jueves 06 de octubre de 2022
ELOBSERVADOR a propósito de la secta de villa crespo

Cuando la religión se convierte en un arma

Mucho se ha dicho y escrito sobre religión; desde la filosofía, las ciencias sociales y las ciencias en su conjunto. La humanidad ha buscado a Dios desde infinidades de miradas y concepciones, con consecuencias, a veces positivas; otras, no tanto, desencadenando guerras… En fin, ya todos sabemos o tenemos algunas ideas acerca de este tema. Pero hoy nos toca abordarlo desde otro lugar, desde otra mirada: desde la criminología.

17-09-2022 02:17

En estos días, nuestro país se vio convulsionado con un caso, el de la Escuela de Yoga, una “secta” que, según fuimos testigos, detrás mostró una cara más oscura, la del horror, la de la trata de personas y la de la estafa. Entonces, vale preguntarnos ¿qué pasa cuando la religión se convierte en un arma?

Religión, iglesias y sectas. Una de las grandes preocupaciones humanas ha sido lo sagrado, la distinción entre sagrado y profano, la definición del dónde venimos y hacia dónde vamos. Para decirlo, en otros términos, el pensamiento de lo religioso: ese aspecto contenedor, pero, a la vez, secreto, inasequible completamente por el hombre; potente, como concepto. 

En sus luchas políticas contra el “Antiguo orden”, la Ilustración constituyó un corpus que, poco a poco, fue transformándose en lugares comunes contra la religión. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos y las intenciones, no murió con la Razón como algunos querían. Por el contrario, tomó nuevas formas, reformuló las existentes, adquirió nuevos cuerpos y nuevos sistemas de creencias.

Pero ¿cómo definir el fenómeno religioso? Desde el plano objetivo, desde la búsqueda de despojarnos de nuestros preconceptos, como dicen en el Equipo de Religión de la Universidad de Buenos Aires, nada nos da la certeza que haya extraterrestres iluminándonos como tampoco que sea Jesús el que nos brinde esa luz. Acercarse a las creencias religiosas, desde un punto de vista antropológico, desde el respeto hacia el otro, es saber que las propias convicciones son, justamente, propias. Ninguna está exenta de incertezas porque el conocimiento acabado es más una utopía que una meta.

Pues bien, en tanto fenómeno sociológico, se la ha definido de múltiples formas, desde las más críticas hasta las menos. En la antropología –disciplina en la que el estudio de lo religioso fue tan importante– ésta es parte constitutiva de lo cultural, de lo grupal y, también, de la persona. Un antropólogo reconocido, como lo es Clifford Geertz, la definía como sistema de símbolos que conecta estados anímicos y motivaciones con nociones generales acerca del mundo logrando legitimar a los primeros sobre la base de las segundas. En este sentido, religión es, al mismo tiempo, sistema de creencias como, también, sentimientos, emociones y motivaciones que las despiertan. Ello es lo que le da potencialidad al símbolo religioso.

Organización. Ahora bien, este conjunto de ideas, este universo simbólico se ancla en una organización; en una estructuración de las relaciones sociales que, con sus relaciones jerárquicas preestablecidas, sus cuerpos de funcionarios, con sus normas y rutinas, con sus rituales se define como burocracias (tal como la describió Max Weber). Un cuerpo “profesional”, encargado de hacer cumplir las normas de manera “objetiva”, con un modo centralizado del ejercicio del poder y el manejo de los recursos –tanto materiales como simbólicos–, y cuyas prácticas se traducen en conductas repetitivas (rutinas) y constantes a lo largo del tiempo.

Hoy podemos decir que este modelo es, por supuesto, un ideal al que aspiramos, aunque sabemos de sus falencias, de sus errores y desvíos. Burocracia es esta doble dimensión: una manera en que nos organizamos pero, también, es un proyecto “objetivista” que nos imaginamos y buscamos crear; es, al mismo tiempo, un modo de coordinar las conductas como también una suerte de ideología de gestión.

Así, una iglesia supone una burocracia. Es un conjunto de creencias religiosas traducidas e insertas en una forma de organización burocrática en la que se busca, pues, crear la idea de “objetividad” e impersonalidad de sus prácticas, a través de estos mecanismos de estructuración –normas, roles, etc. Ello no está libre de tensiones y conflictos; de debates, de matices ideológicos, grupos, etc. traducidas, muchas veces, en fracturas. 

En su combate contra las heterodoxias, la Iglesia Católica las catalogó bajo el concepto de secta. Este término viene del latín, sectae, que supone separar, cortar de un tronco común. Por ello, emerge, justamente, para explicar, describir o, en sus inicios, perseguir estas disidencias; así nació adquiriendo un matiz peyorativo. En nuestros días, suele extenderse para definir otros movimientos religiosos, otras formas de lo religioso, que se oponen a las iglesias tradicionales. 

