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UNA SALIDA

La grieta mental que nos amenaza

Una perspectiva psicológica y existencial sobre la polarización sociopolítica: cómo la negación de la vincularidad y de las paradojas de la existencia nos está destruyendo. La contribución reparadora que podría tener la práctica del encuentro.

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La grieta mental. | cedoc

Durante las últimas elecciones y frente a las primeras propuestas del flamante gobierno, ¿con cuántos familiares, amigos, compañeros de trabajo o conocidos con una perspectiva diferente podemos tener diálogos políticos, manteniendo ambos una escucha abierta y sin la cerrazón de la descalificación y el enojo? Me arriesgo a afirmar que con muy pocos. La polarización sociopolítica, como traba a nuestro desarrollo colectivo y a nuestras potencialidades individuales, es quizá un problema tan grave como la inflación, aunque casi fuera de la agenda pública.

No hay solamente dos posiciones políticas en la Argentina, y, sin embargo, toda postura polarizada reduce el mundo a dos: nosotros y ellos. Nosotros sabemos, construimos y somos éticos, mientras que ellos son ignorantes, destructivos y corruptos. Desde nuestros representantes hasta el resto de los ciudadanos pareciera multiplicarse una dinámica de todo-nada, de amigo-enemigo, de propios iluminados o ajenos ignorantes y malintencionados. Esto es casi idéntico, desde las dos orillas de la que hace años denominamos popularmente “la grieta”. Hay una historia política de este desprecio del otro, desde el binomio unitarios-federales, pasando por las versiones dogmáticas de peronismo-antiperonismo, hasta los Golpes de Estado como manifestación más extrema. A pesar de ciertos aprendizajes colectivos, como el de atesorar el sistema democrático y republicano que ha cumplido sus primeros cuarenta años ininterrumpidos y que amortigua esa dinámica, sigue multiplicándose en nosotros la cultura y la mentalidad de la polarización. El síntoma evidente de este malestar es el conflicto interpersonal por discusiones políticas, pero sus profundidades contienen un corte y un obstáculo en nuestra posibilidad de ser. Poner el foco en su dimensión psicológica y existencial puede aportar a comprenderlo.

La mente polarizada y la paradoja de la existencia. El filósofo existencial Sören Kierkegaard planteó la paradoja existencial que somos “síntesis de lo finito y lo infinito”, de necesidad y posibilidad, de que ser libres implica experimentar angustia, de que la vida es tan hermosa como trágica. Desconocer alguno de estos aspectos implicaría desconocerse a uno mismo. Y “el yo que no deviene él mismo, permanece desesperado”, explica el filósofo en su ensayo La Enfermedad Mortal. El psicólogo contemporáneo Kirk Schneider retoma a Kierkegaard como inspiración cuando plantea que todo ser humano puede desarrollar un sí mismo paradójico; este implica abrirse a distintos aspectos de sí, tanto a los constrictivos, donde reconoce su vulnerabilidad y necesidad, como a los expansivos, donde despliega su potencial y creatividad. Desarrollar un sí mismo paradójico contribuye a la construcción de una sociedad humanista. Dar lugar a lo distinto en uno mismo, es dar lugar a la alteridad. Por otro lado, una mente polarizada que se encierra y adhiere a un solo aspecto de sí misma, genera malestar psicológico y social, desencuentro y agresividad política. 

En la polarización extrema hay pánico hacia la incertidumbre de la existencia, hasta conformarse una fobia hacia “lo otro” (lo que no conozco). Por eso el refugio en la presunta certeza de un islote de verdad incuestionable. En el fondo, la polarización es una reacción en falso ante uno de nuestros miedos más primarios, según Schneider: la falta de fundamentos de la existencia, su indeterminación y misterio. Integrar la paradoja y transitar esta comprensión trae angustia, pero también libertad de protagonizar el propio devenir. La angustia es el vértigo de la libertad, decía Kierkegaard.

La polarización tanto en versiones religiosas o políticas refleja a escala colectiva esa tendencia mental que se aferra a certezas ilusorias. A su vez, la polarización mental se multiplica como reflejo de esa cultura. En la Argentina hoy la principal adhesión pareciera ser por lo aborrecido más que por lo anhelado, como antineoliberal o antiprogre, antiEstado o antimercado. Hay una multiplicación de esa dualidad: una polarización inflama a la otra, y viceversa… en un círculo vicioso de (auto)destrucción. 

