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ELOBSERVADOR / una corriente pedagogica que surgio en la plata
sábado 10 mayo, 2014

Escuelas públicas y experimentales: sin pupitres, guardapolvos ni puntajes

Son 28 en todo el país. Sus docentes no hacen paros, limpian ellos las aulas y bañosy se reúnen al final de la jornada escolar. Los chicos preparan la comida y ayudan.

por Redacción Perfil

Foto: Agencia La Plata
sábado 10 mayo, 2014

“La escuela es como una casa. Vos pedís a tus hijos que pongan la mesa y no todos lo saben hacer bien, pero igual es necesario que todos colaboren. Estos ejemplos sencillos nos ayudan a pensar la escuela”. La frase, plagada de sentido común, la pronuncia Lucila Inés Forziano, a quien todos en el colegio llaman “Yila”, una profesora de Plástica que dirige el Instituto de Educación Superior Roberto Themis Speroni, una escuela pública bonaerense diferente.

Hay 28 escuelas de este tipo en la Argentina, que se conocen como educación experimental. Nacieron como consecuencia del Centro Pedagógico de La Plata, ideado en 1958 por dos profesoras graduadas de la Universidad de Arte platense, Nelly Pearson (Plástica) y  Dorothy Ling (Música).

Son escuelas pequeñas que no aceptan más de veinticinco niños por aula, donde los maestros no hacen paro docente nunca, porque –aunque acuerden con los motivos del reclamo– no entienden que puedan tomar medidas que afecten a los niños para defender sus derechos. Ellos, además de enseñar, limpian los baños de las escuelas con sus propias manos y después del horario escolar evalúan a los estudiantes sin notas y, cuando la jornada escolar concluye, se reúnen en una ronda, mate cocido de por medio, y hablan sobre lo que pasó en el día de trabajo sin importarles terminar cada día 18.30 en lugar de 17.15, como lo marca el reglamento. La enseñanza es también diferente. Valoran lo colaborativo. Los alumnos trabajan en la cocina haciendo sus propias comidas y sirven el té o el mate cocido de la merienda.

Arte y naturaleza. La naturaleza y el arte son los principales pilares pedagógicos de estas escuelas, inspiradas en el ideario de la Escuela Nueva, de las hermanas Olga y Leticia Cossetini.

“Intercambiamos mucho con Leticia,  la fuimos a visitar y le llevamos nuestra experiencia. El proyecto que hicieron las hermanas Cosettini fue una cosa extraordinaria. Fuimos una tarde a su escuela para aprender”, recordó Pearson que con 82 años sigue dando clases en la escuelita Los Hornos, un barrio muy humilde en las afueras de La Plata.

En estas escuelas los chicos no usan delantales, sino pintorcitos de arte. Y tienen taller de tejido, dictado por las mamás del barrio. “El guardapolvo blanco no les permite relacionarse con la personalidad de cada uno, no nos gustan los uniformes. Y además, con todo el trabajo que se hace en la escuela, están en la cocina, limpian, hacen el almuerzo, sería imposible mantener blanco el guardapolvo”, afirma.

Un personaje central en esta historia es Juan Carlos Videla, abogado y maestro, que se formó con Pearson y Ling en aquel mítico centro pedagógico que hoy sigue funcionando como una organización civil de un grupo de maestros que ofrecen formación docente y asistencia educativa a la comunidad, sin fines de lucro. De adolescente había dejado el colegio secundario, por ser muy crítico con el sistema educativo, y decidió seguir estudiando cuando conoció a Pearson y Ling. Con ellas continuó sus estudios ya de grande. Y más tarde descubrió su vocación docente. Dirigió entre 1985 y 2011 el Instituto Speroni y fue uno de los testigos de la transformación de ese pequeño centro pedagógico en un instituto superior de gestión estatal. “Nosotros no pedimos ser escuela pública, nos vinieron a buscar”, cuenta. Mantuvo decenas de conversaciones y negociaciones con autoridades nacionales educativas durante los primeros años de la recuperación democrática para que ese centro, hecho a pulmón por un puñado de maestros, se convirtiera en esa gran escuela, con 375 alumnos, que es hoy el Speroni.

