Entre las actrices argentinas capaces de encarnar cualquier papel y que transita el cine, las plataformas y el teatro hay que nombrar a Verónica Llinás. Ya está en los cines la película Canelones dirigida por Christian Basilis y Ana Laura Gussoni, con guión del mismo Basilis, Josefina Licitra y Hernán Casciari, quien además es parte de esta historia real, subtitulada “la venganza es un plato que se sirve frío”. Junto a Llinás están Darío Barassi, Agustín Aristarán y César Bordón. Es un nuevo proyecto de Orsai que se concreta. Mientras Llinás continúa con la exitosa obra teatral Una navidad de mierda junto a Tomás Fonzi, Alejo Garcia Pintos y Anita Gutierrez, en el teatro Premier de jueves a domingo.
—Encarnás a la madre de Hernán Casciari, Chichita, una mujer que vive. ¿Es la primera vez que asumís el papel de alguien que existe? ¿Cómo se acerca la actriz a esta composición?
—Soy completamente irreverente. Quise conocer a Chichita, vi un poco de su personalidad, de lo que me contaron, de lo que charlamos y leí el guión, pero a la hora de componer no estoy pendiente si se parece, o no. En el momento que compongo me vuelvo soberana y digo: “No, yo no soy Chichita, Chichita es yo ahora.” Ella es muy simpática, tiene una personalidad muy particular y fuerte. Nunca me sentí con la obligación de que mi personaje se pareciera ni físicamente, porque ya su esencia está plasmada en el guión. No es algo que tengo que sumar, a ver cómo se mueve o habla. Nunca antes había hecho un personaje que existiera, además no tengo demasiadas dotes imitativas, pero tampoco me interesa. Tal vez no las tengo porque no me interesa. Creo que el actor tiene que adueñarse del personaje. Porque no se puede estar pidiendo permiso todo el tiempo.
—Habías interpretado a la Gringa Casares en la serie “En el barro”. ¿Es casi una antagonista de este nuevo papel?
—A mí eso es lo que me divierte de la actuación: hacer personajes completamente diferentes. Siento que es como una especie de montaña rusa actoral. De algún modo muestro una amplia gama de posibilidades, lo cual en otro sentido también me abre puertas para después tener más opciones de trabajo.
—¿Qué es lo que te lleva a aceptar un papel u otro? ¿A qué le decís que no?
—Son varias cosas. Por un lado que me desafíe en algún sentido o por variedad o por el grado de dificultad, también que me guste la historia, que sea algo diferente a lo que vengo haciendo. Hacer monstruos como en el caso de En el barro me encanta. Hay muchas cosas que a una la pueden inclinar para aceptar un proyecto. También puede ser que sea muy bueno el equipo, que te guste trabajar con tal persona o que el personaje esté muy bueno o que la historia lo sea.
—La película Canelones gira alrededor de una venganza. ¿Sos vengativa?
—No soy vengativa. Soy una persona muy sensible, cuando me hacen algo me duele mucho, pero no tomo venganza porque siento que eso no es bueno. Creo en la justicia de la vida, en que si alguien te hizo daño la vida se va a encargar de vengarte. También soy bastante desmemoriada y me olvido de quien me hizo algo malo. Creo que la gente que hace daño se hace daño a sí misma también.
—Hay muchos actores que se transforman en guionistas y directores. ¿Cómo lo ves?
—Escribí y codirigí La mujer de los perros con Laura Citarella. También codirigí con Peto Menahem la obra de teatro Una navidad de mierda, adapté Antígona en el baño con su autor Facundo Zilberberg y la codirigí con Laura Paredes. En general preciso asociarme, no puedo con la soledad de un proyecto, me cuesta, porque soy insegura y necesito la compañía.
—A fines de los años ochenta integraste “Las gambas al ajillo”: ¿cómo crees que evolucionó nuestra cultura?
—Es difícil contestar porque para entender una época tenés que estar un poco alejada. Fueron tiempos irreproducibles porque veníamos de una dictadura, fue como nuestro destape español. Hubo un resurgir, un renacimiento y éste es otro momento. Sobre todo en nuestro país donde la cultura está siendo bastante atacada, desprestigiada como todas las artes y la educación también. Creo que eso va a generar una resistencia interesante, pero que en este momento es difícil verlo porque estamos en el medio del río.
—En la última entrega de premios hiciste referencia a que a tu compañero de elenco (Tomás Fonzi) un conductor lo había mandado a manejar una aplicación…pero no hubo más declaraciones cuestionadoras sobre la actualidad: ¿hay miedo?
—Creo que ahora hay más miedo. Hay un ataque desde el gobierno, muy virulento, con una operación mediática importante. Viene como una época de la famosa cancelación. Cancelar a un actor, a un escritor o a un cantante, implica que la gente no vaya a ver sus propuestas o que no compren sus libros. Eso proyectado es la desaparición y la muerte. Estamos como en un medioevo digital, donde a cualquiera lo pueden quemar, por cualquier cosa. Y encima con el devenir de la inteligencia artificial te inventan, te hacen decir cualquier cosa y después nadie se hace cargo. A mí me han inventado cosas que no dije y lo han publicado en medios masivos y nunca me han pedido disculpas, ni lo han desmentido. Entonces, para un montón de gente eso es la realidad. Para mí es bastante aterrador. Todos tienen miedo de que los cancelen, que los persiga el poder o que les armen causas.
—¿Cómo ves que reacciona la gente ?
—Es injusto que mucha gente diga: “¿qué tiene de malo manejar una aplicación?” Es terrible que no entiendan que nadie está hablando mal de manejar un auto, es una actividad totalmente respetable y válida. Sólo que eso es algo que se le dice mucho a los actores. Estamos en un mundo de un nivel de idiotez que es realmente aterrador, no solamente pasa acá, creo que se replica un poco en otras partes del mundo. Además los artistas están más sensibles, son más precarios en cuanto al trabajo, porque un médico o un maestro tienen títulos habilitantes, mientras que los intérpretes no. Además todos creen que el actor cuando pide que haya una política de incentivo cultural y teatral, cree que lo hace para que le paguen su “obrita” y lograron hacerle entender eso a la gente. Las personas que no tienen recursos y los pibes que en vez de estar drogándose en la calle puedan pasar horas en un club o haciendo una actividad cultural, esos no te van a robar, ya que tanto les importa la seguridad. Ese linkeo de ideas no se hace.
—¿En estos últimos tiempos te acusaron o agredieron por algo?
—A mí me han llegado a decir: “dejá de vivir de la teta del Estado.” Trabajo desde hace veinte años de forma privada. Una sola vez actué en un teatro oficial, fue en el San Martín, hice Trilogía de verano. Habré hecho dos o tres ficciones en ATC. Eran unos lindos proyectos y los filmé porque me interesaba el guión y el elenco, aunque pagaban menos que en otros canales. Ya tengo un caparazón bastante endurecido, pero lo que me parece aterrador es el nivel de manipulación, porque es contagioso. La estupidez se contagia y se propaga. Una mentira repetida infinidad de veces termina haciendo una verdad. Y la forma que tenemos de resistir es seguir haciendo cosas como se pueda y donde se pueda. No hay que no callarse, porque es triste que mucha gente deje de hablar por miedo. Con respecto a lo dije en esa entrega de premios algunos me preguntaron si me arrepentía. No me arrepiento, porque además fui muy sucinta. Creo que algunos me deben haber tildado de tibia, porque a mí me dan por todos lados.