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sábado 16 marzo, 2019

"Abro el grifo y sale agua, es increíble"

Ya son miles los venezolanos que ven al país vecino como destino para vivir mejor con sus familias. Las ONG's cumplen un papel crucial, porque son un puente entre estos migrantes y una nueva tierra.

por Pablo Cohen

Te doy mi mano. Espacios de juego y campañas que hacen sentir al recién llegado acompañado y que no está solo en otro suelo. Foto: Manos Veneguayas

El éxodo de proporciones catastróficas que ha provocado la dictadura de Maduro tiene su reflejo también en el Uruguay, donde en este momento hay casi 11 mil pedidos de residencia tramitados por venezolanos, a los que asisten dos organizaciones no gubernamentales que trabajan en forma voluntaria.

Así como han llegado de a miles a la Argentina, Chile, Brasil, Perú, Colombia o Ecuador, los venezolanos no dudan en recorrer, inclusive por tierra, miles de kilómetros hasta arribar al Uruguay, pese a las dudas que despierta en muchos el silencio de su presidente, Tabaré Vázquez, ante la crisis humanitaria de Venezuela.

Sin partidismo. Ante la llegada masiva de migrantes –no solo venezolanos, también dominicanos y cubanos– que creció en forma significativa desde 2009, dos ONG's, Idas y Vueltas, creada en 2004, y, sobre todo, Manos Veneguayas, creada en 2017, se ocupan de atender a la diáspora que ha provocado el chavismo.

Susana Novaro Oliver, presidenta de Idas y Vueltas, explica que la ONG se ocupa de recibir a buena parte de la masa de inmigrantes más vulnerables, a los que ayuda en tareas tan diversas como armar un currículum e insertarse en el mercado laboral, hasta conseguir la documentación necesaria para vivir en el país.

“Generalmente, los venezolanos tienen como primera acogida a Manos Veneguayas, pero pienso que, independientemente de la nacionalidad –y esto se manifiesta claramente en el caso cubano con las visas–, cada vez que un país coloca una barrera crea un problema, porque cuanto más alto las autoridades pongan los muros, más alto la gente los va a saltar”.

Abogada y escribana, Novaro separa el concepto de migrante del de refugiado, es decir de quien huye de una “persecución realizada por fuerzas estatales o por particulares con la aquiescencia del Estado”, y lamenta que hoy “se multipliquen los discursos populistas previos a la Segunda Guerra Mundial, a las fronteras territoriales y a la violación de los derechos humanos”.

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El alma en el mercado negro. Hija de uruguayos, Ana Victoria Corrales estudió durante 365 días la ruta que haría para escapar de Venezuela y llegar a Uruguay, y finalmente en 2017 emprendió el camino –parte del cual consistió en 700 kilómetros de rutas de tierra en medio de la selva amazónica– junto a su esposo, su hijo de cuatro años y el primo de su marido.

Hacerlo en avión le hubiera insumido todos sus ahorros, y por eso se decidió por el auto, una odisea que le llevó dos semanas y que, gracias a la nacionalidad de sus padres, le permitió activar la Ley de Retorno y traer el vehículo sin pagar impuestos de entrada.

Corrales, Licenciada en Trabajo Social por la Universidad Central de Venezuela, ya no es gerente de una empresa próspera en el país donde nació, pero está muy agradecida con Manos Veneguayas, que la ayudó a insertarse en el mercado como vendedora en una empresa importadora de Montevideo, a diferencia de su marido, Oscar, quien empezó trabajando aquí como ayudante en una fábrica de pinturas –cargando bolsas con mezclas químicas para obtener el producto final– y luego fue guardia de un supermercado durante un año, hasta que finalmente consiguió empleo en su área de especialidad, en la Fundación MIR, organización que se ocupa de ayudar a bebés sin hogar permanente.

Con alegría caribeña, no exenta de melancolía, recuerda su vida pasada. “Durante el último tiempo de mi empleo en Caracas, yo me sentaba con mi equipo de trabajo durante el receso, pero la situación era deprimente porque no había nada para almorzar y, si tenías arroz blanco, debías festejar. Mis compañeros estaban cada vez más flacos, mi sueldo pasó a ser de US$ 20 mensuales y yo fui vendiendo los pocos ahorros que había logrado durante 12 años para comprarle la leche a mi pequeño en el mercado negro”, declara.

“En un momento dije que, si seguíamos vendiendo nuestros ahorros, no íbamos a poder irnos, darle de comer a nuestro hijo ni ayudar al hijo de mi marido a cursar la universidad privada. Pero además, a mí no me tomaron en organismos del Estado por estar en una lista negra del gobierno, y dejamos de recibir las canastas familiares, que tienen comida necesaria pero no suficiente para que una familia promedio se alimente durante 15 días. Así que el cercenamiento de las libertades y la destrucción de la economía y del aparato productivo de Venezuela han sido totales”, afirma.