La elección de Milei pareciera contener esa lógica. De un lado, insultos y desacreditaciones a cualquiera que no comparta el pensamiento de la libertad de mercado como piedra angular de una sociedad; en la vereda opuesta, la declaración de referentes de izquierda que pelearían en la calle contra el nuevo gobierno de derecha elegido democráticamente ese mismo día. Asimismo, el megaDNU como primera acción gubernamental que pretendió excluir al otro del debate, y la inmediata convocatoria a un paro general, que sería el último recurso de protesta y negociación. Más allá de si uno está o no de acuerdo con artículos del megaDNU, o con las consignas del paro general, la grieta sigue ensanchándose. 

La bronca por la crisis que atraviesa el país es caldo de cultivo para la polarización: el enojo permanente suele multiplicar la rigidez mental y limitar la capacidad de reflexión, escucha y encuentro. Ante los alarmantes resultados del gobierno anterior que se presentaba como progresista, la mayoría se ha inclinado por la opción más antiprogresista. Similar al antiliberalismo que fue surgiendo después del colapso del éxito quimérico menemista de los años noventa en 2001. ¿No será que las posiciones liberales conservadoras y las progresistas pueden tener aspectos complementarios, independientemente de sus malas aplicaciones? ¿Estamos obligados a enfocar solo en libertad o igualdad, lo individual o lo colectivo?

Negación de la vincularidad e imposibilidad de avanzar. La sociedad argentina está agotada por la cronicidad de su crisis, y, quizá de forma inconsciente, por la grieta constante. Esto nos tienta a entregarnos a un polo y a seguir entrampados. Cada polaridad reduce el problema a la intolerancia, los errores y la ceguera del otro, sin registrar la propia, ni la traba de la polarización en sí. Esto impide construir un proyecto vital en distintos niveles (persona, sociedad, humanidad). Surge la sensación de desvivirse por avanzar y no poder.

El sufrimiento neurótico desde el análisis existencial puede entenderse como un “repliegue de la existencia”, explica la psicóloga Marta Guberman. El bloqueo en la construcción del proyecto vital propio, implica no lograr encontrarse en un propósito con uno mismo, con el otro y el mundo. Estaría ligado también a la dificultad de integrar los aspectos de uno mismo y de responder libre y responsablemente a la vida. La incapacidad de hacerlo dificulta el encuentro entre personas con distintas miradas, e ignora nuestra inexorable vincularidad. 

No hay Yo sin Tú, decía el filósofo Martin Buber al hablar del encuentro donde hay una apertura de mi ser al ser del otro. Es en la relación con el otro (que piensa, siente y vive distinto), que uno puede hallarse. Cuando cosifico al otro, lo pierdo y me pierdo. Tanto la terapia individual y grupal, como la política en sentido amplio precisan el reconocimiento de nuestra vincularidad a través del despliegue consciente del encuentro. La cosificación del otro, en cambio, desconoce su ser, su subjetividad, su historia, su mirada, sus motivos. Por ejemplo, cuando presto atención al otro solamente para contrargumentar mejor y ganarle. También cuando utilizo al otro, odiándolo, para afirmarme. Buber explicaba que el odio solo puede dirigirse a una parte de alguien, no al todo de la persona. El relato inicial anticasta o antizurdos de Milei donde cualquiera que no pensara como él era desacreditado por ser parte de una genérica e indefinida “casta” o del “zurdaje”; o el famoso “vamos por todo”, que definió al kirchnerismo duro en su momento. 

La polarización kirchnerista ya la hemos transitado y la mayoría de la sociedad hoy no la tolera. El mismo kirchnerismo lo ha entendido, al menos en su discurso: en 2019 propuso a Alberto como novedad dialoguista que iba a “unir a los argentinos” y evidentemente no lo hizo; y a través de su reciente candidato Massa que en su último intento de sumar votos frente al balotaje, propuso un inédito gobierno de unidad nacional. Nunca sabremos si este cambio repentino de aquel oficialismo hubiera ocurrido, ya que el fracaso de su gestión lo ha hecho poco creíble como alternativa a sí mismo. Lo que sabemos es que la bronca reactiva en la sociedad impulsó a (re)elegir una nueva polarización, basada en una ideología librecambista e individualista extrema hasta traspasar los límites de la deshumanización, como en las declaraciones respecto a un mercado de órganos, y los de la sobreexplotación de la naturaleza, en su negación del cambio climático causado por este sistema de producción. Muchos han votado esta alternativa más por rechazo que por su propuesta, suponiendo que habría frenos a su despliegue. Esto está por verse.

