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Respuesta a Duran Barba

Las causas de la guerra

El autor percibe el renacimiento de un darwinismo implícito en el sistema político internacional, del que Argentina debe permanecer al margen.

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Mezquita. El islam oficial de ciertos estados no siempre coincide con las creencias de la población? Hay diferentes formas del islam. | cedoc

En un artículo del 3 de febrero, Jaime Duran Barba nos explica el “nuevo horizonte internacional”. ¿Cuál es ese horizonte? Una guerra de civilizaciones. De un lado, Rusia y el islam. Del otro, el “occidente”, quizá también China. Quisiera responderle de la siguiente manera: si hay una causa de guerra mundial, son precisamente las ideas que sostiene Duran Barba.

Sin novedad. La “guerra de civilizaciones” es una vieja letanía. Samuel Huntington la popularizó durante los años noventa, en su Choque de civilizaciones, pero el tema ha aparecido de modo recurrente durante todo el siglo XX. El punto de apoyo es la noción misma de “civilización”. En el mejor de los casos, la noción permitió explicar costumbres lejanas y reflexionar sobre las propias. Muchos historiadores importantes la han utilizado de este modo. En el peor de los casos, como es el de Huntington, la “civilización” fue utilizada para justificar guerras e invasiones. La idea es la siguiente: dado que sus valores y los nuestros son incompatibles, que nosotros queremos libertad y ellos despotismo, no queda otra salida que el conflicto armado. 

Duran Barba se inscribe deliberadamente en esta segunda opción. Entre sus ejemplos está China, que se habría desarrollado gracias a Confucio; Rusia, presa a perpetuidad de Iván el Terrible; los países musulmanes, aún estancados por culpa de Mahoma. Los ejemplos solo se sostienen a este nivel de generalidad y con la complicidad de una ignorancia feliz. Cuento al respecto una anécdota personal. Hace muchos años, en una universidad de Taiwán, presencié una extraña interacción. Un profesor le preguntó a un estudiante latinoamericano: “Ustedes practican el culto a los ancestros, ¿no?” Ante la negativa, el profesor se rectificó: “¡Ah!, claro, ustedes practican el culto a Dios.” No podía concebir que el estudiante era ateo. ¿Qué se habría dicho Duran Barba en esa situación? 

Sea como fuere, cuando uno pone el pie en alguno de los vastos espacios terráqueos que Duran Barba reduce al islam o a Confucio, ninguna de estas caricaturas se sostiene más de una semana. 

Las sociedades son demasiado complejas, sus grupos demasiado diversos. ¿El islam tiene una “ley congelada en el tiempo”, como sugiere Duran Barba? Es sabido que las tradiciones jurídicas del islam practican la interpretación, y que sus conclusiones sobre el Corán han sido tan “figurativas” como en el cristianismo. Claro está que existen interpretaciones literalistas, “fundamentalistas”, como hay también interpretaciones alegóricas o de otra índole con consecuencias conservadoras, reformistas o revolucionarias. También las hay en las otras tradiciones monoteístas. Pero más allá de las interpretaciones, ¿acaso ignora Duran Barba que el islam oficial de ciertos estados no siempre coincide con las creencias de la población? ¿Ignora quizá, que los estados musulmanes promueven formas diferentes del islam y que se atacan entre ellos? 

En el caso de China, Duran Barba quizá no sepa que las referencias a Confucio suelen estar más ligadas al nacionalismo contemporáneo que a las tradiciones clásicas de la época imperial. De más está decir que los dirigentes y cuadros del Partido Comunista Chino (PCCh) siguen leyendo los clásicos del marxismo, y que gran parte de la población china practica cultos inspirados del taoísmo o del budismo. Muchos también practican el islam.              

Cultura. Pero quizá no valga la pena discutir los ejemplos del artículo. En el fondo, Duran Barba apunta a dos cosas. Por un lado, convencer a los libertarios argentinos de que vale la pena mantener las relaciones con China. Tiene razón, pero no por el espíritu confuciano del capitalismo chino: es porque romper los intercambios con la segunda potencia mundial equivale hoy a un suicidio. 

Por el otro, intenta sugerir convergencias entre su espacio ideológico y el de las derechas europeas. Según él, una parte de los holandeses votan a la extrema derecha porque no están dispuestos a que algunos “extranjeros” cambien su “cultura”. Por “extranjeros”, léase también musulmanes holandeses de segunda o tercera generación, tan extranjeros en Holanda como un descendiente de italianos en Argentina. Por “cultura”, Duran Barba se refiere al pastiche ideológico que algunos periodistas y dirigentes políticos utilizan para movilizar los reflejos exclusivistas de una parte de la población. Esta “cultura” o “civilización” (las palabras son en este caso intercambiables) une a las derechas de los países ricos no sólo contra una parte importante de la población de sus propios países, sino también contra migraciones provenientes en general de antiguas colonias o zonas de influencia.  

¿No es precisamente esta “cultura” la que contribuye a la guerra? En Europa, los partidarios de este pastiche suelen exigir la libre circulación de sus mercancías, pero muestran protección frente a las mercancías extranjeras; libre empresa en otros países de sus bancos y corporaciones, pero restricción en los suyos a la entrada de personas; libre apropiación de riquezas lejanas, pero dictadura al que pida compartirlas. La traducción de esta idea en el orden internacional es la lucha de civilizaciones. Por un lado, dicen algunos, están los estancados y los resentidos, de Rusia a Irán; por el otro, los libres y emprendedores, de Europa a los Estados Unidos. Los “congelados en el tiempo,” tan marginados en el interior de cada país como en el orden mundial, no tendrían otra obsesión que la de vengarse contra los emprendedores, y los emprendedores estarían dispuestos a defender con las armas su libertad. Confucio, mientras tanto, estaría dudando entre ambos grupos. Así se enfrentan las civilizaciones en las fantasías de las derechas europeas.

Intereses. A pesar de su admiración por estas ideas, Duran Barba admite que la guerra no tiene nada que ver con la “civilización”. Lo explica en el pasaje siguiente: “La contradicción de Occidente con China no tiene que ver ni con el socialismo ni con el proletariado, sino con intereses concretos”. ¿Qué intereses concretos? La apropiación de recursos, mercados y, en ciertos casos, territorios enteros. En efecto, China y Estados Unidos libran una guerra comercial con consecuencias geopolíticas considerables. Las potencias menos fuertes, de la Unión Europea a Rusia, usan todo lo que tienen a mano para inclinar la balanza en favor de unos o en detrimento de otros. El resto, como la Argentina, se ve envuelto en disyuntivas de las que suele salir perdedor. Si todos luchan por los mismos recursos, ¿acaso hay manera de que los grandes no se peleen y los chicos no se alineen con el más fuerte? En este renacimiento del darwinismo implícito en el sistema político internacional, la guerra de civilizaciones no es sino la excusa para el viejo afán de conquista.      

Lo que hoy ocurre en Argentina no es independiente de lo que ocurre en el resto del mundo. Alcanza con explorar este mundo, sin demasiada profundidad, para entender la intención de Duran Barba: implicar a la dirigencia argentina en un movimiento general que, en caso de prosperar, la obliga a posicionarse en una futura guerra mundial.

* Historiador