ELOBSERVADOR
Gran Hermano

El ojo que todo lo ve

Confesionario en TV abierta. Autorregulación de la conducta. Voyerismo. Identificación. Estructuras de poder. Panóptico, vigilar y castigar. La vida misma. “Gran Hermano” es un éxito en todo el mundo. Sociólogos explican por qué engancha tanto y cuáles son las estructuras invisibles que se ponen en juego en los participantes que son vistos las 24 horas del día.

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Veinte desconocidos ingresan voluntariamente a una casa en la que son grabados las 24 horas del día, en cada instante y en cada espacio, mientras duermen o comen, durante, en el caso de los finalistas, seis meses.

Los participantes no tienen contacto alguno con el exterior y relegan su privacidad, tanto dentro como fuera de la casa: en el aislamiento televisivo no solamente desnudarán sus personalidades y pelarán sus capas con el pasar de los meses, sino que el público, desde afuera, y con el poder de las redes sociales, se encargará de averiguar cada detalle íntimo de la vida de los “hermanitos”, aun esas historias que los participantes no deciden revelar durante su estadía.

Al salir de la casa, los espera una fama descomunal: son ídolos y tapa de revista. Un taxista pasa a trabajar en los medios (Juan Reverdito), una trabajadora sexual abandona la pobreza (Viviana Colmenero), un joven desconocido de Salta se vuelve un sex symbol (Marcos Ginocchio), un exconvicto se vuelve adorado (Diego Leonardi), una actriz que ha trabajado desde pequeña surfeando castings por fin consigue su protagónico con “Avenida Corrientes” (Julieta Poggio) y un timbero en recuperación se vuelve el mayor estratega del juego (Cristian U).

Los participantes no solo se hacen famosos en Argentina, sino también en Chile y Uruguay, donde ven el programa. Mientras tanto, el público enloquece: crea una simbiosis con los personajes digna de ser estudiada. El televidente siente que conoce como a un amigo a aquellos que ve interactuar, hacerse amigos, pelearse, enamorarse y traicionarse durante semanas.  

El programa no solo cuenta con una transmisión diaria, sino que se pueden ver las cámaras de la casa en cualquier horario del día: el televidente puede verlo todo, no hay sensación de que algo está siendo ocultado. El público es, además, parte del programa: con su voto premia o castiga el comportamiento de los jugadores.

Los participantes hacen un doble juego: adentro y afuera. Por un lado, está la relación con sus compañeros y competidores; por el otro, la tarea más difícil y necesaria: ganarse el amor del público. Es que uno puede sobrevivir sin ser nominado por sus compañeros, pero jamás ganará de esa forma. En cambio, el participante adorado por el público puede estar en riesgo cada semana, pero el público lo salvará, porque lo aprecia.

“Gran Hermano” es un éxito en más de setenta países, que van desde Tanzania, hasta Albania, pasando por Australia, Bélgica, Serbia, China, España, Estados Unidos, Israel o la India, entre tantos otros. ¿Por qué nos atrapa tanto?

La vida misma. La final de “Gran Hermano” 2022 logró un pico de rating de 30,88 puntos, y un promedio de 28,46, demostrando que la televisión sigue más viva que nunca. El programa volvió a emitirse después de seis años, creando toda una nueva camada de celebridades.

Silvina Luna, Gastón Trezeguet, Floppy Tesouro y Ximena Capristo, que se casó con su compañero de casa, Gustavo Conti, son algunos de los famosos que surgieron del formato. Otro caso de una familia formada por el reality es el de Daniela Celis y Thiago Medina, que recientemente tuvieron gemelas. Con romances de televisión convertidos en realidad, la pregunta que cabe hacerse es: ¿”Gran Hermano” refleja la vida misma?

“El encierro voluntario hace que cambien las actitudes: no me comporto como soy, sino que es la construcción de un personaje, porque los jugadores saben que están siendo observados. Uno no actúa de manera desinteresada, sino que, justamente, actúa. Es un espectáculo, un juego para ganar algo; fama, por ejemplo. La existencia pasa por mostrarse”, responde la profesora de Sociología Cristina González Bordón.