El 13 de abril de 1984 el entonces ministro de Educación, Carlos Alconada Aramburú, resolvió la creación del Instituto Experimental de Formación Docente, con nivel inicial, primario y secundario, en City Bell, que recogió la experiencia de aquel centro mítico que empezó funcionando en la casa de Dorothy. Así comenzó también la pelea de ese grupo de maestros por no aceptar las reglas de la educación tradicional. Y, a fuerza de una mezcla de tozudez, convicción y trabajo, lograron –teniendo que recurrir incluso a recursos judiciales– mantener su ideario: escuelas no graduadas (donde los chicos no repiten), evaluación sin nota, enseñar con el arte y la naturaleza, usar ábacos para la enseñanza de la matemática, rechazar los pupitres en las aulas, funcionar sin horarios fijos de recreos y docentes formados en sus propias escuelas.

Un diez para todos. “Lograr que acepten que no haya notas fue siempre una lucha total, pero es tan grande nuestra convicción que no han podido doblegarnos. Incluso en el magisterio no tenemos puntaje. Pasamos las planillas sólo con aprobados y desaprobados. Hubo alguna gestión que nos forzó a poner notas. Y les pusimos 10 a todos”, contó Videla.

El ejemplo de las acciones de cada uno de los maestros es también para ellos un valor educativo. Videla cuenta una anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Como director del Speroni, asistió a mediados de los 90 a una capacitación en La Plata. Allí una formadora oficial explicaba los alcances de la denominada “reforma educativa”, mientras fumaba. Cuando llegó la ronda en la que se podían expresar dudas, el director se lo hizo notar. Ella apagó el cigarrillo aplastándolo con su zapato en el piso de madera de la escuela normal donde se daba el curso. Videla salió de la clase, pidiendo permiso, y volvió, con escoba y pala en mano, y se puso a limpiar. Esa actitud le costó un sumario en su expediente, pero él la reivindica como un hecho educativo que muestra el respeto por la institución educativa.

“La limpieza de la escuela para nosotros es importante. Por eso hacemos que los chicos limpien y también limpiamos los maestros. Se lo avisamos de entrada a los papás, en general reaccionan bien, pero hay casos en que no, hay quien cree que para esa tarea debe haber gente especializada. Para nosotros es el compartir, tiene que ver con el trabajo. Nuestros chicos aprenden que la escuela es el lugar del compartir”, contó uno de los maestros, Marcelo Gómez.

La escuela platense Las Garzas, que surgió como un anexo del Speroni, se levanta también en medio de un gran parque. El trabajo de cuidar las plantas y el jardín es también una tarea compartida. Allí los chicos usan instrumentos de música diversos y aprenden las primeras letras con sus cantos. “Les enseñamos a hablar, a leer y a escribir con las palabras que tomaron sentido desde los tres años en las canciones”, explica Pearson.

La clase de Literatura del secundario la toman en ronda, sentados en el piso en las aulas. Cada uno a su turno, los adolescentes  leen y comparten sus producciones escritas. Los chicos muestran, orgullosos, su lista: Jorge Amado, Paul Auster, Carlos Fuentes, Franz Kafka, Manuel Puig, Ian Mc Ewan, Doris Lessing y varios más.

“La rueda es muy importante, con el maestro como uno más. Un chico en un banco detrás del otro no va. Así trabajamos en la primaria, la secundaria y el terciario”, precisa Pearson.

El discurso pedagógico de estos maestros suena raro, en un país donde una de las principales políticas educativas estatales fue en los últimos años entregar netbooks. Pearson tiene tomada una posición al respecto: “En las escuelas se enseña con lo que se ve por televisión. Nosotros, no.

Creo que la tecnología para un chico es la cosa más simple de aprender y por eso no le veo sentido en la escuela, las computadoras sirven para determinadas cosas, pero al mismo tiempo hacen que pierdan otras oportunidades”. La bandera argentina flamea atada a una rama de un árbol, que fue clavada en la tierra.


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