza de que, con las concesiones y los incentivos apropiados, podremos sacar adelante muchas más cosas. Ha habido, incluso, algunos movimientos respecto a la prohibición de las armas de asalto y sobre una ley que establezca una comprobación de antecedentes penales verdaderamente exhaustiva (...)

La cobertura informativa de los medios generalistas, de derecha a izquierda, se ha vuelto más franca, no tanto a causa de mi discurso sino porque, al menos por ahora, los estadounidenses se están alejando de los medios extremistas hacia otros que les ofrecen más explicaciones y menos ataques personales.

Envié a alguien a ver al vagabundo, el veterano que conocí en la calle después de desaparecer. Ahora está en terapia de grupo y recibe ayuda para encontrar un trabajo decente y una vivienda asequible. Y parece que el Congreso apoyará un programa para reducir las muertes de ciudadanos de-sarmados, aumentar la seguridad de los agentes de policía y poner a las juntas vecinales a trabajar con las fuerzas del orden.

No sé qué nos deparará el futuro. Lo único que sé es que el país que yo amo ha recuperado la esperanza.

Al finalizar la Convención Constitucional de Filadelfia, un ciudadano le preguntó a Benjamin Franklin qué tipo de gobierno nos habían dado los fundadores, y él respondió: “Una república, si son ustedes capaces de conservarla”. Eso es un trabajo que ningún presidente puede hacer solo. A todos nosotros nos corresponde conservarla. Y llevarla a su máxima expresión.