“Se ven dinámicas de poder en una convivencia forzada bajo constante vigilancia en la que se reflejan los aspectos más crudos de la interacción social; desde la formación de alianzas hasta la gestión de la intimidad. Esto no solo satisface la curiosidad del público, sino que también sirve como un espejo que amplifica las relaciones sociales en el mundo real: observamos una maqueta de la sociedad”, señala el sociólogo Alfredo Chaumer.

“Mediante la autorregulación, es evidente que los participantes modifican su comportamiento, así como lo hacemos todos en una cena o un evento social. Los participantes son conscientes de la presencia de las cámaras y modifican sus interacciones sociales para congraciarse con el público. Lo que el televidente ve es una versión filtrada y amplificada de la realidad, diseñada, no solo para reflejar a la sociedad, sino para atraer audiencias”, añade Chaumer.

“No es el encierro lo que define la particularidad de ”Gran Hermano”, sino el control que los telespectadores ejercen sobre los participantes. Esto es lo que más preocupa a los jugadores: no saber cómo sus actitudes y experiencias dentro de la casa son interpretadas por quienes los observan. Saber jugar a “Gran Hermano” consiste en interpretar los deseos, los juicios de valor, las expectativas de la audiencia y amoldar las conductas propias a dichas determinaciones”, escribió el doctor en Ciencias Sociales Luis García Fanlo en su texto “Un análisis sociológico del reality show ‘Gran Hermano 4’” (2009).

“Lo que ocurre dentro de la casa es real, no está guionado y los participantes no son actores, sino individuos ‘comunes y corrientes’, pero lo que transmiten las cámaras es un simulacro de realidad ya que lo que se ve por el televisor es el producto de la selección que realiza el equipo de producción”, dice Fanlo en su trabajo.

El confesionario. El “Gran Hermano” aparece como un todopoderoso: lo ve y lo escucha todo. Y el confesionario, de nombre religioso, es donde los participantes revelan sus intimidades al todopoderoso.

“Es una confesión vox populi. Se usa el nombre de ‘confesionario’ simulando la confesión religiosa donde un sacerdote escucha los pecados. Los participantes, a pesar de estar en un ambiente de constante observación, buscan el confesionario como un lugar de escape, un santuario para expresar pensamientos y emociones ‘en privado’ que, paradójicamente, será consumido por el público. Es un reflejo más de la necesidad de convertir al público en alguien que todo lo juzga”, afirma Chaumer.

Cada semana, los “hermanitos” se acercan al confesionario para nominar: un espacio pequeño, cerrado y aislado del resto de la casa, donde se tiene conexión directa con el “Gran Hermano” (la voz, el dueño de la casa) y con el público. Además de votar a los participantes que quieren que enfrenten la cuerda floja con el público durante la semana, durante todo el día y a cualquier hora, los participantes pueden acercarse a hablar con “Gran Hermano”: a modo de contención emocional o como estrategia para ganarse al público o darse a conocer.

“En el confesionario pueden hablar con el ser superior, el omnipotente e invisible. Es un lugar en el que confesar las debilidades y angustias”, indica Bordón.

Irónicamente, ese lugar “privado” es, justamente, lo que más se ve en las galas de nominación. Pero, a la vez, es la única parte de la casa a la que el público no puede acceder con las cámaras siempre disponibles, sino que solamente se puede ver su contenido en la gala central.

El panóptico. Irónicamente, mientras los jugadores no ven a nadie más que a ellos mismos durante meses, todo el mundo los ve. Es ser visto sin ver. “Suele argumentarse que ‘Gran Hermano’ es un panóptico en el sentido foucaultiano (...). Un panóptico es un dispositivo de encierro que permite a unos pocos observar y vigilar a muchos sin que estos puedan reconocer si efectivamente están o no siendo observados”, escribió Fanlo. Un ejemplo clásico de este dispositivo puede ser la cárcel, o, incluso, un patio de escuela. Un pequeño dato que notar: como los presos, los participantes de “Gran Hermano” también están aislados, salvando las obvias diferencias.

“El reality show es un formato televisivo cuyas condiciones de aparición están íntimamente ligadas a los profundos cambios operados en nuestras sociedades entre finales del siglo XX y principios del XXI que han sido conceptualizados como el pasaje de una sociedad disciplinaria a una sociedad de control”, apuntó Fanlo en su texto.

