ELOBSERVADOR
Literatura que retrata el horror

7 de octubre en primera persona

El libro Un día de octubre, disponible en Argentina a partir de la semana que viene, pone voz, cara, personalidad y pensamientos a quienes sufrieron en carne propia la masacre del 7 de octubre de 2023 en Israel.

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| AFP

Un día de octubre recopila relatos en primera persona de civiles que vivieron en carne propia la masacre del 7 de octubre de 2023 en Israel. Por los escritores Yair Agmon y Oriya Mevorach, aunque relatado por los protagonistas, el libro retrata a personas comunes que enfrentaron circunstancias aterradoras y eligieron ayudar, proteger y salvar vidas. La obra estará disponible a partir de la semana que viene en Argentina.

A continuación, fragmentos de algunas de las historias.

Sujeta la puerta, yo tengo a la niña. La historia de Shaylee Atary. Kibutz Kfar Aza.

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(…) “A las seis y media de la mañana siguiente nos despertamos con las sirenas de Alerta Roja y explosiones atronadoras. Nunca había escuchado tantas explosiones en mi vida. Yo seguía en una especie de estado meditativo, medio dormida, porque estaba esperando a que Shaya se despertara para darle su mamadera. Estaba en shock.

Corrí al refugio y Yahav ya estaba ahí; ya estaba cerrando la ventana y se disponía a cerrar la puerta. La ventana de nuestro refugio no cierra bien porque no tiene pestillo. Nuestra casa está en el barrio viejo, donde las casas son más antiguas y los refugios no cierran bien.

Poco después empezamos a recibir todos esos mensajes: se han infiltrado en el kibutz, cierren con llave, quédense en sus casas. Justo en ese instante, Yahav se da cuenta de que nuestro perro Buckley no está. Entonces me dice que va a buscarlo y le grito: “¡No vas a ir a buscarlo!”. Me daba miedo que saliera; no quería que lo mataran.

Pero no me hizo caso; salió nomás, buscó a Buckley y lo metió en el refugio. Buckley normalmente ladra mucho, pero se asustó con tantas explosiones y se quedó ahí, echado, en silencio.

Yo estaba muerta de miedo. Me puse a rezar y a llorar, a rezar y a llorar, y cuando Buckley vio que yo lloraba, se acercó y empezó a lamerme las lágrimas. Hasta el día de hoy, todavía me lame las lágrimas.

No pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a escuchar disparos. Primero, unos pocos. Y motos. Después oímos voces acercándose, voces cada vez más fuertes, gritos y risas, saludándose entre ellos: “Ta’al, ta’al”, “entra, entra”, en árabe.

Nos damos cuenta de que se acercan y comenzamos a comunicarnos con lenguaje de señas. Sin decir una palabra. Nos hicimos señas y llegamos a un acuerdo, apenas en susurros: “Sujeta la puerta, yo tengo a la niña”. No creímos que entrarían por la ventana; pensamos que entrarían a la casa e intentarían abrir la puerta desde su interior.

Entonces se abrió la reja metálica de la ventana. La forzaron y una luz brillante inundó la habitación. El refugio antes estaba oscuro, cerrado, y de golpe entró la luz del día. Una mano de terrorista tanteó dentro, una mano grande, aterradora. Los dos estábamos frente a la ventana. Yo estaba detrás de Yahav y Shaya estaba en mis brazos. No había tiempo; el terrorista ya estaba en la habitación, pero aun así Yahav se dio vuelta hacia mí para dedicarme una última mirada, brevísima.

No fue un adiós de verdad. Sólo me señaló con la cabeza que me fuera corriendo. Tenía los ojos en blanco, como si hubiera entendido que todo había terminado, que era el final.

Si pudiera describir con palabras lo que me dijo con esa mirada, sería algo así: “Perdón, amor”. Y después se giró de nuevo hacia la ventana, abrió la manija del vidrio y se enfrentó al terrorista para mantener cerrada la reja metálica. Lo último que recuerdo es cómo se le movía la pelvis mientras luchaba contra el terrorista. Era flaco, casi huesudo, y sus caderas se movían mientras peleaba. Ese es mi último recuerdo de él”.

Intenté ayudar todo lo que pude. La historia de Gali Eilon, 15 años. Kibutz Kfar Aza.

(…) “Después escuchamos un vidrio que se rompía, que estallaba dentro de la casa. Mi tía y mi tío estaban aferrando el picaporte de la puerta del refugio. Y del otro lado de la puerta escuchamos gente que entraba, gritos en árabe, pasos pesados y disparos, disparos dentro de nuestra casa. Sólo me arrastro debajo de la cama junto con mi prima Mika. Me escondo allí con la esperanza de que tal vez no me vean cuando entren a la habitación de seguridad. Y estoy temblando de miedo.

