Mucha de la vida personal y profesional de Claudio Tolcachir está transcurriendo en Europa, pero él sostiene atención y acciones en su sala y escuela de Capital Federal, Timbre 4. Por eso, concreta la edición 14 del TABA (Festival Temporada Alta en Buenos Aires), como siempre y desde 2013, en la doble entrada por México 3554 y Boedo 640. Las variadas obras y actividades promueven cruces entre artistas de diversos países. Por ejemplo, Las traviesas de Barba Azul, texto de la francesa Lisa Guez, será interpretado por las argentinas: Gimena Cos, Rocío C Busca y Adela Buendía. Del también francés Stéphane Jaubertie, se verá Lucienne Edén o la isla perdida, dirigido por Fede Bethencourt y Martín Lerner. Desde Cataluña, vendrán Martí Torras Mayneris y Paula Blanco, para hacer Prime time, Torras Mayneris. Desde Suiza, Arianna Camilli y Mathilde Carmen Chan Invernon traen Bell end. Habrá también charlas, instalaciones, lectura de dramaturgia.
—¿Cómo se ha logrado concretar esta programación y qué te resulta especialmente atractivo de ella?
—Maxime Seugé, Jonathan Zak y Antonella Jaime se ponen al hombro la programación y el teatro. Las cosas acá están muy difíciles, así que me parece un milagro sostener un festival internacional en un teatro independiente como el nuestro. Tratamos de hacer muchos cruces y recoger grupos que hemos conocido en giras y nos abrieron puertas. Nos interesa la mezcla de artistas, la coproducción, textos de unos interpretados por otros. Se trata más de asistir a un encuentro, más que a un producto final. Son propuestas de teatro con un lenguaje particular, no son grandes producciones. Es gente que lleva el teatro muy en el cuerpo. Son joyitas con producción simple y gran valor en el propio lenguaje. TABA es una muestra de que, aun en esta realidad tremenda que tenemos, renace la efervescencia de gente que tiene muchas ganas de hacer.
—¿Cómó es tu rutina, cómo te organizás geográficamente?
—Muy poca rutina en general. Es una da las cosas que más me gustan de mi trabajo: cambian los horarios, la gente y el lugar. En general, estoy instalado en Madrid, porque mis hijos van a la escuela ahí y estamos, desde hace 4 años, construyendo una escuela Timbre 4 en Madrid, con un equipo de profesores que eran de acá, y con Lautaro Perotti y conmigo. También tengo bastante trabajo dirigiendo en Italia. Si no, mi conexión más fuerte con Buenos Aires es Timbre, escuela y teatro con los que estoy conectado, acompañando procesos de actuación, dirección y programación.
—¿De qué manera te fuiste instalando en España?
—Son 15 años que trabajo allá yendo y viniendo. Hubo una época en que eran 6 meses y 6 meses. Cuando los chicos eran más chicos, yo podía estar en ese ir y venir, pero ahora tengo que darles una continuidad y escuela. Tuve una sucesión de proyectos interesantes, como dirigir en el Centro Dramático Nacional en Madrid, y ahora voy como actor en La pasión infinita, de José Troncoso. Pero por ahora no tengo declaración ni conmigo mismo de dónde vivo ni dónde voy a vivir. El termómetro son los proyectos.
—Ves mucho teatro, ves muchos ensayos. ¿Qué te resulta convocante?
—Es una pregunta que nos hacemos todos los que vemos teatro: ¿por qué seguimos viendo teatro? ¿Por qué esa ceremonia de insistir, aunque la mayoría de las veces fracasa? Es porque a veces se genera un instante de verdad o de poesía. Me conmociona, no un lenguaje necesariamente original, sino uno genuino, honesto, personal: alguien que cuenta una historia sin la pretensión de lo clásico ni de la modernidad, sino que ofrece una forma personal de contar su historia. No necesito mucho más que eso.
—No es frecuente encontrar textos clásicos en Timbre 4. ¿Qué lugar tienen?
—En el programa de estudios de Timbre, los alumnos se forman con los clásicos: Aristófanes, Molière, Shakespeare, Lorca, Chéjov, Beckett. Son instrumentos de formación. Es útil encontrarte con Arthur Miller si querés entender la estructura dramática. Luego, Timbre acoge proyectos que no tienen pretensión comercial sino de arte, de investigación, algo que implique una novedad: tu versión de una obra, la forma en que querés contar. Pero sería interesante, por ejemplo, revisar clásicos argentinos: Arlt, Discépolo, Gambaro.
Cuando termine esta entrevista, les voy a mandar un mensaje a los chicos, ¡ja, ja! ¡Hay que conectarse con Florencio Sánchez: posiblemente tenga mucho para decirnos, ja, ja!
En efecto, en Timbre, no hay desprecio por ninguna poética, ni por lo viejo ni lo clásico. Se elige, se mezcla, se respeta.
De ayer y de hoy
A.M.
—¿Cómo recordás los inicios en Timbre?
—Yo quería dar clases, escribir, dirigir y no quería tener un teatro. Me mudé a lo que era mi casa, en el timbre número 3, el 11 de mayo de 2001, así que ya nacimos con quilombo y crisis. El 20, que es mi cumpleaños, festejé y vinieron mis amigos: Lautaro Perotti, Tamara Kiper, Diego Faturos, Paula Ransenberg, nosotros, los mismos, pero hace 25 años, en un país arrasado: los que podían se iban del país; nuestros viejos, sin laburo. En el cuadrado, en el timbre 4, donde ahora está la sala chica, mis amigos se pusieron a hacer algo; alguien dijo un texto como una bendición. Miré ese lugar y tuve una intuición: “Puede ser un espacio hermoso donde todo el mundo desarrolle su vocación, sus ganas de hacer cosas”. Toda la frustración, la pusimos en construir una sala: hacer las luces, los cables, pintar, ensayar, cacerolear en Plaza de Mayo y volver a ensayar. Mi vieja después me confesó que el lugar le parecía espantoso: todo húmedo, todo roto. Pero yo veía un lugar genial. Acá en Timbre, yo respiro una felicidad compartida, pese a la angustia. Por la Argentina, hoy tengo un dolor inmenso. Se derribaron limites inimaginables: el respeto a la cultura, al estudio, a la solidaridad, a la posibilidad de educarte, de curarte. Hay un orgullo en ser cruel, estúpido e inculto. Esto está pasando en todos lados. En España, también se está generando una sensación de malestar, que beneficia a la ultraderecha. Lo veo venir. Tengo marido, tenemos dos hijos, somos una pareja gay. Como familia singular; no descarto verme en dificultades.