ELOBSERVADOR
Jorge Rulli (1939-2023)

El último ‘maldito’ del país burgués

Legendario militante peronista, fue dueño de una singular e irrepetible trayectoria de lucha que lo condenó a una suerte de ostracismo, y a la vez le granjeó el afecto y la admiración de miles de activistas ambientales. Aquí se recuperan fragmentos de su itinerario y su último libro, Semillas para una nueva conciencia (Econautas, 2021) que reúne sus escritos más recientes y disruptivos.

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Jorge Rulli. | cedoc

Con más de siete décadas de lucha que dejaron muchas marcas sobre su cuerpo y otras sobre su espíritu –indetectables a través de los sentidos– Jorge Eduardo Rulli tenía una personalidad impetuosa, y a la vez un decir delicado, cultivado en clásicos literarios y filosóficos. Elegante en los modos, filoso siempre, Rulli encarnaba la vertiente más genuinamente innovadora y rupturista del “movimiento nacional y popular”. Era el último de una generación irrepetible del peronismo. Fallecidos los hermanos Rearte, “Cacho” El Kadri, Héctor Spina, Felipe Vallese, Carlos Caride, Jorge era el único sobreviviente de la primera Juventud Peronista, nacida en la resistencia a la “Revolución Libertadora”. 

Indomable. “El actual dista de configurar un proceso de liberación nacional y simplemente constituye una nueva versión del desarrollismo en que se termina confundiendo el consumo con la felicidad del pueblo”, acusaba Jorge Rulli en 2011. Era el mejor momento del kirchnerismo gobernante. Cristina acababa de ser electa con más del 54%.

Hasta poco antes anhelaba ver a ese kirchnerismo conduciendo “un proyecto de dignidad nacional, una democracia participativa con capacidad de recuperar políticas de Estado, un gran proyecto nacional a la medida de nuestras mejores tradiciones de lucha”. Pronto se desencantó. Y se alejó, cuestionando, pegando duro. En ese momento y no, como en la analogía marítima, cuando los roedores intuyen el inminente naufragio. 

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No mucho después lo definió sin piedad: “El kirchnerismo es un engendro neodesarrollista, producto del cruce del peronismo desarrollista con la izquierda posmoderna”.

Así era: implacable, frontal, tajante. 

Y era mucho más.

Un itinerario impar. Su inserción en la lucha armada a fines de los años 50, cuando era un adolescente, lo llevó por distintos rumbos: estuvo en el corazón de la resistencia y padeció once años de cárcel en total. Se exilió en Europa y allí comenzó a adquirir la mirada que lo convirtió en experto en ambiente, en desarrollo sustentable, categorías que para algunos son elementos de currículum, y para él era –nada menos– la supervivencia de la especie. 

Inclasificable, no estaba cómodo en ningún lado, salvo en las luchas, y salvo en su chacra en Marcos Paz junto a Wanda Galeotti, su compañera de vida. Seguía fiel a los ideales que a los 15 años lo llevaron al peronismo, y le dolía constatar que la mayoría de quienes hoy se identifican como peronistas no podían comprender su crítica mirada de los gobiernos propios. A tal punto que aun las pocas voces que se alzaron en su defensa cuando el kirchnerismo lo echó sin explicaciones de Radio Nacional –donde condujo durante cinco años el programa Horizonte Sur– lo hacían diferenciándose de su “fundamentalismo antisojero y antitransgénico”. ¡Ah sí!, porque eso es lo más fácil cuando se prefiere no escuchar al disidente: calificarlo de fundamentalista, de delirante, de paranoico, de las muchas cosas que le dijeron. 

En realidad, lo que no toleraban de Rulli (ni toleran) es que decía lo que nadie quiere oír: que los verdaderos dramas del país no se debaten, que en los últimos veinte años se ha sumido a la población más vulnerable en un nuevo naufragio social, que no es diferente en esencia al que provocó el menemismo (e incluso peor, porque se hizo y se hace en nombre de valores muy caros a las luchas sociales y populares), que el modelo productivo basado en el extractivismo es criminal y que la forma en que nos alimentamos es suicida.

Guerrero de la periferia. “A veces siento que cada vez puedo hablar de estas cosas con menos gente”, me dijo en una entrevista. Pero en su novena década de vida, Jorge no dejaba de hablar “de esas cosas”, de alertar sobre las consecuencias del modelo agroexportador impuesto, contra “la mirada ‘progresista’ urbana”, para la cual “progresar es amontonarse en ciudades”, y “tragar basura” en varios sentidos, empezando por la alimentación.

Con 84 años, el cuerpo del “Guerrero de la periferia” (título insuperable de uno de los libros que cuenta su historia) ya no daba más. Pero la voz de Rulli era (es) tan necesaria como incómoda y molesta. En su originalísimo itinerario de lucha tuvo muchos méritos. En los 70, justo él que había sido pionero en la resistencia, vio a la lucha armada como un error profundo que profundizaría retrocesos. En los 80 comprendió que la cuestión ambiental no era una moda europea, sino el problema central de la humanidad. En los 90 fue el primero en advertir sobre ese experimento a cielo abierto en el que los grupos dominantes convirtieron a los territorios argentinos. Nunca dejó de ver ese proceso como una nueva colonización en la que, para su pesar, las dirigencias peronistas habían sido cómplices fundamentales, “partícipes necesarios”.