Estas otras formas reflotan constantemente en nuestras sociedades: creencias dispersas, amorfas, estructuras simbólicas fragmentadas desperdigadas en nuestra cultura: enunciados (símbolos) de religiones –en algunos casos, de oriente– insertas en otros contextos interpretativos; espiritualización del pensamiento científico, para citar otros ejemplos, en lo que se ha dado en llamar cultos OVNIs o religiones platillistas, baste mencionar que un excelente trabajo sobre esta temática es de Alejandro Otamendi bajo la dirección de Pablo Wright, del Equipo de la UBA). Así, fragmentos discursivos religiosos (enunciados y símbolos) son partes de nuestro acervo cultural.

A veces, logran objetivarse, van adquiriendo cuerpo y forma a través de grupos; se plasman, de alguna manera, en creencias con cierta unidad, cierta coherencia, estructura; se conforman grupos más chicos, con características específicas, a las que denominaremos sectas. Éstas son, desde este punto de vista, movimientos liderados por un líder carismático, al que sus seguidores le asignan una cualidad extraordinaria (ver Max Weber). Es esta cualidad, este elemento, uno de los aspectos centrales de lo que podríamos llamar secta.

Distinciones. Pero iglesia y secta no se distinguen por su organización, por la estructura burocrática. Si bien el carisma emerge espontáneamente debe validarse continuamente para sostener al líder; va rutinizándose conformando un cuadro, semejante al burocrático, aunque con algunas particularidades. Por ejemplo, la convicción de la objetividad del tipo ideal burocrático es enajenada por la objetividad definida por el líder. Así, estos grupos se organizan en una suerte de organización burocrática, aunque combinado con la relación con uno o varios líderes carismáticos. 

Asimismo, otro aspecto diferencial entre ambas está vinculado a su extensión, a su universalismo. Estos grupos más pequeños, aun teniendo intenciones de captación, el ingreso y aceptación se ve envuelto en un proceso ritual, que exige fuerte compromiso del cooptado. Mantener y contener sus contornos y, a través de ello, el control del líder sobre sus seguidores es central. Así, la segregación del grupo, la separación del creyente de sus antiguos lazos sociales es uno de los requisitos de su constitución. En su libro, Laura Quiñones Urquiza, experta en perfilamiento criminal argentina, muestra cómo este aislamiento es importante en la consolidación del grupo. Para ello, es necesario un férreo control social. Ello se consigue mediante distintas tácticas que son cotidianas, organizadoras del pensamiento, de las rutinas buscando, al mismo tiempo cohesionar al grupo, pero, también, evitar su apartamiento y segregación.

Una de ellas es la construcción de la identidad. Todo grupo social supone la configuración de una idea de comunidad, de un nosotros/ellos; la elaboración simbólica de esta clasificación del universo social. No obstante, aquí, es una potente herramienta de segregación, de profundizar la escisión del sujeto-creyente de su matriz social en la que estaba inserto. En tanto tal, esta mirada conforma una suerte de instrumento político y de cohesión interna; recordemos: motivaciones y estados anímicos vinculados nociones generales del mundo. 

Otras de ellas es la extensión de lo religioso a todos los planos de la vida de la persona. El creyente, poco a poco, es insertado en un conjunto de prácticas, rutinas, actividades, que colman todo su tiempo. Su inserción le demanda más y más compromiso en términos de actividades y de relaciones con otros. Inundan la matriz relacional de la persona hasta saturarlo; así lo aíslan de su entorno familiar, de amistades y allegados. Es este aislacionismo otras de las diferencias entre iglesias y sectas. 

Todo ello está acompañado por la reconstrucción y el uso del lenguaje. Palabras contenedoras, metáforas y metonimias que reemplazan términos más oscuros –como muerte, dolor, control, etc.– son instrumentos para suavizar relatos y cooptar adeptos; ideas comunes o clichés, para desactivar la crítica y el cuestionamiento (ver las investigaciones de Amanda Montell, sobre estas cuestiones). Estos son, pues, parte de sus recursos y tácticas, para la nueva configuración de las creencias.

Contenido. En la conformación del contenido, se requiere capacidad de construir discursos sociales que toque fibras sensibles de otras personas. Claude Levi Strauss, influyente antropólogo estructuralista, hablaba del bricoleur; un personaje capaz de producir contenido con restos de elementos hallados; capaz de generar algo diferente con el reciclado de elementos hallados. Traspolándolo al plano del pensamiento, dirá este autor, el bricoleur construye estructuras nuevas a partir de la fragmentación de otras preexistentes. Esto es lo que describe la actividad del líder carismático: logra, a partir de creencias e ideologías, articularlas de manera tal de conformar nuevas formas de pensamiento, nuevas clasificaciones de lo real; apuntando, por supuesto, a la segregación de “lo nuevo” de “lo viejo”. 

