ELOBSERVADOR
Feminismo

El movimiento social más importante de América Latina

Abordar a fondo la temática de las desigualdades que enfrentan las mujeres en la región debe considerarse una prioridad fundamental.

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Equidad. Es importante reconocer los avances de los últimos cincuenta años, pero no ignorar el brutal retroceso de la pandemia. | cedoc

El mes de marzo es siempre un período del año oportuno para visibilizar lo que debe ser una prioridad cada día del año y abordar a fondo la temática de las desigualdades que enfrentan las mujeres en América Latina y el Caribe. La igualdad de género es un tema central que adquiere cada vez mayor relevancia y que ocupa la centralidad que merece a la hora de resaltar las distintas dimensiones de la autonomía de las mujeres.

Autonomía económica, en primer lugar, que tiene que ver con toda la inserción de nosotras las mujeres en el mercado de trabajo, en la generación de ingresos, en la posibilidad de tener ingresos propios y de no depender económicamente de nadie. Y también dentro de esa dimensión económica, aquellos elementos que son los que generalmente impiden la participación plena de las mujeres en la vida económica, social y política, como por ejemplo el trabajo no remunerado y los cuidados.

Autonomía económica entonces en términos de lo planteado, pero también la autonomía de la toma de decisiones, en concreto la posibilidad de que las mujeres estemos en los espacios donde se toman las decisiones a nivel global, nacional y local en todos los ámbitos. Por supuesto en la participación política, pero no solamente en los sindicatos, en las empresas, en los movimientos sociales, en todos los lugares que se toman decisiones.

Y esta autonomía en la toma de decisiones también se relaciona con otro concepto, sin dudas muy importante, que es el de descomponer la idea de equidad en tres equi”: la equifonía, la equivalencia y la equipotencia. Obviamente, la equivalencia refiere a la autonomía económica; la equifonía y la equipotencia refieren a la autonomía en la toma de decisiones, que pasa por compartir los espacios de toma de decisiones, pero también por la equifonía, porque las voces de nosotras las mujeres no solo tengan lugar en todos lados y sean escuchadas, respetadas y tomadas en cuenta. Porque muchas veces sabemos lo que pasa cuando hablamos las mujeres en distintos espacios.

Entonces autonomía económica, autonomía en la toma de decisiones, pero también –y no menos importante– autonomía física, porque refiere justamente a dos grandes elementos: a todo el capítulo de los derechos sexuales y reproductivos a partir de las aprobaciones recientes en América Latina de la interrupción voluntaria del embarazo en Colombia y en la Argentina, pero también refiere a la violencia basada en género. Me animo a decir que si hay algo que es común a todos los países de América Latina y el Caribe, es el tema de la violencia hacia las mujeres que ocupa los primeros lugares en la agenda pública de género, en la agenda de preocupación. Es una lamentable constante en todos nuestros países y las formas de expresión son muchas, hasta la más dramática, que es el feminicidio. Lamentablemente es también una regularidad, son formas brutales y tremendas de expresión del patriarcado y de la dominación de los varones hacia las mujeres en nuestra sociedad.

Preocupa también cómo han ganado lugar en los distintos países de América Latina y el Caribe discursos conservadores, al extremo que proclaman a viva voz el antifeminismo y el invento absoluto de la ideología de género, para contrarrestar lo que ha sido el movimiento social más importante de nuestra región en los últimos años: el movimiento feminista. Y expresión de esto es, por ejemplo, la famosa Marea Verde que se ha extendido no solo en nuestro continente, sino también fuera de él.

Sin dudas, todos esos temas son luces y sombras. Tenemos que reconocer los avances que han ocurrido en los últimos cincuenta años, los cuales también están muy empañados por los retrocesos brutales que implicaron los años de pandemia en la situación desde todo punto de vista de las mujeres en América Latina y el Caribe y han desnudado como nunca antes las desigualdades en el terreno de los cuidados.

En general, podemos decir que hay una serie de transformaciones sociales y demográficas que están ocurriendo en nuestros países que ponen en tensión los viejos arreglos de cuidado que implicaban en la casa una mujer que asume las tareas y que no participa o no participaba generalmente del mercado de trabajo. Eso se pone en tensión con las transformaciones sociales y demográficas que llevan primero a que la población económicamente activa femenina crezca y crezca. Hoy en día no es una excepción la participación femenina en el mercado de trabajo, sino todo lo contrario. También las transformaciones en lo que han sido las pautas reproductivas, las familias tienen menos hijos, los hogares son más pequeños, la tasa de divorcio más alta. Es decir, hay una serie de transformaciones asociadas a lo demográfico que tensionan esos viejos acuerdos o arreglos de cuidados. Y por otro lado también hubo un trabajo muy sostenido desde la academia, desde el movimiento de mujeres, en plantear que este es uno de los nudos centrales de la desigualdad de género. Si queremos realmente construir relaciones igualitarias entre varones y mujeres, así como se redistribuyó lo público, más o menos, con mayor equidad o menor equidad, pero hubo una redistribución en el mundo de lo público y un cambio de funciones, se tiene que redistribuir el mundo de lo privado. No se puede pretender que las mujeres sigamos sosteniendo la actividad del mundo reproductivo y además participar del mundo productivo.

En lo que hay que tener mucho cuidado es que todos los planteos o perspectivas en el campo de la política pública, cuando se incorporan efectivamente, no terminen diluyéndose. Porque muchos temas –el aborto, los cuidados, la violencia basada en género– llegan de la mano de la agenda feminista a la agenda de la política pública pero después, cuando se empieza a articular, a formular la política pública, participan actores con distintos intereses y representantes de distintos sectores, y muchas veces los contenidos propios del feminismo, de la agenda de género, se diluyen y pierden relevancia.

Hay riesgos o tensiones desde distintos sectores del campo de la política pública o del campo de lo institucional a nivel de las instituciones del Estado. Por ello, soy de la opinión de que tienen que existir mecanismos de acción en el Estado a favor de las mujeres, ministerios o como se llamen en los distintos países. No solo tienen que existir, además tienen que ser un campo privilegiado de acción, dotado de recursos, para plantear con mucha claridad cuál es la estrategia o los intereses para hacer avanzar la igualdad entre varones y mujeres. Son un mecanismo muy necesario y que tiene que estar jerarquizado.

En definitiva, recordemos este 8 de marzo y todos los días del año la importancia central de la igualdad de género para avanzar hacia sociedades más justas, democráticas e inclusivas.

*Directora ejecutiva de Clacso. Profesora titular de la Universidad de la República, Uruguay.