Fue referente del Grupo de Reflexión Rural (GRR), usina notable de voces disidentes, en las que junto a él brillaron Adolfo Boy, Guillermo Gallo Mendoza, Ignacio Lewkowicz y en donde referentes actuales hicieron sus primeros pasos. Entre ellos Guillermo Folguera, quien lo evoca hoy con estas palabras: “Entre tantas cosas que me dejó, hay tres muy nítidas: la primera es la claridad para reconocer los problemas que tenemos, quitando todo el falso ropaje; la segunda es que a veces la derrota es la mejor opción, que el pragmatismo de aferrarse a ganar siempre puede terminar en lo contrario a lo que se quería sostener; y la tercera, en esta época de tanta gente doblada, Jorge se fue con la fortaleza y la ternura para morir tal como vivió. Gente así nunca se va”.

El último maldito. Rulli era el último “maldito” en serio de aquel “hecho maldito del país burgués”, según la expresión de John W. Cooke, al que el mismo Rulli se permitía no solo cuestionar, sino incluso bajarle el precio: “Nosotros lo echamos por desarrollista, por derechista, por socio de Frondizi. Se fue a Cuba, se hizo marxista-leninista y volvió ganador. Pero de acá lo rajamos por desarrollista”. Pero con los años Cooke pasó a ser leyenda, y Rulli, en cambio, leyenda viva, ignorado por las distintas variantes del peronismo, con honrosas excepciones (como Julio Bárbaro, quien se preciaba de su amistad). Ignorado en los dos sentidos que ofrece el diccionario: no tener noticia de algo o alguien, pero también tratarlo como si no mereciera atención. Pregúntese por Jorge Rulli a cualquier militante joven (y no tan joven) del peronismo actual. Por lo común la desoladora respuesta llega como interrogación: “¿Rulli? ¿Quién es Rulli?”.

Era consciente: “Continuamos pese a todo siendo el hecho maldito del país burgués”, sobre todo cuando “con nuestra propia historia rebatimos los argumentos” de ese peronismo claudicante que cuestionaba. Su capacidad de indignarse permaneció intacta hasta su adiós. Lo mantenía lúcido en el análisis de los procesos mundiales y de cómo se inscribían en ellos nuestros propios procesos sociales y económicos. “Frente a los que insisten en que no comen vidrio, nosotros podemos responder que podríamos comer vidrio, pero que lo que nunca comeremos es soja transgénica o dietéticos con aspartame de Monsanto”, agitaba Jorge.

Anarcoperonista kuscheano. Hay quienes han sindicado a Jorge Rulli como “anarcoperonista”, más como injuria que como descripción. O quizás en alusión a la imposibilidad de que se cuadrara, muerto Perón, ante ninguna conducción vertical. Algo de eso hay. También había más. Rulli abrevaba a la vez en el pensamiento de Rodolfo Kusch, el pensador de la América Profunda, y en el bagaje libertario más conspicuo. Se reía, pero puteaba con la ola neoliberal anti-Estado que ahora aparece bajo esa etiqueta, equívoca sin duda. E identificaba, entre las pocas experiencias recientes que lo entusiasmaban al zapatismo chiapaneco, los Caracoles del EZLN y el subcomandante Marcos, como un comunalismo libertario que encendía en él una llamita de esperanza. Había ido en persona, pocos años atrás, a conocer de primera mano esa experiencia.

Había superado el dogmatismo estatalista que compartían el peronismo tradicional y las diferentes izquierdas del pasado. “Estamos todos en crisis personal con el Estado, porque todos fuimos estatalistas. Y hoy día cada vez estamos más convencidos de la autonomía, de la organización, estamos cada vez más libertarios. ¿Por qué te crees que a las generaciones jóvenes les atraen cada vez más esas ideas? Las ideas libertarias están entre las cosas que han sobrevivido, que no se han corrompido del todo. Ha sobrevivido Bakunin, Evita, los zapatistas… y no mucho más”.

 

Complejo, situado y global. El pensamiento de Rulli no se frizó en los 60 o los 50. Ni siquiera en los 70. Al contrario, su complejización y sofisticación fueron permanentes. En parte por la avidez intelectual que mantuvo con frescura hasta el final. En parte por su impar experiencia de vida, que incluyó prisión en distintas cárceles y tormentos tremendos y exilio en Europa, pero también viajes de “formación y capacitación” a la China maoísta, enviado por el mismísimo Perón, o a la Cuba castrista para reponer su salud. 

Su vinculación con los movimientos ecologistas en su exilio en Europa fructificó en su pensamiento, abonado por su comunión filosófica con Rodolfo Kusch, con quien trabajó Jorge en un período que marcó su pensamiento. En su último libro, Semillas para una nueva conciencia (Econautas, 2021), Kusch es citado por Rulli en quince oportunidades, y no hay otra figura más mencionada, ni siquiera la de Eva Perón. 