Es como si creando nuevas formas, buscara cuestionar y desechar lo anterior, insertándolo en el plano de lo negativo, lo malo. De esta manera, su triunfo es el atractivo de este nuevo discurso, lo poderoso de sus sentidos y definiciones. Su éxito es integrar fragmentos discursivos dispersos integrados en nuevas lógicas conformando poderosas identidades sociales.

Para citar algunos ejemplos, el amor libre y la religiosidad fueron los temas de Los Niños de Dios, cuyo líder, David Berg o Moisés David –como se hacía llamar– construyó una doctrina basada en ellos y, de esta manera, usó lo religioso para la legitimación de la prostitución. Esoterismo, conceptos desagregados de la ciencia y espiritualidad es la creación de Herff Applewhite –líder de Heaven’s Gate–, que terminó en un suicidio masivo. Contracultura, racismo y sexo libre con la noción de familia son los condimentos propios de Charles Manson. Cristianismo, islamismo y zoroastrismo, combinado con y el poder del sexo son los ingredientes del movimiento de las Escuelas del Cuarto Camino de Gurdjieff y Ouspensky, de la que la Escuela de Yoga de Buenos Aires es heredera directa. De este modo, la combinación de estos fragmentos y la construcción de un caleidoscopio único, con cierta coherencia es, pues, la herramienta de estos líderes.

En definitiva, lenguaje, identidad, prácticas, organización carismática y contenido simbólico son los elementos capaces de configurar estos grupos y segregarlos; mantenerlos al margen; separar a los sujetos de sus lazos sociales logrando colonizar sus convicciones.

Pues bien, es necesario distinguir lo que podríamos llamar movimiento religioso del de secta. La construcción de nuevas formas de comprender el mundo, de nuevas sacralidades, de nuevas convicciones sobre lo real, sobre el origen del universo, etc., no es necesariamente peligroso. Son respuestas o ideas que el hombre crea en el devenir histórico, con nuevos saberes y nuevas convicciones; es la búsqueda incesante –desde un plano más filosófico– de la trascendencia y la comprensión cabal del universo.

El peligro surge cuando éstas convergen bajo la órbita de una relación carismática, cuando uno, el líder, es el constructor de esta nueva sacralidad, es incuestionable y adquiere ese carácter único, centralizador de la producción de las creencias. En este sentido, y solo en este sentido es que asociamos secta a la peligrosidad. 

Sobre sus líderes y los creyentes. Pues bien, surge la pregunta: ¿cómo emerge esta relación, este tipo de vínculo entre líder-creyente? Y, más importante aún, ¿cómo se convierte la religión en un arma?

Cuando se habla de este tipo de líderes, muchas veces suelen aplicarse categorías psicopatológicas –tales como paranoicos expansivos, psicópatas, etc.–; se busca comprender lo irracional, el lado oscuro, utilizando nociones patológicas. Sin embargo, proponemos centrarnos en la normalidad, en la capacidad o condiciones normales, que le dan la atracción y la consolidación del vínculo; en cómo pueden captar la atención de su público y construir este tipo de liderazgo religioso.

Muchos de ellos, en sus historias de vida previas, fueron sumamente retraídos, introspectivos, con cierto aislamiento propio y reflexivo; que le permitió configurar su credo, observando fragmentos discursivos que, al mismo tiempo, interpelan necesidades simbólicas en sus contextos. Presentan, también, en sus primeros momentos hay cierta autosuficiencia, en tanto son marginales de su entorno, mirándolo críticamente. En alguna medida, cierto radicalismo o características de librepensador, solitario y al margen de los grandes relatos que lo rodean. En otras palabras, son personas sumamente inteligentes, con habilidades intelectuales amplias y gran capacidad creativa.

También muestran, desde temprano, cierta inestabilidad emocional en sus historias personales, encubiertas o relegadas por su timidez. En términos de su desarrollo evolutivo, muchos de ellos mostraron traspasar elevados niveles narcisistas, es decir, excesivo sentimiento de superioridad. Aspecto que, con el devenir de su accionar, con la construcción del grupo coadyuva en la consolidación de su carisma. Su habilidad intelectual deviene, pues, en capacidad para la conformación de un sistema de control férreo sobre el grupo; se va transformando en un sujeto mucho más hábil socialmente que lo era anteriormente, logrando ejercer el poder. Su radicalismo inicial deviene, por otra parte, en abierta oposición a sus contextos, pero en conservadurismo de sus propias ideas. De este modo, se va transformando en un líder autoritario.