Al ser una fuerza política naciente, la polarización mileísta representa una nueva “esperanza” mesiánica. Uno de los atractivos de las soluciones polarizadas es que contienen esa mística redentora, una certeza que ordenaría el caos anterior de una vez y para siempre. ¿Acaso en nuestra vida cotidiana no nos tientan los “pensamientos mágicos”? Arreglarme la vida con una operación estética o jugando a la ruleta un número soñado; revivir una pareja sin amor con un viaje al Caribe. Son también asociables con ciertas reacciones, menos explícitas: la dinámica de tapar el vacío trabajando sin parar o buscando placeres efímeros; compensar el temor a ser vulnerable con narcisismo, o el miedo a la propia creación y a la vida con perfeccionismo y depresión. El común denominador es la negación y el distanciamiento de aspectos propios, una falta de integración de la complejidad que somos, donde se confunde la parte por el todo.  

Esta dinámica trae desequilibrios, como el que en otro orden podría ser cambiar un Estado excesivo mal gestionado que facilita corrupción y clientelismo, por un Estado raquítico que entrega a su población y su cultura a los caprichos del mercado. Se habla mucho de “dos países”, uno bueno y otro malo. Uno de “los argentinos de bien”, y, otro, de “los enemigos de la reforma”, en versión mileísta; o, el “del pueblo” y el de “los enemigos del pueblo”, en palabras kirchneristas. ¿Cuánta gente conocida ha dejado de juntarse o ha discutido para que gane uno de los países ante el miedo a ser sometido por el otro? Siempre convencidos de la ignorancia o el lavado de cerebro que ha tenido la persona confrontada. Pero acá estamos. ¿Y qué hacemos con estos dos países? ¿Será que son distintos aspectos de un mismo país? ¿Y si continúan negándose uno al otro? ¿Permaneceremos en la desesperación, como ocurre a escala individual cuando negamos aspectos de nosotros mismos? ¿Qué proyecto podemos armar desgarrados como estamos? ¿Podremos algún día reconocernos y devenir nosotros mismos, como planteaba Kierkegaard? ¿O será que nos hemos extraviado sin vuelta atrás? 

El encuentro como política cotidiana. La mayoría de las personas, en una u otra orilla, queremos lo mejor para el país, para nuestras familias y para nosotros mismos. Y, a escala colectiva, estamos de acuerdo en el sistema democrático y republicano como base. ¿Existirá la posibilidad de construir una política cotidiana del encuentro desde ahí? 

Una forma de traducir esto a la política gubernamental, podría ser que oficialismo y oposición consensuaran una serie de políticas públicas a corto y largo plazo, que integrasen libertades individuales con derechos sociales, ganancia con redistribución, comercio con cultura, desarrollo económico con ambiente. Políticas públicas que se mantuvieran en el tiempo, para dejar atrás la constante e infértil refundación del país, por la “iluminación” del mandatario del momento y la demonización del anterior. 

En nuestra vida cotidiana, uno podría experimentar dialogar con el familiar, amigo, vecino, que piensa distinto. En la búsqueda de abrirse y empatizar con su punto de vista, con su persona y su subjetividad, sabiendo que son diferentes a la propia. Y si esto se hace difícil por nuestro desacuerdo, buscar si hay algún aspecto propio relacionado a esa otra mirada con el que me cuesta vincularme.

Navegar esa incertidumbre, abrirse a lo diferente, nos lleva a explorarnos y a descubrirnos; a tener más recursos para construir proyectos propios y colectivos. Hay aspectos misteriosos y diferentes en el otro y en uno mismo. El misterio implica miedos, pero también el entusiasmo de la aventura. El encuentro es abrirse a esa aventura. Que tal vez sea un camino para reencontrarnos, después de un largo extravío.

* Psicólogo con orientación existencial y psicoanalítica relacional. Coautor de ¿Quiénes somos después de la pandemia? Psicología, tecnología y vínculos.