Sabiéndolo o no, Jorge cumplía con la máxima de Ortega y Gasset, aquella de que “la claridad es la cortesía del filósofo” (aunque si leyera esto, rechazaría con gesto airado que lo catalogara de ese modo). Sus textos, producidos para uso oral –editoriales de radio– son siempre elocuentes, sin afectación alguna. Y denotan una erudición que invita a profundizar para comprender en todo su alcance de qué hablaba. 

Su pensamiento no era algo cristalizado, y por tanto cerrado, opaco a lo que lo circunda, sino abierto y dinámico, listo para incorporar cualquier perspectiva que lo enriqueciera. No “era”, sino que “estaba siendo”, como diria Kusch. Por eso podía admirar a la vez a Alberto Methol Ferré y a Olof Palme, o saltar de John Berger a Murray Bookchin, de Parménides a Petra Kelly. Voraz para devorar lecturas, no incorporaba cualquier cosa. Como el Martín Fierro, sabía que “es mejor que aprender mucho el aprender cosas buenas”. E iba de lo local a lo global con la misma fluidez con que recorría el análisis en el sentido inverso. Nada de lo humano le era ajeno.

Seguirá molestando. A Jorge le resultaba árido transmitir a los demás el conjunto de sus perspectivas, aunque su ductilidad para la docencia era casi natural. Pero las heridas invisibles, más poderosas que las visibles, a veces conspiraban en una impaciencia que lo hacía alejar de sí a quienes tal vez más comulgaban con lo axial de su mirada. Es que, irascible y sanguíneo, podía a veces desviarse de su propia hoja de ruta para perder algo de tiempo en pequeñas luchas difíciles de entender, como su enojo con el Evita de Miguel Rep.

Esa imposibilidad de sistematizar la complejidad de su pensamiento fue tal vez su frustración personal más grande –claro que las colectivas no pasaban por allí sino por el destino de la patria. Estaba convencido de que “los presupuestos ideológicos del marxismo no permiten contener la creciente complejidad del capitalismo globalizado” y que, para ello, debemos “retornar sin ambages a un pensamiento complejo y al nacionalismo popular, retomando la mística de las luchas históricas y de la pasión por la reunificación de nuestros pueblos hermanos”. 

En su último libro, Semillas para una nueva conciencia, se despliega la complejidad de su mirada: es un “manual” de gran densidad conceptual útil para revisar lo ocurrido en el país y en el mundo en las últimas décadas. Pero no es una receta: la labor de síntesis queda en manos de quien lee. Subtitulado Intuiciones, incertidumbres, paradojas, ese libro de 368 páginas es material imprescindible para quien tome en serio el desastre climático al que las dirigencias parasitarias e irresponsables arrastran a la humanidad. 

Ese libro es el legado de este David que jamás temió pelearle a mano a Goliat. Es lo mejor de Rulli. Lo que invita a no dejar de creer que vale la pena. Que nada tiene más sentido que discutir lo que se nos quiere imponer. Y es la mejor forma de mantenerlo vivo.n

*Licenciado en Filosofía y periodista. Integra la cooperativa periodística y cultural El Miércoles, de Entre Ríos.

 

Los puntos de sutura

Jorge Rulli*

He pensado que, más allá de los activismos, deberíamos rescatar como una política de verdadera resistencia las prácticas de los puntos de sutura. El planeta enfermo puede ser reparado tanto por decisiones políticas que modifiquen algunas situaciones globales, como por la acción reparatoria que se desarrolle a partir de millones de puntos de sutura ecológica, dispersos a lo largo de su biosfera enferma.

Un punto de sutura puede no ser más grande que el terreno habitual de un trabajador en uno de los conurbanos o el fondo de una casita de la clase media, puede ser una plaza o una chacra, puede ser una escuela o una granja. Lo importante es que lo convirtamos en un lugar donde la biodiversidad se recupera, donde volvamos a ser nosotros parte de un ecosistema, reciclando los residuos y enlazando los diversos procesos ecológicos de las plantas y de los animales, y también de nosotros mismos, de nuestra alimentación, de nuestra calefacción o de nuestro esparcimiento. 

Un lugar con árboles que regeneren con sus raíces las napas enfermas, un reservorio de diversas variedades de plantas, un refugio para los pájaros expulsados del campo, con sapos y con charcas donde vivan las ranas, un espacio con sol y con sombras, con enredaderas que trepen a los árboles y con frutales de carozo y algo de huerta, con alguna gallina y con conejos, pero sobre todo, un lugar donde ensayemos el estricto proyecto político del punto de sutura, el punto de sutura de la naturaleza que, como ese fragmento de piel sana en la carne viva de los quemados, tienda a propagarse y a unirse a otros puntos similares para sanarla. 

Tenemos que ganar esta guerra como sea, porque nos va en ello la vida de nuestros descendientes. En esta causa no hay batallas menores, y a diferencia de otras luchas, en ésta podremos hallar la felicidad y la alegría de haber cumplido con nuestro máximo deber: el de luchar por sobrevivir como especie sobre el planeta Tierra, nuestro hogar.

*Fragmento de su libro Semillas para una nueva conciencia, Econautas, 2021.