Después de unos minutos así, escuchamos los sonidos de disparos justo afuera, gritos, una batalla real, y el estruendo de los disparos es cada vez más fuerte. Hasta que se detienen.

Y entonces escuchamos voces en hebreo, voces de soldados. Los soldados golpean la puerta y dicen: “¡FDI, somos de la unidad Duvdevan!”. Y de repente sentí que podía respirar de nuevo. Ya no estamos solos. Los soldados están acá. Cuando se abrió la puerta, había un ruido tremendo de las radios de los soldados, me di cuenta de que no sabían dónde estaba el combate, dónde estaban los heridos, dónde estaban los terroristas. Y me di cuenta en ese momento de que no servía de nada seguir escondida debajo de la cama.

Entonces salí de la habitación de seguridad, me acerqué a los soldados y les dije: “Puedo ayudarlos”. Por alguna razón, era la única de mi familia que todavía tenía señal. Y los soldados aceptaron mi propuesta.

Así que escribí en el grupo de WhatsApp del kibutz: si hay terroristas donde están o si alguien está herido, ¡mándenme su ubicación! También mandé un audio y un soldado grabó otro audio presentándose, para que la gente supiera que podía confiar en nosotros, que él podía ayudar y que era seguro que mandaran información.

Entonces la gente empezó a mandarme actualizaciones sobre cada vez más heridos y cada vez más terroristas, y me puse a juntar toda la información. Les mandé a los soldados mapas del kibutz y les señalé dónde estaba pasando todo: dónde estaba el combate, dónde estaban los terroristas, dónde estaban los heridos. Los soldados pasaban toda la información a sus compañeros y ellos mandaban tropas para ayudar a los heridos.

Algunos mensajes eran brutales. Algunas personas escribían: “Me están disparando”, “¡me están quemando la casa!”. Había muchísimas víctimas. Pasé muchísimas ubicaciones. Intenté mandar a los soldados a los lugares en que hacían falta. Básicamente dirigieron toda la batalla por el kibutz desde la casa de mi abuela. Debo de haber estado sentada con ellos dos horas. Intenté ayudar todo lo que pude.

Un artículo que salió después dijo que yo era como una oficial de operaciones. En un momento dado, los soldados dijeron que debían marcharse a otro punto del kibutz y tuve miedo. Tuve muchísimo miedo de quedarme sola sin ellos y no queríamos por nada del mundo que se fueran, pero tampoco podíamos pedirles que se quedaran nomás con nosotros. Entonces volvimos a la habitación de seguridad, cerramos la puerta, la sostuvimos bien fuerte y esperamos que todo saliera bien. Se cortó la luz en el kibutz, el cuarto estaba oscuro, faltaba el aire y mi prima casi se desmaya. Y todo el tiempo yo seguía enviando mensajes a los soldados con actualizaciones y ubicaciones.

La historia de la ambulancia 54. Emanuel Sakat, Avi Gian y Avi Yudkowsky.

Llegamos a la entrada de Kfar Aza y ahí nos detenemos. Se siente la guerra. Se oyen explosiones tremendas. Sentimos que estamos en el campo de batalla.

No pasa ni un minuto y un auto sale a toda velocidad. El auto está despedazado, sin puerta, acribillado por las esquirlas. Frena a nuestro lado; desciende un comandante y empieza a sacar a los soldados: “Cubran a este, cubran a este; este va a la ambulancia; aquel necesita atención”. Y nosotros éramos la única ambulancia en el lugar; no había otra forma de evacuarlos, no había otros autos, nada. Así que subimos a todos los soldados heridos a la ambulancia y los trasladamos al cruce de Heletz.

Ya son las cuatro de la tarde. Gian ve ahí a Aaron, el director de Operaciones de Hatzalah, que coordina todos los equipos. Entonces se le acerca y le dice: “Aaron, necesito más ambulancias en la entrada de Kfar Aza, tengo muchos heridos; ¡necesito más ambulancias!”. Y todo el mundo sabe que Kfar Aza es una zona de combate activa en ese momento.

(...) Esos degenerados no creyeron que cada civil armado se iba a levantar y saldría a pelear. Hubo muchísima gente que hizo exactamente eso. Todos acudieron en masa. Los terroristas no contaban con que cada civil con un arma se lanzaría contra ellos; pensaron que todos iban a tener miedo.