En cuanto a las víctimas, es decir, los seguidores, su variabilidad y motivos para acercarse a este tipo de grupos es más profunda. Suele pensarse que son sumamente vulnerables, con cierta inocencia, propensas a caer en estas trampas. Pues bien, en muchos casos son las situaciones, las experiencias vividas las que nos conducen o nos impulsan a aceptar ciertas creencias. No hay que olvidarse que el nazismo convenció a una amplia mayoría de la población alemana.

Por lo que para repensar las categorías victimales, es conveniente pensar en los contextos sociales y situacionales –experiencias vividas– de las personas al momento de encontrarse con los líderes carismáticos. En términos generales, suelen atravesar momentos transicionales, de cuestionamiento, de duda sobre lo que lo rodea y sobre su contexto. Aún aquellos más extrovertidos, menos reflexivos y más impulsivos, se ven inmersos –por cuestiones vividas en un momento determinado– a ensimismarse, en mirar para adentro y, en alguna medida, replantearse sus creencias. Las crisis de crecimiento, identificadas por la psicología del desarrollo, pueden ser momentos claves, de suma debilidad y más propensos a abrirse a este tipo de experiencias. El sujeto se encuentra en situaciones de reconfigurarse y es a través de esta nueva oferta, nuevas creencias, en las que encuentran respuestas a sus crisis.

En algunas oportunidades, esas víctimas logran transfigurarse, se insertan en la nueva trama, se la apropian de modo tan profundo que, poco a poco, se transforman ellos mismos en victimarios. Este nuevo sistema de creencias, para decirlo en términos foucaultianos, penetra sus cuerpos haciéndoles perder otros patrones de referencia y solo asumiendo el creado dentro del grupo. En estos escenarios, cuando se adquiere tanto éxito, son las propias víctimas, transformados en victimarios, los que operan los mecanismos de control social del grupo.

Ello ocurre, también, porque en su crecimiento al interior del grupo, estas personas obtienen beneficios, prebendas, espacios de poder que suele estimular el accionar humano. No son solo las convicciones las que operan sino, también, sus propios intereses personales que, ocultados en la trama religiosa, los sitúa en ámbitos de privilegios. En su consolidación, en la formación de sus cuadros, se traza una jerarquía social que, a su vez, se constituye en el eje del ascenso del creyente; en la motivación que mueve su conducta.

En la Escuela de Yoga de Buenos Aires, para volver a nuestra referencia más cercana, la clasificación de los hombres –siete grupos, los tres primeros serían solo hombres (el afuera); los cuatro restantes requieren pasar por la Escuela como método de superación. En esta lógica, en una especie de neosocialización, el sujeto busca su crecimiento en los nuevos parámetros establecidos y es allí, también, donde va asumiendo más responsabilidades.

De este modo, el grupo se constituye como el eje estructurante de la vida del sujeto, su razón de vivir y de crecer y, allí, se ve atrapado en la trama; en la misma telaraña que él mismo coadyuva a reproducir y a beneficiarse. 

A modo de reflexión final. Algunos autores, como José Miceli, antropólogo argentino dedicado a este tema, distinguen entre sectas peligrosas y otras que no lo son. En cierto sentido, vale la pena esta separación en tanto y en cuanto el peligro está dado, como dijimos previamente, por la comisión de un delito. Así, lo conflictivo aparece cuando el grupo se desprende del marco normativo, o para decirlo en otros términos, del estado de derecho; cuando el líder es el único interpretador de la relación con ese afuera, con su entorno, y con las normas; allí es cuando la peligrosidad se concreta. 

Pues bien, a modo de síntesis y volviendo a la pregunta inicial, ¿en qué momento la religión se torna en un arma, con capacidad para delinquir? En el momento de consolidación de estos grupos, en la profundización de su segregación y cuando esa estructura traspasa los límites del marco normativo imperante; cuando pierde su sentido de referencia universalista; cuando lo singular se impone sobre lo universal y, al mismo tiempo, en un doble juego, el sujeto, la persona, pierde frente a este microcosmos, al grupo. 

Es ahí donde la religión pasa a ser un instrumento delictual, capaz de guiar a sus seguidores a transgredir las leyes y los derechos universales, en pos de un supuesto valor superior. En tanto se cede a una –o unas pocas personas– la definición de todos los valores y la resignificación del estado de derecho; y se concreta, se criminaliza, cuando efectivamente comete estos hechos en abierta oposición al estado de derecho. 

Finalmente, y desde la perspectiva de la investigación criminal, su abordaje requiere una mirada integral y profunda. Como dijimos, el grupo contiene sus nociones, sus significados; una lectura contextualizada de su producción llevaría a entender sentidos ocultos, las metáforas que encubren hechos delictivos. Asimismo, penetrar la organización, comprender los roles, los niveles de compromisos son, también, elementos importantes para ver claramente sus niveles de responsabilidad.

*Licenciado en Antropología y profesor de la Licenciatura en Criminología y Seguridad de la Universidad Siglo 21.

En esta Nota