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Al contrastar esa vida con su presente, subraya que la calidad de vida en Uruguay es “increíble”. “Abro el grifo y sale agua, prendo la luz que, aunque cueste cara, funciona, y hay inseguridad, pero no desmedida. La vida ya no se me va en pensar cómo haré para comer, para bañar a mi niño o para respirar más libremente”, concluye.

Más que una ONG. Otra venezolana, Vanessa Sarmiento, es la directora de Manos Veneguayas, y revela que solo en Uruguay hay 11.600 residencias tramitadas por venezolanos. Su ONG fue fundada por nueve personas, pero hoy trabaja con cerca de 120 voluntarios.

Sarmiento acaba de cumplir 19 años viviendo en Uruguay y, pese a que asegura que la organización no se pronuncia en temas político-partidarios, se preocupa por asistir a los venezolanos que arriban con los detalles necesarios para normalizar totalmente su vida.

“La migración misma es una prueba fehaciente de lo que está sucediendo en Venezuela, donde las familias deben separarse para darles una vida normal a sus hijos, para vivir sin miedo y para tener tiempo libre y una salud y una educación mínimas que garanticen perspectivas de futuro. Por eso existen profesionales que dejaron todo lo que consiguieron como producto de su trabajo para empezar de cero”, explica.

Consultada en relación a los dramas más desesperanzadores que le ha tocado intervenir, responde: “Han sido tantos que, cuando aparece otro, uno no puede creer que sea más duro del que ya vio, aunque dentro de esa naturalización de situaciones extremas hubo una familia completa de 12 personas que vino hasta aquí en auto con una chica que estaba embarazada de ocho meses”.

La abogada especializada en propiedad intelectual explica que existen muchos venezolanos que habitan la parte andina, que emprenden la ruta a través de Colombia y que muchas veces se enfrentan a carreteras interminables donde son víctimas de robos y “se quedan sin nada”.

“La migración en Uruguay tiene mucha gente sobrecalificada, y aquí Cancillería garantiza un proceso ágil y gratuito mediante el cual se tramitan las residencias”, expresa.

Mientras destaca el trabajo de Idas y Vueltas y disecciona la emigración venezolana que llega a Argentina después de haber sido discriminada en Perú y en Ecuador, sostiene: “Todo el mundo tiene la esperanza de volver a su país, pero no se puede hacer magia”.

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Cómo “florecer lejos de casa”

Uruguay, tan solo un ejemplo. Ver y escuchar describir minuciosamente en Canal 4 los alcances del chavismo a la abogada y magíster en Educación Mayra Martínez, una monaguense de 33 años que trabajó como limpiadora y ahora es coordinadora del bachillerato extraedad en la escuela y colegio Elbio Fernández, fue un golpe duro hasta para los orientales más dogmáticos que desprecian la idea de la libertad siempre que no corra peligro la propia. Pero según el periodista Angel Arellano, fundador de Manos Veneguayas y Licenciado en Comunicación Política con una maestría en Ciencia Política de la Universidad Metropolitana de Caracas, los exiliados están repartidos por el mundo.

Coordinador del notable libro Florecer lejos de casa, testimonios de la diáspora venezolana, que editó la Fundación Konrad Adenauer y que fue presentado en Buenos Aires en la Universidad del CEMA y se puede descargar gratuitamente en el sitio web www.dialogopolitico.org, Arellano recuerda a PERFIL que los testimonios recogidos allí pertenecen a venezolanos que viven en toda América Latina, en Estados Unidos, España y Alemania. Si bien las historias varían de país en país, “todas tienen detrás el drama de la crisis, de la gente que tuvo que salir huyendo sin mayor planificación, vendiendo todo y empezando de cero”.

Para Arellano, “la gran diferencia entre éste y otros libros es que, además de que revela la totalidad de las estadísticas disponibles al momento de su publicación, muestra el costado humano de la tragedia a través de textos escritos por periodistas, intelectuales y periodistas consagrados que han tenido que emigrar, como Eduardo Sánchez Rugeles, Gisela Kozak y Héctor Torres”.

Que en el mundo actual la gauche divine no se inmute si un escritor laureado debe dejar Venezuela por sus ideas, que la derecha presuntamente democrática de Brasil vive a Bolsonaro como si fuera Churchill y que el universo de los negocios y las finanzas, a izquierda y derecha, se abrace a la dictadura comunista china, donde un premio Nobel de la Paz murió en la cárcel y donde cada día se violan masivamente los derechos humanos de la población, habla dolorosa, pero claramente sobre lo que Graham Greene llamaba el “factor humano”, dos palabras que más temprano que tarde serán antitéticas.


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