ELOBSERVADOR
Sin facciones

Tiempo de valientes

Para salir de esta crisis se trata de activar lo mejor de nosotros mismos, bajar el juicio y poner la Argentina primero. No es solo con Messi, Scaloni o el Dibu. Es con todos.

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Festejo. La victoria de Qatar, con su efecto poderoso sobre todos nosotros, fue una empresa comunitaria. | cedoc

La Argentina no escapa a lo que está pasando en el mundo en términos de incertidumbre, desconfianza de la política como ordenadora y conductora de las comunidades, crisis del Estado, alta desigualdad, migraciones, sociedades plurales con dificultad de encontrar destinos comunes, Occidente en crisis frente a esa pluralidad y el avance de Oriente, autocracias exitosas y democracias en deuda. Etc. Etc. Etc. 

La victoria del último presidente fue un gran golpe a lo establecido, en términos políticos al menos. Y quizás, puede inscribirse en el fenómeno mundial de los “outsiders” y de la búsqueda de la sociedad por encontrar una manera de dar el grito que desestabilice un orden imperante que no la satisface. Hace mucho tiempo que la política y la dirigencia argentinas no encuentran un rumbo que logre generar expectativas reales de futuro, y desarrollo inclusivo. Todo lo contrario. 

Estuvimos gobernados por facciones, con apoyos mayoritarios, pero con convicciones de que su discurso era la verdad verdadera. Desde la política se moralizaba y unificaba un solo discurso. Para ser funcionario había que recitar ese credo. En sociedades plurales, y sin éxito en lograr el desarrollo, ese discurso moralizador fue devaluando las palabras y términos que usaba. Nadie en el sistema sabía hacerle frente –y nadie tenía la valentía de animarse– y la sociedad encontró a otro que se animó. 

El tema es si este otro viene con un discurso distinto, pero igual de fanático y moralizante. Si lo que cambia es el color de la policía de pensamiento. Si volvemos el péndulo al otro lado y ahora se trata de pensar sólo como los nuevos o estar afuera. Si se mantiene vigente la descalificación, pero ahora, de otro lado. 

Los fanáticos de antes decían que la solución era con el Estado y ellos sabían cómo. Los de ahora dicen que son los privados, y ellos saben cómo. Quizás sea con todos. Porque no es tiempo de iluminados. Nadie puede solo. Nadie está para dar lecciones de nada. Es tiempo de valientes. De los que se animan a salir de la zona de confort de su propia mirada.

La situación social ya era crítica. Todos sabíamos que así no se podía seguir. Había un candidato que estaba convencido que con las mismas herramientas y el mismo discurso de siempre podía cambiar el curso de lo que pasaba. Pero ya no le creyeron, había agotado todo el crédito. El otro decía exactamente lo opuesto y probablemente fue la manera que encontró gran parte de la sociedad de decir que necesitamos probar con algo diferente.

El desafío está en que ese “diferente” que pide la sociedad, lo sea y se logre la salida. Es un desafío para quienes creemos en la política. Y lo es, en el lugar que nos toque. En estos tiempos de sociedades cada vez más diversas, la diferencia nos obliga a “pensar de nuevo”. Las recetas y herramientas quedaron viejas, nada es como era. Salvo el ser humano con sus miserias y sus virtudes, todas las formas de vincularnos, de vivir, de ordenarnos, etc. están cambiando. Es tiempo de ser creativos. Incorporar nuevas ideas, que quizás, no hagan sentido en las categorías que veníamos estudiando y predicando. Eludir la tentación de seguir creyendo que es como creíamos. Animarnos a poner en tela de juicio nuestras propias convicciones, priorizando el común por sobre lo propio. 

Con el horizonte puesto en revivir la Comunidad (la idea de que vale la pena “vivir juntos”), en un territorio y con un destino. Dándoles a cada sector, hombre y mujer, lugar, valor y parte. 

Si creemos que tiene sentido seguir siendo parte de una misma bandera, legitimemos la defensa de lo propio con la disposición de entregar algo a favor de un todo del que nos sentimos parte.  Porque para los cambios estructurales que necesitamos, se requiere quizás menos autoridad y más comunidad que los haga sostenible; decisiones que tengan la venia y el apoyo de los actores involucrados. 

Por supuesto que llueve, quema el sol, hay sequía o poderosos en el mundo que nos la complican. Son todos datos que no manejamos. Pero manejamos una cuota muy importante de poder: nuestras propias acciones. No es hablando, es haciendo. No es opinando, es comprometiéndonos. Hay muchas y muchos que siempre lo hacen, en el gobierno que se fue, y en el que empieza, en el Estado, y en el sector privado, en los sindicatos y en las cooperativas, en los movimientos sociales, clubes y centros barriales, en las escuelas y las universidades, y personas sueltas sin representación, que a veces son las más. Necesitamos que ellas y ellos protagonicen el cambio. 

Varios comedores y centros barriales están pasándola mal en este momento. En pandemia, muchos nos organizamos para cocinar, para distribuir, para poner nuestro tiempo muerto en servicio de los otros. No hay tiempo muerto ahora, pero quizás el intendente pueda reunir al empresario que le está yendo mejor, a la startup que “la pegó”, al comerciante que encontró la vuelta y está pudiendo vender más, al banco del barrio… tal vez puedan armar juntos un fondo destinado a los comedores en un “mientras tanto” que sabemos será largo. 

Bajemos el copete. No hay mucho para mostrar. Necesitamos la sensibilidad de quien siempre ve al que queda afuera, y la potencia del que habitualmente sabe cuál es el mejor negocio. Necesitamos el compromiso del que no puede irse a la cama sin dar una mano y del financista que le encuentra la vuelta para promover mejor la producción. Necesitamos del sindicalista preocupado por encontrar una mejor fórmula para que ingresen más trabajadores con derechos en estas nuevas formas de trabajo, y más empresarios inteligentes, que encuentran la veta del negocio y hacen parte a sus trabajadores. Nadie sobra.  

Pero, además, hay muchas instituciones, que aun débiles, existen. Animémonos a ir quitando las capas que las hacían ineficientes y poco efectivas, corporativas y/o funcionales a los poderosos, y convirtámoslas en los lugares donde sea posible, en un marco de reglas, que todas las voces del país tengan lugar. 

El bien y el mal están dentro nuestro. No es patrimonio de ninguna fuerza política ni ideología. Se trata de activar lo mejor de nosotros mismos, bajar el juicio y poner la Argentina primero. No es solo con Messi. No es solo con Scaloni. No es solo con el Dibu. Es con todos, o no será.

 

* Directora de la escuela de Política y Gobierno, UCA