Entre los muchos clowns que hay en el mundo, cada quien con su técnica y su estilo, Alain Vigneau tiene sus particularidades. Alejado de los escenarios hace 16 años, ha llevado su arte hacia una vertiente terapéutica. Con su marca registrada, Clown Esencial®, ha publicado libros (Clown esencial, Vida de clown y El camino del clown), ha protagonizado una película sobre su vida y sus enseñanzas (Brin d’amour) y recorre países ofreciendo talleres, clases y charlas, para artistas de la escena, de especialistas en Medicina y público en general.
En estas semanas, como parte de la gira que incluye Brasil y Uruguay, estará en Buenos Aires. Con entrada libre, el 6 de agosto a las 18, presentará sus libros en Librería Yenny (sede Villa Urquiza); el 9 de agosto a las 18, dará charla en la Alianza Francesa (gratis para payasos de hospital y estudiantes de Medicina), y el 26 de agosto a las 10, para estudiantes de la UNA (Universidad Nacional del Arte). Comprando tickets, los otros eventos será el 30 de agosto y el 6 de septiembre a las 18 en Chacarerean Teatre (conversatorio y proyección del documental) y tres talleres de tres días cada uno, todos, ya vendidos, con cupo completo. Antes de llegar, el artista, maestro y teórico dialogó con PERFIL.
—¿En qué consiste la propuesta de Clown esencial?
—Relaciona las técnicas del clown, el espíritu del clown, con el desarrollo personal, la exploración personal, para cualquier persona que tenga la inquietud de desarrollar, de reconquistar su creatividad, su espontaneidad, su vitalidad, que quiera sanar su relación con su niño interior.
—¿Desde cuándo el clown está en tu vida?
—Prácticamente, desde que nací. Mi padre ha sido maestro en los años 50, y los maestros de entonces hacían de todo para sus alumnos (incluso payaso, clown). Mi madre, que no era artista profesional, sí pintaba; dibujaba payasos. En la casa había payasos por todas partes. Pero ella murió asesinada cuando yo tenía 7 años [un femicidio por parte de un amante, que Vigneau narra a menudo]. Aunque no era mi intención ser payaso, hacerme payaso ha sido para mí una forma de salvarla. Yo no la pude salvar, porque era un niño y no podía hacer nada. Hacerme payaso honra su memoria y da gratitud a tanto que me ha dado la vida.
—¿Cómo fue tu recorrido profesional?
—Fui pastor de cabras y ovejas por diez años. Los asuntos trágicos de mi infancia me llevaron a una adolescencia atormentada. Me refugié en la montaña, porque no estaba capacitado para estar en el mundo. Toda mi infancia fue en los Pirineos franceses; mi madre había crecido arriba de la montaña. Esos diez años en la montaña fueron en Francia, primero como pastor contratado; luego monté mi propia finca. Cuando dejé mis cabras y mi tractor, me fui a Andalucía, el sur de España. Busqué trabajo en una compañía de teatro, hasta que creé mi propia compañía y fui payaso profesional durante 25 años. En España hice toda mi carrera artística; allí vivo desde mis 30 años (ahora tengo 66). Mis libros, los escribo en castellano.
—¿Por qué dejaste los escenarios?
—Corresponde a un cambio de ciclo en mi vida. Yo fui payaso profesional muchos años. Viajé por muchos países, estuve con Payasos Sin Fronteras. Hacer espectáculos era adictivo. Además, 2008 se correspondió con una crisis económica: las ciudades, los ayuntamientos no tenían dinero. El quebradero de cabeza que me daban las dificultades financieras para cobrar los espectáculos y asegurar los sueldos de compañía me estaba absorbiendo mi energía. También me estaba haciendo mayor (ya llegaba a los 50). Tenía que elegir dónde poner mi energía.
La conexión con la Psicología
A.M.
“Mi inspiración como clown son los payasos rusos. Y mi otra inspiración en mi manera de trabajar es Claudio Naranjo, psiquiatra chileno, maestro de meditación y terapia Gestalt, con quien me formé y colaboré. También me formé con Rosine Rochette, la primera en unir clown y Gestalt. Me abrió la puerta a un mundo. La técnica del clown, que es muy específica, tiene que estar, pero clown es, ante todo, un ejercicio de generosidad y de trasparencia, un alma generosa, una bondad natural, una apertura poética. Yo entiendo la nariz del clown no como símbolo de comicidad, sino como de transparencia. Lo más difícil es no hacer nada, no querer actuar: ahí podemos empezar a construir el clown. Ser, antes de hacer. Para eso, hace falta trabajo técnico y personal. Yo trabajo mucho la relación con el niño interior, porque acarreamos heridas. El humor está relacionado con heridas causadas a la criatura cuando era pequeña. No hay persona que en su interior no tenga un clown maravilloso, que es como una pepita de oro en el fondo de la mina. Pero, para muchas personas, es un asunto delicado, que no solo se trata como una técnica, sino como un espacio para que la persona vuelva a tener confianza, para que la persona tenga permiso de sentir lo que siente: incluso, vergüenza, miedo del público. El clown recuerda que los seres humanos, en el fondo, son muy poca cosa. La imbecilidad humana, la torpeza humana no tiene fronteras. El clown celebra la diferencia entre la arrogancia humana y lo que es el ser humano en realidad”.