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ELOBSERVADOR / MIGRACIONES
domingo 8 marzo, 2020

Vivir y sufrir la Argentina desde afuera

La inseguridad de carácter político y económico fue la causa principal de la emigración de los últimos sesenta años de los argentinos, que desde lejos observan a su país entre la nostalgia apasionada y la crítica severa.

Ayer y hoy. Emigrar hoy es un salto al vacío mucho menor que el de los inmigrantes que llegaron a Buenos Aires. Casi siempre se aterriza en un aeropuerto pareceido al que se dejó. Foto: cedoc
domingo 8 marzo, 2020

La lectura de la habitual contratapa de Perfil, a cargo de su fundador, Jorge Fontevecchia, publicada el sábado 22 de febrero, fue lo que me impulsó a escribir esta nota, porque la aludida estaba dedicada especialmente a todo lo que significa “Irse” del país, con motivo de la decisión –no primera– de radicarse en Uruguay, por el tan exitoso empresario Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre, la mayor empresa tecnológica de Latinoamérica.

Para Jorge Fontevecchia, “el caso Galperin”, aunque paradigmático, es “un ejemplo de los diferentes tipos de emigración de diversos talentos que sufre un país al empobrecerse económicamente, culturalmente o institucionalmente”. Y en su columna asegura, desde su experiencia de haber vivido en el exterior, que al estar fuera del país se extrañan hasta los defectos.

En mi caso personal, después de haber vivido con intermitencias tres décadas fuera de la Argentina, durante mis años en el exterior tuve siempre un contacto asiduo, humano y profesional, con las colonias de argentinos en diversas ciudades del mundo en cuatro continentes, lo que me permitió escribir dos libros sobre los motivos detrás de esas migraciones, en los que no pretendí  hacer una investigación sociológica sobre las migraciones argentinas, sino producir textos testimoniales, vivenciales, que reflejan los sentimientos, en general ambivalentes, que la situación de tener que vivir fuera del país conlleva.

Inversión. Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX la Argentina fue un país de inmigración, pero a partir de entonces se fue convirtiendo en uno de emigración, sobre todo en  sectores de clase media, profesionales, intelectuales, artistas, científicos y técnicos, un fenómeno conocido como fuga de talentos o pérdida de cerebros.

En general, la inseguridad de carácter político y económico fue la causa principal de emigración de los argentinos en los últimos sesenta años. Y esto ha comprendido desde las situaciones más dramáticas de persecución política y falta de libertad, hasta la simple atracción por un mejor nivel de vida, o por el progreso científico o la calidad de la enseñanza en los países desarrollados.

También en estos últimos años han sido decisivas las dificultades para encontrar empleo para profesionales jóvenes o de edad mediana.                                 

Durante mi investigación, consultados sobre por qué se habían ido, los entrevistados daban sus razones, pero también una radiografía del  país, enfrentándonos a un espejo que reflejaba desde afuera lo que somos por dentro.

Por lo general, en sus testimonios, la nostalgia apasionada se mezclaba con la crítica severa, una dualidad entre la Argentina que añoraban y la Argentina que los había obligado a salir. El resultado constituía una visión de nuestra realidad que desafiaba a reflexionar desde otras perspectivas, y que podía ayudar a comprender mejor por qué somos como somos.

Por ejemplo, uno de los entrevistados señalaba que la enorme distancia que siempre existía entre el mundo cultural e intelectual y el mundo político era uno de los graves problemas de la sociedad argentina. Otro afirmaba que el modelo de la Argentina que había nutrido su infancia se había degradado, pero no creía que lo político y lo institucional constituyeran una explicación suficiente de dicha degradación.

Europa y Estados Unidos.También pudimos comprobar que para muchos argentinos descendientes de europeos emigrar a Europa fue como una suerte de retorno. Porque en nuestro país, los recuerdos, costumbres y tradiciones conservadas por cientos de familias que llegaron desde el Viejo Continente lograron estimular la imaginación de las nuevas generaciones.

La emigración de estos argentinos “a los orígenes” contrastaba mucho con el salto al vacío que realizaron sus antepasados cuando llegaron a nuestro país.

Respecto de la emigración argentina a Estados Unidos, hay que tener en cuenta la naturaleza de la vida social, que les pareció aparentemente menos “humana” y “familiar” que la de nuestra sociedad.

Muchos llegaron sin una verdadera intención de quedarse, pero terminaron haciéndolo, como quienes llegaron temporalmente para especializarse pero terminaron quedándose porque volver se les había vuelto un desafío más grande que el haberse ido. No son pocos los argentinos que, mucho más que haberse ido, lamentan no haber podido volver.

El antropólogo Claude Lévi Strauss comenta en Tristes Tropiques (1955) que, hace tres siglos, viajar ponía al viajero en contacto con civilizaciones radicalmente distintas a la suya; hoy, eso ocurre raramente, o en todo caso, las eventuales diferencias son conocidas y no producen mayor sorpresa o extrañeza ya que las nuevas tecnologías borran las distancias y están al alcance de todo viajero.

La observación de Levy Strauss de que “la humanidad  ha optado por una monocultura” es cada vez más cierta, tan cierta es, que las vidrieras de los pueblos turcos exhiben los mismos productos que en Nueva York, o que los shopping centers de Buenos Aires están hechos a imagen y semejanza de los malls de Estados Unidos y fascinan tanto como lo hacen en China.

Vacío. Hoy el acto de emigrar es un salto al vacío mucho menor que el de fines del siglo XIX. Casi siempre se aterriza en un aeropuerto parecido al que se dejó y en una sociedad de consumo cuya dinámica no es tan distinta a la propia. A veces es más fácil pasar de una cultura a otra viajando dentro de un mismo país, que haciéndolo de un país a otro.

Lo que nos revelaron aquellas entrevistas fue una dimensión de la vida argentina que frecuentemente se pasa por alto, sin una mera indagación y menos aún, asombro o contestación, no obstante constituir ella una compleja y dolorosa realidad que merecería una reflexión sistemática.  

El físico Jorge Sábato, que creó el Departamento de Metalurgia de la Comisión Nacional de Energía Atómica, y fue profesor de prestigiosas universidades aquí y en el exterior, señalaba con lucidez muchas décadas atrás la gravedad de este problema que venía desangrando al país desde los años 40 del siglo pasado ante la total indiferencia de la sociedad, que no reaccionaba excepto en el pequeño ámbito de los allegados.

Es decir, agregaba que todos los días se iban científicos, técnicos, artistas y trabajadores de las más diversas especialidades, que constituían el capital fundamental de la Nación, y eso no parecía quitar el sueño a nadie.

Hoy el mundo entero vive una globalización marcada por el enorme crecimiento exponencial de todo tipo de tecnologías, con problemas derivados de la enorme gravitación de un capitalismo financiero, y la vigencia de enormes desigualdades económicas y sociales, más los estallidos políticos, aun en países desarrollados, por multitudes autoconvocadas por las redes, gente joven sin dirigentes notorios, caracterizados por repudiar todos los sistemas institucionales vigentes.

Esa situación ha determinado una nueva miniinmigración a un país limítrofe como Uruguay, donde pueden sentirse como en la propia Argentina, pero con una vida más segura y previsible. Como lo señaló Jorge Fontevecchia en su contratapa “Irse”.

*Periodista, escritor y diplomático.


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