En el panóptico, los vigilados no saben cuándo están siendo observados, porque no pueden ver en qué momento el vigilante los observa desde su torre de control. De esta manera, el objetivo de la vigilancia puede lograrse con éxito sin realizarse literalmente: los observados autorregulan su conducta, como también lo hacen los participantes de “Gran Hermano”, y ‘se portan bien’ en todo momento, por las dudas, por si justo en ese instante están siendo observados, por el maestro, por el carcelero, el jefe, o, en este caso, el público de ‘Gran Hermano’. Esta teoría es del sociólogo Michel Foucault y se puede leer en su mítico texto “Vigilar y castigar”.

Sin embargo, “las condiciones que definen el encierro en la casa son precisamente las inversas (a un panóptico), ya que cada participante puede hacer lo que quiera, cuando quiera, y cómo quiera dentro de las mínimas reglas de convivencia”, apuntó Fanlo.

“La gracia es que en ‘Gran Hermano’ el público está mirando –o vigilando– todo el tiempo. Y por tanto, pueden castigar, sacando a los participantes de la casa. Ese es el ojo permanente (o, como dice el conductor del programa, Santiago Del Moro, ‘el ojo que todo lo ve’)”, afirma Bordón. “Sin una vigilancia las 24 horas el programa deja de ser interesante”, agrega Chaumer. Algo interesante a mencionar es que existe una “biblia de ‘Gran Hermano’ (acá nuevamente está el uso de palabras religiosas) donde se establecen las reglas de juego e indican cómo llevar a cabo el programa y el aislamiento para cada país que quiera implementar el formato del reality.

Identificación. “Los telespectadores reconocen (o rechazan) como propios los discursos, gestos, costumbres, formas de vestir, de comer, de divertirse (...) de los distintos participantes”, teorizó Fanlo.  

“Uno puede empatizar con algún participante o puede poner en jaque sus principios sobre las actitudes de otros. Ejemplo: ¿qué opino de una mujer que duerme con un hombre a la semana de conocerlo? ¿Y del hombre? El público juega a poner en juego sus valores”, apunta Bordón.

Además, para el licenciado Chaumer, “el público juzga a los participantes basándose en normas y valores sociales preexistentes, los cuales incluyen percepciones sobre moralidad y comportamiento aceptable”. “El juicio del público no solo se basa en las acciones de los participantes, sino también en cómo estas acciones son presentadas y contextualizadas por el programa, lo que subraya el poder de los medios en la conformación de percepciones y opiniones”, agrega.

“Estos programas buscan generar empatía con la audiencia y eso lo vemos reflejado en el éxito de varias décadas. Los espectadores ven reflejadas sus propias emociones, conflictos y alegrías. Esta identificación crea una conexión emocional que mantiene a los espectadores comprometidos y los motiva a seguir viendo el programa. Es por ello que en los castings integran diferentes personalidades y aspectos físicos, y buscan dirigirse a diversos segmentos de audiencia”, afirma Chaumer.

Voyerismo. “Todos llevamos un juez dentro y queremos marcar la sentencia. Todos tenemos un poco de voyerismo: queremos ver la vida privada para observar y juzgar. Doy mi calificación porque puedo expulsar o premiar a los participantes, y de esta forma siento que tengo algún poder. Por su parte, los jugadores se exponen en este sistema capitalista en el que el ser se homologa con el ser visto y obtener el reconocimiento de las masas”, concluye Bordón. ¿Y qué mejor forma de ser visto que estar en la televisión 24 horas al día?

“En la tendencia humana al voyerismo, el espectador pasa a convertirse en un todopoderoso (y aquí otra vez, el componente religioso) que puede formar su criterio en base a ‘la verdad’”, dice Chaumer. Desde esta perspectiva, el todopoderoso no es el “Gran Hermano”, sino el público.

“Nos gusta mirar y nos gusta que nos miren. Es en la mirada del otro donde conjugo mi identidad social: las mujeres siempre han bajado la mirada al paso del hombre que mira sin pudor, la servidumbre ha sido enseñada a mirar con prudencia. La mirada es un gesto que delata nuestras estructuras sociales. Sin embargo, creo que los realities de convivencia han perdido el poder que tenían porque ahora vivimos en un reality 24/7 que se llama digitalización. Concibo la era digital como un renacimiento del circo romano: es violenta y obscena la impunidad con la que se juzga”, apunta la socióloga Alejandra Nuño.